Fiesta de Santa Quiteria

Parroquia de la Natividad, Almazora, 22 de mayo de 2007

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor:

El Señor Resucitado nos ha convocado en esta bella Iglesia de la Natividad para celebrar la Eucaristía en honor de Santa Quiteria. Me alegra poder celebrar por vez primera esta Fiesta en honor de vuestra Patrona, la patrona de Almazora. Agradezco de corazón a vuestro párroco, Mons. Joaquin, y al Sr. Alcalde su invitación para estar con vosotros en este día de fiesta. Ya conocía antes, pero estos días he podido seguir la gran devoción del pueblo de Almazora a santa Quiteria, en el pasado y en el presente. Pero bien pudiera ocurrir que con el paso del tiempo la devoción a Santa Quiteria fuera perdiendo su núcleo vital y su raíz cristiana, la sola fuente que la podrá mantener viva; bien pudiera suceder que estas fiestas se quedaran en lo superficial y ornamental, en lo folklórico e interesado, sin sentido cristiano alguno; bien pudiera ocurrir que olvidemos a quién y por qué la honramos, que el recuerdo de Santa Quiteria no nos lleve a Aquel, que fue el centro de su vida y ha de ser también el centro de la vida de todo cristiano y de toda comunidad cristiana: Cristo Jesús, muerto y resucitado, para que tengamos vida y vida en abundancia.

Poco es lo que sabemos a ciencia cierta de Santa Quiteria. Según las crónicas, Quiteria era hija de un príncipe de tierras de Galicia. Nacida de padres paganos, probablemente en Bayona (Pontevedra) en el siglo II de nuestra era, pronto se convirtió a la fe cristiana y fue bautizada, sin que su padre supiese de su conversión. A la edad de trece años hizo a Jesucristo la ofrenda de su virginidad para consagrarse a Él viviendo en la soledad y en la oración. Poco después su padre la propuso el matrimonio, y entonces ella huyó de la casa paterna para mantenerse fiel a su consagración y se refugió en un valle solitario, que, según las actas, se llamaba Aufragia. Su padre la mandó buscar, y habiéndola encontrado, su pretendiente le cortó la cabeza. Ella prefirió perder su vida antes de ser infiel a su promesa. Su culto se extendió por toda España y la parte meridional de Francia. Entre nosotros desde antes de 1618 ya se habla de Santa Quiteria.

A los santos se les admira pero sobre todo se les imita. En santa Quiteria honramos a una cristiana virgen y mártir, que brilló por su fidelidad a la fe cristiana y en el seguimiento de Cristo hasta el martirio. Santa Quiteria vivió y nos propone algo que fundamental para todo verdadero cristiano: la fidelidad plena y total a Cristo hasta la muerte. Sé bien que la fidelidad y, más aún de por vida, y que la fidelidad en la fe, es una virtud y un bien de escasa estima en la actualidad. Pero a los mártires como Quiteria les honramos por su fidelidad a la fe cristiana hasta entregar su vida por ello.

Y son precisamente la fidelidad a Cristo Jesús y la coherencia de vida cristiana lo que hoy nos pide con urgencia a los cristianos la Palabra de Dios, que hemos proclamado. El ambiente de indiferencia religiosa y la hostilidad creciente hacia el cristianismo y los cristianos nos tientan a dejarnos llevar por esa apostasía silenciosa de nuestra fe; es fuerte la tentación de adaptarnos a la mentalidad secularizada y pagana circundante que vive sin reconocer la grandeza de Dios y la dignidad humana. Permanecer fieles a Jesucristo en el seno de la Iglesia, incluso hasta la entrega de la propia vida, no se hace si no es desde una unión vital a Cristo, vivida con fidelidad en la fe y con la coherencia de la vida.

En las circunstancias actuales no resulta fácil entender y vivir, el mensaje valiente y radical de Santa Quiteria. Es más fácil vivir al margen de Cristo y de nuestra condición cristiana, o hacerlo de un modo rutinario, tibio, ocasional y superficial, sin repercusión en nuestra vida. Pero nuestro ser y condición de cristianos, si quieren ser vividos con autenticidad, nos han de llevar a Cristo y a dejarnos avivar por Él, Camino, Verdad y Vida; ha de llevarnos  a conocerle de verdad, a creer y confiar en él, a unirnos a él para amarle y seguirle. Como hemos escuchado en libro del Apocalipsis: Cristo Jesús es quien lo hace todo nuevo, el Señor, el Alfa y Omega, el principio y fin … el que al sediento da a beber de la fuente de agua viva (cf. Ap 21, 5-6), el único agua capaz de saciar nuestro de deseo de vida y felicidad. Seremos en verdad cristianos si, en cada situación, nuestra vida responde a las exigencias de la fe, y no a las veleidades de nuestros gustos y de la moda. La fidelidad a la fe y la coherencia de vida nos puede llevar a ser impopulares e incluso hasta ser ‘herejes sociales’. “Dichosos vosotros si tenéis que sufrir por causa de la justicia; no les tengáis miedo ni os amedrentéis” (1 Pt 3,14). Las dificultades se superan reaccionando con valentía hasta morir por lo que se ama.

Al celebrar a Santa Quiteria no podemos olvidar su testimonio. La Iglesia a lo largo de los siglos se fraguó en la fortaleza de los valientes, como nuestra Patrona. La Iglesia crece siempre por atracción y ninguna estrategia puede sustituir a este atractivo, que sólo puede nacer de la fidelidad a Cristo. Es la fe en Cristo la que nos da la verdadera vida, nos hace responsables los unos de los otros, en especial de los más necesitados, nos permite comprender la realidad en su verdad más profunda, y nos lanza a construir una sociedad justa. Se trata de no desperdiciar la vida, sino de llevarla a plenitud a lo largo de un camino en el que no faltan las dificultades.

El Evangelio de hoy nos recuerda el camino para todo aquel que quiere ser verdadero cristiano, que quiera heredar la Vida, en plenitud y en eternidad. “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y se venga conmigo” (Lc 9, 23). Jesús no es el Mesías del triunfo y del poder. Como auténtico Siervo del Señor, cumplió su misión de Mesías mediante el servicio y la entrega por amor hasta la muerte. A Cristo no se le puede ‘comprender’ con la lógica del éxito y del poder, tan al uso en nuestro mundo. Jesús, que vino para cumplir la voluntad del Padre, permanece fiel a ella hasta sus últimas consecuencias; y así cumple la misión de salvación para cuantos crean en él y lo amen; no con palabras, sino con la entrega de su vida por amor. Si el amor es la condición para seguirlo, el sacrificio verifica la autenticidad de ese amor.

Estas palabras del Evangelio expresan la radicalidad propia de la vida cristiana, que no admite tibiezas, medias tintas, componendas, vacilaciones ni marcha atrás. Estas palabras exigentes impresionaron a muchos de los que seguían a Jesús y le volvieron la espalda; son unas palabras que a lo largo de los siglos han impedido que muchos -hombres y mujeres- siguieran a Cristo. Pero precisamente esta radicalidad es la que lleva a la herencia de la vida, la que ha producido frutos admirables de santidad y de martirio, que conforman en el tiempo el camino de la Iglesia. Aún hoy esas palabras son consideradas un escándalo y una locura, también para muchos cristianos (cf. 1 Co 1, 22-25). Y, sin embargo, cada bautizado ha de confrontarse con ellas, porque el camino trazado por Dios para su Hijo es el mismo que debe recorrer el discípulo. Para llegar a la Vida no existen dos caminos, sino uno solo: el que recorrió el Maestro. El discípulo no puede inventarse otro distinto.

Jesús camina delante de los suyos y a cada uno le pide que haga lo que él mismo ha hecho. El no ha venido para ser servido, sino para servir. Acepta la contradicción, el ser rechazado por la mayoría de su pueblo. También sus discípulos hemos de contar con la contradicción y la contestación; somos y seremos hostigados, menospreciados, insultados y denostados si vivimos desde Dios unidos a Cristo en la comunidad de los creyentes, siendo profetas y testigos de Dios en un mundo, que no quiere saber de Dios.

Negarse a sí mismo significa renunciar al propio proyecto, a menudo limitado y mezquino, para acoger el de Dios: este es el camino de la conversión, indispensable para la existencia cristiana. Jesús no nos pide renunciar a la vida, a la libertad, a la felicidad; lo que pide es acoger una novedad y una plenitud de vida, una libertad y una felicidad que sólo él puede dar.  Tenemos enraizada en lo más profundo de nuestro corazón la tendencia a pensar sólo desde y en nosotros mismos, a ponernos en el centro de los intereses y a considerarnos la medida de todo. En cambio, quien sigue a Cristo no se repliega sobre sí mismo ni valora las cosas según su interés o provecho personal. Considera la vida como un don, como algo gratuito, no como una conquista o una posesión. La vida verdadera se manifiesta en el don de sí, fruto de la gracia de Cristo: una existencia verdaderamente libre, en comunión con Dios y con los hermanos, que es la que realmente hace libres, lleva a la Vida en plenitud (cf. Gaudium et spes, 24).

Quien busca únicamente los bienes terrenos, será al final un perdedor, a pesar de las apariencias de éxito: la muerte lo sorprenderá lleno de cosas, pero con una vida fallida y las manos vacías (cf. Lc 12, 13-21). Hay que escoger entre ser y tener, entre una vida plena y una existencia vacía, entre nuestra propia verdad y las mentiras que la ocultan y distorsionan. Con la invitación ‘sígueme’, Jesús nos llama a abrirnos a Él y a su salvación, a compartir su vida y sus opciones, a entregar nuestra vida como Él por amor a Dios y a los hermanos. Cristo abre así ante nosotros el ‘camino de la vida’, que está constantemente amenazado por el ‘camino de la muerte’: el camino del pecado, que  separa al hombre de Dios y del prójimo, causando división y minando desde dentro la sociedad.

El camino de la vida es el camino de la fe y de la conversión. Es el camino que lleva a confiar en Dios, en Cristo y en su designio salvífico, a creer que él murió para manifestar y dar el amor de Dios a todo hombre; es el camino de salvación en medio de una sociedad a menudo egoísta y contradictoria; es el camino de la felicidad siguiendo a Cristo hasta las últimas consecuencias en todas las circunstancias de la vida; es el camino que no teme fracasos, dificultades, marginación ni soledad, porque llena de Dios el corazón del hombre; es el camino de la paz, del dominio de sí, de la alegría profunda del corazón.

La cultura de lo efímero y de lo placentero, tan difundida hoy, nos presenta como ideal el éxito fácil, la carrera rápida y rentable, una sexualidad sin responsabilidad y, finalmente, una existencia centrada en la afirmación de sí mismos, aunque sea a costa de los demás. Abramos bien los ojos: este no es el camino que lleva a la vida, sino el sendero que desemboca en la muerte, en la propia y la ajena. Jesús nos dice: “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la salvará”. Y Cristo ni miente ni engaña: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?” (Lc 9, 24-25). Con la verdad de sus palabras, Jesús nos revela el secreto de la vida auténtica.

No tengamos miedo de avanzar por el camino que el Señor recorrió primero. La fiesta de Santa Quiteria es una llamada a la renovación de nuestra vida cristiana. María Virgen nos invita a ser fieles y coherentes en la fe que hemos recibido como gran regalo de su Hijo Jesucristo. Con Santa Quiteria y todos los santos nos asociamos para dejar que la Luz que es Cristo nos ilumine, nos lleve por el Camino de la santidad y nos haga vivir en la Verdad. Amén.

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