Fiesta de la Virgen de la Misericordia

Iglesia de El Salvador – Burriana – 8 de septiembre de 2006

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor!

Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido a esta celebración y deseáis así mostrar vuestro sincero amor de hijos a la Virgen Madre de la Misericordia. Saludo cordialmente al Sr. Párroco y a los sacerdotes concelebrantes, al Sr. Alcalde y a la Corporación Municipal, a las autoridades que nos acompañan, a las Reinas Mayor e Infantil de las Fiestas y a sus respectivas damas. Vuestra presencia es signo elocuente de vuestra profunda y sincera devoción a María; una devoción que está llena de cariño y de amor a nuestra Madre, la Virgen de la Misericordia. Ella nos mira y nos acoge una vez más con verdadero amor de Madre; cada uno de nosotros estamos en su corazón; ella cuida de muestras personas y de nuestras vidas; ella camina con nosotros en nuestras alegrías y esperanzas, en nuestros sufrimientos y dificultades. María es la madre de la misericordia y mediadora de todas las gracias. María es siempre la Madre buena que acoge, que espera, que tiene en sus labios la palabra oportuna o el silencio elocuente; y nos acercamos a Ella porque, como decía San Bernardo, “donde María pone sus pies, florece el desierto”.

Cuantos aquí nos encontramos somos los hombres y mujeres de la época de la técnica, del progreso científico, de los grandes avances y descubrimientos. Pero al mismo tiempo damos con frecuencia la impresión de andar huérfanos por la vida, y, por lo mismo, desorientados, aturdidos e inseguros. Vivimos como en un desierto donde se ceba el sentimiento de la soledad, de la amargura, del sinsentido. Son las consecuencias de haber apartado a Dios de nuestras vidas. Si María fue elegida para ser Madre de Dios, para hacer que Dios pudiera poner su tienda en medio de nuestro campamento, a Ella tenemos que acudir para que lo devuelva a nuestros corazones, a nuestras familias, a nuestra sociedad, a fin de que el desierto que padecemos se torne pronto en vergel frondoso.

Acudamos hoy a maría, Madre de la Misericordia, y pidámosle que nos ayude a recuperar la presencia de Dios en nuestra vida, en nuestra sociedad y en nuestro mundo.

 

Al celebrar hoy a María, Madre de la Misericordia, ella antes de nada dirige nuestra mirada a Dios. Ella es la mujer, que ha experimentado en su vida el amor misericordioso de Dios de un modo único y privilegiado, y ensalza la misericordia de Dios (cf Lc 1, 39-55). Así lo hemos escuchado de sus propios labios, en el hermoso cántico del Magnificat: “Su misericordia llega a sus fieles, de generación en genera­ción”; “Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia” (Lc 1, 50. 54).

Sí, hermanos: María, la humilde esclava del Señor, antes de nada nos habla de Dios; con su palabra y con su vida nos descubre y nos muestra el verdadero rostro de Dios. Un Dios que es amor: un amor totalmente gratuito, un amor compasivo y misericordioso: Dios es el amor más grande. María se sabe agraciada por Dios; ella sabe que es la llena de gracia sólo gracias al amor desbordante de Dios para con ella. Dios ha obrado en María cosas grandes y maravillosas. Elegida para ser Madre de su Hijo, Dios la colmó de su amor preservándola de toda mancha de pecado en previsión de la obra salvadora de su Hijo. La Virgen es desde su misma concepción “partícipe de la naturaleza divina” (2 Pt 1,4); en ella, Dios habita de manera especial. María está vivificada por la vida divina desde el momento mismo de su Concepción y para siempre. Todas las grandezas que cantamos de María son verdaderos dones del amor misericordioso de Dios. Ella es la ‘llena de gracia’, la amada y la agraciada de Dios desde el momento mismo de su Concepción y en su Asunción a los Cielos. Y tenía que ser así, por haber sido elegida y destinada por Dios para ser la Madre de su Hijo.

María no es sólo la profetisa que nos habla de Dios, que proclama la Misericordia de divina; ella es la Madre misma de la misericordia, porque dio a luz a Jesucristo, misericordia visi­ble del invisible Dios misericordioso. Así es madre espiritual de los fieles, llena de gracia y de misericordia, que nos enseña e invita como a los novios de Caná a acoger a su Hijo, y, en él, a Dios en nuestras vidas.

María supo acoger en todo momento con fe y perseverancia el amor de Dios, incluso en la dificultad. Con su sí incondicional a las palabras del Ángel, con su acogida del amor gratuito de Dios, se inicia el capítulo central y culminante de la historia humana.María, verdadera Madre del Hijo de Dios, nos da a Cristo, el Salvador, el Enmanuel, el Dios con nosotros.

En el Hijo de Dios encarnado en el seno virginal de María por obra del Espíritu Santo, Dios mismo se hace Hombre para devolvernos a toda la humanidad su vida y su amor, perdidos por el pecado. Dios, que es ‘rico en misericordia’, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo –por pura gracia-, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él” (Rom 2,4-5). En Cristo Jesús, el Hijo de Dios e Hijo de María, Dios muestra así su plan sobre toda la creación y, en particular, sobre el ser humano. El Hijo de Dios encarnado es el Verbo de Dios, la Palabra definitiva de Dios sobre sí mismo, sobre cada uno de nosotros, sobre la historia y sobre el mundo. Él es nuestro Salvador: fuera de él no hay verdad ni vida, fuera de él no hay salvación, ni felicidad, ni realización posible ni verdadero progreso del ser humano.

Muchas veces nos preguntamos qué somos y quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde caminamos, cuál es el sentido de nuestra existencia y cuál el de la historia humana. Son preguntas que de un modo u otro se hace toda persona que quiere vivir consciente y dignamente. Son muchas las respuestas que hoy se nos ofrecen a estas preguntas. Sin embargo, estas preguntas sólo encuentran en Cristo Jesús, el Hijo de María, la respuesta verdadera y definitiva. En Jesús, el Hijo de Dios se hace hombre en todo semejante a nosotros menos en el pecado, y nos devuelve la semejanza divina deformada por el pecado, nos recupera nuestra verdadera dignidad; en Cristo, todo ser humano queda elevado a la dignidad de ser hijos en el Hijo (cf. TMA 4). Esta es la verdadera dignidad humana, base de todo lo demás, de todos los restantes derechos y libertades. Esta es también la razón de nuestra esperanza cristiana, y éste es el motor de nuestra caridad.

 

María, la Madre de la Misericordia, es la Madre atenta y solícita que conoce nuestras necesidades y las presenta al Hijo, al que, cuando estaba en la tierra, suplicó en favor de los esposos de Caná (cf. Jn 2, 1-11). Quizá nuestra mayor necesidad es recuperar a Dios en nuestras vidas, reencontrarnos con Cristo, que nos da ‘el vino nuevo’, para dar sentido y esperanza a nuestras vidas.

María nos dice hoy como a los novios: “Haced lo que él os diga”. En Jesús, Dios mismo sale nuestro encuentro y nos busca porque nos ama con un amor misericordioso, con el amor más grande y desbordante. Dios nos sigue amando incluso cuando nos alejamos de Él, incluso cuando, por el pecado, le rechazamos abandonando sus caminos. Dios quiere para todo hombre y mujer la vida, una vida sin límites, inmortal y eterna. Dios no quiere que el ser humano muera o que sea infeliz. Dios quiere que todo ser humano viva y sea la feliz: una felicidad que no es limitada y pasajera, que no se reduce al disfrute de los efímeros bienes terrenos y que no queda anclada en el bienestar material, en el tener, poseer y disfrutar bienes materiales. La felicidad que Dios quiere y nos ofrece es una felicidad plena y total, ilimitada y duradera, una felicidad que sólo se alcanza en Dios, en la participación de su misma vida.

En María, la elegida entre los sencillos de Israel, ya se ha hecho realidad lo que cada uno de nosotros está llamado a ser según el plan de Dios; en ella, el ser humano recupera en toda su plenitud y belleza el ser imagen de Dios, empañada por el pecado. María es “la aurora de la salvación”, en quien empiezan ya a florecer desde su Concepción y se han realizado con su Asunción a los Cielos los más espléndidos frutos de vida nueva. Como a María, también a cada uno de nosotros Dios nos ha creado “para que seamos santos e inmaculados ante él” (Ef 1, 4). Por eso, Dios nos ha bendecido antes de nuestra existencia terrena y ha enviado a su Hijo al mundo para rescatarnos del pecado y hacernos partícipes de su propia vida, de la felicidad plena.

¡Acojamos en nuestras vidas a Dios y a Cristo de manos de María! Ella nos lo ofrece y nos muestra el camino; sigamos su estela. Como nuestros primeros padres, o como el Hijo pródigo muchos piensan que sólo llegarán a ser realmente libres si apartan a Dios de su existencia. Pero cuando Dios desaparece de la vida humana, el hombre no llega a ser más grande; cuando Dios desaparece del horizonte humano, el hombre pierde la dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar y abusar.

El hombre es grande, sólo si Dios es grande. ¡Que bien lo entendió y vivió María, que proclama la grandeza del Señor! De manos de María debemos comenzar a comprender que el camino para lograr todo el esplendor de nuestra dignidad humana y divina no está en la marginación sino en la acogida de Dios en nuestra propia existencia: en una palabra, el camino es dejar que Dios esté en nosotros y entre nosotros. Esto significa hacer espacio a Dios cada día en nuestra vida, comenzando con la oración, dando el tiempo debido a Dios, dando también el domingo a Dios. Esto significa además ser humildes, reconocer nuestras limitaciones y pecados, y dejarse reconciliar por Dios, que es rico en misericordia. Esto significa ser testigos del amor misericordioso de Dios perdonando siempre, de corazón y a todos, incluidos los enemigos. Si Dios entra en nuestra vida, como en la de María, todo se hace más grande, más amplio, más rico, más fraterno y más humano.

¡Que la Virgen de la Misericordia nos enseñe y ayude a acoger a Dios y a Cristo Jesús, el Hijo de Dios y de Maria, en nuestra existencia! ¡De manos de María, acojamos a su Hijo, que sale una vez a nuestro encuentro en la Eucaristía para avivar nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad! ¡Que la Virgen de la Misericordia proteja a todos y a esta Ciudad de Burriana en nuestro peregrinar por los caminos de la vida! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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