Fiesta de San Juan de Ávila

Castellón, Seminario Diocesano, 10 de Mayo de 2007

 

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos y seminaristas.

Unidos a la Iglesia en España, queridos hermanos, celebramos la fiesta de San Juan de Ávila, Patrono del clero secular español. Al recordar hoy al Maestro de Avila queremos dar gracias a Dios por el regalo de este santo, que vio la luz el día de Epifanía del último año del siglo XV en Almodóvar del Campo y vivió en el siglo XVI; damos gracias a Dios también por su beatificación por León XIII en 1894; por su declaración como Patrono principal del clero secular español por Pío XII en 1946; por su canonización por Pablo VI en 1970. Y pedimos al Señor que pronto lo podamos honrar como ‘Doctor’ de la Iglesia universal.

Animados por el espíritu de San Juan de Avila deseamos hoy manifestar nuestra alegría en el seguimiento del Señor en el camino de nuestro ministerio presbiteral. Cantemos las misericordias del Señor y con María, proclamamos su grandeza por las maravillas que ha obrado entre nosotros, por los testimonios de entrega y de santidad, que han dado tantos sacerdotes de nuestro presbiterio diocesano de Segorbe-Castellón. Como Obispo vuestro, hoy doy gracias a Dios por vosotros, querido sacerdotes: por vuestras personas, por el don de vuestra vocación y ministerio sacerdotal, por vuestra entrega fiel a Jesucristo, el Buen Pastor, y a las ovejas de su rebaño que El través de nuestra Iglesia os ha confiado. El Señor ha estado grande con vosotros y en vosotros con nuestra Iglesia diocesana. Y por la intercesión de nuestro Santo Patrono suplico a Dios que nos conceda la gracia de la santidad a todos nosotros.

Sí, hermanos: La fiesta de San Juan de Avila nos invita a reavivar nuestro gozo por el don recibido y nuestro deseo de imitar a este santo en nuestra vida sacerdotal y en nuestro ministerio pastoral. El es “maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico”, como hemos rezado en la oración colecta. Juan de Avila fue un hombre de estilo austero y de oración sosegada; son proverbiales la sabiduría de sus escritos y la prudencia de sus consejos, tanto a los principiantes como a los más adelantados en los caminos del Espíritu, como lo fueron Teresa de Jesús y Juan de Dios. La recia personalidad del Maestro de Avila, su amor entrañable a Jesucristo, su pasión por la Iglesia, su ardor pastoral y su entrega apostólica son estímulos permanentes para que nosotros vivamos con creciente ardor y fidelidad nuestro ministerio, para que seamos testigos de Jesucristo y pastores del pueblo de Dios.

También a nosotros, los sacerdotes de hoy, se nos pide que sigamos a Jesucristo con la radical fidelidad de Juan de Ávila. En los momentos recios que nos ha tocado vivir necesitamos reavivar el fuego del don recibido por la imposición de las manos; nos hace falta una configuración existencial más plena con Jesucristo, el Buen Pastor; hemos de seguir progresando en la espiritualidad específica del sacerdote diocesano secular, cuya base y expresión es la caridad pastoral. Nuestra sociedad necesita maestros del espíritu, testigos gozosos de su experiencia de fe en el Señor Jesús; nuestra sociedad necesita místicos y mistagogos. Los sacerdotes jóvenes, los seminaristas y las futuras vocaciones necesitan referentes de pastores santos en nuestro presbiterio. Nuestra Iglesia, esta porción del Nuevo Pueblo de Dios en Segorbe-Castellón, llamada a dejarse renovar por el Señor para seguir con nuevo ardor en la tarea de la evangelización, necesita el acompañamiento de sacerdotes santos.

“Para conseguir los (sus) fines pastorales de renovación interna de la Iglesia, de difusión del evangelio en todo el mundo y de diálogo con el mundo moderno”, el Concilio Vaticano II nos “exhorta vehementemente a todos los sacerdotes a que, empleando los medios recomendados por la Iglesia”, nos esforcemos “por alcanzar una santidad cada día mayor, que nos (los) haga instrumentos cada vez más aptos al servicio de todo el Pueblo de Dios” (cf. PO 12).

También a Juan de Ávila le tocó vivir tiempos difíciles, incluso dramáticos: por todas partes se respiraba un ambiente de reforma, y las nuevas corrientes humanistas y de espiritualidad o la apertura a nuevos mundos interpelaban y cuestionaban a la Iglesia y su misión salvadora. El sabía que de la reforma de los sacerdotes y demás clérigos, dependía en gran medida la necesaria renovación de la Iglesia. En su memorial al Concilio de Trento decía: “Éste es el punto principal del negocio y que toca en lo interior de él; sin lo cual todo trabajo que se tome cerca de la reformación será de muy poco provecho, porque será o cerca de cosas exteriores o, no habiendo virtud para cumplir las interiores, no dura la dicha reformación por no tener fundamento”.

Pido a Dios en este día que renueve en nosotros ese espíritu de entrega gozosa del Maestro Ávila que, en los tiempos duros del siglo XVI, supo vivir firme en la fe, gozoso en la esperanza y apasionado en su caridad pastoral, sin arredrarse ante las dificultades. Que valoremos como un tesoro y vivamos con gozo nuestro sacerdocio, tantas veces atormentado por el avanzado estado de paganismo, por la indiferencia religiosa, el alejamiento progresivo de nuestros cristianos, por el laicismo militante y excluyente. Nuestro tiempo, tan necesitado de una nueva y renovada evangelización, nos pide una fe adhesión total y confiada a Cristo, un amor apasionado por nuestra Iglesia, el testimonio de una existencia entregada al ministerio y una comunión sin fisuras en la fe y en la moral. No valen los maestros solamente sino ante todo los testigos. Aquellos lo serán si se basan en el testimonio de una vida entregada a Cristo en el servicio a los hermanos en el seno de la comunión de la Iglesia.

Nuestro ministerio sacerdotal tiene su fuente permanente en el amor de Cristo, que se traduce en amor de entrega total a Cristo y, en El, a quienes nos han sido confiados. El evangelio de hoy nos recuerda el diálogo de Jesús resucitado con Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?… Apacienta mis ovejas” (Jn 21,15-17). Este es el núcleo de la vivencia existencial de nuestro ministerio sacerdotal: amar al Buen Pastor de las ovejas y a las ovejas del Buen Pastor como El.

“¿Me amas?”, pregunta Jesús; y Pedro responde: “Señor, tu sabes que te quiero”. Este amor se basa en la iniciativa misteriosa y gratuita del Señor, que llamó a los discípulos antes de nada “para que estuvieran con él” (Mc 3,14). Él les hizo sus amigos amándolos con el amor que recibe del Padre (cf. Jn 15,9-15). Amar a Jesucristo corresponder a su amor.

En medio de su trabajo apostólico, San Juan de Ávila era un hombre de ciencia, fundamentada en la Sagrada Escritura, en los Padres de la Iglesia, en los teólogos escolásticos y en los autores de su tiempo. Su Biblioteca era abundante, actualizada y selecta, y dedicaba al estudio, con proyección pastoral, varias horas al día. Sin embargo, la fuente principal de su ciencia era la oración y contemplación del misterio de Cristo. Su libro más leído y mejor asimilado era la cruz del Señor, vivida como la gran señal de amor de Dios al hombre. Y la Eucaristía era el horno donde encendía su corazón en celo ardiente.

En efecto, hermanos: La intimidad del sacerdote con Jesucristo se manifiesta y se alimenta en la oración y particularmente en la Eucaristía. La oración es para Juan de Ávila, condición imprescindible para ser sacerdote, porque ella en sí misma es apostólica: “que no tome oficio de abogar si no sabe hablar”, decía (Plática 2ª). Y en relación con la Eucaristía recordaba: “el trato familiar de su sacratísimo Cuerpo es sobre toda manera amigable… al cual ha de corresponder, de parte de Cristo con el sacerdote y del sacerdote con Cristo, una amistad interior tan estrecha y una semejanza de costumbres y un amar y aborrecer de la misma manera y, en fin, un amor tan entrañable, que de dos haga uno” (Tratado del Sacerdocio, 12).

Instados por tantas demandas y preocupados por tantas cosas, queridos sacerdotes, necesitamos fortalecer y mejorar nuestra vida de oración y contemplación, donde vayamos adquiriendo los mismos sentimientos de Cristo, donde vayamos aprendiendo a amar como el Señor. Tenemos que idear todavía más formas de apoyo para cuidar este aspecto fundamental del ministerio. Tenemos necesidad, hermanos, de entrar “en la escuela de la Eucaristía” y encontrar en ella el secreto contra la soledad, el apoyo contra el desaliento, la energía interior para nuestra fidelidad.

La contemplación del Buen Pastor que ha entregado su vida por amor, nos llevará a los sacerdotes a corresponderle en igual sentido: “si me amas, pastorea mis ovejas”. El santo Maestro de Ávila nos ha dejado ejemplo de ello. Hizo de su vida una ofrenda eucarística, signo de la caridad de Cristo que se da a los demás, siempre en comunión con la Iglesia y pendiente de las necesidades de los hombres. Su afán evangelizador, sus sermones caldeados de fuego apostólico, sus muchas horas de confesionario, su tiempo programado y dedicado al estudio, su preocupación por la vida espiritual y la formación permanente de los sacerdotes, la fundación y mantenimiento de colegios, sus iniciativas catequéticas, la dirección espiritual, la abundante correspondencia: todo ello son muestras de esa entrega hasta el final de su vida, ya lleno de achaques. Una vida gastada y desgastada por el Evangelio.

Solamente si vivimos nuestro sacerdocio no con sentido funcionalista, sino como una progresiva configuración con Jesucristo, podremos superar el miedo ante los compromisos definitivos, y a vivir nuestro sacerdocio con entrega total y a tiempo pleno.

Como San Pablo sabemos bien que “llevamos en vasijas de barro este tesoro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros’ (2 Cor 4,7). Es verdad, hermanos: llevamos en nuestras manos un tesoro, el don, la luz de la Palabra y la vida divina que el Señor nos ha dado, pero la llevamos en vasijas de barro. No somos más que representantes, mensajeros del Señor; frágiles instrumentos de sus manos. Es verdad que en la historia del sacerdocio, no menos que en la de todo el pueblo de Dios, se advierte también la oscura presencia del pecado. ¡La fragilidad humana de los ministros ha empañado tantas veces el rostro de Cristo! Pero a pesar de todas las fragilidades de sus sacerdotes, el pueblo de Dios ha seguido creyendo en la fuerza de Dios en Cristo que actúa a través de su ministerio.

Somos frágiles; la fortaleza nos viene de Cristo que nos ama a pesar de nuestros pecados. Él nos sigue ofreciendo su misericordia, una misericordia que traspasa nuestras debilidades. San Juan de Ávila así lo entendió. En la santidad se avanza desde la humildad, desde el reconocimiento de nuestra pequeñez y desde la confianza en el amor que Dios derrama en nosotros y en las personas que nos rodean y nos han sido confiadas. Sólo quien se fía de Cristo, con sencillez y humildad, podrá manifestar una fuerza arrolladora que emana de su amor. El Reino de Dios nace en Cristo, desde Cristo y con Cristo. Nosotros somos ‘siervos inútiles’ que ofrecemos nuestra pequeñez para que Él sea reconocido, acogido, amado y seguido.

En este día de fiesta deseo para todos los sacerdotes de nuestro presbiterio la gracia de vivir y crecer en el amor y celo apostólicos de San Juan Ávila. Que esta Eucaristía sea semilla fecunda de unas vidas sacerdotales cada vez más entregadas y fuente de nuevas vocaciones al sacerdocio. ¡Que María nos acompañe y cuide de nosotros para que seamos fieles transparencia de su Hijo, el Buen Pastor! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.