Fiesta de la Presentación del Señor

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

Y DÍA DE LA VIDA CONSAGRADA

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S. I. Con-Catedral de Castellón 2.02.2008

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor Jesús. Os saludo de corazón a todos y agradezco vuestra presencia en esta Eucaristía en la Fiesta de la Presentación del Señor. De un modo muy especial mi saludo se dirige a vosotros, consagrados y consagradas, en este día en que, junto a toda la Iglesia, celebramos la Jornada de la Vida Consagrada.

“Entrará en su santuario el Señor a quien vosotros buscáis” (Mal. 3,1). Es fácil aplicar estas palabras del profeta Malaquías al hecho que hoy conmemoramos en la Liturgia: Jesús llega al templo, cuarenta días después de su nacimiento, para ser presentado a Dios por María y por José, según las prescripciones de la ley mosaica. El Hijo de Dios, al encarnarse, quiso “parecerse en todo a sus hermanos” (Hb 2,17); sin dejar de ser Dios, quiso ser verdadero hombre entre los hombres, meterse en su historia y compartir en todo su vida, sin excluir la observancia de la ley prescrita para el hombre pecador.

El cumplimiento de la ley es la ocasión del encuentro de Jesús en el templo con su pueblo que le busca y le aguarda en la fe. Jesús es recibido por Simeón, “hombre honrado y piadoso que aguardaba el consuelo de Israel” (Lc 2, 25), y por la profetisa Ana, que vivía en la oración y la penitencia. Simeón y Ana, iluminados por el Espíritu Santo, reconocen en aquel niño, presentado por una joven madre con la humilde ofrenda de los pobres, al Salvador prometido, la luz de las naciones, y prorrumpen en himnos de alabanza. Simeón lo toma entre sus brazos exclamando: “Ahora, Señor, según tu promesa puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador” (Lc 2, 29-30); y Ana habla de él con entusiasmo “a todos los que aguardan la liberación de Israel” (Lc 2,32).

Recordando este suceso la Liturgia nos invita hoy a nosotros los fieles a ir al encuentro de Cristo en la casa de Dios, donde lo encontramos en su Palabra y, sobre todo, en la Eucaristía, para saludarlo y acogerlo como el Salvador, para ofrecerle el homenaje de una fe y de un amor ardientes, semejantes a los Simeón y Ana, y para recibirlo no en los brazos sino en el corazón. Este el significado de la procesión de ‘las candelas’ al inicio de la celebración: hemos venido al encuentro de Cristo “luz del mundo”, esplendor divino, “cirio pascual” de quien tomamos la luz para nuestras vidas.

María y José presentan a Jesús en el templo “para ofrecerlo al Señor” (Lc 2, 22). Esta escena evangélica nos revela el misterio de Jesús: Él es el consagrado del Padre, que ha venido a este mundo para cumplir fielmente su voluntad (cf Hb 10, 5-7). Simeón anuncia con palabra profética la suprema entrega de Jesús en obediencia al Padre y su victoria final (cf Lc 2, 32-35).

Según la profecía de Malaquías, el Señor viene a su templo para purificar al pueblo del pecado, para restablecer la alianza de comunión de Dios con su pueblo, para que pueda presentar a Dios “la ofrenda como es debido”. La primera ofrenda, que instaura el culto perfecto y da valor a toda otra oblación, es precisamente la que Cristo hizo de sí al Padre. Aceptando la condición de recién nacido, Jesús quiso ser ofrecido por las manos de su Madre. Jesús se somete a estas leyes para enseñar a los hombres el camino de la entrega total a Dios, el respeto y la fidelidad a la voluntad del Señor, y así el valor de la humildad, de la pobreza, de la obediencia y del amor a Dios.

La Presentación de Jesús en el templo constituye así un icono elocuente de la donación total de la propia vida a Dios de todo bautizado, pero en especial de quienes son llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, mediante los consejos evangélicos, “los rasgos característicos de Jesús virgen, pobre y obediente” (VC 1). A la presentación de Cristo se asocia María. La Virgen Madre, que lleva al Templo al Hijo para ofrecerlo al Padre, expresa muy bien la figura de la Iglesia que continúa ofreciendo a sus hijos e hijas al Padre celeste, asociándolos a la única oblación de Cristo, causa y modelo de toda consagración en la Iglesia (Cf Juan Pablo II, Mensaje para la I Jornada de la Vida Consagrada, 1997).

Desde aquí, hermanos, hemos de entender, valorar y vivir la Profesión solemne de todos vosotros, consagrados y consagradas. Vosotros habéis acogido llamada del Señor, y habéis consagrado a Dios vuestras personas y vuestra existencia. No sois vosotros quienes os habéis apropiado de tal estado de vida; es Jesucristo mismo quien os ha hecho más propiedad suya. Con san Pablo podéis decir: “Todo lo tengo por pérdida ante el sublime conocimiento de Cristo, por quien he sacrificado todas las cosas; y las tengo por basura con tal de ganar a Cristo y encontrarme con él” (Fil 3, 7-8). Con el tiempo este deseo de ganar a Cristo y encontraros con él, a pesar de vuestras debilidades, debe ir creciendo en vosotros. ¡Que la frescura de la entrega del primer día se mantenga hoy y todos los días de vuestra vida terrena!

Hoy, Día de la Vida  Consagrada, recordamos el día de vuestra profesión religiosa; os invito a renovar vuestro compromiso de dedicación total a Dios, según el carisma propio de cada instituto, ya sea en la oración o en la contemplación, ya sea en los pobres o en los enfermos, ya en los niños o los ancianos o en las más variadas tareas educativas y apostólicas.

Hoy damos gracias a Dios por todos los consagrados y consagradas del pasado y del presente, y por todos los dones que Dios ha concedido a nuestra Iglesia a través de ellos. Por los diferentes carismas que encarnáis, representáis una gran riqueza para la vida y para la misión de nuestra Iglesia diocesana. No es un formalismo ni una palabra hueca. Es mi sentir más profundo en nombre de nuestra Iglesia diocesana. Como se decía en la monición preparatoria sois no sólo valorados, sino también deseados. Nuestra Iglesia diocesana se siente enriquecida y agraciada por el Espíritu a través de vosotros y de vuestros carismas. Hemos de aprender todos a valorarnos e integrarnos en la única misión de nuestra Iglesia Diocesana.

El Papa, Juan Pablo II, en su Exhortación Apostólica ‘Vita Consecrata’ manifestaba su deseo de que la profesión de los consejos Evangélicos aparezca con una luz nueva en un mundo necesitado de signos de Dios y de Cristo. Nuestra Iglesia y nuestra sociedad necesitan de vosotros, consagrados y consagradas. Sois signos elocuentes de Dios y de Cristo mediante la fidelidad y la vivencia de los Consejos Evangélicos. En una Iglesia en que se dan muchas veces faltas de fidelidad y de coherencia interna de vida cristiana, vosotros estáis llamados a ser testigos de una fe viva y de fidelidad creciente a Cristo; en una sociedad en que abunda el escepticismo, la superstición y la desesperanza estáis llamados a ser signos de fe y de esperanza contra toda esperanza; y frente a una cultura pública despojada de la presencia de Dios, estáis llamados a ser signos de Dios y de Cristo: signo profético contra los ídolos de nuestra sociedad y anuncio de los bienes futuros del Reino de Dios.

Este año, la Jornada se fija en vosotros como testigos de la Palabra. Con vuestro estilo de vida, llevando el Evangelio en el corazón ofrecéis a nuestro mundo, convulsionado y lleno de incertidumbre, a Cristo, la Palabra de Dios hecha carne, la Buena Noticia para el hombre, la ‘esperanza que no defrauda’ porque se basa en el amor de Dios (cf Rom 5,5); a través de vosotras y de vosotros, Dios se hace benevolencia con los que yerran, ternura con los pequeños, compasión con los que sufren, cercanía a los necesitados, perdón a los pecadores, servicio hacia todos. Los religiosos y las religiosas, todas las personas consagradas, prolongáis así el ministerio de la misericordia de Cristo, que ‘pasó haciendo el bien’ (Hech 10,38)

Al agradecimiento de nuestra Iglesia por vuestra contribución a su vida y su misión, se une nuestra oración. Juntos pedimos al Señor que os conceda la gracia de la perseverancia fiel en vuestra consagración y os fortalezca en la entrega y en el testimonio. Le pedimos también que envíe nuevas vocaciones, que aseguren la continuidad de vuestros carismas en nuestra Iglesia diocesana.

Queridos hermanos: Acojamos a Jesucristo, Luz del mundo, de las manos de María. Él viene una vez a nuestro encuentro en esta Eucaristía. Presentemos nuestras personas en la ofrenda eucarística uniéndola a la de Cristo. Que nuestra comunión eucarística con Cristo sea realmente una comunión con Él y con el hermano, y nos dé fuerza para ser testigos de su Luz y de la esperanza que no defrauda. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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