Apertura del II Año Mariano de Lledó

Basílica de Ntra. Señora del Lledó, 26 de Enero de 2014

(Is 8, 23-9, 3; Sal 26; 1 Cor  1, 10-13, 17; Mt 4, 12-23)

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¡Hermanas y hermanos muy amados en el Señor!

 

Saludo

  1. Permitidme que antes de nada salude de corazón a los sacerdotes concelebrantes, y, de modo especial, al Sr. Vicario General, al Sr. Prior de esta Basílica, que nos acoge, al Ilmo. Sr. Prior de la Real Cofradía de la Mare de Dèu del Lledó y a los Sres. Arciprestes de la Ciudad. Saludo con afecto también y agradezco la presencia del Sr. Alcalde de Castellón y al Sr. Regidor de Ermitas, así como al Sr. Presidente de la Cofradía y a la Sra. Presidenta de las Camareras, a la Junta Directiva y al Clavario y al Perot de este año.

 

Sed bienvenidos todos cuantos habéis acudido a esta solemne Eucaristía con la que abrimos oficialmente el II Año Mariano de la fe, que comenzó el día 1 de enero y concluirá, D.m., el día 31 diciembre. Con este II Año Mariano cumplimos con el compromiso adquirido hace seis años de celebrar ‘año mariano’ cuando el día 4 de mayo coincida en domingo, para recordar así el día de la coronación canónica y pontificia de la imagen de la Virgen de Lledó, aquel domingo 4 de mayo de 1924.

 

 

Tiempo especial de gracia

  1. El Año Mariano es un tiempo especial de gracia de Dios, en que vamos a sentir más cerca, si cabe, la presencia de la Virgen en medio de nosotros y, en ella y a través de ella, Mediadora de todas las gracias, podremos experimentar la bondad. el amor y la misericordia de Dios mismo en su Hijo Jesucristo, nuestra “luz y salvación” (Sal 26). A ello se encamina la posibilidad de ganar la indulgencia plenaria, que la Santa Sede nos ha concedido para este año a toda aquel que cumpla las condiciones de costumbre, y en especial acogiendo la misericordia de Dios en el perdón de nuestros pecados en el sacramento de la Penitencia y la participación en la Comunión eucarística.

 

Es nuestro vivo deseo que este año mariano nos ayude a despertar o a profundizar nuestra devoción a la Virgen para que de sus manos nos encontremos con su Hijo, Jesucristo, para ser sus discípulos y testigos vivos del Evangelio. Es lo que nos indica y pide también el Evangelio de este III Domingo del Tiempo Ordinario.

 

Al comienzo de su vida pública, Jesús comienza a predicar diciendo: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos” (Mt 4,17). Y pasando poco después junto al lago de Galilea, encuentra a Pedo y a Andrés, y más tarde a Santiago y Juan, y les dice: “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres” (Mt 4,19). Conversión, seguimiento pronto de Jesus y misión: son tres palabras que nos han de acompañar en este Año Mariano. Hay a quien le puede parecer demasiado espiritual esta finalidad para el Año Mariano; pero es lo que nos pide la Palabra de Dios y la situación de nuestra Iglesia diocesana y la Iglesia en nuestra Ciudad,  y nuestra situación como bautizados; y es también lo que nos piden reiteradamente la Iglesia universal y el Papa Francisco. Los actos de este año deberían ayudarnos a cultivar nuestra vida espiritual mediante una conversión sincera, profunda y radical a Dios en Cristo para seguirle con prontitud y fidelidad y para ser sus testigos y misioneros. Así mismo nos deberían ayudarnos a hacer más fervorosa y límpida nuestra devoción a María, la Mare de Déu del Lledó. De lo contrario, nuestras celebraciones y procesiones quedarán en la superficie y en lo externo sin que la gracia y la vida, la misericordia y la sanación de Dios en Cristo calen en nuestra existencia y la transformen.

 

Conversión

  1. “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”, nos dice el Señor en el Evangelio de hoy (Mt 4,17). Convertirse es volver la mirada y el corazón a Dios en Cristo, para que Él ocupe el centro de nuestra vida personal, de nuestras familias, de nuestras relaciones sociales o de nuestro trabajo profesional. No tengamos miedo a dejar que Dios ocupe el centro de nuestra vida. Pensamos que Dios nos quita algo. Pero no: Dios no nos quita, sino que nos lo da todo. Dios nos enseña y nos capacita para vivir cada momento con verdadero amor y entrega hacia él y hacia los hermanos, Cristo non enseña y capacita para vivir y crecer en verdadera libertad y responsabilidad, para crecer en felicidad; Él ilumina nuestro camino y nos alienta en la esperanza, nos ayuda a construir un mundo más humano, basado en la justicia, en la verdad, en la caridad y en la paz: este es el Reino de Dios, anunciado e inaugurado por Cristo.

 

Así nos lo muestra la Virgen Maria. Al contemplarla coronada, la cantamos como nuestra Reina y Patrona; a ella acudimos por ser la Mare de Déu. En ella no contemplamos otra cosa sino el amor y la grandeza de Dios para con ella y, a través de ella, para todos nosotros y para la humanidad entera. María es grande porque Dios es grande con ella y porque ella ha dejado a Dios ser grande en su vida, porque ha dejado que Dios ocupara el centro de su existencia, porque ha vivido de Dios, desde Dios y para Dios. Por ello, María canta con gratitud y alegría: “Proclama mi alma la grandeza del Señor …  porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mi” (Lc 1,46.49).

 

Convertidos a Dios en Cristo, teniendo a Dios en Cristo como centro, san Pablo en su primera carta a los Corintios, nos exhorta a vivir “bien unidos con un mismo sentir y un mismo pensar” (1 Cor 1,10) para superar cualquier división. La verdadera conversión implica adquirir los mismos sentimientos y pensamientos de Cristo, vivir todos unidos en Él, a ejemplo de María, que, como nos muestra en su canto del Magnificat, siente con los sentimientos de Dios, piensa con pensamientos de Dios, habla con palabras de Dios: este canto es una biografía de María, como un paño entretejido con hilos de la Palabra de Dios (Benedicto XVI). Nuestra conversión a Cristo nos llevará a dejar de lado los personalismos en la Cofradía y en la Iglesia. No somos de Pedro, Pablo o Apolo, sino que todos somos de Cristo y Cristo es Dios.

 

Seguimiento

  1. El Señor nos llama esta mañana a su seguimiento. Él nos invita a ser sus discípulos, como llamó aquel día junto al lago a Pedro, Andrés, Santiago y Juan: “Venid y seguidme” (Mt 4,19). Él nos llama personalmente, pero no aisladamente, sino junto con otros, con los demás discípulos en el seno de la comunidad de los creyentes, en su Iglesia. Seguir a Jesús es entrar en la escuela del Maestro, estar con Él, escucharle, intimar con Él para conocerle y amarle. Como María hemos de escuchar y contemplar su Palabra y sus obras en la oración, dejar que sus palabras y su vida vayan cambiando nuestro corazón e iluminando nuestro caminar por esta vida. “El Señor es mi luz y mi salvación”, hemos cantado con el salmista (Sal 62). El es la luz que ilumina la obscuridad de nuestro mundo. “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaba en tierra y en sombras de muerte, una luz les brilló” (Mt 4,16). Seguir a Jesús significa también acoger y seguir sus caminos, que son sus mandamientos; vivir el mandamiento del amor según el espíritu de las Bienaventuranzas.

 

El verdadero discípulo de Jesús va con alegría a su encuentro con Él en la Eucaristía, para dejarse atraer por él, para dejarse unir con él y con resto de los que participan en el mismo Pan, que es su Cuerpo, para dejarse enviar a vivir y dar testimonio del amor compartido. Seguir a Jesús dejarse perdonar por su amor misericordioso, cuando, como Pedro, le negamos con nuestros pecados, con nuestras faltas de amor.

 

Misión

  1. Y, finalmente, como a los Apóstoles, nos dice a cada uno: “os haré pescadores de hombres” (Mt 4,19). Cristo Jesús nos envía a la misión. El Papa Francisco nos dice con frecuencia que todos somos ‘discípulos misioneros’. El verdadero discípulo es siempre misionero, anuncia como Pablo el Evangelio, de palabra y, sobre todo, con el testimonio de vida fiel y coherente del verdadero discípulo.

 

Anunciar el Evangelio en toda ocasión y circunstancia es propio no sólo de los Pastores, de los Obispos, sucesores de los Apóstoles, o de los sacerdotes, que participan en el ministerio apostólico. Todo cristiano está llamado a anunciar a otros el Evangelio, a llevar a otros al encuentro con Jesucristo: en la familia, en el trabajo o en el ocio, a los esposos y los hijos, a los vecinos, a los amigos o a aquel que Dios pone en nuestro camino. Así lo hizo María en las bodas de Caná, cuando dijo al Mayordomo: “Haced lo que Él os diga” (Jn 5,2).

 

La mejor forma de anunciar el Evangelio, el mejor modo de ganar a otros para el Señor, de llevar a otros a la Luz en la obscuridad, es un testimonio de vida fiel a Cristo y coherente con la fe. Recordad lo que llamaba la atención a los paganos de los primeros cristianos: “Mirad cómo se aman”, decían. El Señor nos pide y la Virgen quiere que seamos una Iglesia que, en las familias y en las comunidades, vive la fraternidad y la caridad para con todos, en especial, con los más necesitados de pan, de cultura y de Dios.

 

Por ello hemos de desterrar de nuestra Iglesia, de sus comunidades, asociaciones y grupos, comenzando por cada uno de nosotros, toda impureza y pecado, las envidias, las murmuraciones o los personalismos, que no unen sino que generan división, y que son un verdadero antitestimonio para niños y  jóvenes, para los alejados y para quienes no han oído hablar de Jesucristo.

 

Exhortación

  1. Vivamos este II Año Mariano de Lledó como un tiempo de gracia que, tras las huellas y de manos de Maria, nos ayude a convertirnos a Dios en Cristo, para ser sus discípulos e ir la misión. Que en este tiempo se avive nuestro amor y nuestra devoción a María, la Mare del Lledó, y que como ella sepamos decir: “He aquí la esclava el Señor; hágase en mi según tu palabra” (Lc 1,38).

 

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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