Fiesta de la Virgen de la Cueva Santa

S.I. Catedral de Segorbe – 7 de septiembre de 2008

(Judit 13, 17-20; Romanos 5, 12.17-19; Lucas 1, 39-47)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor!

Como cada año, en este primer domingo de septiembre, el Señor nos ha convocado en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía para honrar a María, la Virgen de la Cueva Santa, la Patrona de Segorbe. Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido a esta celebración para mostrar  así vuestro sincero amor de hijos a la Virgen Madre. Saludo cordialmente al Ilmo. Cabildo Catedral y a los sacerdotes concelebrantes, a toda la Ciudad de Segorbe, al Sr. Alcalde y a la Corporación Municipal, a las autoridades que nos acompañan, a las Reinas Mayor e Infantil de las Fiestas y a sus damas.

Durante los nueve días de la novena, cada día protagonizado por una las distintas asociaciones, os habéis ido preparando para este día central de nuestras fiestas patronales. Con la emotiva ofrenda de flores, ayer tarde, mostrabais y demostrabais una vez más el cariño y el amor, la fe y la devoción de los segorbinos a la Virgen de la Cueva Santa. Ahora en esta Eucaristía damos gracias a Dios por la Virgen de la Cueva Santa, por su patrocinio y por su protección; agradecemos a Dios todos los dones que, generación tras generación, nos ha dispensado a través de su intercesión maternal. Esta tarde, miramos, honramos y rezamos a María; ella nos acoge con amor de Madre; ella cuida de muestras personas y de nuestras vidas; ella camina con nosotros. ¿Qué sería de nosotros, de nuestras familias y de Segorbe sin la protección maternal de la Virgen de la Cueva Santa en el pasado y en el presente?

Hoy sentimos de un modo especial la cercanía maternal y la presencia amorosa de la Virgen. Con gozo espiritual contemplamos a la Virgen María, “la más humilde y a la vez la más alta de todas las criaturas, término fijo de la voluntad eterna”, como canta el poeta Dante (Paraíso, XXXIII, 3). En ella resplandece la eterna bondad del Creador que, en su plan de salvación, la escogió de antemano para ser madre de su Hijo unigénito y, en él, nuestra Madre nuestra.

En el evangelio de hoy hemos escuchado, una vez más, el canto del “Magníficat”. Es la respuesta de María a las palabras de saludo de su prima Isabel: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!”. Y María, la mujer sencilla y humilde, le responde con el Magníficat, ese hermoso canto que brota de su corazón bajo la inspiración del Espíritu Santo. En esas palabras queda reflejada el alma de la Virgen. En este canto podemos ver a María tal cual ella misma es. (Benedicto XVI)

Mi alma “engrandece” al Señor, canta María. La Virgen proclama que el Señor es grande. Ella sabe muy bien que cuanto es y cuanto tiene, cuanto de ella se dice, se lo debe todo enteramente a Dios, a su amor gratuito y precedente. Por ello, la Virgen canta la grandeza de Dios y así dirige la mirada de su prima Isabel y la nuestra a la grandeza de Dios en ella. “María sabe que Dios ha sido grande en su vida y desea que Dios sea grande en su vida, que Dios sea grande en el mundo, que Dios esté presente en todos nosotros. María no tiene miedo de que Dios sea un ‘competidor’ en su vida o en la nuestra; María no tiene miedo de que Dios con su grandeza pueda quitarle o quitarnos algo de nuestra libertad, de nuestro espacio vital. Ella sabe que, si Dios es grande y porque Dios es grande, también ella y nosotros somos grandes. Dios no oprime la vida del ser humano; todo lo contrario: Dios la eleva y la hace grande: precisamente entonces se hace grande con el esplendor de Dios.

El hecho de que nuestros primeros padres pensaran lo contrario fue el núcleo del pecado original. Temían que, si Dios era demasiado grande, quitaría algo a su vida. Y apartaron a Dios a fin de tener espacio para ellos mismos. Y como nos recuerda San Pablo, así “entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron” (Rom 5,12).

Lo mismo sucede en la época moderna y en la actualidad. Se piensa y se cree que, apartando a Dios y siendo el hombre autónomo, siguiendo sus propias ideas y su voluntad, llegará a ser realmente libre, y podrá hacer lo que le apetezca sin tener que obedecer a nadie. Pero cuando Dios desaparece, el hombre no llega a ser más grande; al contrario, pierde la dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar y abusar. Eso es precisamente lo que está confirmando la experiencia de nuestra época.

Ahí está el verdadero problema de nuestro tiempo: la quiebra de humanidad, o sea, la falta de una visión verdadera del hombre, que es inseparable de Dios. El error fundamental del hombre actual es querer prescindir de Dios en su vida, erigirse a sí mismo en el centro de su existencia, suplantar a Dios, querer ser dios sin Dios. (Benedicto XVI).

La Virgen nos muestra que el hombre es grande, sólo si Dios es grande. Con María debemos comenzar a comprender que es así. No debemos alejarnos de Dios, sino hacer que Dios esté presente, hacer que Dios sea grande en nuestra vida; así también nosotros tendremos todo el esplendor de la dignidad divina.

María nos muestra y canta el señorío y la grandeza del Dios único, en el que todo hombre encuentra su luz y su sentido, la libertad y la felicidad. Toda la humanidad está necesitada de la luz y de la verdad de Dios; esta necesidad es un verdadero clamor en nuestros días. María, la Virgen de la Cueva Santa, es faro en la oscuridad de nuestra noche, faro que nos conduce hacia la Luz, que es Dios: porque ella es bendita y dichosa porque acoge y cumple la Palabra de Dios, fuente de gracia y de salvación; ella es bienaventurada porque ha creído, ella es grande porque ha dejado a Dios ser grande en su vida. La Virgen María nos enseña a vivir con la confianza puesta enteramente en Dios. María nos muestra que el reconocimiento de Dios reclama la acogida y la obediencia fiel a Dios, la disponibilidad plena a su amor, la apertura ilimitada a la voluntad de Dios. Y esto es fuente de dicha, gozo del don y de la gracia, de vida y libertad, raíz y cumplimiento de la esperanza.

En el Magníficat, María nos canta la verdad de Dios, que no es otra sino su misericordia infinita, su obra que engrandece, levanta, libera y salva al hombre, las maravillas que Él ha hecho, hace y hará en favor de los hombres. Esta es la verdad de Dios, que ha hecho en ella maravillas en María.

Y ésta es también la verdad del hombre. Esta es la grandeza de todo ser humano: ser de Dios, ser criatura suya, amada por Él, imagen y semejanza suya. Ser de Dios y vivir para Dios, mostrar a Dios y dejar que aparezca su grandeza en el hombre, vivir la obediencia a Dios y cumplir su voluntad, ésta es la más genuina verdad del ser humano.

Todo cambia si hay Dios o si, por el contrario, no hay Dios en la vida. El hombre es grande sólo si Dios es Dios, si Dios es grande, todopoderoso, creador y señor de todo. El olvido de Dios o su rechazo trae el tiempo de indigencia y pequeñez humana que nos toca vivir, a pesar de las apariencias. No tener a Dios es la mayor de las pobrezas humanas: al hombre le falta todo cuando le falta Dios, porque le falta cuanto de verdad puede llenar su corazón grande, su alma sedienta de bien, de amor, de verdad, de hermosura, de felicidad, de grandeza; cuando al hombre le falta Dios pierde el esplendor y la grandeza de Dios en su rostro. Eso es lo que ha confirmado la experiencia de nuestra época. Sólo desde Dios, sólo a partir de Él, la tierra llegará a ser humana, la tierra será habitable a la luz de Dios.

No nos dejemos llevas por las voces empeñadas en hacer desaparecer a Dios de nuestra vida, de nuestras familias, de la educación de niños, adolescentes y jóvenes, de la cultura y de la vida pública. La historia, incluso la historia muy reciente, demuestra que no puede haber una sociedad libre, ni verdadero progreso humano al margen de Dios. El olvido o rechazo de Dios quiebra interiormente el verdadero sentido de las profundas aspiraciones del hombre, debilita y deforma los valores éticos de convivencia, socava las bases para el respeto de la dignidad inviolable de toda persona humana y priva del fundamento más sólido para el amor, la justicia, el bien, la libertad y la paz. Quien no conoce a Dios, no conoce al hombre, y quien olvida a Dios acaba ignorando la verdadera grandeza y dignidad de todo hombre.

En este día de fiesta damos gracias al Señor por el don de esta Madre y pidamos a María que nos ayude a encontrar el buen camino cada día. Ella acoge el amor de Dios con gratitud y gozo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor”. María acoge a Dios con fe y confianza plenas. Que de manos de María sepamos acoger en nuestras vidas al Dios que nos ama hasta el extremo en Cristo Jesús, hoy y todos los días de nuestra vida. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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