Fiesta de San Juan de Ávila

 

Castellón, Seminario Mater Dei, 9 de Mayo de 2008

(1 Pt 5,2-3, Sal 88; Jn 10, 11-16)

 

 

Amados sacerdotes, diáconos y seminaristas.

Con alegría celebramos hoy la Fiesta de San Juan Avila, el Patrono de clero español. Esta Jornada Sacerdotal es un día para la acción de gracias, para la alabanza y para la petición, hecha compromiso de vida.

Damos gracias a Dios por el don de San Juan de Avila, “maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico” (oración colecta). Animados por el Apóstol de Andalucía, por su espíritu, ejemplo y enseñanzas, manifestamos nuestra gratitud por el don de nuestro ministerio y nuestra alegría en nuestro seguimiento del Señor. Con las palabras del Salmo (88), cantamos las misericordias del Señor, proclamamos su grandeza por las maravillas que ha obrado en nosotros. Unidos en la oración suplicamos a Dios Padre que nos conceda la gracia de la santidad y de la fidelidad creciente a todos los sacerdotes, siguiendo las huellas de su Hijo, el Buen Pastor, y el ejemplo de nuestro Patrono, San Juan de Avila.

Yo soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11), dice Jesús de sí mismo, en el Evangelio que hemos proclamado. Así es como Jesús se presenta a sus discípulos. El Señor usa repetidas veces la imagen del pastor y de las ovejas. Pero en el Evangelio de hoy (Jn 10, 11-16) nos propone con meridiana claridad la figura del Buen Pastor. El Buen Pastor es aquel que cuida de sus ovejas, que busca a la extraviada, que cura a la herida y que carga sobre sus hombros a la extenuada. Después de afirmar con solemnidad que Él es el Buen Pastor, nos dice que “el buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10, 11). El Señor se refiere a su muerte por amor en la Cruz, una muerte aceptada voluntaria y libremente para la salvación del mundo. Jesús da su vida por los suyos. Y lo hace por amor a los suyos y por amor al Padre, en obediencia a la misión que le había encomendado, para que se forme un solo rebaño bajo un solo pastor.

A la imagen del Buen Pastor, que -conforme al término griego usado- debería decirse el Pastor bueno, perfecto en todos sus aspectos y, en este sentido, único, Jesús contrapone la imagen del pastor mercenario que ve venir al lobo y huye. El falso pastor sólo piensa en si mismo. El pastor mercenario no tiene interés alguno por sus ovejas. Es incapaz de arriesgar su vida ante el peligro. En contraste con los falsos pastores, y con los maestros de la ley, Jesús se declara el buen Pastor, el Pastor modelo, que entregó su vida por cada uno de nosotros.

Los presbíteros y los obispos hemos sido ungidos, consagrados y enviados para ser pastores y guías al servicio del pueblo de Dios. Pero somos pastores del pueblo de Dios en nombre y en representación de Cristo Jesús, el Buen Pastor. Al afirmar, pues, nuestro ser y nuestra función de pastores de la comunidad eclesial, no puede en caer en olvido el lugar central de Cristo en el Pueblo de Dios y la referencia permanente de nuestro ministerio a El; la centralidad de Jesucristo siempre debe quedar resaltada en la vida y misión de la Iglesia, en el ejercicio y vivencia de nuestro ministerio.

Por ello, el evangelio del Buen Pastor nos debe llevar a una honda reflexión a todos los pastores en la Iglesia. Con los demás cristianos, somos ovejas, cuyo único Pastor es Cristo; para los demás somos pastores en nombre y en representación de Cristo, Cabeza y Pastor. Llamados a representarle, hemos de trasparentarle existencialmente. San Juan de Avila, que tantas veces glosó esta parábola, dice al respecto: “!Oh eclesiásticos, si os mirásedes en el fuego de vuestro pastor principal, Cristo, en aquellos que os precedieron, apóstoles y discípulos, obispos mártires y pontífices santos” (Plática 7º, 92ss).

No podremos ser buenos pastores, tras las huellas del buen Pastor, sin una profunda relación de amor con Dios Padre, buscando siempre su voluntad, como Cristo Jesús. Y no podremos tampoco ser buenos pastores, sin cultivar una profunda relación de amor y amistad con Cristo Jesús, el Buen Pastor. Recordemos la triple pregunta de Jesús a Pedro, antes de encomendarle el pastoreo de la Iglesia: “Pedro ¿me amas?”(cf. Jn 21, 15-17). Nadie da lo que no tiene. Nadie puede transmitir a Cristo, si no está unido vital y existencialmente a Él por el amor. Si estamos desnutridos, si estamos alejados de la fuente de la  Vida, no podremos transmitir vida. Sólo desde nuestro amor a Cristo, podremos amar, cuidar y apacentar a aquellos que El nos encomienda, con respeto, con comprensión y, sobre todo, con verdadero amor. Nuestra caridad pastoral será la prueba de nuestro amor a Cristo.

Jesús señala las condiciones del Buen Pastor, que son: dar la vida por las ovejas; conocerlas bien, vivir entre ellas participando de sus problemas; y preocuparse especialmente de las que están fuera del redil. Son tres grandes principios para todo pastor en la Iglesia.

El buen pastor da la vida por sus ovejas …. El asalariado, en  cambio, el que no es pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo, las  abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa” (Jn 10, 11). Esta es la primera y principal característica del buen pastor: Dar, gastar y desgastar la propia vida por las ovejas. Es la suprema muestra del amor, del celo apostólico, de la caridad pastoral. De lo contrario se vivirá no para el ministerio, sino del ministerio; se servirá uno de él en beneficio y provecho propio, en lugar de vivirlo como servicio desinteresado a los hermanos.

San Pedro nos exhorta: “Sed pastores del rebaño de Dios a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño” (1 Pt 5,2-3). No es el despotismo autoritario, el ‘aquí mando yo’, o ‘el aquí el párroco soy yo’, sino el amor entrañable y el servicio fraterno, lo que caracterizan al buen pastor. Ser buen pastor exige entrega incondicional y amor entrañable a los co-presbiteros, a la comunidad y a cada persona. Nuestra motivación no puede nunca ser el título o el puesto, la rentabilidad o el medrar sino vivir una permanente actitud de servicio y el testimonio de una entrega total y desinteresada a la comunidad y a los hermanos: nuestro único interés ha de ser Jesucristo, su Evangelio y llevar a las personas al encuentro con Cristo y su salvación.

Jesús, el Buen Pastor, conoce a sus ovejas, y pide que quienes les representan sigan sus huellas. Para Juan, ‘conocer a alguien’ es mucho más que saber su nombre y apellidos. Se trata de un conocimiento personal, surgido del diálogo y encuentro con el otro, del compartir sus alegrías y sus penas, su dolor y su gozo. Es el conocimiento que implica una comunidad de vida con los fieles, vivir entre ellos y con ellos, salir en su búsqueda y a su encuentro, como hizo Jesús. De lo contrario es imposible conocer sus problemas, sus gozos y sus angustias, sus necesidades e inquietudes y ofrecerles a Cristo, la Palabra y el Alimento de Vida. Existen muchas formas, y a veces muy sutiles, de vivir aparte, al margen o por encima de los fieles. Nadie puede cuidar la comunidad desde casa, desde el despacho, desde la iglesia y al resguardo del frío en tiempos de invierno pastoral por comodidad o por miedo al rechazo. El pastor bueno sale y se acerca, acorta las distancias, dialoga con su gente con cercanía y sencillez.

Así va surgiendo también un nuevo tipo de comunidad cristiana: se trata de un grupo integrado, donde se acoge y se respeta, y donde todos trabajan por el mismo objetivo: el encuentro salvífico con Cristo Jesús. Deberían bastarnos estas pocas líneas de Juan para afrontar una profunda reforma de nuestras comunidades, para que sean menos masa pasiva, para que cada uno pueda ocupar el lugar, que le corresponde.

Condición previa para conocer las ovejas, es estar con ellas. Sabemos muy bien, que cada día son más los alejados de la Iglesia, sobre todo entre los jóvenes y los matrimonios y familias jóvenes, en el mundo del trabajo, de la ciencia y en tantos otros más: esto nos está pidiendo un esfuerzo nada común. Nos hace falta crecer en celo apostólico, en caridad pastoral, para acercarnos y afrontar estos ambientes. Aquí es donde se conoce al buen pastor. El estilo pastoral, que nos pide Jesús, el Buen Pastor, es el de una pastoral misionera y propositiva, personal y personalizada. Jesús sabe acoger a las personas en un encuentro personal. En Jesús se da un respeto profundo a las personas en su intimidad más honda. Y ahí empieza la cura más profunda, su método de salvación. Es un camino delicado que trastoca nuestra forma de vivir el ministerio pastoral. Pero es el camino del buen pastor.

Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a  ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn, 10, 16).  El auténtico pastor no se cierra en su grupo, ni piensa sólo en los de dentro ni se contenta con los que vienen. El buen pastor tiene, por el contrario, un corazón amplio, abierto, universal; se siente el servidor de todos aquellos hombres que buscan la verdad. Jesús distingue entre redil y rebaño. El rebaño es la comunidad universal de los hombres que está invitada a escuchar, acoger y vivir el Evangelio; el redil es la pequeña comunidad local integrada por un limitado número de personas. Jesús no se cierra a los que no le conocen, a los de fuera, ni les cierra las puertas; busca caminos para llegar a ellos. A menudo olvidamos esta característica del buen pastor. Seguir las huellas del Buen Pastor es aceptar este espíritu amplio, que no puede ser encerrado en las fronteras de una parroquia, diócesis, nación, cultura o raza, ni quedar reducido por la afinidad política, ideológica o de simpatía. Jesús no habla de la ‘conquista’ de los de fuera, ni menos de imponer su anuncio del Reino por la fuerza. Sí que habla por el contrario de los ‘oirán su voz’: esa voz que arroja luz en la vida, que insinúa esperanza, que tiende la mano, perdona y reconcilia.

Queridos sacerdotes, necesitamos fortalecer y mejorar nuestra vida de oración y contemplación donde vayamos adquiriendo los mismos sentimientos, actitudes y comportamientos de Cristo, el Buen Pastor. Hemos de entrar “en la escuela de la Eucaristía” y encontrar en ella el secreto para vencer el conformismo, la comodidad y el desaliento, y encontrar la energía interior que alimente nuestra caridad pastoral. En este día de fiesta el Buen Pastor nos invita de nuevo a seguir sus huellas con la radical fidelidad con que Juan de Ávila lo siguió.

El santo Maestro Avila fue un enamorado de la Eucaristía, hizo de su vida una ofrenda eucarística, signo de la caridad de Cristo que se da a los demás, siempre en comunión con la Iglesia y pendiente de las necesidades de los hombres. El es ejemplo de una vida gastada y desgastada por el Evangelio.

En esta Jornada Sacerdotal le pedimos al Señor especialmente, por los pastores de su Pueblo, los obispos y los sacerdotes, para que nos conceda ser fieles reflejos de Cristo, el Buen Pastor. Le rogamos también que nos enseñe a saber cuidar con amor entregado de la pequeña parte de ese rebaño del Señor, que nos ha encomendado. Que esta Eucaristía sea semilla fecunda de unas vidas sacerdotales cada vez más entregadas y de nuevas vocaciones al ministerio ordenado.

¡Que María, la mujer eucarística, nos acompañe a todos y cuide de nosotros para que sigamos siendo fieles a su Hijo Jesucristo, el Buen Pastor! Amen.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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