Centenario de la Fundación de las MM. Angélicas

Almenara,  15 de mayo de 2004

(Hech 2,4a.36-41; Sal 22; 1Pt 2,20b-25; Jn 10,1-10)

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Hermanas y hermanos en el Señor Jesús:

En el Domingo del Buen Pastor, el Señor nos convoca una vez más para celebrar el misterio pascual y para entonar nuestra acción de gracias por don de la Eucaristía; en ella unimos nuestra más ferviente y gozosa acción de gracias a Dios por el don de Santa Genoveva Torres Morales y por su obra, vuestra Congregación de las Angélicas, en el Centenario de su Fundación.

Desde Almenara, la tierra que vio nacer a Santa Genoveva a la vida terrena y a la nueva vida del resucitado en el bautismo, elevamos nuestra gozosa acción de gracias a Dios: cantemos y alabemos al Señor, que miró la humillación y sencillez de este ‘ángel de la soledad’ y la llenó con su gracia, que se hizo itinerario espiritual de santidad: desde entonces ella enriquece a la Iglesia y se ha convertido en fermento evangélico en la Iglesia y en el mundo.

A Dios, Uno y Trino, fuente y origen de todo bien y de todo don, alabamos y damos gracias por la humildad y entereza, por la fortaleza y la entrega, por la caridad y por la santidad de vuestra Santa Madre. Y a Dios damos gracias por el pasado y por el presente de vuestra Congregación; le alabamos por todos los dones que a través de vosotras ha ido derramando a lo largo de estos años sobre tantas mujeres solas y abandonadas en todo el mundo y, en especial, en esta Diócesis de Segorbe-Castellón.

Miramos el pasado con gratitud, y éste nos lleva a mirar el futuro con esperanza. Porque sabemos bien de Quien nos hemos fiado y con el salmista decimos: “El Señor es mi Pastor, nada me falta” (Sal 22).

Sí, hermanos y hermanas: la Palabra de Dios de este IV Domingo de Pascua nos recuerda que Cristo Jesús ha resucitado, para que en Él todos tengamos vida, esperanza y salvación. Dios ha constituido a su Hijo, Señor y Mesías; él es el ´pastor y guardián de nuestras vidas”; y en el Evangelio, Jesús, el Buen Pastor, nos recuerda: “Yo soy la puerta de las ovejas”, él es la puerta de la vida eterna, a la vida comunión con Dios. El ha venido para que tengamos vida y vida abundante, una vida que rompe toda soledad. Como dice el apóstol en la segun­da lectura: Sus heridas nos han curado, y por su resurrección nos ha devuelto la Vida de Dios. Por eso a la pregunta: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos?, responde Pedro: convertíos y bautizaos todos en el nombre de Jesucristo.

Pero Jesús es también la verdadera puerta de acceso a todo hombre. Quien no se acerca y entra en los demás a través de Cristo y con el corazón de Cristo, lo hará como salteador o ladrón. Sólo en Jesucristo somos capaces de amar verdaderamente a nuestro prójimo sin reducirlo a una posesión o por propio interés. Sólo por Jesucristo tenemos entrada en la vida eterna. Pero también sólo por Jesucristo podemos entrar verdaderamente en el corazón de los demás, en su soledad, en sus penas y en sus alegrías, en sus dramas y en su dolor; es decir, sólo por Jesucristo podemos amar a cada uno según se merece. El corazón del hombre está hecho para reconocer la voz del Señor. En la primera lectura se explica cómo a través del apóstol llegó esa voz a la multitud.  Y “estas palabras les traspasaron el corazón”, dice expresivamente el texto.

Los discípulos de Jesús, hemos de vivir en Cristo, con Cristo y desde Cristo según la plenitud del amor, siendo testigos de su amor en la donación de nosotros mismos. Nos dice san Pedro: Para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo padeció su pasión por vosotros, dejándoos un ejemplo para que si­gáis sus huellas.

La historia de la Iglesia nos nutre de numerosos testigos de este amor de donación. Uno de ellos es Santa Genoveva. Mujer humilde, tanto por su origen como por su cultura, poseyó la ciencia del amor divino, aprendido en su intensa devoción al Corazón de Jesucristo. Ella solía repetir: “Todo lo vence el amor”. Este amor la movió a consagrar su vida al servicio de las mujeres jubiladas, a remediar el desamparo y necesidad en que se encontraban muchas de ellas, atendiéndolas material y espiritualmente en un verdadero hogar, estando a su lado como “Ángel de la soledad”. Con este fin fundó en Valencia vuestro Congregación de las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Ángeles, el 2 de febrero de 1911.

Su obra sigue siendo hoy, a través de vosotras, de gran actualidad. La soledad y el abandono, con sus consiguientes peligros, están entre los males más dolorosos de todas las épocas. A ellos quiso hacer frente Genoveva Torres. A ella pedimos que vosotras, sus hijas, fieles al carisma que ella recibió del Espíritu y os dejó en testamento, continuéis su obra imitando su ejemplo.

Santa Genoveva fue instrumento de la ternura de Dios hacia las personas solas y necesitadas de amor, de consuelo y de cuidados en su cuerpo y en su espíritu. Ahora bien, la nota característica que impulsaba su espiritualidad era la adoración reparadora a la Eucaristía, fundamento desde el que desplegaba su apostolado, lleno de humildad y de sencillez, de abnegación y de caridad.

En la adoración eucarística, ella entraba en el corazón de Cristo: entraba en el amor de Cristo, un amor entregado hasta el extremo por la vida del mundo, por la vida de todos los hombres. Ella se sentía amada en el Amado. Un amor que llevaba a la entrega de sí misma para darse, gastarse y desgastarse hasta la muerte por las mujeres solas y abandonadas y por vosotras, sus hijas, a ejemplo del Buen Pastor. En la Eucaristía, aprendía a conocer a las personas en su corazón, y a salir en búsqueda de las necesitadas para llevarlas al amor de Cristo, al redil del Señor, siguiendo las huellas del Buen Pastor

La Eucaristía estaba en el centro de su vocación y de su vida consagrada. En la Eucaristía, ella se encontraba con el Señor, despojado de su gloria divina, humillado hasta la muerte en la cruz y entregado por cada uno de nosotros. Como para vuestra santa Madre, la Eucaristía debe ser para vosotras una escuela de vida, en la que aprendáis a entregar diariamente vuestra vida. Día a día, habéis de aprender que yo no poseéis vuestra vida para vosotras mismas. Día a día debéis aprender a desprenderos de vosotras mismas, a estar a disposición del Señor para lo que necesite de vosotros en cada momento. Sólo quien da su vida la encuentra. Mirad y rezad a María, la virgen, como lo hacía Genoveva. María es la mujer eucarística; es decir, pura donación amorosa a la voluntad de Dios y, desde él, puro amor de entrega a la humanidad.

Al celebrar el año jubilar con ocasión del Centenario de vuestra Congregación, pedimos para vosotras la gracia de la renovación espiritual. Como la conversión, también la renovación debe ser algo permanente en la vida cristiana, consagrada y eclesial Para vosotras, queridas hermanas, se trata de vivir con fidelidad evangélica vuestro carisma fundacional como consagradas al Señor. Y ¿dónde mejor podréis encontrar la fuente de vuestra fidelidad renovada que en el encuentro con el Señor Eucaristía, como Genoveva? En la adoración eucarística y en la escucha atenta y dócil de la Palabra siguiendo a vuestra Fundadora podréis dar también respuesta a las nuevas necesidades, a las nuevas soledades que sufren las mujeres: solas, abandonadas, maltratadas o embarazadas.

El Señor os llama a reavivar vuestra fidelidad al “amor de Dios” en el servicio a la Iglesia y a la sociedad. Es vuestro servicio a la nueva evangelización. Y no olvidemos que la santidad es el camino fundamental de la renovación espiritual, que necesita nuestra Iglesia.

El Señor os invita y llama, queridas hermanas, a vivir con radicalidad vuestra consagración a Dios. Por vuestra especial vocación y consagración estáis llamadas a expresar de manera más plena el misterio pascual que estos días hemos celebrado. Unidas al Señor Resucitado y en Él seréis luz que alumbre las tinieblas de nuestro mundo y testigos de esperanza para la mujer de hoy. Vivid sencillamente lo que sois: signo perenne de la vocación más íntima de la Iglesia, recuerdo permanente de que todos estamos llamados a la santidad, a la comunión de todos en el amor de Dios.

El alma de vuestra vida consagrada es percibir, amar y vivir a Cristo como plenitud de la propia vida, de forma que toda vuestra existencia sea entrega sin reservas a Él. Dejad que Cristo viva en vosotras; seguidlo dejándolo todo; seguid sin condiciones al Maestro; dedicad toda vuestra vida, vuestro afecto, vuestras energías y vuestro tiempo a Jesucristo y, en Él, al Dios y Padre de todos. Vivid esa entrega sin dejar que os perturbe ninguna duda ni ambigüedad sobre el sentido y la identidad de vuestra consagración, fieles a Cristo hasta la muerte.

Queridos todos: En esta Jornada de oración por las vocaciones de especial consagración pidamos a Dios por las vocaciones al ministerio ordenado y a la vida consagrada: pidamos especialmente por las hermanas Angélicas para que fieles al carisma de Santa Genoveva sigan siendo testigos del amor de Cristo a las mujeres que sufren soledad. Pidamos también para el ‘Dueño de la mies” suscite vocaciones en la carisma de las Angélicas.

Que la Virgen Maria, fiel y obediente esclava del Señor, os guíe, os ayude y os proteja a cada una de vosotras y a vuestra Congregación, hoy y siempre. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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