Fiesta de la Virgen de la Cueva Santa

S.I. Catedral de Segorbe – 3 de septiembre de 2006

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor!

Es para mi motivo de gran alegría poder celebrar con todos vosotros esta mi primera Misa en honor de la Virgen de la Cueva Santa, patrona de nuestra Diócesis y de esta querida Ciudad de Segorbe. Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido a esta celebración y deseáis así mostrar vuestro sincero amor de hijos a la Virgen Madre. Saludo cordialmente al Ilmo. Cabildo Catedral y a los sacerdotes concelebrantes, a toda la Ciudad de Segorbe, al Sr. Alcalde y a la Corporación Municipal, a las autoridades que nos acompañan, a las Reinas Mayor e Infantil de las Fiestas y sus respectivas damas. Quiero manifestar una vez más mi más sentido agradecimiento a cuantas personas participaron ayer tarde en la hermosa y emotiva ofrenda floral a la Virgen de la Cueva Santa: fue una desbordante expresión de vuestro cariño y amor, de vuestra fe y devoción a la Virgen de la Cueva Santa. ¡Que Ella os lo premie!

Al celebrar hoy, el día Mayor de vuestras Fiestas patronales, a María, la Virgen de la Cueva Santa, la Madre de Dios y Madre nuestra, nuestra mirada se dirige a Dios. Porque María, la humilde esclava del Señor, antes de nada nos habla de Dios; ella, con su palabra y con su vida, nos descubre y nos muestra el verdadero rostro de Dios. Un Dios que es amor: un amor totalmente gratuito, un amor compasivo y misericordioso: Dios es el amor más grande. María se sabe agraciada por Dios; ella sabe que es la llena de gracia sólo gracias al amor desbordante de Dios para con ella. Dios ha obrado en María cosas grandes y maravillosas; elegida para ser Madre de su Hijo, la colmó de su amor preservándola de toda mancha de pecado en previsión de la obra salvadora de su Hijo. La Virgen es desde su misma concepción “partícipe de la naturaleza divina” (2 Pt 1,4); en ella, Dios habita de manera especial: María está vivificada por la vida divina desde el momento mismo de su Concepción y para siempre. Todas las grandezas que cantamos de María son verdaderos dones del amor de Dios. Ella es la ‘llena de gracia’, la amada y la agraciada de Dios desde el momento mismo de su Concepción y en su Asunción a los Cielos. Y tenía que ser así, por haber sido elegida y destinada por Dios para ser la Madre de su Hijo.

María supo acoger en todo momento con fe fiel y perseverancia el amor de Dios, incluso en la dificultad. Con su ‘sí’ incondicional a las palabras del Ángel, con su acogida del amor gratuito de Dios, se inicia el capítulo central y culminante de la historia humana.María, verdadera Madre del Hijo de Dios, nos da a Cristo, el Salvador, el Enmanuel, el Dios con nosotros.

En el Hijo de Dios encarnado en el seno virginal de María por obra del Espíritu Santo, Dios mismo se hace Hombre para devolvernos a toda la humanidad su vida y su amor, perdidos por el pecado. Porque si “por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte, … ahora por un solo hombre, Jesucristo, vivirán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la justificación” (Rom 5, 17). Dios, que es ‘compasivo y misericordioso’, muestra así su plan sobre toda la creación y, en particular, sobre el ser humano. El Hijo de Dios encarnado es el Verbo de Dios, la Palabra definitiva de Dios sobre sí mismo, sobre cada uno de nosotros, sobre la historia y sobre el mundo, Él es nuestro Salvador: fuera de él no hay verdad ni vida, fuera de Él no hay salvación, ni felicidad, ni realización posible ni verdadero progreso del ser humano.

Muchas veces nos preguntamos qué somos y quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde caminamos, cuál es el sentido de nuestra existencia y cuál el de la historia humana; son preguntas que de un modo u otro se hace toda persona que quiere vivir consciente y dignamente. Son muchas las respuestas que hoy se nos ofrecen a estas preguntas. Sin embargo, estas preguntas sólo encuentran en Cristo Jesús, el Hijo de María, la respuesta verdadera y definitiva. En Jesús, el Hijo de Dios se hace hombre en todo semejante a nosotros menos en el pecado, y nos devuelve la semejanza divina deformada por el pecado, nos recupera nuestra verdadera dignidad; en Cristo, todo ser humano queda elevado a la dignidad de ser hijos en el Hijo (cf. TMA 4). Esta es la verdadera dignidad humana, base de todo lo demás, de todos los restantes derechos y libertades. Esta es también la razón de nuestra esperanza cristiana, y éste es el motor de nuestra caridad.

En Jesús, el Hijo de María, Dios mismo sale nuestro encuentro hombre y nos busca porque nos ama con un amor misericordioso, con el amor más grande y desbordante; y Dios nos sigue amando incluso cuando nos alejamos de Él, incluso cuando, por el pecado, le rechazamos abandonando sus caminos. Dios quiere para todo hombre y mujer la vida, una vida sin límites, inmortal y eterna. Dios no quiere que el ser humano muera o que sea infeliz; Dios quiere que todo ser humano viva y sea la feliz: una felicidad que no es limitada y pasajera, que no se reduce al disfrute de los efímeros bienes terrenos y que no queda anclada en el bienestar material, en el tener, poseer y disfrutar bienes materiales: la felicidad que Dios quiere y nos ofrece es una felicidad plena y total, ilimitada y duradera, una felicidad que sólo se alcanza en Dios, en la participación de su misma vida.

En María, la elegida entre los sencillos de Israel, ya se ha hecho realidad lo que cada uno de nosotros está llamado a ser según el plan de Dios: en ella, el ser humano recupera en toda su plenitud y belleza el ser imagen de Dios, empañada por el pecado. María es ‘la aurora de la salvación’, en quien empiezan ya a florecer desde su Concepción y se han realizado con su Asunción a los Cielos los más espléndidos frutos de vida nueva. Con María, la Madre de Jesús, ha dado comienzo la historia de la humanidad salvada y, por ello, de la nueva humanidad. Ella es Madre y Esperanza nuestra. Como a María, también a cada uno de nosotros Dios nos ha creado ‘para que seamos santos e inmaculados ante él’ (Ef 1, 4). Por eso, Dios nos ha ‘bendecido’ antes de nuestra existencia terrena y ha enviado a su Hijo al mundo para rescatarnos del pecado y hacernos partícipes de su propia vida, de la felicidad plena.

¡Acojamos en nuestras vidas a Dios y a Cristo de manos de María! Ella nos lo ofrece y nos muestra el camino; sigamos su estela. En el Evangelio hemos proclamado una vez más el ‘Magníficat’ (Lc 1, 39-56). Este canto maravilloso comienza con las palabras de María: “Proclama mi alma la grandeza del Señor”. Es decir, María proclama que el Señor es grande. María desea que Dios sea grande en su vida y en el mundo, que lo sintamos presente en nuestras propias vidas. La Virgen no tiene miedo de que Dios sea un ‘competidor’ en su vida y en la nuestra, de que la grandeza de Dios pueda quitar algo de su libertad y de la nuestra, de su espacio vital o del nuestro. Al contrario: Ella sabe que, si Dios es grande, también ella es grande, también nosotros seremos grandes. Dios no oprime la existencia humana, sino que la eleva y la hace grande: es precisamente desde Dios, desde donde se hace grande nuestra existencia con el esplendor mismo de Dios.

Lo contrario pensaron nuestros primeros padres; ahí está el núcleo del pecado original. Temían que, si Dios era demasiado grande, ello les quitaría algo a su vida. Pensaron que debían apartar a Dios a fin de tener espacio para ellos mismos. Este era también el pensamiento del hijo pródigo, quien no entendió que, precisamente por estar en la casa del padre, era ‘libre’. Se marchó a un país lejano, donde malgastó su vida. Al final comprendió que, en vez de ser libre, se había hecho esclavo de sí mismo y de sus propias pasiones, precisamente por haberse alejado de su padre; y comprendió también que sólo volviendo a la casa del padre podría ser libre de verdad, con toda la belleza de la vida.

¿No nos sucede en nuestro tiempo también lo mismo que les pasó a nuestros primeros padres y al hijo pródigo? Muchos piensan que sólo llegarán a ser realmente libres si apartan a Dios de su existencia, si son totalmente autónomos frente a Dios, si siguen sus propias ideas y voluntad, si pueden hacer lo que les apetezca sin tener que obedecer ni dar cuentas a nadie. Pero cuando Dios desaparece de la vida humana, el hombre no llega a ser más grande; cuando Dios desaparece del horizonte humano, el hombre pierde la dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar y abusar.

El hombre es grande, sólo si Dios es grande. ¡Que bien lo entendió y vivió María, la Virgen de la Cueva Santa! De manos de María debemos comenzar a comprender que el camino para lograr todo el esplendor de nuestra dignidad humana y divina no está en la marginación sino en la acogida de Dios en nuestra propia existencia: en una palabra, el camino es dejar que Dios sea grande en nosotros y entre nosotros.

Aprendamos de María, la Virgen de la Cueva Santa, a acoger a Dios en nuestra existencia, en la vida pública y en la vida privada. Es vital y decisivo que Dios esté presente en nuestra vida común; sólo así tendremos una orientación, un camino común. De lo contrario, los contrastes se hacen inconciliables y los odios irreconciliables, pues ya no se reconoce la dignidad común. Engrandezcamos a Dios en la vida pública y en la vida privada, en la existencia personal y en las de nuestras familias. Esto significa hacer espacio a Dios cada día en nuestra vida, comenzando con la oración, dando el tiempo debido a Dios, dando también el domingo a Dios. Esto significa además ser humildes, reconocer nuestras limitaciones y pecados y dejarse reconciliar por Dios, que es compasivo y misericordioso. Esto significa ser testigos del amor de Dios, experimentado en su perdón, perdonando siempre, de corazón y a todos, incluidos los enemigos. Si Dios entra en nuestra vida, como en la de María, todo se hace más grande, más amplio, más rico, más fraterno y más humano.

¡Que la Virgen de la Cueva Santa nos enseñe y ayude a acoger a Dios y a Cristo Jesús, el Hijo de Dios y de Maria, en nuestra existencia, en la vida pública y en la vida privada! ¡Que María, la Virgen de la Cueva Santa, nuestra Patrona nos siga alentando a todos para vivir con fidelidad nuestro ser cristiano! ¡Que la Virgen de la Cueva Santa nos proteja a todos y a nuestra Ciudad en nuestro peregrinar por los caminos de la vida! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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