Envío de los ministros extraordinarios de la comunión

HOMILÍA EN EL ENVÍO DE LOS MINISTROS EXTRAORDINARIOS DE LA COMUNÓN
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S. I. Con-Catedral de Santa María en Castellón, 10 de febrero de 2000

 

Hermanas y hermanos amados en el Señor Jesús. Mis queridos hermanos sacerdotes concelebrantes. Saludo al Sr. Deán del Cabildo Con-Catedral y Párroco de esta de Santa Maria, que nos acoge esta tarde, así como a los Sres. Vicarios Episcopales y al Delegado Diocesano para la Liturgia. Y, cómo no, mi saludo para vosotros que, presentados por vuestros párrocos, hoy vais a recibir de mis manos el envío para ser ministros extraordinarios de la Comunión en vuestras parroquias.

Estamos iniciando la Cuaresma. En este primer domingo del tiempo cuaresmal, la Liturgia nos propone el Evangelio de las tentaciones del Señor (Mt 4,1-11). “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo” (4,1). Jesús, en el desierto, afronta al tentador. El Hijo de Dios, que, al hacerse hombre se asemejó en todo a sus hermanos menos en el pecado, quiso ser probado también duramente por el maligno; él descendió hasta las profundidades más obscuras del ser humano y compartió las tres tentaciones fundamentales en toda existencia humana: el afán de tener y gozar, -la concupiscencia-, la manipulación de Dios y la idolatría, especialmente, la egolatría.

Las tres insinuaciones de Satanás, “si eres hijo de Dios”, son el contrapunto de la proclamación solemne del Padre celestial en el momento del bautismo en el Jordán: “Éste es mi Hijo amado” (Mt 3, 17). Las tres tentaciones son pruebas que tienen una profunda relación con la misión del Salvador; y al mismo tiempo hacen surgir la pregunta sobre qué es lo que cuenta verdaderamente en la vida humana. Jesús es tentado para llevar a cabo su misión, el designio salvífico de Dios, al margen del plan establecido por Dios, como también nosotros somos tantas veces tentados a proyectar nuestra existencia de espaldas a Dios.

Este es el núcleo de las tres tentaciones, el núcleo de toda tentación: el intento de apartar a Dios de la existencia humana, de vivir de espaldas a Él, a su designio amoroso y a su ley, que es ayuda en nuestro caminar hacia la Vida. El núcleo de toda tentación es considerar a Dios como algo secundario, o incluso superfluo o molesto, y querer construir nuestro mundo al margen de Dios, con nuestros propios criterios declarándonos a nosotros mismos como fuente del bien y del mal. Así se refleja en la primera lectura de este Domingo, el relato de la primera caída de nuestros primeros padres en el libro del Génesis (2,7-9; 3,1-7). Adán y Eva son tentados por la serpiente para vivir al margen y lejos de Dios: habiéndose sido creados por amor y para el amor, la amistad y la comunión con Dios, ellos prefieren vivir de espaldas a Él y construir su mundo según sus propios conocimientos y criterios morales. Así comienza el drama de la humanidad: queriendo liberarse de Dios, para ser libre y feliz, se inicia una historia de esclavitud, de hambre y de muerte como le ocurrió al hijo pródigo. Y este es el drama del hombre moderno y del hombre actual. Y este es tantas veces nuestro propio drama.

Jesús nos muestra el camino de la victoria sobre la tentación, que no es otro que acoger y cumplir la voluntad de Dios, el camino que Él nos marca, que es camino hacia libertad y la Vida. La victoria de Cristo, al comienzo de su vida pública, anuncia su triunfo definitivo sobre el pecado y la muerte, que se realizará en el misterio pascual. Con su muerte y resurrección, Jesús no sólo borrará el pecado de los primeros padres, sino que también comunicará al hombre, a todo hombre, la sobreabundancia de la gracia de Dios, para vivir y caminar según Dios. Es lo que recuerda el apóstol san Pablo en la segunda lectura de este Domingo: “Como por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos” (Rm 5, 12-19: 19).

“No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4). Al comienzo de la Cuaresma, tiempo litúrgico que nos invita a la conversión, estas palabras de Jesús resuenan para cada uno de nosotros. Dejemos que la “palabra que sale de la boca de Dios” nos interpele y alimente nuestro espíritu, puesto que “no sólo de pan vive el hombre”. Nuestro corazón tiene necesidad, sobre todo, de Dios, de su Palabra, sobre todo de su Palabra hecha carne y Pan de vida en la Eucaristía, que contiene todo el bien espiritual de la Iglesia. No se trata de contraponer el pan material y la Palabra de Dios, sino de establecer una correcta relación. Cuando Dios y su Palabra están presentes y son acogidos, escuchar a Dios se convierte en vivir con Dios y lleva de la fe al amor, al descubrimiento del otro. “Jesús no es indiferente al hambre de los hombres, a las necesidades de los hombres, pero las sitúa en el contexto adecuado y les concede la prioridad debida” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, 57). La Eucaristía, el verdadero Pan de vida y el sacramento del amor, nos mueve a amar a los hermanos. Es lo que mueve a Manos Unidas, cuya Jornada hoy celebramos en toda la Diócesis, en su compromiso por el hambre en el mundo y por el desarrollo integral de todos en el Tercer Mundo. Seamos generosos en la colecta de hoy.

Muchos de vosotros, queridos hermanos y hermanas, vais a ser hoy enviados como ministros extraordinarios de la Comunión en la Misa y fuera de la Misa para que a nadie falte el verdadero Pan de vida. No olvidéis nunca que sois, en primer lugar, ministros, es decir servidores de Cristo, de su Iglesia y del bien espiritual de los hermanos; no recibís este envío en beneficio propio, para satisfacer un afán de prestigio humano en la Iglesia, sino de los hermanos. En segundo lugar, que recordad que sois ministros extraordinarios: es decir sólo podréis distribuir la sagrada comunión cuando falten los ministros ordinarios que son el sacerdote, el diacono o el acólito instituido, o cuando se encuentren impedidos por otro ministerio pastoral, por enfermedad o por motivo de su edad avanzada, o, finalmente, cuando el número de fieles que deseen acercarse a la sagrada comunión sea tan grande que se prolongaría excesivamente la duración de la  Misa o la distribución de la comunión fuera de la Misa.

Los ministros extraordinarios de la comunión habéis sido presentados por vuestros párrocos porque os han considerado dignos para ello por vuestra vida cristiana, por vuestra fe y por vuestras costumbres. Os habéis de esforzar día a día para ser dignos de este encargo, habréis de cultivar la devoción a la sagrada Eucaristía y dar ejemplo a los demás fieles de respeto al santísimo Sacramento del altar. ¡Cuánto debemos trabajar para mantener viva nuestra fe y nuestro sentido de la presencia real del Señor en la Eucaristía favoreciendo el silencio y la adoración ante el Sagrario!

Y nosotros, queridos sacerdotes, no olvidemos nunca que los ministros extraordinarios de la comunión no nos dispensan del deber pastoral de distribuir la Eucaristía a los fieles que legítimamente lo pidan y, en especial, de llevarla y visitar a los enfermos.

“Misericordia, Señor: hemos pecado” hemos cantando en el Salmo responsorial (Sal 50). La Cuaresma es un tiempo fuerte conversión y de renovación, de purificación y maduración, de penitencia y de gracia. El tiempo cuaresmal nos invita de modo especial al arrepentimiento y a la conversión. Y la conversión “comprende tanto un aspecto negativo de liberación del pecado, como un aspecto positivo de elección del bien, manifestado por los valores éticos contenidos en la ley natural, confirmada y profundizada por el Evangelio” (Tertio millennio adveniente, 50).

Queridos hermanos, vivamos todos la Cuaresma con este espíritu. Pongamos especial atención en la celebración del sacramento de la penitencia. En la recepción frecuente de este sacramento, el cristiano experimenta la misericordia divina y, a su vez, se hace capaz de perdonar y de amar. ¡Que crezca en todos los creyentes un amor activo por este sacramento! ¡Que los sacerdotes estén dispuestos a desempeñar con esmero y dedicación este ministerio sacramental indispensable! ¡Que se multipliquen entre nosotros los lugares de celebración de la penitencia, con confesores disponibles en los diversos horarios de la jornada, preparados para dispensar en abundancia la inagotable misericordia de Dios!

“Misericordia, Dios mío, por tu bondad, (…) lava del todo mi delito. (…) Crea en mí un corazón puro. (…) Devuélveme la alegría de tu salvación; afiánzame con espíritu generoso. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza” (Salmo responsorial).

Resuene en nuestro espíritu el eco de esta oración de David, conmovido por las palabras del profeta Natán. Es el salmo del Miserere, que hemos de hacer nuestro en la Cuaresma y dejar que suscite en nuestro corazón las disposiciones oportunas para encontrar al Dios de la reconciliación y de la paz con ‘un espíritu contrito, un corazón quebrantado y humillado’. Así emprenderemos, el camino cuaresmal con la fuerza de tu palabra, “para vencer las tentaciones del maligno y llegar a la Pascua con la alegría del Espíritu”. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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