Encuentro diocesano de ANFE

Castellón, Seminario ‘Mater Dei’,  6 de diciembre de 2006

 

Mi saludo cordial a cuantas participáis en este Encuentro Diocesano de ANFE. Procedéis de distintos lugares de nuestra Iglesia Diocesana, pero estáis todas unidas y hermanadas por el mismo fin e ideal: la Adoración Nocturna a Cristo Sacramentado. Queridas adoradoras. “Cantemos -esta tarde- al Amor de los Amores, cantemos al Señor. Dios está aquí: venid, adoradores, adoremos a Cristo Redentor”.

Demos gracias, alabanza y gloria al Señor por el don de la Eucaristía, sacramento memorial de su pasión, alimento sacramental de su Iglesia, sacramento de su presencia real y permanente entre nosotros, anticipo del banquete celestial del que nos habla la palabra de Dios de este día (Is 25, 6-10; Mt 15, 29-37). Demos gracias a Dios también por tantas y tantas hermanas adoradoras que hacen de la adoración nocturna a Cristo Sacramentado el lema de su vida.

La Eucaristía es “sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad y banquete pascual”, nos recuerda el Vaticano II (SC 47)

La Eucaristía es sacramento de piedad, porque es la mayor manifestación del amor de Dios a su pueblo. Si el amor supremo es la donación y la entrega de sí mismo por el bien del otro, en la Eucaristía celebramos, actualizamos y tenemos la entrega total, en cuerpo y sangre, de Jesucristo en Sacrifico al Padre por el bien último de la humanidad, su salvación; en ella Cristo mismo se nos da como alimento en nuestro caminar en la fe. Si el amor se manifiesta con la cercanía, la Eucaristía, presencia real de Cristo, el Emmanuel, el “Dios con nosotros”, está cercano y presente de modo eminente. Los amores humanos son efímeros, acaban con el tiempo; sólo el de Dios permanece. Todos nos abandonarán, sólo Dios, en la Eucaristía, permanecerá junto a nosotros por los siglos de los siglos. Por eso la Eucaristía debe ser lugar de encuentro, lugar donde el amor de Dios y nuestro amor se entrecrucen.

A Cristo Sacramentado, presente entre nosotros en la Eucaristía, le mostramos nuestro amor respondiendo con el nuestro: es nuestra adoración. En la Eucaristía le contemplamos ‘tal cual es’, le alabamos, le damos gracias y hablamos con él: escuchamos su cálida voz, nos dejamos interpelar por El y le hablamos como al Amigo, que no defrauda.

El Señor nos ha enseñado (cf. Lc 18, 9-14) que la oración que le agrada a Dios Padre y a El presente en la Eucaristía, es la oración de quien, puesto de rodillas en actitud de adoración, les muestra lo que hay en su corazón. Nuestra cultura no suele valorar la humildad y la sencillez. Al contrario, la sociedad actual aplaude a quien alardea de sus virtudes y a quien se muestra superior a los demás. Pero Jesús nos pide humildad de corazón. Esa humildad que no alardea de las propias virtudes, pero tampoco las esconde, sino que se muestra tal cómo es. El humilde es el que reconoce lo que es y sabe hacer, y el que es capaz de ponerlo al servicio de los demás. La humildad abre el camino a Dios, capacita al hombre para dejar a Dios ser Dios y postrarse ante Él y adorarle, para oír su palabra, escucharle y seguir los caminos que Él le muestra. La soberbia, por el contrario, engríe al hombre, le encierra en sí mismo, le lleva a suplantar a Dios y a despreciar al hermano.

Las adoradoras habéis adquirido libremente el compromiso de pasar unas horas, durante una noche al mes, junto a Cristo Eucaristía. Comprendo que a veces se os haga costoso, porque hay que robar unas horas al sueño, hay que dejar a la familia y a los hijos, hay que dejar diversiones. Pero ¿no es más valioso el encuentro con el Amigo? ¿Es qué puede haber amor verdadero sin sacrificio? Os animo a no bajar el listón porque ‘amor con amor se paga’; el amor de Dios ha de ser correspondido con el nuestro. “El que rinde el culto que agrada al Señor, es aceptado, y su plegaria llega hasta las nubes. La súplica del humilde atraviesa las nubes y mientras no llega a su destino, él no se consuela” (Ecle 15, 16-17). Que vuestra adoración orante ante Jesús Sacramentado sea hecha, queridas adoradoras, desde la humildad de corazón. Dejad que El os hable, que El se os muestre, atended su Palabra, acoged sus caminos.

La Eucaristía es también signo de unidad. Como el pan eucarístico es fruto de muchos granos de trigo que, molidos, forman una sola cosa; y como el vino es fruto de muchos racimos de uva que, prensados, forman una sola cosa, así los que participamos de la Eucaristía. Siendo muchos debemos ser un solo corazón y una sola alma.

La Eucaristía es signo eficaz de unidad: de la Iglesia, cuya unidad se significa y se construye en la Eucaristía, y de cuantos participan y adoran a Jesús Sacramentado. Traicionaríamos el sentido más profundo de la Eucaristía y, consecuentemente, de la adoración eucarística si ellas se convirtieran en causa de desunión. Eucaristía y división entre personas no es comprensible. Eucaristía y grupos cerrados, se excluyen mutuamente. La Eucaristía nos hace un solo pueblo en el que no cuenta ser hombre o mujer, joven o adulto, rico o pobre. Lo que cuenta son los efectos de la misma: ser una sola familia en la que reina siempre el amor y el perdón, la acogida y  la misericordia entrañable. Cada grupo de adoradoras debe ser considerado por vosotras como vuestra propia casa, como vuestra propia familia. La verdadera adoradora es promotora de unidad en la Iglesia y en el mundo. También nuestra Iglesia diocesana esta necesitada de unidad.

La Eucaristía es vínculo de caridad. Os habéis comprometido a adorar al Señor por la noche, cuanto tantos aprovechan la oscuridad para alejarse de Dios, como si Dios estuviese sólo a la otra parte del velo de las tinieblas. Con humildad y desechando toda soberbia y jactancia, reconociéndoos limitadas y pecadoras, orad por todos, que es el mejor vínculo de caridad que podéis establecer con los hombres. “El Señor es juez y no hace distinción de personas” (Ecle 35, 15).

Sed compasivas con todos como el Señor hoy se muestra en el Evangelio con aquella gente que llevaba ya tres dñias con Él y no tenían qué comer. Sed la voz de los hambrientos de pan y, sobre todo, de amor y de Dios: de los enfermos, de los encarcelados, de los agonizantes, de los que caen y no hacen nada por levantarse, de las familias destrozadas, de los marginados, de los jóvenes desorientados, de los consagrados que han perdido “el amor primero”.

La Eucaristía es, finalmente, banquete pascual. Banquete es sinónimo de familia unida, de fiesta compartida. Y al banquete se va para comer. Cada vez que participamos en la Eucaristía somos invitados a comer el cuerpo de Cristo y a beber su sangre, que son para nosotros “alimento del pueblo peregrino”, el pan que sostiene a cuantos peregrinamos en este mundo. El mismo Cristo lo anunció así: “Si no coméis mi sangre y no bebéis mi sangre no tenéis vida en Vosotros; el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna” (Jn 6, 54-55).

La adoración de Cristo Sacramentado debe conducir siempre a la comunión sacramental o, al menos, espiritual con El. Hemos de comulgar siempre que podamos, pero no como un simple acto de piedad, sino conscientes de los compromisos que adquirimos. La comunión sacramental produce tal grado de unión personal de los fieles con Jesucristo que cada uno puede hacer suya la expresión de San Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mi” (Gal 2, 20).

Si Cristo, a través de la comunión, es el que vive en nosotros, démonos cuenta de las consecuencias que ello conlleva. Cristo en nosotros es el que debe seguir actuando en nuestra vida. Como Él, tendremos que hacer la voluntad de Dios, dar la vida por los demás, perdonar, acercarnos a los alejados, hacer el bien a manos llenas…

Adorar la Eucaristía, identificarnos con Cristo por la comunión, dejar que Cristo Eucaristía viva en nosotros tiene que acarrearnos, por fuerza, sinsabores, burlas, sonrisas despectivas. Hermanas: lo nuestro es vivir de esperanza, pero en esperanza activa, seguros de que el Señor no defrauda. Él nos ha dicho: “si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también le negaré ante mi Padre del cielo” (Mt 10, 33).

Ante Jesús Sacramentado oramos en esta tarde, hermanas, por todos vosotras, adoradoras, y por la adoración nocturna femenina diocesana y española, por su vitalidad y por la savia de nuevas y jóvenes adoradoras. Pedimos también por los sacerdotes, por los religiosos y religiosas, por los monjes y monjas de clausura, por los consagrados en medio del mundo, por los seminaristas y por el aumento de vocaciones al sacerdocio en nuestra Iglesia. Oramos por los niños, los jóvenes y las familias, para que encuentren en Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida; por los gobernantes en su ardua tarea de contribuir a la construcción de la ‘civilización del amor’, basada en la justicia, la verdad y la paz.

La Virgen María, la Madre de Jesús, peregrina de la fe, signo de esperanza y del consuelo del pueblo peregrino, nos ha dado a Cristo, Pan verdadero. Que Ella nos ayude a descubrir la riqueza de este sacramento, a adorarlo con humildad de corazón y, recibiéndolo con frecuencia, a hacer presente a Cristo en medio del mundo con nuestras obras y palabras. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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