Fiesta de la Presentación del Señor y Jornada Mundial de la Vida Consagrada

Iglesia Parroquial de S. José Obrero, Castellón, 2 de febrero de 2010

(Ml 3,1-4; Sal 23; Hb 2,14-18; Lc 2,22-40)

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Queridos hermanos y hermanas en el Señor Jesús:

El pasaje del evangelio según San Lucas, que acabamos de proclamar, nos centra en el misterio de la vida de Cristo, que hoy celebramos: la Presentación de Jesús a Dios en el templo. La ley de Moisés prescribía a los padres, que cuarenta días después del nacimiento del primogénito, subieran al Templo de Jerusalén para ofrecer a su hijo al Señor y para la purificación ritual de la madre (cf. Ex 13, 1-2.11-16; Lv 12, 1-8). También María y José cumplen con este rito, ofreciendo, según la Ley, dos tórtolas o dos pichones. El Hijo de Dios, que, al encarnarse, quiso “parecerse en todo a sus hermanos” menos en el pecado (Hb 2,17), comparte en todo su vida con los hombres, sin excluir la observancia de la ley prescrita para el hombre pecador.

Sirviéndose de este rito, Dios mismo es quien en ese momento presenta a su Hijo Unigénito a los hombres, mediante las palabras del anciano Simeón y de la profetisa Ana. Simeón proclama que Jesús es la “salvación” de la humanidad, la “luz” de todas las naciones y “signo de contradicción”, porque desvelará las intenciones de los corazones (cf. Lc 2, 29-35).

Es la fiesta del encuentro. Simeón y Ana encuentran a Jesús en el Templo y  reconocen en él al Mesías tan esperado, Simeón y Ana representan a la humanidad que encuentra a su Señor en la Iglesia. Es la fiesta de la luz, como hemos recordado en la procesión de las candelas. Con este signo visible hemos manifestado que con la Iglesia queremos encontrar en la fe a Aquel que es “la luz de los hombres” y lo acogemos con todo el impulso de nuestra fe para llevar esa “luz” al mundo.

María y José presentan a Jesús en el templo, para ofrecerlo, para consagrarlo al Señor (Lc 2, 22). Jesús viene a este mundo para cumplir la voluntad del Padre con una oblación total de sí, con una fidelidad plena y con una obediencia filial al Padre (cf. Hb 10, 5-7). Simeón anuncia con palabra profética la suprema entrega de Jesús y su victoria final (cf. Lc 2, 32-35).

El Señor viene para purificar a la humanidad del pecado, para restablecer la alianza definitiva de comunión de Dios con su pueblo y para que así pueda presentar a Dios “la ofrenda como es debido”. La primera y verdadera ofrenda, la que instaura el culto perfecto y da valor a toda otra oblación, es precisamente la que Cristo hizo de sí mismo, de su propia persona y de su propia voluntad, al Padre. Así, Jesús nos muestra cuál es el camino de la verdadera consagración a Dios: este camino es la acogida amorosa de su designio y de su voluntad sobre cada uno, la acogida gozosa de la propia vocación mediante la entrega total y radical de sí mismos a Dios en favor de los demás.

Como Simeón o Ana hemos de tener la mirada y el corazón bien abiertos para ver en Jesús y en su amor total, fiel y obediente hasta la muerte, la respuesta de Dios a la milenaria búsqueda de los hombres: a su búsqueda de sentido, de amor, de vida y de felicidad, a su deseo del Infinito. La carta a los Hebreos lo expresa con toda claridad: Cristo por su oblación amorosa y obediente al Padre hasta la muerte, nos libera del terror del pecado y de la muerte que nos esclavizan. En nuestros intentos de buscar la felicidad, la vida y la propia realización, los humanos vivimos con miedo al fracaso. En la raíz de todos nuestros miedos está una falsa imagen de Dios y el temor a no alcanzar la vida y la felicidad. Eso nos lleva tantas veces a mendigar seguridades fuera de Dios y a buscar vida fuera de El. Así acabamos esclavos de todo lo que pretende darnos una seguridad imposible. Nos cerramos a Dios y a su amor, y ello nos lleva a cerrarnos al otro: así nos aferramos a nuestros horizontes limitados y a nuestros egoísmos, a nuestro afán desordenado de autonomía personal al margen del designio de Dios, al goce efímero de nuestro cuerpo o a la posesión insaciable de bienes materiales. A partir de esta esclavitud se comprenden las demás esclavitudes humanas. Los intentos de liberación que no vayan a esta raíz no harán sino cambiar el sentido de la esclavitud.

Jesús nos muestra, a la vez, el valor de la humildad, de la pobreza, de la obediencia ante Dios para que la persona encuentre su propia verdad, su propio bien, su propia felicidad. Este camino de Jesús es válido para la consagración a Dios de todo bautizado; y lo es también y de modo especial para todos los llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, “los rasgos de Jesús virgen, pobre y obediente” (VC 1), mediante los consejos evangélicos.

La oblación del Hijo de Dios, en su presentación en el Templo, es un modelo para los hombres y mujeres que consagran toda su vida al Señor. Por esta razón, hoy celebramos la Jornada especial de la vida consagrada. En este día, en primer lugar, alabamos y damos gracias al Señor por el don de la vida consagrada; para que, en segundo lugar, la vida consagrada en su diversidad de carismas sea conocida y estimada por todo el pueblo de Dios. Y este día es, por último, una invitación a todos los consagrados a celebrar las maravillas que el Señor ha realizado en vosotros.

“Jóvenes consagrados. Un reto para el mundo. Firmes en la fe”. Así reza el lema de este año para esta Jornada, que nos acerca al lema de la Jornada Mundial de la Juventud de este año en Madrid. “Firmes en la fe” significa, para un cristiano, y máxime para un consagrado, estar arraigados en esa tierra que acoge las raíces y las permite nutrir a fin de que el árbol plantado junto a la buena acequia pueda seguir dando frutos en sazón. Es la fe la que permite tener una firmeza que no es falsa pretensión, porque  la fe nos pone con humildad delante de Dios, ante el cual se decide cada instante de nuestra vida. Vuestra consagración descansa en una historia personal de encuentro en la fe con el Señor. A cada uno os ha sido dada la gracia de descubrir y acoger al Señor, de encontraros con Él que salió un día y sale permanentemente a vuestro encuentro, como hoy lo hace para todo su pueblo.

El ser cristiano, en general, y el ser consagrado, en especial, se basa antes de nada en un encuentro real con Cristo. Nos lo recordaba, Benedicto XVI en su primera encíclica: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, 1). También, vosotros, queridos consagrados, sintiendo esta llamada amorosa de Dios os habéis puesto en camino con la seguridad de encontrar la dicha de quien confía en el Señor. En vuestro interior se fue haciendo camino la cercanía amorosa de Dios, hasta encontraros con Cristo Jesús vivo, real, que os fascino, os cautivó y os sedujo: un Señor Jesús que os atrajo a sí para llevaros por veredas de dicha y de felicidad,  que sólo él puede ofrecer y se encuentran cuando se acoge a Dios en Cristo, su voluntad, su proyecto, su designio. Dejando cuanto os estorbaba para ser libres en vuestra entrega al Señor, crecisteis en disponibilidad interior hasta poder decir con Cristo: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer, tu voluntad” (Hb 10, 6).

La fascinación que os produjo este encuentro con Cristo debe ser cultivado día a día, para que se mantenga fresca vuestra condición de consagrados, para que no se apague vuestro amor primero, para que vuestra fidelidad no sea un mero conservar sino para que se mantenga siempre fresca, arraigada junto al río de la vida, que es Cristo, que se nos da en su Palabra, en su Eucaristía, en el Sacramento de la Penitencia, en su Iglesia. El encuentro constante con el amor de Dios en Cristo y la acogida de la llamada amorosa y gratuita de Dios cambian radicalmente la vida de una persona y la mantienen joven. Nada hace ensanchar el corazón humano tanto como la convicción de que Dios es el ‘único bien’, que sólo en El está la Salvación, que sólo en Él está la plenitud (Sal 39, 10).  Pretender dignificar la vida humana de espaldas a Dios devalúa la existencia humana. La vida tiene sentido sólo cuando Dios es reconocido como dueño y como bien.

Con la fuerza renovadora de su amor, hecho encuentro personal, Cristo quiere que las consagradas y consagrados seáis, ya por vuestra sola presencia, testigos de Dios en un mundo que lo quiere aparcar para vivir de espaldas a él. Estáis llamados a ser testigos de de su Hijo, Jesucristo, la luz de los hombres, para que se disipen las tinieblas que eclipsan a Dios en la vida de los hombres. Dios quiere que vuestra vida de comunidad fraterna sincera sea signo de comunión con Dios y con los hermanos.

“Más allá de valoraciones superficiales de funcionalidad, la vida consagrada es importante precisamente porque es signo de gratuidad y de amor, tanto más en una sociedad que corre el riesgo de ahogarse en el torbellino de lo efímero y lo útil (cf.VC 105). La vida consagrada, en cambio, testimonia la sobreabundancia de amor que impulsa a ‘perder’ la propia vida, como respuesta a la sobreabundancia de amor del Señor, que ‘perdió’ su vida por nosotros primero. En este momento pienso en las personas consagradas que sienten el peso de la fatiga diaria, con escasas gratificaciones humanas; pienso en los religiosos y las religiosas de edad avanzada o en los enfermos, en quienes pasan por un momento difícil en su apostolado. Ninguno de ellos es inútil, porque el Señor los asocia al ‘trono de la gracia’. Muy al contrario: todos ellos son un don precioso para la Iglesia y para el mundo, sediento de Dios y de su Palabra.

Así pues, queridos religiosos y religiosas, os invito a que, a continuación, llenos de confianza y de gratitud, renovéis vuestros vosotros, signo de la ofrenda total de vosotros mismos presentándoos en el Templo. Acercaos al Dios tres veces santo, para ofrecer vuestra vida y vuestra misión, personal y comunitaria, de hombres y mujeres consagrados al reino de Dios. Hacedlo en íntima comunión espiritual con la Virgen María: ella es la primera y perfecta consagrada, llevada por el Dios que lleva en brazos; Virgen, pobre y obediente, totalmente entregada a nosotros, porque es toda de Dios. Siguiendo su ejemplo, y con su ayuda maternal, renovad vuestro “fiat“. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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