Fiesta de San Juan de Ávila

Castellón, S.I.Concatedral, 9 de Mayo de 2014

(1 Pt 5,2-3, Sal 88; Jn 10, 11-16)

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Amados sacerdotes, diáconos y seminaristas.

 

  1. En la alegría de la Pascua y por la presencia de la Mare de Déu del Lledó celebramos hoy la Fiesta de San Juan Avila, el Patrono de clero español. Esta Jornada Sacerdotal es un día para la acción de gracias, para la alabanza y para la petición. Damos gracias a Dios por el don de San Juan de Avila, “maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico” (oración colecta). Animados por el Apóstol de Andalucía, por su espíritu, ejemplo y enseñanzas, manifestamos nuestra gratitud por el don de nuestro ministerio pastoral, en especial por el de estos hermanos nuestros que celebran su bodas sacerdotales. Con las palabras del Salmo (88), cantamos sin cesar las misericordias del Señor, proclamamos su grandeza por las maravillas que ha obrado en nosotros. Unidos en la oración suplicamos a Dios Padre que nos conceda la gracia de la santidad y de la alegría en el seguimiento de su Hijo, el Buen Pastor, por la intercesión y el ejemplo de nuestro Patrono, San Juan de Avila.

 

  1. Yo soy el buen Pastor” (Jn 10, 11). Así es como Jesús se presenta a sus discípulos. El Señor usa repetidas veces la imagen del pastor y de las ovejas. Pero en el Evangelio de hoy (Jn 10, 11-16) nos propone con toda claridad la figura del buen Pastor. El buen Pastor es aquel que cuida de sus ovejas, que busca a la extraviada, que cura a la herida y que carga sobre sus hombros a la extenuada. Más aún: “el buen Pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10, 11). El Señor se refiere aquí a su entrega hasta muerte en la Cruz por amor y por la salvación de la humanidad entera. Jesús da su vida por amor a los suyos y por amor al Padre, en obediencia a la misión que le había encomendado, para que se forme un solo rebaño bajo un solo pastor.

 

A la imagen del buen Pastor, o del Pastor bueno, perfecto en todos sus aspectos y, en este sentido, único, Jesús contrapone la imagen del pastor mercenario que ve venir al lobo y huye. El falso pastor sólo piensa en si mismo. El pastor mercenario no tiene interés alguno por sus ovejas. Es incapaz de arriesgar su vida ante el peligro. En contraste con los falsos pastores, y con los maestros de la ley, Jesús se declara el buen Pastor, el Pastor modelo, que entregó su vida por cada uno de nosotros.

 

  1. Los presbíteros y los obispos hemos sido ungidos, consagrados y enviados para ser pastores y guías del pueblo de Dios; y los seminaristas os estáis preparando para serlo. Somos -y seréis- pastores del pueblo de Dios en nombre y en representación de Cristo Jesús, el Buen Pastor. Por ello no puede en caer nunca en olvido el lugar central que ha de ocupar Cristo en todo el Pueblo de Dios y la referencia permanente que ha tener nuestro ministerio de pastores a Él, el buen Pastor Esta centralidad de Jesucristo debe quedar siempre resaltada en la vida y misión de la Iglesia, y en el ejercicio y vivencia de nuestro ministerio.

 

El evangelio del buen Pastor nos lleva a una honda reflexión a todos los pastores en la Iglesia. Con los demás cristianos, somos ovejas, cuyo único Pastor es Cristo; para los demás somos pastores en nombre y en representación de Cristo, Cabeza y Pastor. Llamados a representarle, hemos de trasparentarle existencialmente. San Juan de Avila, que tantas veces glosó esta parábola, dice al respecto: “!Oh eclesiásticos, si os mirásedes en el fuego de vuestro pastor principal, Cristo, en aquellos que os precedieron, apóstoles y discípulos, obispos mártires y pontífices santos” (Plática 7º, 92ss).

 

Para ser buenos pastores, siguiendo las huellas del buen Pastor, es necesario cultivar una profunda relación de amor y amistad con Cristo Jesús. Recordemos la triple pregunta de Jesús a Pedro, antes de encomendarle el pastoreo de la Iglesia: “Pedro ¿me amas?”(cf. Jn 21, 15-17). Nadie da lo que no tiene. Nadie puede trasparentar y transmitir a Cristo, si no está unido vital y existencialmente a Él por el amor. Alejados de la fuente de la Vida, no podremos transmitir vida. Sólo desde nuestro amor a Cristo, podremos amar, cuidar y apacentar a aquellos que Él nos encomienda por medio de su Iglesia, y hacerlo con delicadeza y respeto, con comprensión y paciencias, y, sobre todo, con verdadero amor. Nuestra caridad pastoral será la prueba y expresión de nuestro amor a Cristo.

 

  1. Jesús mismo nos señala las condiciones del Buen Pastor, a saber: dar la vida por las ovejas; conocerlas bien, vivir entre ellas participando de sus problemas; y preocuparse especialmente de las que están fuera del redil. Son tres grandes principios para todo pastor en la Iglesia.

 

Ante todo y sobre todo: “el buen pastor da la vida por sus ovejas” (Jn 10, 11). Esta es la primera y principal característica del buen pastor: Dar, gastar y desgastar la propia vida por las ovejas. Es la suprema muestra del amor, del celo apostólico, de la caridad pastoral. De lo contrario se vivirá no para el ministerio, sino del ministerio; se servirá uno del ministerio en beneficio y provecho propio, en lugar de vivirlo como servicio desinteresado a los hermanos. San Pedro nos exhorta: “Sed pastores del rebaño de Dios a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño” (1 Pt 5,2-3). No es el autoritarismo, sino el amor entrañable y el servicio fraterno, lo que caracteriza al buen pastor. Ser buen pastor exige entrega incondicional y amor entrañable a los co-presbiteros, a la comunidad y a cada persona. Nuestra motivación no puede nunca ser el título o el puesto, la rentabilidad o el medrar sino el vivir una permanente actitud de servicio y el testimonio de una entrega total y desinteresada a la comunidad y a los hermanos: nuestro único interés ha de ser Jesucristo, su Evangelio y llevar a las personas al encuentro con Cristo y su salvación.

 

Jesús, el buen Pastor, conoce -es decir. ama- a sus ovejas, y pide que quienes le representan sigan sus huellas. Para Juan, ‘conocer a alguien’ es mucho más que saber su nombre y apellidos. Se trata de un conocimiento personal, surgido del diálogo y encuentro con el otro, de compartir sus alegrías y sus penas, su dolor y su gozo. Es el conocimiento que implica una comunidad de vida con los fieles, vivir entre ellos y con ellos, ‘oler a oveja’ (Papa Francisco), salir en su búsqueda y a su encuentro, como hizo Jesús. De lo contrario es imposible conocer sus problemas, sus gozos y sus angustias, sus necesidades e inquietudes y ofrecerles a Cristo, la Palabra y el Alimento de Vida. Existen muchas formas, y a veces muy sutiles, de vivir aparte o al margen de los fieles. Nadie puede cuidar la comunidad desde casa, desde el despacho, desde la iglesia y al resguardo del frío en tiempos de invierno pastoral por comodidad o por miedo al rechazo. El pastor bueno sale y se acerca, da el primer paso, acorta las distancias, dialoga con su gente con cercanía y sencillez.

 

Así va surgiendo también un nuevo tipo de comunidad cristiana: se trata de la comunidad reunida, integrada y unida por Cristo y en Cristo, donde se acoge con misericordia y se respeta el ritmo de cada uno con paciencia, y donde todos trabajan por el mismo objetivo: el encuentro salvífico con Cristo Jesús para ser discípulos y misioneros. Estas pocas líneas de Juan nos dan las pistas para una profunda renovación de nuestra tarea pastoral y de nuestras comunidades, para que sean discípulas y misioneras, donde cada uno pueda ocupar el lugar y asuma la misión que le corresponde.

 

Condición previa para conocer las ovejas, es estar con ellas, salir a su encuentro, no sólo de los que vienen, sino también de los que dejaron de venir o nunca vinieron. Sabemos muy bien, que cada día son más los bautizados alejados de la Iglesia, sobre todo entre los jóvenes y los matrimonios y familias jóvenes, en el mundo del trabajo, de la ciencia y en tantos otros más: esto nos está pidiendo un renovado esfuerzo pastoral, para acercarnos y afrontar estos ambientes. Aquí es donde se conoce al buen pastor. El estilo pastoral, que nos pide Jesús, el buen Pastor, es el de una pastoral misionera y propositiva, personal y personalizada. Jesús sabe acoger a las personas en un encuentro personal. En Jesús se da un respeto profundo a las personas en su intimidad más honda. Y ahí empieza la cura más profunda, es su método de salvación. Es un camino delicado que trastoca nuestra forma de vivir a veces el ministerio pastoral. Pero es el camino del buen Pastor.

 

  1. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a  ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn, 10, 16).  El auténtico pastor no se cierra en su grupo, ni piensa sólo en los de dentro ni se contenta con los que vienen. El buen pastor tiene, por el contrario, un corazón amplio, abierto, universal; se siente el servidor de todos aquellos hombres que buscan la verdad. Jesús distingue entre redil y rebaño. El rebaño es la comunidad universal de los hombres: todos están llamados y son invitados a escuchar, acoger y vivir el Evangelio; el redil es la pequeña comunidad local integrada por un limitado número de personas. Jesús no se cierra a los que no le conocen, a los de fuera, ni les cierra las puertas; busca caminos para llegar a ellos. No olvidemos esta característica del buen Pastor; seguir sus huellas es aceptar este espíritu amplio, que no puede ser encerrado en las fronteras de una parroquia, diócesis, nación, cultura o raza, ni quedar reducido por la afinidad política, ideológica o de simpatía. Jesús no habla de la ‘conquista’ de los de fuera, ni menos de imponer su anuncio del Reino por la fuerza. Sí que habla por el contrario de los que ‘oirán su voz’: esa voz que arroja luz en la vida, que insinúa esperanza, que tiende la mano, que perdona, reconcilia, sana y salva..

 

  1. Queridos sacerdotes, es en la oración y en la contemplación donde podremos adquirir y mantener vicos los sentimientos, las actitudes y los comportamientos de Cristo, el buen Pastor. “En la escuela de la Eucaristía” encontraremos el secreto para vencer el conformismo y el desaliento, y mantendremos viva la energía interior que alimente nuestra caridad pastoral. En este día de fiesta, el buen Pastor nos invita de nuevo a seguir sus huellas con la radical fidelidad con que Juan de Ávila lo siguió.

 

El santo Maestro Avila fue un enamorado de la Eucaristía, hizo de su vida una ofrenda eucarística, signo de la caridad de Cristo que se da a los demás, siempre en comunión con la Iglesia y pendiente de las necesidades de los hombres. El es ejemplo de una vida gastada y desgastada por el Evangelio.

 

En esta Jornada Sacerdotal felicitamos de corazón a los hermanos que celebráis este año la bodas sacerdotales: de Diamante: D. Jesús Blasco Aguilar, D. Baltasar Gallén Olaria, D. Francisco Martí Gasulla, D. Luis Vivas Solá: de Oro: D. Vicente Agut Beltrán, D. Víctor Artero Barberá, D. Miguel Aznar Rabaza, D. José-Antonio Gaya Ballester, D. Vicente Gimeno Estornell, D. Nicolás Pesudo Llácer, D. Guillermo Sanchis Coscollá y el D. David Solsona Montón; y de Plata: D. Joan Molins Roca y D. Salvador Prades Muchas gracias a todos por vuestra entrega y ‘¡ad multos annos!’ Por vosotros, en especial, pero también por el resto de los pastores de su Pueblo, los obispos y los sacerdotes, le pedimos que nos conceda la gracia de ser fieles reflejos de Cristo, el buen Pastor. A Él le rogamos también que nos enseñe a saber cuidar con amor entregado de la pequeña parte del rebaño del Señor, que nos ha encomendado a cada uno..

 

Felicitamos también a los seminaristas que hoy serán instituidos en los ministerios de Lector o de Acolitado: David de Lector, y a Alex, Andrea e Isaac de acólitos. Nuestra felicitación se hace extensiva a sus familiares, a sus ectores, formadores, profesores y compañeros.

 

Que esta Eucaristía sea semilla fecunda de unas vidas sacerdotales cada vez más entregadas y de nuevas vocaciones al ministerio ordenado. Y que María, la Mare de Déu del Lledó, la mujer eucarística, nos acompañe a todos y cuide de nosotros para que sigamos siendo fieles a su Hijo Jesucristo, el Buen Pastor! Amen.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

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