Fiesta de San Pascual Baylón

Iglesia Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2008

(Ecco 2, 7-13; 1 Cor 1, 26-31; Mt 11, 25-30)

 

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor

A los pies de los restos de San Pascual, el Señor Jesús nos ha convocado en este día de Fiesta en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía para honrar y venerar a nuestro santo patrono, al Patrono de Villarreal y al Patrono de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Os saludo de todo corazón a todos cuantos os habéis unido a esta celebración de la Eucaristía, aquí en la Basílica o desde vuestros hogares a través de la radio o de la televisión.

Al celebrar la Fiesta de San Pascual, nuestro Patrono, vienen a nuestra memoria su vida sencilla de pastor y hermano lego; vienen también a nuestro recuerdo sus virtudes de humildad y de confianza en Dios, de entrega y servicio a los hermanos, a los pobres y a los más necesitados, y, sobre todo, recordamos su gran amor a la Eucaristía y su profunda devoción a la Virgen.

Al mirar a Pascual se aviva en nosotros la historia de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia diocesana; es una historia entretejida por tantas personas sencillas, que, como Pascual, supieron acoger a Dios en su vida y confiar en él, que se dejaron transformar por el amor Dios y lo hicieron vida en el amor y el servicio a los hermanos; personas que, unidas a Cristo, fueron en su vida ordinaria testigos elocuentes del Evangelio de Jesucristo.

No nos limitemos a mirar con nostalgia el pasado, ni a quedarnos en el recuerdo frío de la tradición. Celebremos con verdadera fe y devoción a San Pascual. Hacerlo así implica mirar el presente y dejarnos interpelar por nuestro Patrono en nuestra condición de cristianos hoy; significa preguntarnos por el grado de nuestro seguimiento de Jesucristo, de nuestra fe y vida cristiana, por la transmisión de la fe a nuestros niños y jóvenes, por la vida cristiana de de nuestras familias y por la fuerza evangelizadora de nuestras comunidades parroquiales, eclesiales y de nuestras cofradías. Mirando el ejemplo de santidad de Pascual en su vida ordinaria pidamos por su intercesión que se avive nuestra fe, que se fortalezca nuestra esperanza y que se acreciente nuestra caridad.

En la sencilla y conmovedora historia de San Pascual, en todo aquello que configuró su existencia, se refleja bien cómo el pastor y fraile no se separó nunca de Cristo Jesús “hecho para nosotros sabiduría y justicia, santificación y redención” (1 Cor 1, 30). Pascual vivió unido a la verdadera vid que es Cristo, alimentó su vida en una profunda vivencia de la Eucaristía, siguiendo la estela de María, la Virgen, la humilde doncella de Nazaret. Su unión a Cristo y su amor a la Eucaristía fueron la fuente de su práctica diaria del amor cristiano. De él se puede decir que “confió en el Señor y no fue defraudado, que perseveró en su temor y no fue abandonado, que lo invocó y no fue despreciado” (Ecco 2, 10). Como dice San Pablo a los Corintios, Pascual no supo “gloriarse sino en el Señor” (1 Cor 1,31).

San Pascual, hombre sencillo y humilde, supo intuir que es bueno confiar en Dios y dar gracias al Señor, buscar su gloria y descubrir la grandeza de sus obras y la profundidad de sus designios (cf. Sal 92,6). El Evangelio de hoy nos ha recordado que las realidades profundas de Dios sólo pueden ser entendidas no por los sabios y entendidos de este mundo sino “por la gente sencilla” (Mt 11,27). Las cosas de Dios y a Dios mismo sólo se les puede amar y comprender desde la humildad confiada. Cuando el ser humano da rienda al orgullo, a la soberbia, a la auto-suficiencia, se cierra a Dios y aparecen sus dioses, a los que dedica todo: atención, tiempo y energías; esos dioses ante los cuales sacrifica su vida y la de los demás; son los ídolos del dinero, del negocio, del poder y del placer.

Como cristianos nos hemos de preguntar: ¿a qué dios adoramos? ¿en qué dios creemos? Cuando no se cree en el Dios único y verdadero, el Dios amor que nos muestra  y ofrece Jesucristo, se cree en muchos dioses, que no salvan, sino que esclavizan. Pascual nos ayuda a volver nuestra mirada a Dios, al Dios que es Uno y Trino, al Dios que es Amor, que sale de sí mismo para darse, que ama al mundo y al ser humano; se comunica y dialoga con él. Un Dios cercano, que viene al encuentro del hombre en su Hijo, Jesucristo. Es un Dios que nos envuelve en su misterio, que quiere ser conocido, amado y adorado. Pascual supo en todo momento vivir en unión íntima de amor con el Dios que le amaba, un amor que alimentó constantemente en su presencia permanente y en su fuente inagotable que es la Eucaristía, el Sacramento de la caridad.

San Pascual nos invita esta mañana a entrar en el corazón del misterio de la Eucaristía, el sacramento de la caridad y el vínculo de la unidad; un misterio que se ha de creer, celebrar y vivir, como nos ha recordado Benedicto XVI (Exh. Postsinodal Sacramentum Charitatis). La Eucaristía es el bien más precioso que tenemos los cristianos. Es el don que Jesús hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. Por esto, la Eucaristía es una fuente de esperanza para toda la humanidad y, de manera muy especial, para los más pobres y necesitados.

Sí, hermanos. Nos urge avivar nuestra fe en la Eucaristía, en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, y, en él, nuestra fe en Dios, Uno y Trino, el Dios que es amor. “En la Eucaristía, Jesús no da ‘algo’, sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros” (Benedicto XVI, 7). “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo” (Jn 6,51). Jesús es el Pan de vida, que el Padre eterno da a los hombres.

En la Eucaristía nos llega toda la vida divina y se comparte con nosotros en la forma del Sacramento. En el don eucarístico, Jesucristo nos comunica la misma vida divina. Se trata de un don absolutamente gratuito, que se debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas más allá de toda medida.

Si creemos de verdad en la Eucaristía, esta fe nos llevará a su celebración frecuente, a una participación activa, plena y fructuosa, para lo que debemos estar debidamente dispuestos. Conscientes de que la Eucaristía es un principio de vida para el cristiano, hemos de recuperar la participación en la Eucaristía dominical, y hacerlo en familia. Que bien los entendieron aquellos cristianos de Bitinia, que, pese a la prohibición de reunirse para la Eucaristía bajo pena de muerte, fueron sorprendidos por los emisarios del emperador. ‘Sine Eucharistia esse non posssumus”, contestaron. Sí. Sin Eucaristía no podemos existir. “La vida de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar en la Celebración eucarística, en que se hace memoria de la victoria pascual. Participar en la asamblea litúrgica dominical, junto con todos los hermanos y hermanas con los que se forma un solo cuerpo en Jesucristo, es algo que la conciencia cristiana reclama y que al mismo tiempo la forma. Perder el sentido del domingo, como día del Señor para santificar, es síntoma de una pérdida del sentido auténtico de la libertad cristiana, la libertad de los hijos de Dios” (Benedicto XVI, 73).

Pero la Eucaristía no es sólo un misterio que hemos de creer y celebrar, sino que es un misterio que hemos de vivir. “El que come vivirá por mí” (Jn 6,57). La Eucaristía contiene en sí un dinamismo que hace de él principio de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana. El alimento eucarístico nos transforma; gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; el Señor nos atrae hacia sí.

Por ello, la Eucaristía ha de ir transformando toda nuestra vida en culto espiritual agradable a Dios. El nuevo culto cristiano abarca todos los aspectos de la vida, privada y pública, transfigurándola: “Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Cor 10, 31). El cristiano está llamado a expresar en cada acto de su vida el verdadero culto a Dios. La vida cristiana se convierte en una existencia eucarística, ofrecida a Dios y entregada a los hermanos.

Al celebrar la Eucaristía y adorar a Cristo presente en ella se aviva en nosotros el amor y también la esperanza. Donde el ser humano experimenta el amor se abren puertas y caminos de esperanza. No es la ciencia, sino el amor lo que redime al hombre, nos ha recordado el Papa Benedicto XVI. Y porque el amor es lo que salva, salva tanto más cuanto más grande y fuerte es. No basta el amor frágil que nosotros podemos ofrecer. El hombre, todo hombre, necesita un amor absoluto e incondicionado para encontrar sentido a la vida y vivirla con esperanza. Y este amor es el amor de Dios, que se ha manifestado y se nos ofrece en Cristo y que tiene su máxima expresión sacramental en la Eucaristía.

Si se cree, celebra y vive la Eucaristía como el gran sacramento del amor, esto se traduce necesariamente en gestos de amor y en obras de caridad que se convierten en signos de esperanza. Amor y caridad en la vida personal hacia todos, especialmente hacia los más necesitados, de acogida de los emigrantes y sus familias, de compromiso por la dignidad de toda persona humana desde su concepción hasta su muerte natural; amor entre los esposos y hacia los hijos, que se convierte en compromiso con la transmisión de la fe y una educación integral que no margine a Dios; amor comprometido en la sociedad y en nuestra ciudad a favor del bien común, de la justicia y de la paz.

San Pascual Bailón, por ser nuestro patrono, es guía en nuestra caminar cristiano. Que de sus manos y por su intercesión se avive en nosotros la fe y la confianza en Dios, que se avive en nosotros la fe y la participación en la Eucaristía, que haga de nuestras vidas testigos del amor de Dios en el amor a los hermanos. Y como él, pedimos la protección de la Virgen María. Que la Mare de Déu de Gracia, bendiga a todos los ciudadanos y la Ciudad de Villarreal, a nuestra Iglesia diocesana, de modo especial a los que más necesitan de su protección de Madre. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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