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“Dios envió a su Hijo, nacido de Mujer”

Queridos diocesanos:

El Adviento es un tiempo fuerte para prepararnos debidamente a la celebración de la Navidad, la Fiesta del Nacimiento del Hijo de Dios en Belén hace más de dos mil años. Este es, no lo olvidemos, el acontecimiento extraordinario y el misterio profundo de la Navidad: el niño que nace en Belén es verdadero Dios y verdadero hombre.

Ese niño es el Verbo de Dios, hecho carne; es el mismo Hijo de Dios que, sin dejar la gloria del Padre, se ha hecho presente entre nosotros. Ese niño, que nace en Belén, es Dios; por eso cantan los ángeles del cielo: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor” (Lc 2, 14); por eso lo adoran los pastores y los sabios venidos de Oriente. No importa su apariencia pobre y frágil. Es el Hijo de Dios, que sostiene el universo y la creación entera. Y no sólo es esto. Ese niño es también verdadero hombre. Sin dejar de ser Dios se ha hecho de nuestra misma naturaleza y condición humana. Siendo eterno y engendrado antes del tiempo, Dios entra en nuestra historia humana, con un cuerpo y un alma como los nuestros, formados en las entrañas purísimas de una mujer, la Virgen María. San Pablo nos recuerda que el nacimiento del Señor Jesús en la plenitud de los tiempos acaeció por la intervención de una mujer: “Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer” (Ga 3,4).

Por ello, en Adviento y Navidad nuestra mirada se centra también en la Virgen María, a quien la Iglesia entera proclama como la Ma­dre de Dios: “En efecto, aquel que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios” (CCE, 495). Con ese título se subrayaba que Cristo es Dios y que realmente nació como hombre de María.

El título de Madre de Dios expresa muy bien la misión de María en la historia de la salvación. Todos los demás títulos que damos a la Virgen se fundamentan en su vocación de Madre del Redentor; ella es la criatura humana elegida por Dios para realizar el plan de la salvación, cuyo centro es la encarnación del Hijo de Dios.

En Navidad contemplaremos en el belén la representación del Nacimiento. En el centro de esta escena encontramos a la Virgen Madre que ofrece al Niño Jesús a la contemplación de quienes acuden a adorar al Salvador: los pastores, la gente pobre de Belén y los Magos llegados de Oriente. El pueblo cristiano siempre ha considerado el nacimiento de Jesús y la maternidad divina de María como dos aspectos del mismo misterio de la encarnación del Verbo divino. Por eso, nunca ha considerado la Navidad como algo del pasado. Somos ‘contemporáneos’ de los pastores y de los Magos; con ellos nos sentimos llenos de alegría, porque Dios ha querido ser Dios con nosotros y tiene una madre, que es nuestra madre.

Del título de “Madre de Dios” derivan todos los demás títulos con los que la Iglesia honra a la Virgen. Acabamos de celebrar la fiesta de su “Inmaculada Concepción”, es decir, que María fue preservada desde su concepción de toda mancha de pecado, porque debía ser la Madre del Redentor. En este tiempo de Adviento celebramos a María, “Virgen y Madre de la Esperanza”: Virgen de la Esperanza porque creyó en las palabras del Ángel y esperó su cumplimiento; y Madre de la Esperanza porque es la Madre de Jesús, nuestra esperanza (1 Tim 1,1).

Al estar totalmente con Dios, María se encuentra muy cerca de nosotros y nos ayuda como madre y como hermana. Por ser la Madre del Redentor, María es también la Madre del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Y precisamente por ser Madre de la Iglesia, la Virgen es también Madre de cada uno de nosotros, que somos miembros del Cuerpo místico de Cristo.

Preparémonos para acoger al ‘Enmanuel’, que nos nace en la Navidad. Eliminemos de nuestra vida todo lo que impide que Dios venga a nosotros. Dios nos ama y no abandona nunca a nuestro mundo. María nos da a Cristo y nos conduce hacia Él; ella es el camino seguro para encontrarnos con Cristo, nuestra esperanza.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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