Celebración Litúrgica del Viernes Santo

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 3 de abril de 2015

 

La lectura de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, hecha en el silencio y en el ambientes sagrado de este día, nos adentra en la celebración litúrgica del Viernes santo. Hemos recordado y contemplado con piedad y con fervor a Jesús en los pasos de su vía dolorosa hasta su muerte en Cruz. Lo hemos visto traicionado por Judas; asaltado, prendido y maltratado por los guardias, negado por Pedro, abandonado de todos sus apóstoles, menos Juan; condenado por pontífices y sacerdotes indignos, juzgado por los poderosos, soberbios y escépticos; en medio de la soldadesca es azotado, coronado de espinas e injuriado; luego es conducido como reo que porta su cruz hasta el lugar de la ejecución; y, por fin, crucificado, levantado en alto, muerto y sepultado.

En la Cruz aparece el “rostro doliente” del Señor. El es “siervo paciente”, el “varón de dolores”, humillado y rechazado por su pueblo. En la pasión y en la cruz contemplamos al mismo Dios, que asumió el rostro del hombre, y ahora se muestra cargado de dolor. Es el dolor provocado por el pecado. No por su pecado personal, pues era absolutamente inocente. Es la tragedia de mentiras, envidias, traición y maldad que se echaron sobre él, para condenarlo atropelladamente a una muerte injusta y horrible. Él carga hasta el final con el pecado humano.

Su mayor dolor fue pasar por la experiencia de sentirse abandonado por Dios; es decir, sufrir la experiencia espantosa de soledad que sigue al pecado. Él, que no tenía pecado alguno, quiso llegar hasta el fondo de las consecuencias del mal. En sus últimos momentos grita: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado“. Contemplando este “rostro doliente”, nuestro dolor se hace más fuerte todavía, porque el rostro de Jesús padeciendo en la cruz, asume y expresa el dolor de muchos hermanos, que hoy padecen angustia y desconcierto, en parte por sus pecados, pero mucho más aún por los pecados de los demás, por las estructuras y violencias injustas, por los egoísmos humanos, que los aprisionan y esclavizan.

Pero en la oscuridad de la Cruz rompe la luz de la esperanza. “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho“. El Siervo de Yahvé, aceptando su papel de víctima expiatoria, trae la paz, la salvación y la justificación de muchos: “A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará; con lo aprendido, mi Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos“.

Al mirar a Jesús en la Cruz, brotan en nuestro recuerdo las palabras de Pablo: “En Cristo Dios estaba reconciliando consigo al mundo” (2 Cor 5, 19). La Pasión del Señor y su Muerte, al mismo tiempo que nos descubre la gravedad del pecado, nos manifiesta la grandeza de la misericordia de Dios, que no nos abandona, que nos sigue amando, que  nos quiere librar de cualquier pecado y de la muerte. Desde aquella cruz, padeciendo el castigo que no merecía, el Hijo de Dios mostró la grandeza del corazón de Dios, y su generosa misericordia; y exclama: “!Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!.”

La salvación, hermanos, es liberación del hombre de sus pecados, males y miserias, y la reconciliación con Dios. La obra de la salvación es toda de Dios, fruto de su misericordia y amor infinitos. Porque sólo el amor de Dios hacia los hombres pecadores es lo que salva; el amor de Dios es la única fuerza capaz de liberar, santificar, justificar y reconciliar. Pero el amor requiere siempre ser acogido; el amor del amante espera de la respuesta del amado, para entregarse y darse totalmente a sí mismo con todo cuanto tiene. Si esa respuesta, dada en libertad, no se produce, la obra del amor; se detiene a la puerta y da paso a otras fuerzas: son otros entonces quienes intervienen: el poder, la seducción, la violencia. ¡Pero la violencia jamás resolverá problema alguno para el bien de los hombres!.

El amor de Dios, eterno en su misericordia, se ha abrazado con el mundo en la Cruz de Cristo; un mundo de pecado, hundido en sus miserias, su dolor, sus injusticias y su mentira; con el mundo tal como es. “El Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 3, 14). Desde ese mismo momento el mundo pecador, en principio, estaba vencido, redimido y salvado. Pero el Hijo de Dios, metido en el tiempo, revestido de nuestra carne pecadora, habría de realizar su propia historia en obediencia al Padre. La obra del amor de Dios culmina en la historia del hombre Jesús, Hijo de Dios. En su vida y en su muerte. El sí del hombre al amor de Dios en Cristo Jesús se expresó definitivamente y para siempre en la aceptación de la muerte, en el sacrificio de la cruz. Jesucristo crucificado, que se entrega a la muerte por amor en obediencia al Padre, es el ‘amén’ del hombre al amor de Dios.

Apenas el hombre, en Cristo Jesús, dio su respuesta al amor de Dios, este amor eterno invadió al mundo con toda su fuerza para salvarlo. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mi” (Jn 12 32). La cruz se convierte en el “árbol de la vida” para el mundo: en ella se puede descubrir el sentido último y pleno de cada existencia y de toda la historia humana: el amor de Dios.

El Viernes Santo, Jesús convierte la cruz en instrumento de salvación universal. Desde entonces la cruz ya no es sinónimo de maldición;  sino signo de bendición. Al hombre atormentado por la duda y el pecado, la cruz le revela que “Dios amó tanto al  mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). En una palabra, la cruz es el símbolo supremo del amor.  “Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia”.

El sí de Jesús resuena hoy en nuestros oídos con toda su fuerza de atracción. El quiere llegar al corazón de todos los hombres. Si abrimos el nuestro, sinceramente convertidos, llenos de fe y de esperanza, el amor de Dios nos alcanzará. Y el Espíritu de Dios derramará en nosotros la caridad; podremos alcanzar la salvación de Dios.

¡Asociémonos a Él! No nos avergoncemos de la Cruz; a ese Cristo, muerto en la Cruz por amor, podemos confiar todas nuestras preocupaciones y todas nuestros deseos de libertad, de justicia y de paz.

Al pie de la cruz la Virgen María, perfectamente unida a su Hijo, pudo compartir de modo singular la profundidad de dolor y de amor de su sacrificio. Nadie mejor que ella nos puede enseñar a amar la cruz. A ella le enmendamos en especial a los enfermos y a todos los que sufren, a las víctimas inocentes de la injusticia y la violencia, y a los cristianos perseguidos a causa de su fe. La cruz gloriosa de Cristo sea para todos prenda de esperanza, de rescate y de paz. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

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