profesión perpetua esclavas 2018

Profesión perpetua de cinco hermanas Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Inmaculada

II DOMINGO DE PASCUA – FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA

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Castellón de la Plana, Capilla del Convento, 8 de abril de 2018

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(Hech 4,32-35; Sal 117,2-4. 16ab-18. 22-24; 1 Jn 5,1-6; Jn 20,19-31)

 

 

Hermanas y hermanos, muy amados todos en el Señor Resucitado!

Saludo de corazón a los sacerdotes concelebrantes. Saludo también con especial afecto a la M. General de la Congregación de Esclavas del Smmo. Sacramento y de la Inmaculada, a la M. Superiora de este Convento y -¿cómo no?- a las hermanas que hoy van a hacer su profesión perpetua: Lidia Marisol, Paulina de la Santa Faz, Corona Azucena, Álida de la Inmaculada y Margarita.

 

Dios es misericordia

  1. 1. “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 117, 1). Así hemos cantado con toda la Iglesia durante la octava de Pascua. Así cantamos de nuevo hoy, domingo de la Divina Misericordia. En el misterio Pascual del Señor, en la muerte y resurrección de Cristo Jesús, Dios nos muestra de modo supremo su amor misericordioso. Y Cristo resucitado, nos ofrece hoy el gran anuncio de la misericordia divina, a la vez que confía su ministerio a los Apóstoles: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. (…) Recibid el Espíritu Santo; a quienes  les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos” (Jn 20, 21-23).

 

Fijémonos cómo Jesús, antes de pronunciar estas palabras, muestra sus manos y su costado, es decir, señala las heridas de la Pasión, sobre todo la herida de su corazón: su corazón es la fuente de la que mana la misericordia de Dios sobre la humanidad. Sí, hermanos y hermanas en el Señor: La misericordia divina nos llega a los hombres a través del corazón de Cristo crucificado. Cuando un soldado traspasó con su lanza el costado de Cristo en el Calvario, vio salir “sangre y agua” (Jn 19, 34). Y si la sangre evoca el sacrificio de la cruz y el don de la Eucaristía, el agua nos recuerda el bautismo y el don del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 5; 4, 14; 7, 37-39). Cristo derrama la misericordia de Dios sobre la humanidad mediante el envío del Espíritu que, en la Trinidad, misterio de comunión de amor, personifica al Dios que es Amor. Y la misericordia es el amor de Dios en su aspecto más profundo y tierno, en su actitud de aliviar cualquier necesidad, y, sobre todo, en su infinita y eterna capacidad de perdón. Como nos dice el Papa Francisco: El nombre de Dios es misericordia,

 

Como sucedió con los Apóstoles, es necesario que también nosotros nos dejemos encontrar hoy por el Señor resucitado, que nos muestra las heridas de su crucifixión y nos dice: “Paz a vosotros”. Es necesario que, como los discípulos, nuestro corazón se llene de alegría al ver al Señor presente en medio de nosotros. Es preciso que nos dejemos impregnar por la paz de Dios mediante el Espíritu que Cristo resucitado nos infunde. Este Espíritu sanará las heridas de nuestro corazón, derribará las barreras que nos separen de Dios y debilitan o rompen la comunión entre nosotros; este Espíritu  nos devolverá la alegría del amor del Padre y de la unidad fraterna. Demos gracias al Señor por su amor misericordioso, que es más fuerte que el pecado y la muerte; un amor que se revela como misericordia en nuestra existencia, y, hoy lo hace en nuestras hermanas, Lidia Marisol, Paulina, Corona Azucena, Alida y Margarita, y en vuestra Congregación y en esta comunidad.

 

La profesión perpetua: signo de la misericordia de Dios

  1. Celebremos con estos sentimientos la profesión perpetua de nuestras hermanas. Para mí es motivo de gran alegría poder presidir esta celebración y unirme a vuestro gozo y a vuestra acción de gracias, queridas hermanas. En esta celebración se manifiesta una vez el amor que Dios os tiene a cada una de vosotras. Porque ¿qué es vuestra vocación y la bendición que hoy vais a recibir sino una nueva muestra del amor misericordioso de Dios? Vosotras, queridas hermanas, lo sabéis muy bien: vuestra vocación es una llamada personal del amor de Dios hacia cada una de vosotras, hacia vuestras familias y vuestra congregación y hacia toda su Iglesia. Repasando vuestra vidas descubrís que El os ha ido atrayendo hacia sí y os ha ido llamando para estar con Él, para ser suyas susurrándoos con sus silbos amorosos; cada una tenéis una historia vocacional distinta: cada una habéis escuchado y sentido la voz de Dios de manera y por medios diferentes. Y sólo cuando decidisteis acoger su amor y que El fuese vuestro Todo, experimentasteis esa paz inmensa que llena el alma, la paz que procede de Dios, que es el don del Resucitado.

 

Por vuestra profesión perpetua, Dios va a hacer de vosotras testigos y mensajeras de su amor misericordioso, y de la paz y la alegría que brotan del encuentro con el Señor Resucitado, presente realmente en la Eucaristía. Vuestra profesión no es, en primer lugar, algo vuestro; sino que es vuestra respuesta al don precedente del amor de Dios hacia cada una de vosotras. Por ello debéis saber ofrecer vuestra profesión a vuestra comunidad, a la Iglesia y a toda la humanidad.

 

Para ser testigos y mensajeras del amor misericordioso de Dios es muy importante que acojáis y viváis la Palabra de Dios de este segundo domingo de Pascua. Las lecturas de hoy trazan el camino de la misericordia divina que, a la vez que reconstruye la relación de cada uno con Dios, suscita también entre nosotros nuevas relaciones de fraternidad. Y su manantial es siempre la misericordia de Dios. Jesús nos enseña que “el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a ‘usar misericordia’ con los demás: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7)” (Juan Pablo II, Dives in misericordia, 14). El mismo Jesús nos señala los múltiples caminos de la misericordia: la misericordia no sólo perdona los pecados, sino que también va al encuentro de los demás y de todas sus necesidades, de los próximos y de los lejanos. Jesús se inclinó sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales. Su mensaje de misericordia sigue llegándonos a través del gesto de sus manos tendidas hacia todos, especialmente hacia todo el que sufre.

 

Amar a Dios y al prójimo

  1. En la soledad y en silencio del Convento, haciendo de vuestra vida oración y de vuestra oración vida, habéis de aprender a conocer y contemplar cada vez más y mejor el verdadero rostro de Dios en la adoración de Cristo Eucaristía y, en él, el verdadero rostro de vuestras hermanas y de todos los hombres. La contemplación del rostro de Dios, que es misericordia, os ha de llevar a amar a Cristo, vuestro esposo, y a uniros a él cada día más intensa y profundamente en perfecta castidad. Pero no olvidéis que el amor a Dios y el amor a los hermanos son inseparables: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos” (1 Jn 5, 2). El Apóstol nos recuerda aquí la verdad del amor a Dios: su medida y su criterio radican en la observancia de los mandamientos y de la obediencia que vais a prometer. El termómetro de vuestro amor a Dios será vuestro amor a vuestras hermanas y a vuestras superioras .

 

No es fácil amar con un amor profundo, basado en la entrega auténtica y total de sí misma. Este amor sólo se aprende en la escuela de Dios, en la escuela de la Eucaristía, al calor del amor del Señor entregado hasta el extremo. Fijad vuestra mirada en Él, presente en la Eucaristía. Decidle una y otra vez como Tomás: “Señor mío y Dios mío”; amad a Cristo Jesús con todo vuestro corazón, con toda vuestra alma y con todas vuestras fuerzas. Así seréis capaces de mirar a vuestras hermanas con ojos nuevos, de amarlas sabiendo que son un don de Dios para cada una de vosotras; hacedlo con gratuidad y generosidad, sabiendo en todo momento disculpar y perdonar, buscando siempre la comunión. Así os será también posible trabajar por el ideal propuesto por la primera lectura: “En el grupo de los creyentes, todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían  todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía” (Hch 4, 32). !Que la misericordia del corazón sea para todas vosotras un estilo de vida!. Con vuestra  “obras de misericordia”, espirituales y corporales, seréis en verdad ‘signo de fraternidad’ y  ‘epifanía del amor misericordioso de Dios para el mundo’.

Apertura del corazón a Cristo

  1. Queridas hermanas profesas. Sé muy bien que desde la felicidad que sentís el día de vuestro desposorio con Cristo querríais decir a los jóvenes –y yo con vosotras- aquellas palabras del querido Papa, san Juan Pablo II: “No tengáis miedo; abrid de par en par las puertas de vuestro corazón a Cristo: que es el único que puede saciar vuestra hambre y sed de felicidad”. Vosotras lo habéis experimentado ya: quien aspira a la felicidad auténtica y duradera, sólo puede encontrar su secreto en Cristo y en su corazón. El arde por el deseo de ser amado; él no quita nada sino que lo da todo; quien sintoniza con los sentimientos de su corazón encuentra el amor, la felicidad y la vida; y aprende a ser constructor de la nueva civilización del amor. Un simple acto de fe y de abandono total en El, el Resucitado, el viviente, basta para encontrar el camino de la vida y romper así las barreras de la oscuridad y la tristeza, de la duda y del sinsentido. Porque toda persona es valiosa a los ojos de Dios, Cristo dio su vida por cada uno, y a todos el Padre concede su Espíritu y ofrece su amor misericordioso.

 

¡Que María, Madre Inmaculada y Madre de la misericordia, mantenga en vosotras siempre vivo vuestro amor de esposas de su Hijo! ¡Que ella os proteja siempre a vosotras y a vuestra Congregación! Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

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