Envío diocesano de los profesores de religión

Castellón, Basílica de Lledó, 25 de octubre de 2011

(Rom 8,18-25; Sal 125; Lc 13,18-21)

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Amados todos en el señor, queridos profesores y profesoras:

Estamos reunidos aquí esta tarde, convocados por el Señor, para celebrar un acto significativo dentro de la Eucaristía, centro de la vida y misión de la Iglesia y de todo cristiano. En breve recibiréis de mis manos el encargo de la Iglesia para enseñar en su nombre la Religión y Moral católica en los distintos niveles formativos de la escuela de iniciativa pública o social, concertada o no concertada; esta celebración os debe llevar a  todos a adquirir una conciencia más viva de vuestra condición de enviados por Cristo y por su Iglesia al mundo escolar.

La Palabra que hemos proclamado ilumina algunos aspectos de vuestra misión. Encargo, envío y misión son tres palabras prácticamente sinónimas. La más teológica es la palabra misión. Los Apóstoles recibieron un día de Cristo Jesús la misión de proclamar en su nombre y con su autoridad la Buena Nueva; una misión que se continúa en la Iglesia del Señor en el ministerio apostólico. Vosotros recibís la missio como profesores de Religión y Moral Católica para cooperar en este ministerio y misión apostólicos. Quiero profundizar con vosotros en este encargo eclesial.

En primer lugar, quien es enviado a la misión vive prendido, enamorado de Aquel que le ha enviado, de quien procede toda misión en la Iglesia: Cristo, el Hijo de Dios, el Señor, el ungido y enviado por Dios Padre y Dios Espíritu para anunciar la Buena nueva y realizarla en su vida, muerte y resurrección. Como a los Apóstoles en su momento, nos invita a estar con Él, a intimar con Él, a conocerlo. El alimento del enviado es hacer siempre la voluntad de Aquel que lo envió, como el Hijo, hace la voluntad del Padre movido por el Espíritu Santo. Ese alimento de vivir prendidos, enamorados de Quien envía es lo que debe fundamentar y alimentar vuestro trabajo diario, vuestras preocupaciones, vuestros anhelos, vuestra existencia personal y vuestra esperanza en la dificultad. Como recuerda hoy San Pablo: “Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos manifestará” (Rom 8,18).

Además, quien es enviado a la misión en la escuela no actúa en nombre propio sino en nombre de Cristo y de su Iglesia. Lo que ha de ofrecer y transmitir no son sus ideas, ni sus opiniones. Es Cristo mismo quien ha de ser anunciado y transparentado por el enviado; es la enseñanza de Cristo mismo, la Buena Nueva, sus actitudes, sus sentimientos, su vida y su obra liberadora y salvadora, tal como nos llega en la tradición viva de la Iglesia bajo de la guía de los Obispos en comunión con el Papa, lo que habéis de transmitir y llevar a los alumnos. Además de ofrecerles la formación sistemática en la religión y moral católica siguiendo lo establecido para cada curso, les ayudaréis así a encontrar respuestas a sus interrogantes personales y a aquellos que la cultura les va planteando.

Y, por último, quien es enviado a la misión en la escuela no sólo actúa en nombre de Cristo y de la Iglesia, sino que es el mismo Cristo quien actúa a través de él. El Espíritu Santo actúa a través de sus palabras, de sus gestos, de sus actitudes y de su cercanía. Ante la indiferencia ambiental y de muchos padres, ante la falta de interés del alumnado y antes las dificultades legislativas, administrativas y culturales podéis sentir la tentación del desaliento, de sentiros solos. No, queridos profesores y profesoras. No estáis solos: Jesucristo os acompaña, os conforta y os alienta por la fuerza del Espíritu y la cercanía de su Iglesia. Él, que es más grande y más fuerte,  está con, en y sobre vosotros inspirándoos las palabras qué debéis decir y las explicaciones que tenéis que dar. Su fuerza persuasiva y efectiva actúa a través de vosotros.

El Evangelio de hoy nos lo recuerda. Jesús nos habla del reino de Dios, que, instaurado por Él, ya está presente y activo entre nosotros, Cierto que su apariencia es pequeña como un grano de mostaza y su actuación invisible como la de la levadura en la masa. Pero por la fuerza la gracia de Dios, que nada ni nadie puede frenar, este reino va creciendo y trasformando todo. Estáis llamados ser servidores del reino y levadura en la masa mediante el anuncio y el testimonio de Jesucristo en el mundo escolar.

Pero ello sólo será posible desde la unión con el Señor en el seno de la comunión eclesial. El encuentro personal con Cristo, la contemplación de su rostro, el estudio contemplativo de la Palabra, el alimento de la Eucaristía y la purificación en la Penitencia han de iluminar y fortalecer vuestra la vida para que podáis ser de verdad testigos de Jesucristo. Él nos proporciona un nuevo modo de ver el mundo y las personas, nos hace penetrar más profundamente en el misterio de la fe, que no es sólo acoger y ratificar con la inteligencia un conjunto de enunciados teóricos, sino asimilar una experiencia, vivir desde la verdad (cf. Veritatis splendor, 88).

Nuestra adhesión personal a Cristo nos ayuda a brillar por dentro e iluminar por fuera en nuestro ambiente escolar. En este sentido, un profesor de Religión y Moral Católica debe cuidar su vivencia interior y su conducta exterior. Un enviado por Jesús a través de su Iglesia a la escuela, en misión eclesial y al servicio de los educandos, no puede hacerse ilusiones acerca del éxito. “No es el siervo mayor que su amo, ni el envido más que aquel que lo envía”. Como los apóstoles de la primera hora, también hoy, en el siglo XXI, os encontraréis a menudo con la indiferencia ante la fe, tendréis a veces la sensación de extrañeza en el entorno escolar e, incluso, puede que experimentéis una cierta minusvaloración o incluso menosprecio de vuestra tarea. Esta, en formas diferentes a lo largo de la historia, es una nota propia de los seguidores de Jesús y los enviados por la Iglesia. Pero no tengáis miedo. Vuestra misión no se basa en el éxito fácil e inmediato, sino en la fuerza de la gracia de Dios y en vuestra fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Vuestro encargo no es recolectar, sino sembrar.

Con todo no estáis solos. No os faltará la presencia alentadora del Señor en forma de consuelo, de gozo y de paz. Contaréis con la fortaleza del Espíritu Santo y del acompañamiento de la Iglesia. Los encuentros periódicos en la Delegación, los diálogos con la delegada, las reuniones con otros profesores y el aliento de vuestro Obispo y, sobre todo, el trato asiduo con el Señor, la escucha meditativa de la Palabra de Dios, que alumbra la mente y el corazón, y la participación frecuente en la Eucaristía y en el sacramento de la Penitencia os confortarán en vuestra misión.

Que la Virgen, la Madre del Señor, os aliente y acompañe a lo largo de todo este curso escolar recién comenzado. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

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