Fiesta de la Sagrada Familia

Jornada de la Familia y la Vida
Basílica del Lledó, Castellón – 28 de diciembre de 2014

(Si 3,2-6.12.14; Sal 127; Col 3,12-21; Lc 2.41-52)

****

 

¡Amados todos en el Señor!

 

  1. Prontos a la llamada de la Madre hemos acudido a su Santuario para clausurar este II Año Mariano de Lledó en la Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret, en la Jornada de la familia. A lo largo de este año de gracia, que ahora toca a su fin, hemos sentido más cerca, si cabe, la presencia y la protección de María entre nosotros. Por su intercesión hemos recibido innumerables gracias, fruto de la bondad divina. Hoy queremos dar gracias a Dios por tantos dones recibidos a lo largo de este Año Mariano: sea en la Basílica o en nuestras casas, sea en la peregrinación de la Mare de Déu por las parroquias de la ciudad o en los días de su presencia en la Concatedral hemos experimentado una y otra vez la misericordia de Dios y la ternura de la Mare de Déu. Dios mismo ha venido a nuestro encuentro de manos de María; ella vela por nosotros; ella nos ama con verdadero amor de Madre, ella nos da y nos lleva a su Hijo: la suprema manifestación del Amor de Dios. Cada uno de nosotros, nuestros matrimonios y nuestras familias, nuestras parroquias y nuestra ciudad entera estamos en su corazón.

 

  1. Hoy, domingo dentro de la octava de Navidad, celebramos con toda la Iglesia la Fiesta de la Sagrada Familia. La Navidad es no es solo la Fiesta de Dios que se hace hombre. Es también la fiesta de la familia. Porque es el seno de una familia, la Sagrada Familia, donde es acogido con gozo, nace y crece el Hijo de Dios, hecho hombre. Por ello, también la Iglesia en España celebra la Jornada por la familia.

 

La Iglesia nos presenta hoy como modelo a la Sagrada Familia de Nazaret. Una familia integrada por José, María y Jesús. Un padre carpintero, que inició al  hijo en las artes de su oficio para servir a la comunidad. Una madre generosa, capaz de guardar en el corazón los tesoros silenciosos de su experiencia de vida. Un hijo que crecía en amor y sabiduría delante de los ojos de Dios y de todos los hombres, escuchando a sus padres y siguiendo las tradiciones de su pueblo.

 

En el Evangelio de este día (Lc 2,22-40) hemos contemplado a María y José que acu­den al templo para cumplir con el mandato de presentar al Niño a Dios y ofrecer un rescate por él. Este dato nos invita a comprender que toda familia ha de vivir siempre anclada en Dios y referenciada a Dios. Cada vez que contemplamos a la Sagrada Familia encontramos esa obediencia pronta a la voluntad de Dios; nunca hay excusas para retrasar el cumplimiento de cualquier llamada de Dios. Jesús, María y José vivieron la aventura humana de la familia teniendo a Dios en el centro.

 

La Familia Sagrada es un hogar en que cada uno de sus integrantes vive la propia vocación recibida de Dios: José la de esposo y padre, Maria la de esposa y madre y Jesús la de hijo. En este hogar, Jesús es acogido con gratitud y alegría; en este hogar, Jesús aprende a prepararse para la misión que el Padre le ha confiado; en este hogar Jesús se desarrolla humana y espiritualmente, crece en estatura, sabiduría y gracia. La Sagrada Familia es una escuela de amor, de acogida, de respeto, de diálogo y de comprensión mutuos, es una escuela de oración. Un modelo donde todos los cristianos podemos encontrar un ejemplo: es posible vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, acogiendo y siguiendo la propia vocación recibida, porque Dios lo ama y bendice.

 

La familia de Nazaret es dichosa porque ha puesto a Dios en el centro. “Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos” (Sal 127). Poner a Dios en el centro de la familia, nunca va en detrimento de la misma ni de sus componentes. Cuanto más abrimos nuestro corazón a Dios-Amor, más y mejor amamos y podemos amar a nuestros seres queridos; más fuerte se hace el amor y la unión entre los esposos, más verdadero y fuerte es el amor de los padres a los hijos y de los hijos a los padres. Dios siempre bendice a la familia y quiere que los hijos se adentren en su amor a través de ella.

 

Para Pablo el amor que ha de darse en la familia es un amor recíproco, entregado, respetuoso, e incluye necesariamente el perdón: “Sobrellevaos mutuamente y perdonaos” (Col 3, 13). Este amor es el vínculo que mantiene unido a los esposos y a la familia más allá de todas las tensiones y dificultades, en la salud y en la enfermedad, en las alegría y en las penas; este amor busca siempre el bien del otro, este amor es el antídoto de todo falso amor, de los egoísmos, del aislamiento, de la soledad; este amor es fuente alegría para todos y el verdadero alimento de la familia, de los esposos y de los hijos; este amor preserva a la familia de la desintegración.

 

  1. En Navidad, el Hijo de Dios, hecho hombre, nos muestra a Dios y su rostro amoroso; y, a la vez, nos muestra al hombre, su verdadero rostro, nuestro verdadero origen y destino, según el proyecto de Dios. En Jesús queda renovada la creación entera; el ser humano, hombre y la mujer, y todas las dimensiones de la vida humana han sido desveladas e iluminadas en su sentido más profundo por el Hijo de Dios, y, a la vez, han quedado sanadas y elevadas. En el Hijo de Dios han adquirido también su verdadero sentido el matrimonio y la familia, y el valor inalienable toda vida humana, que es don y criatura de Dios, llamada a participar sin fin de su amor.

 

Dios no quita nada al hombre sino que se lo da todo, nos ha dicho Benedicto XVI. En nuestra sociedad posmoderna, secularizada y con problemas de identidad, las encuestas siguen señalando que la institución más valorada por los jóvenes es la familia. Sin embargo, la familia se enfrenta a múltiples peligros y amenazas. Desde su inte­rior, se hace evidente la dificultad de muchos esposos para crecer juntos en el camino que emprendieron en el matrimonio; dificultad para crecer en el amor y en la fidelidad; dificultad para que su amor conyugal esté siempre abierto a una nueva vida; desde el exterior, existen presiones cultura­les y sociales, así como leyes que ponen a prueba su identidad matrimonial y familiar.

 

Fiel al Evangelio del matrimonio y de la familia, la Iglesia proclama que la familia se funda, según el querer de Dios, sobre la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, quienes, en su mutua entrega, se abren responsablemente a la fecundidad y asumen la tarea de educar a los hijos que les son dados. Aunque para muchos esto no sea así, nosotros debemos profundizar en esa insti­tución establecida y santificada por Dios. Para quien se abre a Dios y a su gracia, es posible vivir el Evangelio del matrimonio y de la familia. Como nos dijo Benedicto XVI, “la revelación bíblica es ante todo expresión de una historia de amor, la historia de la alianza de Dios con los hombres: por este motivo, la historia del amor y de la unión de un hombre y de una mujer en la alianza del matrimonio ha podido ser asumida por Dios como símbolo de la historia de la salvación”.

 

La familia, basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, sigue siendo insustituible para el verdadero desarrollo de los esposos y de los hijos, para la vertebración de la sociedad y para el futuro de la humanidad. Cuando el matrimonio y la familia entran en crisis, es la misma sociedad la que enferma. Los matrimonios y las familias cristianas podéis ofrecer un ejemplo convincente de que es posible vivir un matrimonio de manera plenamente conforme con el proyecto de Dios y las verdaderas exigencias de los cónyuges y de los hijos. Éste es el mejor modo de anunciar la Buena nueva del matrimonio y de la familia.

 

  1. María y José acogieron con gratitud y gozo al Hijo de Dios, donde Dios y fruto de la concepción virginal de María por obra de Espíritu Santo. Como ellos, nosotros hemos de acoger con alegría el don de toda nueva vida. Ante la llamada “cultura de la muerte”, que cuestiona la buena nueva de toda vida humana, hemos de proclamar con fuerza la cultura de la vida, en la que cada ser humano desde su concepción hasta su ocaso natural posee una dignidad inalienable por ser criatura de Dios; ningún humano es dueño de la vida humana concebida, como tampoco lo es de una vida humana debilitada por la edad o por la enfermedad. Todo ser humano es un don de Dios que ha de ser acogido, respetado y defendido por todos. Hoy, 28 de diciembre, fiesta de los niños inocentes, recordamos a tantos y tantos “niños asesinados antes de nacer”, como nos ha dicho recientemente el Papa Francisco y tantos ancianos descartados porque no son ‘útiles’ a esta sociedad mercantilista.

 

Ante la realidad del número creciente de abortos, ante la inacción interesada de los legisladores, ante la propaganda de la eutanasia activa y ante los innumerables embriones matados en aras de la ciencia, los católicos no podemos mirar hacia otro lado. No podemos callar. Es urgente nuestro compromiso efectivo en la promoción y la defensa de toda vida humana, en la acogida y en el respeto de la vida de cada ser humano: esta es la base de una sociedad verdaderamente humana y de un progreso verdaderamente humano. No se trata de imponer una perspectiva de fe, sino de defender los valores propios e inalienables de todo ser humano. Este compromiso ha de ser personal, de nuestras familias, de nuestras comunidades, de toda nuestra Iglesia diocesana. Hay que despertar para ponerse manos a la obra con renovada intensidad y esperanza.

 

Nos urge formar a nuestros niños y adolescentes, sobre todo y en primer lugar en la familia, en una cultura del verdadero amor humano, de la sexualidad y del don de toda vida humana, del matrimonio y de la familia. Nos urge ofrecer a los jóvenes la belleza y la alegría del Evangelio del matrimonio, de la familia y de la vida, para que no tengan miedo a unirse en matrimonio, de fundar una familia y de estar siempre abiertos a la vida. De lo contrario, nuestros niños y nuestros jóvenes quedarán indefensos ante los slogans, que reducen la sexualidad a genitalidad y promueven la anticoncepción y el aborto, o a la tentación de unir sus vidas sin matrimonio.

 

Todos necesitamos además una seria formación en la doctrina moral de la Iglesia para formar rectamente nuestra conciencia. La doctrina moral de la Iglesia no ha pasado de moda. La Iglesia es y sigue siendo experta en humanidad también en el ámbito del amor, de la sexualidad y de la vida, aunque tenga que nadar contra corriente. La situación nos urge, a todos y especialmente a los pastores, a exponer con total integridad la alegría del Evangelio de la familia, del matrimonio y de la vida.

 

  1. La Fiesta de la Sagrada Familia nos urge a los cristianos a acoger, vivir y proclamar la verdad y la belleza de la familia, según el plan de Dios. Esta buena Noticia hemos de vivirla y proponerla sin miedos ni complejos en un contexto social, político y legislativo contrario al matrimonio, a la familia y a la vida humana. Pidamos que la familia, célula básica de la sociedad, tenga el respeto y el apoyo económico, social, político y mediático que en justicia se merece, en especial en las políticas de vivienda, de conciliación entre vida laboral y familiar, o de educación.

 

Acojamos, vivamos y anunciemos esta Buena nueva. A la protección de la Sagrada Familia a los pies de la Mare de Déu de Lledó encomendamos a nuestros matrimonios, a nuestras familias y a toda vida humana. Que Ella proteja a los concebidos no nacidos para que puedan ver la luz de este mundo, que proteja a los niños para que sean educados en el amor verdadero, que proteja a los jóvenes y no tengan miedo a fundar una familia, basada en el matrimonio, y que proteja a nuestros matrimonios para que vivan la alegría del Evangelio de la familia. Que la Mare de Déu nos bendiga a todos hoy y siempre. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

 

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.