Fiesta de los Santos Ángeles Custodios, Patronos del Cuerpo Nacional de Policía

 

Castellón, Iglesia Basílica de la Mare de Déu del Lledó,

2 de octubre de 2007

 

Hermanos y hermanas en el Señor.

Convocados por el Señor celebramos un año más en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía la Fiesta del Cuerpo Nacional de Policía, recordando a los Santos Ángeles Custodios. Es una fiesta con ya larga tradición en la que honramos a los Ángeles Custodios, declarados Patronos tutelares del Cuerpo Nacional de Policía por Pío XI en 1926 a petición expresa del mismo Cuerpo Nacional de Policía. Queremos que hoy sea un día de alegría y de fiesta, de acción de gracias y de oración a Dios, Padre providente y amoroso, fuente de la vida y de todo don.

La palabra de Dios de este día nos lleva de la mano al sentido profundo de nuestra Fiesta. En el pasaje del libro del Éxodo, que hemos proclamado, dice Dios, el Señor: “Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que te he preparado. Respétalo y obedécelo” (Ex. 23, 20). “Ángel” significa mensajero. El Ángel de la Guarda, los Ángeles Custodios, son enviados de Dios, son sus mensajeros, encargados de cuidar y velar por su pueblo, para llevarlo a la tierra de promisión.

Esta Palabra del Dios, es palabra viva; tiene una connotación histórica, sí, pero una connotación también actual. Se refiere al Pueblo de Israel en su caminar por el desierto, pero se refiere también a cada uno de nosotros. Dios vela y cuida de nosotros protegiéndonos en nuestro caminar en la tierra hacia la tierra de promisión, hacía Él mismo. Los ángeles son enviados y mensajeros de Dios, testigos de su presencia protectora y providente en nuestras vidas, en nuestro trabajo, en nuestra sociedad. En esta función de los ángeles, me quiero detener hoy unos breves momentos. Porque, ¿creemos en su existencia o lo consideramos propio de mentes infantiles? ¿Nos dicen algo en unos tiempos en que nuestra sociedad y quizá nosotros mismos vivimos como si Dios no existiera?

Somos testigos y víctimas muchas veces de una mentalidad muy difundida que llamamos secularismo; una mentalidad, que ha marcado profundamente el corazón de individuos y de la sociedad. Vivimos inmersos en una cultura en la que el hombre y el mundo son entendidos como si Dios no existiera: las cosas, la vida del hombre, su trabajo y sus relaciones se conciben sin referencia a Dios. El hombre y la sociedad actuales quieren bastarse a sí mismos. El hombre se ha convertido en absoluto y Dios es rechazado como Señor de la existencia humana. El secularismo, en su endiosamiento e idolatría del hombre, llega a afirmar que no le interesa ni tan siquiera plantear la cuestión de Dios. Le importa sobre todo mantener a Dios al margen de sus ideas, de sus proyectos y de sus acciones cotidianas. El hombre y su cosmos se creen autosuficientes.

El secularismo es la tentación permanente del hombre que pretende ser Dios. Nos toca vivir en una cultura en que desvanece el interés por Dios en la vida humana; un contexto en que se silencia, se minimiza, cuando no se ridiculiza lo religioso. A veces se llega a hostigar a Dios y a combatirlo abiertamente, porque incomoda las posiciones y las libertades sin ética que defienden un estilo de vida sin Dios. A Dios ya no se le tiene presente en la solución de los problemas del hombre. Estos son tratados y resueltos en la economía, en la política, en los medios de comunicación o en los centros científicos, pero al margen de Dios.

Es precisamente ésta la visión del hombre y del mundo sin Dios la que ahora se quiere imponer en la formación de niños, adolescentes y jóvenes para que sean buenos ciudadanos: es la visión de un hombre totalmente autónomo, que se convierte en criterio y norma del bien y del mal, un hombre cerrado a la trascendencia, un hombre cerrado en su yo y en su inmanencia. ¿Dónde queda el derecho fundamental a la libertad religiosa? ¿Dónde el derecho originario y primario de los padres a educar a los hijos conforme a sus convicciones religiosas?

Pero el silencio de Dios, de su presencia, de su verdad y de su providencia sabia y amorosa abre el camino a una vida humana sin rumbo y sin sentido, a proyectos que acortan el horizonte y se cierran en intereses inmediatos, a idolatrías de distinto tipo. La ausencia de Dios en la vida social ha traído consigo consecuencias inhumanas: la pérdida progresiva del respeto a la dignidad de toda persona humana, la disolución del matrimonio y de la familia, la violencia del hombre contra el mismo hombre o la absolutización de la ley política al desvincularla de todo principio y de la ley natural.

El silencio de Dios en nuestra cultura lleva a la muerte del hombre, al ocaso de la dignidad humana. Cuando se reduce al hombre a su dimensión material e intramundana, cuando se le expolia de su profundidad espiritual, cuando se elimina su referencia a Dios, se inicia la muerte del hombre. Recuperar por el contrario a Dios en nuestra vida lleva a la defensa del hombre, de su dignidad, de su verdadero ser y de sus derechos. Los derechos humanos tienen su fundamento último en Dios. Las leyes no los crean, las leyes los reconocen y protegen ante la permanente tentación de ser conculcados. La dignidad de toda persona humana y sus derechos inalienables proceden de la gratuidad absoluta del amor de Dios creador y redentor, y están destinados a su ejercicio responsable y honroso.

Los ángeles custodios, nos recuerdan a Dios: un Dios de amor y de vida, un Dios providente y amoroso. La celebración hoy de su Fiesta, si está de verdad anclada en la Palabra de Dios, si es verdaderamente expresión de nuestra fe cristiana, nos ha de ayudar a acoger la presencia de Dios en la historia humana, en la historia de cada uno de nosotros; los ángeles son signos de la trascendencia de Dios y de su inmanencia, de su absoluto y de su cercanía en la vida de los humanos. Los ángeles son testigos de Dios -de su verdad, de su realidad, de su cercanía-. Ellos hacen presente a Dios mismo, en su trascendencia, porque sólo Dios es Dios; pero también hacen presente a Dios en la inmanencia de su cercanía: nada ni nadie está más cerca del hombre y de toda criatura que Dios mismo.

En el fragmento del Evangelio de San Mateo, que hemos proclamado, Jesús nos invita a contemplar la realidad circundante de un modo más penetrante y más conforme con el suyo. La lógica humana tiene sed de grandezas y de prestigio, tiende a reducir toda la realidad a lo materialmente sensible y experimentable, se liga a las apariencias. La lógica del reino de los Cielos va en una dirección opuesta; para acogerla es preciso cambiar de mentalidad, o sea, convertirse. Es verdaderamente grande quien es sencillo y no prepotente: es grande quien se abre a Dios y se confía con gratitud a su cuidado y amor. Estos “pequeños” son los predilectos de Dios: sus ángeles custodios –de apariencia invisible- ven siempre el rostro de Dios y están muy próximos a El. Los discípulos de Jesús deberán abstenerse de despreciar a los pequeños e intentar más bien llegar a ser como ellos.

Dios, el Dios que nos muestra Jesús y nos recuerdan los ángeles custodios, no es enemigo del hombre, ni fuente de odio ni de guerras. Dios no tiene de celos del hombre, de su auténtico desarrollo, de su libertad y de su felicidad. Dios es el Padre y Creador del hombre, un Dios cercano y providente. “La gloria de Dios es que el hombre viva”, dice San Ireneo. No se trata de elegir entre Dios y el hombre, sino que se debe elegir a Dios y al hombre, a Dios por causa del hombre. Quien elige a Dios auténticamente, elige al Padre del hombre y el que elige auténticamente al hombre, está eligiendo a Dios, principio y fin del hombre, fundamento último de su vida, de su dignidad y de su libertad.

Los creyentes hemos de vivir en Dios y desde Dios; hemos de dar testimonio en nuestra vida y en nuestro trabajo de que la dignidad de toda persona se funda en su ser imagen y semejanza de Dios, llamada a ser hijo de Dios en Cristo Jesús.

Queridos miembros del Cuerpo Nacional de Policía. Vuestro esfuerzo diario por la seguridad ciudadana es imprescindible para garantizar dignidad de las personas, su libertad y seguridad, y el disfrute efectivo de sus derechos y el cumplimiento de sus deberes. Queremos reconocer aquí agradecidamente vuestro trabajo, vuestros desvelos, vuestra entrega y vuestros sacrificios en favor de la atención, la seguridad y la convivencia ciudadana; sin ellas no es posible el desarrollo de la dignidad de las personas.

Vuestro trabajo, queridos miembros del Cuerpo nacional de Policía, se ve con frecuencia amenazado por la lacra de los enemigos de la dignidad de la persona, de la convivencia pacífica, de la justicia y de la paz. Muchas veces habéis sufrido en propia carne esa lacra humana y social de España, que es el terrorismo. El terrorismo atenta contra de la ley de Dios, contra la dignidad humana y contra el derecho humano más elemental –el derecho a la vida-, y, a la vez, socava los fundamentos de toda convivencia democrática, basada en la verdad, en la justicia y en la paz de Dios. Recordemos hoy ante el Señor una vez más a todas las victimas del terrorismo y a sus familias; y recordemos de un modo especial a todos vuestros compañeros, victimas del terrorismo, y a todas sus familias. ¡Que el Señor los acoja en su seno y a sus familias les fortalezca en la esperanza!

En el día de vuestra Fiesta queremos poner vuestro trabajo, queridos miembros del Cuerpo Nacional de Policía, bajo el cuidado protector de los Ángeles Custodios. A la Mare de Déu del Lledó os encomiendo a vosotros y vuestro trabajo, y a todas vuestras familias. ¡Que ella os proteja y aliente en vuestro quehacer diario a favor del bien común de todos! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón

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