Homilía en el funeral por los fallecidos en la pandemia

S.I. Concatedral de Sta. María de Castellón 27 de junio de 2020

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(2 Mac 12, 43.46, Rom 8,31b-35,37-39; Salmo 22,1-6; Mc 15,33-39;16,1-6)

 

Hermanas y hermanos en el Señor!

 

  1. Os saludo a todos en el Señor resucitado. Un saludo muy especial para vosotros queridos familiares, esposos, esposas, hijos, padres y hermanos de todos fallecidos en nuestra diócesis a causa de la epidemia: recibid la condolencia más sincera de nuestra Iglesia de Segorbe-Castellón. Contad con nuestra cercanía y solidaridad, con la comunión con vuestro dolor y, sobre todo, con nuestra oración que mitigue vuestro sufrimiento y que alcance del Señor para vuestros seres queridos el descanso eterno. Saludo a los sacerdotes concelebrantes, de modo particular a los capellanes de los hospitales, y al diácono asistente. Mi saludo respetuoso y agradecido a las autoridades civiles, militares, policiales y sanitarias, a los representantes del personal médico y sanitario y de las residencias de ancianos.

Nada ni nadie, ni tan siquiera la muerte, “nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo” (Rom 8,39), muerto y resucitado para la vida del mundo. Con esta fe y confianza en el amor de Dios nos hemos reunido esta mañana como Iglesia diocesana para orar por los fallecidos a causa de la pandemia. Es una idea piadosa y santa rezar por nuestros hermanos difuntos (cf. 2 Mac  12, 44-45)

  1. La Palabra de Dios de hoy nos habla de la angustia de Jesús ante su muerte, pero también de su confianza en Dios en ese momento, y, sobre todo, de la resurrección de Jesús, que es fuente vida y de esperanza para todo el que cree y espera en él.

Según el evangelio de Marcos, Jesús, instantes antes de morir, prorrumpe en un tremendo grito de dolor: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). Y Lucas añade que, poco después, Jesús en un gesto de filial aceptación de su sacrificio redentor y de confianza en Dios añade: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46) Y dicho esto “dando un fuerte grito, expiró”. El sol se oscureció, las tinieblas cubrieron la tierra y el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. En cierto modo estos han sido nuestros sentimientos en estos meses a medida que íbamos conociendo la muerte de miles –sólo Dios sabe cuántos- de hermanos nuestros que dejaban este mundo, muchos de ellos, sin el consuelo y la cercanía de sus familiares.

Seguro que muchos de nosotros, aturdidos por esta gran tragedia, hemos llorado y rezado por los muertos y hemos llorado con sus familias; muchos habremos rezado por los enfermos y por el personal sanitario, con medios escasos y tanta entrega y generosidad, y por tantos otros servidores públicos, militares y civiles. Quizá, como Jesús mismo, hayamos levantado los ojos al cielo para preguntar al Señor “Dios mío, Dios mío, ¿por qué nos has abandonado?”; y quizá hayamos orado como él confiadamente a Dios: A tus manos Señor encomendamos las almas de tantas víctimas inocentes. A ello nos invita de nuevo nuestra celebración.

 

  1. Dios Padre escuchó la oración confiada de su Hijo, Jesús; no lo abandonó en la muerte sino que lo resucitó. “¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado” (Mc 16, 6). Y Cristo ha muerto y ha resucitado para que él tengamos vida, y vida eterna y feliz. En estos momentos de dolor y sufrimiento miremos a Dios y hagamos profesión de nuestra fe: “Señor yo creo en la vida eterna”. Esta vida terrenal es frágil y vulnerable; somos mortales y esta vida se nos va de las manos cuando menos lo pensamos, como con toda su crudeza hemos visto estos días. Esta vida hemos de cuidarla. Es buena y bella, porque está hecha por Dios. Se nos da para vivirla y gastarla en el servicio de los demás. Pero cuando la muerte viene de una manera tan sorprendente y cruel, nos parece injusta. Y en realidad es así. La fe nos dice que la muerte no la ha inventado Dios. Dios es el Dios de la vida, es un Dios de vivos y no de muertos. Y así lo ha mostrado resucitando a su Hijo, Jesús.

Jesús ha muerto y ha resucitado para mostrarnos el amor de Dios por sus criaturas. Con su muerte nos muestra que la muerte ha entrado en el mundo como consecuencia del pecado; y que su resurrección ha sido como el premio que Dios Padre ha dado a su Hijo, que se ha ofrecido libremente en la Cruz y ha pagado por los pecados de todos y cada uno de los humanos. Por eso miramos esta mañana a Jesucristo. Él mismo ha tocado esta realidad humana de la muerte; ha pasado por esa misma experiencia y lo ha hecho padeciendo y muriendo por amor hacia todos y cada uno de nosotros. Y, resucitando, ha vencido la muerte. Nadie más que Él ha vencido la muerte. Y la ha hecho para siempre y para abrirnos el camino de la vida eterna. Por ello con san Pablo decimos: Nada ni nadie, ni tan siquiera la muerte podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.

 

  1. La muerte es siempre dolorosa; más aún, lo es la muerte inesperada de miles de personas a causa del coronavirus. La muerte es, en verdad, el verdadero problema, el enigma fundamental de todo ser humano en el camino por esta vida. Y ¿qué sentido tiene la muerte? Seguro que en estos meses nos lo hemos planteado más de una vez. La palabra de Dios y la oración nos abre una puerta de luz y de esperanza ante la muerte. Dios no se desentiende nunca de nuestra muerte, como no se desentendió de la de su Hijo en la Cruz. Dios ha estado cerca de los que han padecido la enfermedad y la muerte por la pandemia. Dios no los ha abandonado. Dios ha venido en su ayuda para ofrecerles en Cristo otra Vida: la vida que no acaba, su propia vida. La muerte no es la última palabra. La persona humana no es un ser para la muerte, sino para la vida. Hemos nacido para vivir eternamente felices. La muerte es un precio que tenemos que pagar. Pero Jesús nos ayuda a entender que ese precio no es inútil, sino que nos abre de par en par las puertas de la vida eterna.

El Misterio Pascual, la muerte y la resurrección de Jesús, que actualizamos en cada Eucaristía, es la fuente, el manantial, la razón y la certeza de la vida eterna y de nuestra futura resurrección. Esta mañana nos consuela la seguridad que nos da nuestra fe: los fallecidos a causa de la pandemia no sólo perviven en nuestro recuerdo y en nuestro afecto. Siguen viviendo en sus almas inmortales, que al final de los tiempos se unirán a sus cuerpos resucitados.  Y un día nos reencontraremos con ellos, si sabemos acoger la vida de Dios en nuestra vida terrenal.

A partir de esta certeza de fe oramos a Dios Padre y encomendamos a nuestros hermanos a su piedad infinita. Así lo hacemos seguros de que nuestra plegaria por ellos es el mejor homenaje a su memoria. Con el salmista pedimos a Jesucristo, el Buen Pastor, que los acompañe en su tránsito por las oscuras cañadas de la muerte, que su vara y su cayado los conduzcan a las verdes praderas de su reino, hacia fuentes tranquilas, en las que repare sus fuerzas quebrantadas. Pedimos a Jesucristo, Señor del tiempo y de la historia, que siente a nuestros hermanos en el banquete de su reino. Oramos a Dios para que les colme con el gozo que Él tenía preparado antes de la creación del mundo para cada uno de ello. Oramos para que, traspasado ya el umbral de la muerte, Dios, Padre de Misericordia, les perdone sus faltas y pecados y les conceda la vida feliz.

 

Y nos acogemos a María Santísima, la Virgen María Dolorosa, que junto a la Cruz, ha acompañado no sólo a su hijo divino, sino a todos y cada uno de sus hijos, que han muerto, muchos de ellos en la soledad más absoluta por exigencias sanitarias, lejos de sus familias, solos y aislados. La Virgen María estaba ahí, como una buena madre, que nunca abandona  a sus hijos.

 

  1. A la intercesión de la Virgen María encomendamos también a los contagiados y a los hospitalizados. A su intercesión maternal os encomendamos a vosotros, sus familiares, para encontréis consuelo, paz, fortaleza y esperanza en la tribulación. Pedimos también a la Virgen que premie el esfuerzo de tantas personas, civiles y militares, que han expuesto sus vidas por servir a los enfermos; y que premie la dedicación de las autoridades y dé éxito a los investigadores que preparan fármacos eficaces. Le pedimos, finalmente, que lleve en sus brazos a los fallecidos ante el trono de Dios para que puedan gozar de la compañía de los santos y contemplar por toda la eternidad la infinita hermosura del rostro de Cristo resucitado. Él es la Vida, nuestra esperanza y nuestro consuelo. Amén

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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