El buen samaritano

Queridos diocesanos

El evangelio de este domingo presenta a Jesús camino de Jerusalén, donde concluirá su vida terrena y su misión salvadora. También nosotros vamos de camino por la vida. Pero, ¿hacia dónde? En este contexto, un letrado le pregunta a Jesús: ¿Qué hacer para alcanzar la vida eterna, la vida plena y feliz? En verdad, el letrado no quiere hacer una pregunta a Jesús sino ponerle una trampa. Por eso Jesús no le responde, sino que le pregunta: ¿qué está escrito en la ley? Y el letrado le responde: amarás al Señor, tu Dios, y al prójimo como a ti mismo. Pues eso es lo que hay que hacer, sentencia Jesús.

El letrado insiste en el debate: ¿quién es mi prójimo? Su pregunta por el prójimo es un pretexto retórico para seguir su debate. Jesús recurre entonces a una parábola, la del buen samaritano. Allí no se teoriza sobre el prójimo, no se hacen cábalas sobre la proximidad. El prójimo es todo el que está a nuestro lado, todo el que va de viaje con nosotros y como nosotros, porque todos somos caminantes, peregrinos, y vamos a la misma meta, aunque no lo sepamos ni lo queramos saber. Hasta entonces  el prójimo eran los conciudadanos; ahora este límite desaparece. Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y al que yo pueda ayudar. Aquí “se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto”, enseña Benedicto XVI. Pero, aunque se extienda a todos los hombres, el amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora.

En la parábola de Jesús no se habla del prójimo, pero se ve quién es, como se ve también cuántos hay que no saben comportarse como tales. Un hombre iba de camino de Jerusalén a Jericó y fue asaltado, maltratado y robado, quedando medio muerto en la cuneta. Este hombre no tiene nombre ni nacionalidad, porque ese hombre es todo ser humano. Hay muchos, demasiados hombres en la cuneta: pobres, parados, marginados,  drogadictos, alcohólicos, concebidos no nacidos, mujeres presionadas para abortar, matrimonios rotos… tantos y tantos hombres arrojados en la cuneta. Nos hemos empeñado en convertir la vida en una competición donde rija la ley del más fuerte. De ahí que el individualismo, el egoísmo, la autonomía absoluta ante Dios y ante los demás y la insolidaridad presidan la vida y ahora también las leyes. Cada cual va a lo suyo.

Aquel hombre fue asaltado por unos bandidos. La pobreza material y espiritual nunca es una fatalidad, es siempre el resultado de la rapiña de otros. Con frecuencia su actividad está civilizada y legalizada por las sociedades ‘progresistas y avanzadas’ y sabe cubrir las apariencias. Son los explotadores, ambiciosos, desalmados y desaprensivos que juegan con las necesidades humanas para hacer sus ‘negocios’. Jesús denuncia a todos los bandidos que maltratan y explotan al hombre, a la mujer, al extranjero, a los niños, a los parados, a los que están en extrema necesidad, dispuestos a pasar por todo. Pero denuncia también a los sacerdotes y a los levitas, que buscan coartadas para encogerse de hombros ante la miseria y necesidades de los otros. Jesús denuncia también a los que separan el amor a Dios y el amor al prójimo.

Sólo el buen samaritano supo atender al herido, se preocupó de su pròjimo. Para llegar a Dios necesitamos pararnos en el camino junto al prójimo: allí está Dios. Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios, la meta de nuestro camino.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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