El Seminario es cosa de todos

Queridos diocesanos:

En el Día del Seminario se hará presente en nuestras comunidades una preocupación, que debería ser permanente en la vida de nuestra Diócesis: nuestro Seminario. Porque hemos de orar por las vocaciones al sacerdocio ordenado y nos hemos de implicar en su promoción; nos urge –y mucho- recuperar o intensificar nuestro cariño y compromiso, también económico, por nuestros Seminarios. En ellos se forman los futuros pastores, testigos del amor de Dios, que necesitan nuestras comunidades.

Es ya un tópico decir que padecemos un fuerte ‘invierno de vocaciones’. No sólo escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada; son también pocos los seglares que viven su ser cristiano como vocación. Hoy no es fácil hablar de vocación. Junto a otras muchas circunstancias, el contexto cultural actual propugna un modelo de ‘hombre sin vocación’. Interesa lo inmediato, lo útil, el tener; falta una perspectiva global de la persona como proyecto de vida. El futuro de niños, adolescentes y jóvenes se plantea, en la mayoría de los casos, reducido a la elección de una profesión, a tener una buena situación económica o a la satisfacción afectiva, sin apertura al misterio de la propia vida, a Dios o al propio bautismo. No se lleva ser cristiano y, menos, ser cura.

Y, sin embargo, una mirada creyente descubre que todos tenemos una vocación. Dios llama a cada uno a la vida con un proyecto para cada uno. La nueva vida recibida en el bautismo desarrolla esa llamada de Dios. El tiene también un plan personal y concreto para cada cual en la Iglesia y en el mundo. La vocación es el pensamiento amoroso de Dios sobre cada uno de nosotros; es su propuesta a realizarnos según esta imagen única, singular e irrepetible. En ella encuentra cada uno su nombre y su identidad, que garantiza su libertad y su felicidad.

Ayudemos todos –en especial los padres, los sacerdotes y los catequistas- a nuestros niños, adolescentes y jóvenes a hacerse sin miedo esta pregunta: “Señor, ¿qué quieres que haga en mi vida”. Si sienten la llamada al sacerdocio, ayudémosles a responder con prontitud, alegría y generosidad como Samuel y tantos otros antes de nosotros. Será nuestro mejor servicio a su felicidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro

Obispo de Segorbe-Castellón

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