Apertura del curso académico 2008-2009

DEL CENTRO SUPERIOR DE ESTUDIOS ECLESIÁSTICOS, INSTITUTO DE CIENCIAS RELIGIOSAS Y DE LA SECCIÓN DIOCESANA DEL INSTITUTO ‘JUAN PABLO II’

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Capilla del Seminario Diocesano ‘Mater Dei’’ – 14 de octubre de 2008

 

Querido hermano obispo, D. Esteban; queridos Directores de nuestros Centros académicos, Sres. Rectores y Profesores, Sres. Vicarios, Seminaristas, Diáconos, hermanos y hermanas en el Señor.

Inauguramos hoy un nuevo curso en nuestros Centros Académicos Diocesanos: Centro Superior de Estudios Eclesiásticos, Instituto de Ciencias Religiosas y Sección Diocesana del Instituto ‘ Juan Pablo II’.

Dios ha querido que este comienzo coincida con celebración del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios en la vida misión de la Iglesia. Con este motivo, la Iglesia nos invita de nuevo a leer y conocer la Palabra de Dios, a acogerla con docilidad y escudriñarla con fe religiosa, y a ponerla en práctica. Lo que decíamos a los nuevos diáconos el domingo pasado en su ordenación diaconal en el rito de entrega del Evangelio, vale también para cuantos ejercéis la docencia o la discencia en nuestros centros académicos: cree lo que lees, enseña lo que crees y vive lo que enseñas. Como nos recuerda hoy San Pablo: “Lo único que cuenta es una fe activa en la práctica del amor” (Ga 5, 1-6, 6).

Toda la vida e historia de la Iglesia bebe y se alimenta de la fuente inagotable de la Palabra de Dios, contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia. Esto es lo que ha de guiar siempre estos centros nuestros de formación siempre. Con palabras de San Jerónimo, cabe preguntarse: ¿Cómo se podría vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de la cual se aprende a conocer a Cristo mismo, que es la vida de los creyentes y la razón de ser de la formación cristiana, en general, y de los futuros sacerdotes, de personas consagradas o de laicos para la evangelización, que ofrecen nuestros centros?

Desconocer la Escritura es desconocer a Cristo. Por esto es importante que todo cristiano conozca la Palabra de Dios, que viva en contacto y en diálogo personal con la Palabra de Dios. Nuestro diálogo con la Palabra de Dios debe ser un diálogo realmente personal, porque Dios habla con cada uno de nosotros a través de la Sagrada Escritura; no es palabra del pasado, sino la Palabra que el Dios vivo dirige también a nosotros. Por ello hemos de tratar de comprender qué quiere decirnos el Señor a nosotros. Para no caer en el individualismo debemos tener presente que la Palabra de Dios nos ha sido dada para construir comunión, para unirnos en la verdad en nuestro camino hacia Dios. La Palabra de Dios es la verdad, la verdadera realidad, que nos libera de las apariencias, nos ilumina en el camino de la vida y genera verdadera libertad y eterna felicidad. “Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado” (Ga 5, 1).

Además, siendo ésta una palabra personal, es también una Palabra que construye comunidad, que edifica la Iglesia. Hemos de leerla por ello siempre en comunión con la Iglesia viva, con la tradición viva de la Iglesia. No olvidemos que la Palabra de Dios trasciende los tiempos. Las opiniones humanas cambian. La Palabra de Dios, por el contrario, es palabra de vida eterna, vale para siempre. Llevando en nosotros la Palabra de Dios, llevamos en nosotros lo eterno, la vida eterna (Benedicto XVI). Este es el secreto de la formación de nuestros centros.

En el Centro Superior de Estudios eclesiásticos se forman los que van a ser sacerdotes. No olvidéis que la Palabra de Dios es fundamental es la vida del sacerdote para su identidad y su misión. Los sacerdotes son escogidos para el Evangelio de Dios (Cf Rm 1,1); este mismo Evangelio los engendra y los configura incesantemente tanto en su existencia como en su servicio apostólico. Seducido y atrapado por la Palabra, el ministro del Evangelio deberá adecuar su vida al dinamismo de la Palabra. El dirigirse a los hombres, en nombre de Dios, reclama del sacerdote la escucha creyente y obediente de la Palabra. Ha de recordar que su misión “no consiste en enseñar su propia sabiduría, sino la Palabra de Dios” (PO 4). Y esto sólo es posible, en la medida en que hagan propias las palabras de Jesús: “Conságralos en la verdad: tu Palabra es verdad” (Jn 17, 17).

Esta consagración exige de los presbíteros un esfuerzo de recepción de la Palabra que han de proponer a la fe de los oyentes. Como ministros que son de la Palabra de Dios, diariamente leen y oyen esa misma Palabra de Dios que deben enseñar a otros. “Esforzándose por recibirla en sí mismos, se harán cada día discípulos más perfectos del Señor” (PO 13).

Los apóstoles, haciéndose discípulos de la Palabra, llegaron a ser sus testigos y servidores en la historia. De ahí su autoridad y libertad para solicitar una adhesión de fe y conducir a los hombres a la obediencia de la fe. Los sacerdotes han sido ‘puestos a parte’ para proclamar esta Palabra de vida y conducir a los hombres y a los pueblos a la obediencia de la fe. Por ello no pueden anunciar su sabiduría o limitarse a predicar una nueva ética. Han de anunciar la Palabra que recrea “para las buenas obras” (Cf Ef 2,10). Tanto al dispensar la palabra apostólica como el sacramento, los presbíteros han de superar la tentación del funcionalismo o de la pura exterioridad como le ocurre al fariseo del evangelio de hoy (Lc 11, 37-41).

Queridos todos: No basta con conocer la Palabra de Dios; o basta con ser oyentes de la Palabra; hay que recibirla como discípulo, ‘como cumplidor de ella’ (St 1,21-25). El discípulo la recibe, ante todo, “no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios, que permanece operante” en él (1 Tes 2,13). El discípulo no investiga las Escrituras para servirse de ellas, sino para dejarse recrear por la Palabra. Los fariseos se habían apropiado de las Escrituras y de la Ley, dejando de ser discípulos. Nos acecha siempre la tentación de reducir las Escrituras a un libro o a una simple memoria colectiva de un pueblo, que pudiéramos interpretar según la razón humana. El discípulo deja que el Verbo de Dios sea quien le explique las Escrituras, como en el camino de Emaús (Lc 23) y tal como el Espíritu no cesa de hacerlo en la Tradición apostólica.

Jesús es el único revelador y exegeta del Padre. Y sólo el discípulo que vive en comunión con Jesús y sus apóstoles puede entrar en la inteligencia y vida de las Escrituras. El mismo Espíritu que inspiró las Escrituras es el que asiste a la Iglesia; sólo el que está en comunión con la Iglesia y lee las Escrituras en comunión con ella, con su Tradición y dentro de ella, leerá las Escrituras conforme al Espíritu que las ha inspirado y en fidelidad a su verdad.

¡Que el Espíritu Santo ilumine nuestra mente y haga dóciles nuestros corazones para interiorizar todo esto! ¡Que nos conceda capacidad y sabiduría para que la Palabra de Dios sea el alma de toda la formación en nuestros centros! ¡Que el estudio, la meditación y contemplación de las Escrituras nos hagan sabios con la sabiduría de Dios! ¡Que María, prototipo de oyente y discípula de la Palabra y de la Iglesia, nos enseñe a acoger la Palabra de Dios que nos sale al encuentro!

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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