Fiesta del Seminario Diocesano ‘Mater Dei’

Castellón, Iglesia del Seminario, 26 de marzo de 2007

 

Celebramos hoy la Solemnidad de la Anunciación del Señor, la Fiesta del Seminario Diocesano ‘Mater Dei’ y la institución de un nuevo acólito, que pronto, con la gracia de Dios, será ordenado diácono. Es un día repleto de significado, que he deseado celebrar con todo el presbiterio diocesano, para dar gracias al Dios por su gran amor a la humanidad y por sus muestras de amor a nuestra Iglesia de Segorbe-Castellón. Dios, que es amor, es la fuente de la Encarnación del Verbo, de este nuevo acólito, de nuestro seminario y de nuestro presbiterio.

Llegada la plenitud de los tiempos, Dios envió su mensaje a la tierra y la Virgen creyó el anuncio del ángel: que Cristo, encarnado en su seno por obra del Espíritu Santo, iba a hacerse hombre por salvar a los hombres”. Este denso texto del prefacio de hoy resume muy bien el sentido de esta Solemnidad. Dios Padre envía su mensaje a la tierra, o –con palabras del profeta Isaías- nos envía una señal. Es el Dios cuyo designio amoroso de restaurar la naturaleza humana caída y alejada de Dios por el pecado, cumplirá su Hijo al llegar a este mundo. Así se expresa en la carta a los Hebreos y en el salmo: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Heb 10, 9; Sal 39). Cristo Jesús, es el Enmanuel, el Dios-con- nosotros, el Hijo de Dios, que, al llegar a este mundo, dijo: “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo” (Heb 10, 5). El Espíritu Santo hará germinar a Jesús en el seno de María: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 35). Y ahí está también María, en quien se ha cumplido la profecía de Isaías: “La Virgen está encinta y da a luz un hijo” (Is 7, 14). Es esta virgen, desposada con José, quien, al recibir de Dios la llamada para ser madre de Jesús, respondió: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).

La Anunciación es un acontecimiento humilde y escondido; pero es al mismo tiempo un acontecimiento decisivo para la historia de la humanidad. Cuando la Virgen pronunció su ‘sí’ al anuncio del ángel, Jesús fue concebido y con Él comenzó la nueva era de la historia, que más tarde será sancionada en la Pascua como ‘nueva y eterna Alianza’.

El ‘sí’ de María es el reflejo perfecto del ‘sí’ de Cristo, cuando entró en el mundo: “¡He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad!” (Heb 10, 7). La obediencia del Hijo se refleja en la obediencia de la Madre y de este modo, gracias al encuentro de estos dos ‘síes’, Dios ha podido asumir un rostro de hombre. Por este motivo la Anunciación es también una fiesta cristológica, pues celebra un misterio central de Cristo: su Encarnación.

El amor de Dios, la disponibilidad en obediencia a la llamada de amor del Padre por parte del Hijo y de María y su entrega a la misión que les es confiada en favor de la humanidad resumen la Palabra de Dios proclamada en la liturgia de hoy.

El amor de Dios, la disponibilidad y la entrega son también las claves para entender y vivir la vocación y el don del orden sacerdotal.

 “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Esta es la respuesta de María a la elección gratuita y amorosa de Dios; una respuesta que se continúa en la Iglesia, llamada a hacer presente a Cristo en la historia, ofreciendo su propia disponibilidad para que Dios siga visitando a la humanidad con su misericordia. El ‘sí’ de Jesús y de María se han de renovar en el ‘sí’ de nuestra Iglesia diocesana a la misión recibida de su Señor; nuestra Iglesia no se debe así misma sino a su Señor.

El ‘sí’ de Jesús y de María se ha de reflejar también en cada uno de nosotros -Obispo, sacerdotes y seminaristas-, acogiendo y viviendo en obediente disponibilidad el don recibido en el sacramento del orden o respondiendo con la misma actitud a la llamada del Señor a su seguimiento como ministros ordenados.

“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). Esta invitación a la alegría del ángel a María al anunciarle que ha sido agraciada y escogida por Dios para ser la Madre de su Hijo, se repite hoy al celebrar la fiesta del Seminario. Queridos seminaristas: Él Señor os ha llamado y elegido por puro amor para ser sus presbíteros en esta Iglesia de Dios, que peregrina en Segorbe-Castellón. Vuestra alegría es nuestra alegría, la de nuestro presbiterio, la de nuestra Iglesia diocesana.

Vuestra vocación es un signo de la benevolencia divina hacia vosotros, pero sobre todo hacia nuestra Iglesia. Ante la escasez de vocaciones en nuestra propia Iglesia, puede que a veces nos ocurra como al rey Acaz, que ya no confiaba en la presencia providente de Dios en medio de su pueblo (cf Is 7,10-14; 8, 10). Este joven rey de Jerusalén, débil, mundano y sin hijos, veía peligrar su trono a causa de la presencia de ejércitos enemigos y buscó alianzas humanas. Isaías le propone pedir Dios ‘una señal’, que Acaz de modo hipócrita rechazará, porque ya no se fiaba de Dios. Pese al rechazo, Dios le dará la señal de una virgen encinta que dará a luz al Enmanuel, al Dios con nosotros (cfr. Is 8,10).

Salvando las distancias y las circunstancias, ante la escasez de vocaciones en nuestra Iglesia Diocesana, ante las dificultades presentes y ante la debilidad de nuestra Iglesia, también puede que nosotros dudemos, como Acaz, de la presencia de Dios en medio de nosotros; puede que no pidamos confiadamente al Señor nuevas vocaciones ni promovamos las vocaciones, y puede también que no sepamos agradecer las que recibimos.

Vosotros, queridos seminaristas, sois una señal concreta de que Dios está con nosotros, de que Él sigue presente en su Iglesia, de que Él sigue llamando a jóvenes como vosotros al sacerdocio ordenado. Demos gracias a Dios, porque Dios nos sigue mostrando su gran amor hacia nosotros. Es justo y necesario en estos momentos de invierno vocacional poner nuestra confianza en Dios, origen de todo don, y pedirle con fe confiada y con insistencia, y, a la vez, acoger con verdadera alegría y con prontitud nuevas vocaciones al sacerdocio ordenado.

En este día os quiero confiar mi preocupación, mis esperanzas y mi solicitud pastoral por el Seminario. El Seminario, el lugar, la comunidad y el tiempo, en que crecen, maduran y se forman los futuros sacerdotes, es el presbiterio en gestación. Por ello, queridos sacerdotes, hemos de amar como algo propio nuestros seminarios; y si se ha enfriado este amor, nos urge reavivarlo. Aquí viven y se forman nuestros futuros hermanos en el presbiterio. Y, a la inversa, vosotros seminaristas habéis de aprender amar a todos los sacerdotes, vuestros futuros hermanos en el presbiterio: la fraternidad sacerdotal, basada en el sacramento del orden, es el vínculo que en verdad nos une y que está por encima de toda diferencia de edad, origen, lengua o país.

El seminario es también signo del vigor espiritual y de la esperanza de una Diócesis de cara al futuro. Es conocido el descenso del número de seminaristas, sobre todo, originarios de nuestra propia Iglesia. Si no hay seminaristas, no habrá sacerdotes, y nuestra Diócesis se verá privada de un elemento esencial para seguir siendo Iglesia: los presbíteros.

Tenemos necesidad de alumnos con la semilla de la vocación sacerdotal en el corazón, dispuestos a ser generosos y entregados, como María. ¿No seremos capaces de superar nuestro letargo y con la gracia de Dios y nuestro empeño conseguir que dos o tres jóvenes ingresen cada año en el Seminario Mayor? Esta es una interpelación, que exige respuesta por parte de todos. Si amamos a nuestra Iglesia de Segorbe-Castellón, tenemos que volcarnos en la pastoral de las vocaciones al ministerio ordenado y en nuestro apoyo al Seminario. Esta mañana os ofrezco algunas pistas para la pastoral vocacional. Nos urge mucho, en primer lugar, retomar y hacerlo con verdadera pasión esta pastoral vocacional específica.

La pastoral vocacional al ministerio ordenado ha de ser personalizada, una pastoral del tú a tú: para ello es necesario recuperar el acompañamiento espiritual personal de niños, adolescentes y jóvenes, para ayudarles a plantearse y discernir la llamada que Dios les hace personalmente a cada uno. El Señor nos llama a superar nuestras reticencias mentales y afectivas en la pastoral vocacional al ministerio ordenado, para hacer con valentía y sin miedos la propuesta vocacional al sacerdocio a chicos y jóvenes. Son muchas las ocasiones que se nos ofrecen. El sacramento de la Penitencia es muy importante en esta pastoral vocacional, como la participación en la Eucaristía será la fuerza que sostenga y alimente al futuro seminarista.

No tengamos miedo a hablar a padres, catequistas y animadores de grupos juveniles para hacerles ver que en su tarea educativa no pueden obviar la cuestión vocacional. Abrirse a la llamada de Dios no coarta la libertad; al contrario, la amplía; y, sobre todo, es el camino necesario para crecer como cristianos en el seguimiento del Señor.

Debemos cuidar mucho la pastoral de la iniciación cristiana y, de modo especial, la del sacramento de la Confirmación, planteando también el proyecto vocacional. Los sacerdotes debemos tener una mayor implicación directa sin dejarla exclusivamente en manos de los catequistas.

Queridos hermanos: la Palabra de Dios de este nos exhorta a mantener viva la esperanza en medio de las dificultades y preocupaciones, a poner nuestra esperanza y nuestra confianza en el Señor. El clima propio de la confianza es la oración. Es necesario orar con insistencia al “Dueño de la mies para que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 38). Hay que animar y acompañar un amplio movimiento de oración en toda la Diócesis: por los jóvenes para que el Señor abra los oídos de su corazón y escuchen su voz, y también orar con los jóvenes para que, como el joven Samuel, escuchen la voz de Dios y no confundan las voces con los ecos, los ruidos con los sueños. Necesitan alguien que les enseñe a distinguir en el silencio la voz que pronuncia su nombre y les indique la respuesta: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,10).

Si “la falta de sacerdotes es ciertamente la tristeza de la Iglesia” (PDV 34), la respuesta vocacional de los jóvenes será nuestra alegría y nuestro gozo. Que la Virgen, la Madre de Dios, en su vocación de entrega y generosidad, sea espejo de vida y vocación: A Ella confiamos nuestro Seminario y la obra de las vocaciones sacerdotales.

Querido Francisco. A continuación vas a ser instituido acólito. Es éste un ministerio laical y, en tu caso, un paso más hacia las sagradas órdenes. Por este ministerio quedas vinculado especialmente al servicio del altar. No olvides lo que en el altar se celebra: el Sacrificio del Señor, el Siervo de Yahvé, su entrega total hasta la muerte para todos tengan vida. Acoge y vive este ministerio con actitud de servicio de modo que su ejercicio te ayuda a madurar en u capacidad de entrega y de servicio en tu futuro ministerio diaconal y presbiteral. ¡Que María, la esclava del Señor, sea tu ejemplo y maestra! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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