10º Aniversario del Hospital de la Plana. Fiesta de Sta. Teresa de Jesús

Fiesta de Santa Teresa de Jesús, 15 de octubre  de 2010

 (Ecl 15, 1-6; Sal 88;  Mt 11, 25-30)

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Hermanas y Hermanos amados en el Señor:

“Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades” (Sal 88). Con estas palabras del salmo de hoy alabamos y damos gracias al Dios Uno y Trino, fuente y origen de todo bien, al celebrar el 10º Aniversario de este Hospital de la Plana. Para un creyente, cuanto somos y tenemos se lo debemos a Dios, un Dios Creador, providente y fiel con sus criaturas: en Él vivimos, nos movemos y existimos, nos dice San Pablo. Por ello en la Eucaristía, la acción de gracias por excelencia, por el misterio pascual de su Hijo, fuente de vida y salvación para todos, incorporamos nuestra acción de gracias por todos los dones y bendiciones que Dios ha deparado a lo largo de estos diez años en esta Institución hospitalaria a los enfermos, a los desvalidos y a sus familias; gracias damos a Dios por cuantos aquí han trabajado con verdadera entrega y generosidad: por el personal sanitario, administrativo y laboral, por lo capellanes y voluntarios. Consciente o inconscientemente todos ellos han sido signo e instrumento del amor misericordioso de Dios hacia los enfermos y sus familias en el Hospital.

 La liturgia nos regala hoy la fiesta de Teresa de Jesús, una mujer “sabia” en tiempos no menos recios que los nuestros, una mujer sabia que tuvo el don del discernimiento. Ella no fue alumna de la Universidad de Salamanca o de la de Alcalá, pero se doctoró en la universidad de la oración y de la vida. La Iglesia la considera ‘doctora de la fe’. Naturalmente, este doctorado no tiene nada que ver con un título académico. Es un don de Dios Padre. Jesús lo dice en el evangelio de hoy: “Has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11,25). Teresa, que no fue una mujer de temperamento débil o apocado, sí fue una creyente inundada por la sencillez que viene del Espíritu, que obtuvo el don de la sabiduría divina.

Es la Sabiduría de que nos habla el libro del Eclesiástico. “El que teme al Señor obrará bien; observando la ley, alcanzará la sabiduría. La sabiduría le saldrá al encuentro como una madre y lo recibirá como a la esposa de su juventud; lo alimentará con pan de sensatez y le dará a beber agua de prudencia; apoyado en ella no vacilará, y confiado en ella no fracasará; lo ensalzará sobre sus compañeros para que abra la boca en la asamblea; alcanzará gozo y alegría, y le dará un nombre perdurable” (Eclo 15, 1-6). A través de la sabiduría, que es un nombre de Dios, el autor nos encarece que la felicidad y la salud integral sólo pueden darse en la perfecta armonía de nuestra mente y corazón con la mente y corazón de Dios. Un  ejemplo de vida a la luz de la ‘divina sabiduría’ es Teresa de Jesús.

En el Evangelio, Jesús bendice al Padre que regala u ofrece su ‘sabiduría’ no solamente a quienes cultivan ‘humanos saberes’ sino principalmente los humildes y sencillos, a quienes están hambrientos de unión íntima con el Padre y con Él. Para ello hay que cultivar, como recuerda el Eclesiástico, el temor de Dios y la prudencia. El santo temor reverencial y filial a Dios, creador y padre, nos pone con los pies en la tierra de nuestra debilidad e insuficiencia, y nos pide que elevemos la mente y el corazón a quien nos ama y es poderoso. Por esa vía tenemos acceso a la valoración de todas las cosas con sabiduría; y, al ofrecer pleno sentido a la existencia de “criaturas” amadas de Dios, nos renovamos continuamente.

Celebremos desde esta Palabra de Dios, encarnada en Teresa de Jesús este Aniversario. Porque ¿qué es para un cristiano su profesión sanitaria, su trabajo laboral o su ministerio pastoral en un Hospital sino una llamada a ser signo y presencia de Dios-Amor, manifestado en Cristo?

Para ser testigos y mensajeros del amor de Dios es importante acoger y vivir íntegramente la Palabra de Dios, la Palabra encarnada y la Palabra pronunciada. “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré…” (Mt 11, 28). Jesús se compadeció, es decir sufrió con, y se inclinó sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales, sanó y curó a los enfermos. Su mensaje de com-pasión y misericordia sigue llegándonos a través del gesto de sus manos tendidas hacia todos, especialmente hacia el hombre que sufre.

La experiencia de la curación de los enfermos ocupó gran parte de la misión pública de Cristo, y nos invita una vez más a reflexionar sobre el sentido y el valor de la enfermedad en todas las situaciones en las que el ser humano pueda encontrarse. Aunque la enfermedad forma parte de la experiencia humana, no logramos habituarnos a ella, no sólo porque a veces resulta verdaderamente pesada y grave, sino fundamentalmente porque hemos sido creados para la vida, para la vida plena. Nuestro “instinto interior” nos hace pensar en Dios como plenitud de vida, más aún, como Vida eterna y perfecta. Cuando somos probados por el mal y nuestras oraciones parecen vanas, surge en nosotros la duda y, angustiados, nos preguntamos: ¿cuál es la voluntad de Dios? El Evangelio nos ofrece una respuesta precisamente a este interrogante. “Jesús curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios” (Mc 1, 34); en otro pasaje se dice que “Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la buena nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4, 23).

Jesús no deja lugar a dudas: Dios es el Dios de la vida, que nos libra de todo mal. Los signos de este poder suyo de amor son las curaciones que realiza: así demuestra que el reino de Dios está cerca, devolviendo a hombres y mujeres la plena integridad de espíritu y cuerpo. Estas curaciones son signos que nos guían hacia Dios y nos dan a entender que la verdadera y más profunda enfermedad del hombre es la ausencia de Dios, de la fuente de verdad y de amor. Y sólo la reconciliación con Dios puede darnos la verdadera curación, la verdadera vida, porque una vida sin amor y sin verdad no sería vida. El reino de Dios es precisamente la presencia de la verdad y del amor; y así es curación en la profundidad de nuestro ser. Se comprende así por qué su predicación y las curaciones que realiza siempre están unidas. En efecto, forman un único mensaje de esperanza y de salvación.

Gracias a la acción del Espíritu Santo, la obra de Jesús se prolonga en la misión de la Iglesia. Mediante los sacramentos es Cristo quien comunica su vida a multitud de hermanos y hermanas, mientras cura y conforta a innumerables enfermos a través de las numerosas actividades de asistencia sanitaria, mostrando así el verdadero rostro de Dios, su amor. Muchos cristianos en el Hospital -sacerdotes, religiosos y laicos- han prestado y siguen prestando sus manos, sus ojos y su corazón a Cristo, verdadero médico de los cuerpos y de las almas (cf. Benedicto XVI, Ángelus, 8 de febrero de 2009).

Los cristianos en el Hospital, con independencia de la sección o ámbito de vuestro trabajo, estáis llamados a humanizar la sanidad desde Cristo. Para ello no hay otro camino que conocer y contemplar cada vez más y mejor el verdadero rostro de Dios, manifestado en Cristo, y, en él, el verdadero rostro de todos los hombres. Dios es Amor, y por amor crea al hombre ‘a su imagen’ y le llama a la vida en plenitud. Aquí reside la dignidad inalienable de todo ser humano desde su concepción hasta su muerte natural, y su destino a participar de la vida del Resucitado. Por ello la contemplación del rostro de Dios, manifestado en Cristo, nos lleva a amarle y, en él, a amar a cada ser humano, a cada enfermo.

No es fácil amar con un amor entregado, desinteresado y benevolente. Este amor sólo se aprende en la escuela de Dios, al calor de su caridad. Fijad vuestra mirada en él, sintonizad con su corazón de Padre misericordioso, amadle con todo el corazón, con toda el alma y con todas vuestras fuerzas; sólo así seréis capaces de mirar a los enfermos con ojos nuevos, con entrañas de misericordia; sólo así aprenderéis y seréis capaces de amarlos sabiendo que son un don de Dios para vosotros y a hacerlo con una actitud de amor compasivo y generoso. En la medida en que aprendáis el secreto de esta mirada misericordiosa, la misericordia del corazón se convertirá también para todos vosotros en estilo de vida y de relaciones más humanas en el hospital. Así florecerán entre vosotros las “obras de misericordia”, espirituales y corporales, seréis en verdad ‘epifanía del amor misericordioso de Dios para el mundo’.

Queridos hermanos y hermanas. ¡Abrid vuestros corazones a Cristo! Desde la fe en Cristo Resucitado aprended a ser constructores de la nueva civilización del amor. Un simple acto de fe en Resucitado, el Viviente, basta para encontrar el camino de la vida y romper así las barreras de la ‘cultura de la muerte’ que nos rodea, del relativismo moral y del sinsentido de la vida humana ahora y más allá de la frontera de la muerte. Porque toda persona es valiosa a los ojos de Dios, Cristo dio su vida por cada uno, y a todos abarca el Padre con su amor misericordioso.

Al celebrar el 10º Aniversario de este Hospital de la Plana demos gracias a Dios por todas las personas que a lo largo de estos años han sabido y saben ser testigos del amor de Cristo en el servicio a los enfermos. Pidamos al Señor que siga protegiendo con su misericordia y bendición a este Hospital y a cuantos en él trabajen o aquí sean atendidos. Y oremos al Señor por todos los sanitarios y trabajadores que han fallecido en estos diez años  !Que María, Madre del Amor hermoso, consuele a los enfermos y sus familias y a todos os enseñe a renovaros día a día en el amor de Dios que se hace vida en el amor al hermano! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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