Fiesta de San Juan de Ávila

Castellón, Capilla del Seminario Mater Dei
10 de mayo de 2011

(1 Cor 9,16-19.22-23; Sal 88; Jn 15, 9-17)

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Queridos sacerdotes, diáconos y seminaristas:

Con alegría celebramos hoy a nuestro santo Patrono, San Juan de Ávila. Esta Jornada Sacerdotal es un día para la acción de gracias, para la alabanza y para la petición, hecha compromiso de vida.Damos gracias a Dios por el don de San Juan de Ávila, “maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico”. Animados por el Apóstol de Andalucía, por su espíritu, ejemplo y enseñanzas, manifestamos nuestra gratitud por el don de nuestro ministerio. Con las palabras del Salmo (88), cantamos las misericordias del Señor, proclamamos su grandeza por las maravillas que ha obrado en nosotros. Unidos en la oración suplicamos a Dios Padre que nos conceda la gracia de la santidad y de la fidelidad creciente a todos los sacerdotes, siguiendo las huellas de su Hijo, el Buen Pastor, y el ejemplo de nuestro Patrono, San Juan de Ávila.

Con sincero agradecimiento os felicitamos de corazón a vosotros, queridos sacerdotes, que celebráis hoy las Bodas de Oro: Francisco Javier Iturralde Pachés, Fernando Moreno Aguilar y Julio Silvestre Fornals. También felicitamos en su primer aniversario de ordenación a Oscar Bolumar Asensio y José Sánchez López. Si día a día hemos de dar gracias a Dios por nuestro ministerio, hoy percibimos más vivamente esta necesidad. En los años de ministerio sacerdotal todos vamos experimentando que el Señor enriquece nuestra pobreza y fortalece nuestra fragilidad, recordando las palabras de Jesús: “Soy yo quien os ha elegido” (Jn 15,16). En esta jornada jubilar y sacerdotal en que pedimos especialmente por la santificación de los sacerdotes, todos estamos llamados a revitalizar nuestro compromiso apostólico. Es un día de renovación espiritual para redescubrir la belleza y la grandeza del don del sacerdocio.

Queremos encontrarnos con el Señor y Él desea que permanezcamos en su amor y alcancemos la alegría de la unidad. Nos repite constantemente: permaneced en mí, permaneced en mi amor. Es el amor el que nos garantiza nuestra unión con el Señor. Unidos con Cristo y amándonos como Él nos amó, tenemos la seguridad de que Dios permanece con nosotros como permaneció en El. Somos amados en el Amado. Esta es la identidad decisiva de los discípulos de Cristo que ha de estar en la conciencia profunda de sentirse hijo amado en el Amado.

Esto comporta una actitud de disponibilidad responsable: fidelidad insobornable a un “Sí” dado a Cristo; al amor comunicativo que en Cristo el Padre nos ofrece, y a la progresiva transformación que semejante comunión con Cristo, en Cristo y por Cristo se ha de ir verificando en nuestra vida en la medida en que nos vayamos dejando amar en Él.

San Juan de Ávila vivió esta experiencia del amor de Dios. Su memoria ha sido y sigue siendo un referente para los sacerdotes como modelo realizado de un sacerdote santo: un sacerdote que ha encontrado la fuente de su espiritualidad en el ejercicio de su ministerio, configurado con Cristo. Fue un enamorado de la Eucaristía, fiel devoto de la Virgen, conocedor de la cultura de su tiempo, buen consejero y animador de las vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales. Vivió en comunión la amistad, la fraternidad sacerdotal y el trabajo apostólico. Lo mejor de sus afanes apostólicos lo vuelca en la formación de los candidatos al sacerdocio; él es consciente de que la verdadera clave de la reforma de la Iglesia estaba en la selección y buena formación de los pastores, tal como escribía al Concilio de Trento. En su tiempo no había escasez de vocaciones como tenemos ahora; el problema era las motivaciones y la calidad de la formación tanto intelectual como espiritual.

Queridos sacerdotes, en las jornadas sacerdotales nos vamos adentrando en la espiritualidad específica del sacerdote diocesano; tenemos que seguir progresando en encarnar esa espiritualidad. También al Maestro Ávila le tocó vivir tiempos difíciles. Eran tiempos de reforma. Siempre es tiempo de reforma. Él estaba convencido de que si se reformaba el estado eclesiástico, estaría encaminada la renovación de la Iglesia. “Este es el punto principal del negocio y que toca en lo interior de él; sin lo cual todo trabajo que se tome cerca de la reformación será de muy poco provecho, porque será o cerca de cosas externas o, no habiendo virtud para cumplir las interiores, no dura la dicha reformación por no tener fundamento”.

La caridad pastoral es la clave de la santidad del presbítero, a imitación de Cristo. Así lo expresa cuando escribe: “No solamente la cruz, más la misma figura que en ella tienes nos llama dulcemente a amar. La cabeza tienes reclinada para oírnos y darnos besos de paz, con la cual convidas a los culpados. Los brazos tienes tendidos para abrazarnos. Las manos agujereadas para darnos tus bienes, el costado abierto para recibirnos en tus entrañas, los pies enclavados para esperarnos y para nunca poderte apartar de nosotros. De manera que mirándote, Señor, en la cruz, todo cuanto vieren mis ojos, todo convida a amor: el madero, la figura, el misterio y las heridas de tu cuerpo. Y sobre todo el amor interior me da voces que te ame y nunca te olvide mi corazón” (Tratado del Amor de Dios, 14).

La contemplación del Buen Pastor nos lleva a recordar la misión de pastorear sus ovejas, subrayando la dimensión eclesial en la caridad pastoral. Amor al Buen Pastor y a sus ovejas son las dos vertientes de la caridad pastoral y la clave de la santidad y la espiritualidad sacerdotal. Dirá que para ejercer el ministerio son necesarias la prudencia, la paciencia, la fortaleza, el conocimiento de la teología y moral, la diligencia, la castidad, la eficacia en la palabra y la oración, pero “sobre todo conviene al cura tener verdadero amor a nuestro Señor Jesucristo, el cual le cause un tan ferviente celo que le coma el corazón con pena de que Dios sea ofendido y le haga procurar cómo las tales ofensas sean quitadas, y que sea honrado Dios y muy reverenciado, así en el culto divino exterior como en el interior, teniendo para con Dios corazón de hijo leal y para sus parroquianos de verdadero padre y verdadera madre” (Tratado del Sacerdocio, 39).

El santo Maestro de Ávila tomó por modelo a los Apóstoles y, particularmente a san Pablo, al que tanto imitó en su vida en el la evangelización de todas las Iglesias del sur de España. Él hizo suyas las palabras de San Pablo “Ay de mi si no anuncio el Evangelio” (1 Cor 9,16). En este tiempo en que la Iglesia nos llama con urgencia a la nueva evangelización, la doctrina y el ejemplo de vida de San Juan de Ávila iluminarán los caminos y métodos a seguir, y el nuevo ardor necesario para anunciar a Jesucristo y construir la Iglesia se encenderá al contacto con su celo apostólico. Él es un verdadero “Maestro de evangelizadores”. Sus enseñanzas nos ayudan a los sacerdotes y a todos los miembros del Pueblo de Dios en el fiel cumplimiento de nuestra vocación.

Los distintos campos y dimensiones de nuestra pastoral y de la nueva evangelización se ven iluminados y fortalecidos a la luz de los escritos y vida de este santo pastor y evangelizador. En la catequesis, Juan de Ávila es un buen modelo y estímulo para nosotros hoy. Él sabe transmitir con seguridad el núcleo del mensaje cristiano y formar en los misterios centrales de la fe y en su implicación en la vida cristiana; provoca la adhesión a Jesucristo y llama a la conversión. En la pastoral de la educación y de la cultura, de tanta importancia en nuestros días, Juan de Ávila fue un pionero. El fundó una Universidad, dos Colegios Mayores, once Escuelas y tres Convictorios para formación permanente integral de clérigos. Varias de estas escuelas y colegios eran para niños huérfanos y pobres. Buscaba con ello lo que hoy llamamos la formación integral con una orientación cristiana de la vida.

La memoria de San Juan de Ávila nos recuerda que no hay santidad de vida sin celo evangelizador ni celo evangelizador sin santidad de vida. Evangelizados y evangelizadores, son dos palabras inseparables. No podemos dar cabida al miedo que provoca la mediocridad y que nos impide caminar con confianza.

Por eso oramos diciendo: Señor Jesús, en cualquiera de las etapas de nuestra vida sacerdotal, Tú nos continúas diciendo: ¡Sígueme! Es tu llamada siempre actual que nos indica el seguimiento de adhesión amorosa a tu voluntad de anunciar el Evangelio. Sabes que somos débiles pero te amamos. Sabes que interrogados sobre el amor, como Pedro, dudamos, sentimos miedo, no sabemos qué contestar. Pero te decimos con toda confianza: Tú sabes todo, tú sabes que te amamos.

Escucha también esta mañana nuestra oración fraterna por nuestros hermanos sacerdotes fallecidos en este último año: Juan Bautista Alba Berenguer, Manuel Granell Cotanda, José Manuel Portalés Cantavella y Miguel Romero Navarro; y, en especial, por Manolo Mechó Gavaldá que este año hubiera celebrado las Bodas de Oro Sacerdotales en la tierra. Concédeles a todos participar del banquete celestial.

Y a todos nosotros haznos pastores santos de tu Iglesia; y concédenos la gracia de encontrar en la Eucaristía el alimento para nuestro camino de perfección y la fuerza para la tarea de nueva Evangelización. Que la Reina de los Apóstoles y San Juan de Ávila intercedan por nosotros para que en todo momento seamos trasparencia nítida y mediadora del Buen Pastor. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

 

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