Fiesta de Santo Tomás de Villanueva

Iglesia Parroquial de Benicasim, 22 de septiembre de 2007

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor:

El Señor Resucitado nos ha convocado en esta bella Iglesia parroquial de Benicasim para celebrar la Eucaristía en honor de Santo Tomás de Villanueva. Me alegra poder celebrar por vez primera esta Fiesta en honor del titular de vuestra comunidad parroquial y patrono también de vuestro pueblo de Benicasim. Saludo de corazón a vuestro párroco, Mons. Yago, y le agradezco su invitación para estar con vosotros en este día de fiesta. Saludo también a Mons. Héctor, vuestro Vicario parroquial, a los sacerdotes y diácono que se han unido a nuestra celebración. Mi saludo cordial también a las autoridades municipales, a la reina de las fiestas y a las damas.

Estos días he podido seguir por los MCS cómo vuestro pueblo de Benicasim celebra con alegría y con numerosos actos sus fiestas patronales en honor de santo Tomás. Pero bien pudiera ocurrir que, con el paso del tiempo, las fiestas patronales fueran perdiendo su núcleo vital y su raíz cristiana, la sola fuente que las podrá mantener vivas; bien pudiera suceder que estas fiestas se quedaran en lo superficial y ornamental, en lo folklórico y cultural, pero sin sentido cristiano alguno; bien pudiera ocurrir que olvidemos a quién y por qué le honramos, y que el recuerdo de Santo Tomás de Villanueva nos ha de llevar a Aquel, que fue el centro de su vida y ha de ser también el centro de la vida de todo cristiano y de toda comunidad cristiana: Cristo Jesús, el Buen pastor, muerto y resucitado, para que tengamos vida y vida en abundancia.

Recordemos brevemente algunos rasgos de nuestro patrono. Tomás García y Martínez de Castellanos -así era el nombre de pila de nuestro Santo Tomás-, nace en Villanueva de los Infantes en el año del Señor de 1488 en el seno de una familia de molineros. Aquel hijo de molineros estaba llamado a ser él mismo pan, que, con la misma naturalidad con que éste se da, se dió a sí mismo en aquel siglo glorioso. Ya desde su infancia, Tomás hizo gala de tiernas entrañas para con el pobre, desprendiéndose de sus dineros y vestidos. Fue esto algo que aprendió en un clima familiar sosegado y pródigo, y particularmente a través del influjo recibido de su santa madre.

Tras un breve tiempo de magisterio en la cátedra de Artes de Alcalá, siguiendo la llamada de Dios a la vida religiosa ingresó en los agustinos de Salamanca en el año 1516. Después de años de dedicación a la enseñanza, a la predicación y a funciones de gobierno en su Orden agustina, la providencia lo llevó a la sede arzobispal de Valencia en 1545. Como Arzobispo vivió en austeridad. Todo era sobrio y desnudo en su casa: el dormitorio, el despacho, la comida. “Yo soy pastor y, como tal, me debo enteramente a mis súbditos”, era su lema en el lenguaje de entonces. Santo Tomás entregó a los suyos su doctrina y su palabra, su consejo y todos sus dineros, pero sobre todo su persona entera. Predicó constantemente, se acercó a cárceles y hospitales, visitó las parroquias de la ciudad y del arzobispado. Clamó contra los abusos, corrigió a los descaminados, satisfizo por ellos con su penitencia. Gimió mucho ante Dios pidiendo más luz y fuego para la Iglesia. En una palabra: Tomás  encarnó en su vida las recomendaciones de San Pablo a su discípulo Timoteo, que hemos escuchado en la primera lectura de hoy (2 Tim 4, 1-5). El supo vivir su tarea de evangelizador, desempeñar su ministerio de pastor, tras las huellas del Buen Pastor.

Cristo, María y los sacramentos eran fuentes de su espíritu. La confianza en Dios, la reforma personal y la oración, los cauces del mismo. Y como vivencia suprema de esta total entrega, su consagración absoluta al pueblo encomendado en admirable ejemplo de caridad. A su casa, siempre abierta al pobre, acudían centenares de necesitados. Al incalculable cuento de ducados que esparció a los menesterosos, añadió él la recogida de niños expósitos y el sustento de sus nodrizas, la creación de un cuerpo de médicos y cirujanos que asistiesen a los miserables y la fundación de un seminario en que se educasen los futuros sacerdotes. Tomás de Villanueva fue un limosnero pródigo de dineros, de consuelo, de doctrina y de ejemplo. Por eso se vació sin límites al morir santamente un 8 de septiembre de 1555.

A los santos se les admira pero sobre todo se les imita. En santo Tomás honramos a un Obispo, que brilló hasta el día de su muerte por su caridad pastoral tras las huellas de Cristo, el Buen Pastor. Santo Tomás vivió y nos propone algo que es fundamental para todo verdadero cristiano: escuchar la voz del Buen Pastor, acogerle a Él y su Palabra, entrar en la comunidad de los creyentes, y mantenerse en fidelidad plena y total a Cristo hasta la muerte. Sé bien que la fidelidad y, más aún de por vida, y que la fidelidad en la fe, es una virtud y un bien de escasa estima en la actualidad.

Pero son precisamente la adhesión personal a Cristo el Buen Pastor, la fidelidad a la verdad de su Palabra y la coherencia de vida cristiana lo que hoy nos pide con urgencia la Palabra de Dios, que hemos proclamado. El ambiente de indiferencia religiosa y la hostilidad creciente hacia el cristianismo y los cristianos nos tientan a dejarnos llevar por el ambiente de apostasía silenciosa y creciente de la fe cristiana; es fuerte la tentación de adaptarnos a la mentalidad secularizada y pagana circundante que vive sin reconocer la grandeza de Dios y la dignidad humana. Permanecer fieles a Jesucristo y a la verdad de su palabra en el seno de la Iglesia no se hace si no es desde una unión vital a Cristo, vivida con fidelidad en la fe y con la coherencia de la vida.

En las circunstancias actuales no resulta fácil entender y vivir, el mensaje valiente y radical de Santo Tomás. Es más fácil vivir al margen de Cristo y de nuestra condición cristiana; o hacerlo de un modo rutinario, tibio, ocasional y superficial, sin repercusión en nuestra vida. Pero nuestro ser y condición de cristianos, si quieren son vividos con autenticidad, nos han de llevar a Cristo, el Buen Pastor, y a dejarnos conducir por Él, el Camino, la Verdad y la Vida; ha de llevarnos  a conocer de verdad al Buen Pastor, a creer y confiar en él, a unirnos a Él para amarle y seguirle. “Yo soy el Buen pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen a mí;… yo doy mi vida por mis ovejas” (Jn 10, 15). Cristo, el Buen Pastor, da su vida para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia; Él es el único capaz de saciar nuestro de deseo de vida y felicidad. Seremos en verdad cristianos si, en cada situación, nuestra vida responde a las exigencias de la fe, y no a las veleidades de nuestros gustos y de la moda. La fidelidad a la fe en Cristo y la coherencia de vida nos puede llevar a ser impopulares e incluso hasta ser ‘herejes sociales’. “Dichosos vosotros si tenéis que sufrir por causa de la justicia; no les tengáis miedo ni os amedrentéis” (1 Pt 3,14). Las dificultades se superan reaccionando con valentía hasta morir por lo que se ama.

Al celebrar a Santo Tomás no podemos olvidar su testimonio. La Iglesia a lo largo de los siglos se fraguó en la fortaleza de los valientes, como nuestro Patrono. La Iglesia crece siempre por atracción y ninguna estrategia puede sustituir a este atractivo, que sólo puede nacer de la fidelidad a Cristo. Es la fe en Cristo la que nos da la verdadera vida, nos hace responsables los unos de los otros, en especial de los más necesitados, nos permite comprender la realidad en su verdad más profunda, y nos lanza a construir una sociedad justa.

El Evangelio de hoy nos recuerda el camino para todo aquel que quiere ser verdadero cristiano, que quiera heredar la Vida, en plenitud y en eternidad: conocer, acoger, amar y seguir a Cristo Jesús, el Buen Pastor. Jesús mismo es el Buen Pastor, que busca a la oveja perdida, trae a la extraviada, venda a la herida y cura a la enferma. Jesús ha venido al mundo para congregar el rebaño de Dios, para recogerlo de su extravío, para guiarlo, para defenderlo, para alimentarlo con su doctrina y con su vida, para conducirlo hasta el prado definitivo, junto a las aguas de la vida. Con el salmista podemos en verdad decir personalmente y como comunidad: “El Señor es mi Pastor, nada me falta” (Sal 22).

El Buen Pastor ama tanto a su ‘pequeño rebaño’, que ha dado su vida por él. Cristo Jesús, el verdadero Pastor de las ovejas, conoce a todas y a cada una de las suyas, tiene de nosotros un conocimiento amoroso. Nos conoce a cada uno de nosotros mejor que nosotros nos conocemos a nosotros mismos. Un conocimiento que implica una invitación a acoger su llamada, a escuchar su voz y adherirse a Él y a su Evangelio, a acoger el don de Dios, a desarrollar la llamada personal de Dios y los dones de él recibidos y a ponerlos libremente al servicio de los demás en la comunidad de los creyentes.

Jesús nos ama y nos libera a cada uno de nuestra soledad y de nuestro individualismo. Por ello, su misión de Pastor enviado por Dios consistirá en crear su nueva comunidad con quienes respondan a su llamada. Jesús, el único y verdadero Pastor, camina delante abriendo horizontes a los suyos y dando ejemplo. Es el primero en enfrentarse con el peligro, el primero en dar la vida cuando se trata del bien de los demás. Jesús es “la puerta de las ovejas”, el único acceso legítimo para las ovejas. Sólo Él posibilita pertenecer en verdad a la comunidad de los suyos, de los creyentes, de la Iglesia. Entrar por la puerta, que es Jesús, significa reconocer y adorar a Dios, poner a Dios en el centro de la propia vida, adherirse a Cristo, acoger su Evangelio, ponerse a su servicio en bien del hombre y entregarse plenamente a procurarlo. Para nosotros, los pastores, entrar por la puerta es ejercer el ministerio pastoral según los criterios y los sentimientos de Jesús, el Buen Pastor; es llamar a cada uno por su nombre, salir a su encuentro, acompañarle personalmente para ayudarle a vivir la vocación que Dios le ha dado en el seno de la comunidad eclesial y al servicio de su misión.

Ser cristiano no es creer en Dios a secas, sino en el Dios que se nos ha manifestado en Cristo. Lo que define al cristiano es creer que la puerta -el camino- es Jesús de Nazaret, creer en su determinada manera de vivir esta vida. En estos tiempos, en que crece el pluralismo de creencias y de ideologías, es especialmente importante no olvidar que lo que identifica al cristianismo es únicamente Jesucristo. “Quien crea en Él y se bautice se salvará” (Mc 16, 16), al quedar liberado de sus opresiones y pecados; quien crea en El “encontrará pastos” y la ansiada libertad, pues Jesús hace andar a los inválidos y ver a los ciegos, oír a los sordos y hablar a los mudos (Mt 15. 31; Mc 7. 34-37). Será libre porque habrá entrado en la esfera de su amor. Y nada hay más libre que el amor cuando es verdadero. E irá descubriendo la respuesta plena a todas sus búsquedas y esperanzas al haber convertido toda su vida en servicio a El y a los hermanos.

Vuestra comunidad parroquial no es una masa de gente anónima. Es el Pueblo de Dios en Benicasim, es su familia, congregada y apacentada por Cristo, donde cada uno tiene su lugar y su tarea. Sois la comunidad de los creyentes que vive como el Cuerpo de Cristo y del Cuerpo del Señor, la Eucaristía. Entre vosotros, las relaciones con Cristo Jesús y de unos con los otros tienen que estar basadas siempre en la caridad al servicio de la unidad del único Cuerpo de Cristo. “Que vuestra caridad no sea una farsa”, nos recuerda San Pablo (Rom 12,9). Es nuestra vida entera, tal como es, la que debe entrar en relación con Jesús y con los demás. Una relación personal que nos hace acogedores y responsables los unos de los otros, pues formamos un solo Cuerpo en Cristo, en el que cada miembro está al servicio de los otros miembros.

Sabemos bien de Quien nos hemos fiado; sabemos bien en Quien hemos confiado; el Señor Jesús camina y está en todo momento con nosotros. No tengamos miedo de avanzar por el camino que el Señor nos muestra. La fiesta de Santo Tomás es una llamada a la renovación de nuestra vida cristiana, personal, familiar y parroquial. María, la Virgen, nos invita a ser fieles y coherentes en la fe que hemos recibido como gran regalo de su Hijo Jesucristo. Que como Santo Tomás dejemos que la voz del Buen Pastor nos ilumine, nos lleve por el camino de la santidad y nos haga vivir en la Verdad. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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