“¡Dejaos reconciliar con Dios!”

Queridos diocesanos:

En la Cuaresma resuenan las palabras de San Pablo: “!Dejaos reconciliar con Dios!” (2 Cor 5, 20). Son innegables las divisiones en y entre las personas, los grupos y las naciones; se pueden aducir muchas causas, pero su raíz se halla en lo más íntimo del hombre, en la herida del pecado.

El pecado es el amor replegado sobre sí mismo, que niega a Dios y rechaza su amor. El rechazo de Dios lleva a la división entre los hermanos. Basta mirar la escena cotidiana de violencias, guerras, injusticias, abusos, egoísmos, celos y venganzas. El pecado es una gran tragedia; y la pérdida del sentido de pecado debilita el corazón ante el espectáculo del mal. Si no hemos perdido el sentido del bien y del mal objetivos y de nuestra responsabilidad, reconoceremos que en nuestra vida existe el pecado y que tenemos necesidad de reconciliación, de recomponer las fracturas y de cicatrizar las heridas.

Pablo nos anuncia la reconciliación que el Padre-Dios nos ofrece en su Hijo Jesucristo. Sus palabras nos invitan a fijar nuestra mirada en el Padre de toda misericordia, cuyas entrañas se conmueven cuando cualquiera de sus hijos, alejado por el pecado, retorna a Él, confiesa su culpa y pide perdón. El abrazo del Padre a quien, arrepentido, va a su encuentro, será la justa recompensa por el humilde reconocimiento de las culpas propias y ajenas. Pedir con arrepentimiento el perdón, recibirlo con gratitud y darlo con generosidad, es fuente de una paz que no se puede pagar. Por ello es justo y hermoso confesarse personalmente.

Que sea necesario hacerlo ante un sacerdote nos lo muestra Dios mismo. Al enviar a su Hijo en nuestra carne, demuestra que quiere encontrarse con nosotros mediante los signos de nuestra condición humana. Dios salió de sí mismo por nuestro amor y vino a ‘tocarnos’ con su carne en su Hijo, que perdonó los pecados y encargó a los Apóstoles que lo hicieran en su nombre. Nosotros estamos a invitados a acudir con humildad y fe a quien nos puede perdonar en su nombre, es decir, a quien el Señor ha elegido y enviado como ministro del perdón. La confesión personal ante el sacerdote es por tanto el encuentro con el perdón divino, que nos ofrece Jesús y nos dona por el ministerio de la Iglesia. La confesión humilde dará paz a nuestro corazón.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro,

Obispo de Segorbe-Castellón

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