Fiesta de San Juan de Ávila

S. I. Concatedral de Sta. María de Castellón, 8 de mayo de 2015

(2 Cor 5,14-20; Sal 88; Jn 15, 9-17)

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Queridos sacerdotes, diáconos y seminaristas.

 

Con alegría celebramos hoy la fiesta anticipada de San Juan de Ávila, Patrono del clero secular español y Doctor de la Iglesia Universal. Al recordar hoy al Maestro de Avila queremos dar gracias a Dios por el regalo de este santo, que vio la luz el día de Epifanía del último año del siglo XV en Almodóvar del Campo y vivió en el siglo XVI.

Animados por el espíritu de San Juan de Avila, cantamos con las palabras del Salmo (88) las misericordias del Señor, proclamamos su grandeza por las maravillas que ha obrado en nosotros, por los testimonios de entrega y de santidad de tantos sacerdotes de nuestro presbiterio diocesano de Segorbe-Castellón. Como Obispo vuestro, hoy quiero dar gracias a Dios por todos vosotros, querido sacerdotes: por vuestras personas, por el don de vuestra vocación y ministerio sacerdotal, por vuestra entrega fiel a Jesucristo, el Buen Pastor, y a las ovejas de su rebaño en esta parcela de su Iglesia. Unidos en la oración suplicamos a Dios Padre que nos conceda la gracia de la santidad a todos los sacerdotes, siguiendo las huellas de su Hijo, el Buen Pastor, y el ejemplo de nuestro Patrono, San Juan de Ávila.

Hoy os felicitamos muy especial y cordialmente a vosotros, queridos sacerdotes, que celebráis este año vuestras Bodas sacerdotales:  a D. Juan Manuel Gil y D. Gervasio Ibáñez, en sus bodas de diamante; a D. Toni Melià y D. Antonio-Ignacio Sánchez y a los PP. Francicanos, Manuel Prades, José María Botella y Vicente Vicent, en sus bodas de oro; a D. Recaredo Salvador, en su bodas de plata. Nuestra sincera felicitación también a los sacerdotes ordenados presbíteros en este último año: Alipio Bibang, Alexander Alzate, Andrea Ricci, Isaac Leiza, Francisco Javier Fernández, Manuel Díaz, Pedro Segarra y Samuel Torrijo, así como en sus bodas de plata a los tres Diáconos permanentes: D. Pascual Andrés, D. Ricardo Rovira y D. Manuel Martínez.  También damos gracias a Dios por el don de la vocación sacerdotal  de los seminaristas que en esta celebración recibirán el ministerio del Acolitado -David-  o serán admitidos a las Órdenes sagradas -Serviliano, Puc, Jon y Jesús-.

Si siempre, si cada día, hemos de dar gracias a Dios por nuestro sacerdocio o por nuestra vocación sacerdotal, hoy sentimos más vivamente esta necesidad. En los años de nuestro ministerio sacerdotal o en el tiempo de formación todos vamos experimentando que el Señor nos ama personalmente, nos enriquece en nuestra pobreza y nos fortalece nuestra fragilidad. Por eso hemos de recordar que nuestra vocación y nuestro ministerio son un don gratuito y amoroso de del Señor. “Soy yo quien os ha elegido” (Jn 15,16). En esta jornada jubilar y sacerdotal en que pedimos especialmente por la santificación de los sacerdotes, todos estamos llamados a dejarnos amar por Dios y a amarle con mayor fuerza, si cabe. Hoy es un día para redescubrir el amor de Dios en nuestra existencia, para redescubrir la belleza de nuestra vocación sacerdotal y la alegría en nuestro ministerio.

Como en el caso de Pablo,  nos apremia el amor de Dios manifestado en Cristo a la acción de gracias a Dios por los dones recibidos (cf. 2 Cor 5, 14).  Cuanto somos y cuanto tenemos, todo procede de Dios, que nos amó y reconcilió consigo por medio de Cristo: él nos eligió, consagró y envió, el “nos encargó el ministerio de la reconciliación” (v. 16) para ser ministros de su misericordia, especialmente en el sacramento de la Confesión. Esta mañana queremos pedir al Espíritu Santo que avive la llama de nuestro amor a Dios en Cristo. Deseamos encontrarnos de nuevo con el Señor para permanecer en su amor, queremos experimentar la alegría que suscita el saberse amados de Dios y agraciados por Él con el sacerdocio. El Señor Jesús nos lo dice constantemente: permaneced en mí, permaneced en mi amor. Nuestra respuesta de amor agradecido y la acogida de la savia de su gracia son las que garantizan nuestra unión con el Señor, nuestra alegría en el ministerio y nuestro amor pastoral.  Unidos con Cristo y amándonos unos a otros como Él nos ha amado, tenemos la seguridad de que Dios permanece con nosotros como permaneció en su Hijo. Somos amados en el Hijo amado. Esto comporta una actitud constante de acogida del amor que el Padre nos ofrece en Cristo, y dejarse progresivamente transformar por la comunión con Cristo, en Cristo y por Cristo dejándonos amar  por Dios.

San Juan de Ávila vivió esta experiencia del amor de Dios. Como escribió Benedicto XVI en la Carta Apostólica de la declaración de Doctor de la Iglesia universal de nuestro patrono, “el amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, es la clave de la experiencia personal y de la doctrina del Santo Maestro Juan de Ávila” (n.1). La primacía de la gracia que le impulsa al buen obrar, la espiritualidad de la confianza y la llamada universal a la santidad vivida como respuesta al amor de Dios, son puntos centrales de la vida y de la enseñanza del Maestro de Ávila: ellas hicieron de él un predicador del Evangelio, apasionado por la verdad y referente cualificado para la misión evangelizadora.

Su memoria ha sido y sigue siendo un modelo de sacerdote santo para nosotros, los sacerdotes: un sacerdote que ha encontrado la fuente de su espiritualidad en el ejercicio de su ministerio, en su amor a la Eucaristía, en su devoción a la Virgen. Así, siendo un buen conocedor de la cultura de su tiempo, fue un excelente consejero de almas y un incansable animador de las vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales. Vivió en comunión la fraternidad sacerdotal y el trabajo apostólico. Lo mejor de sus afanes apostólicos lo vuelca en la formación de los candidatos al sacerdocio; él sabía muy bien que la verdadera clave de la reforma de la Iglesia estaba en la selección y buena formación de los pastores, tal como escribía al Concilio de Trento.

Queridos sacerdotes, vivimos tiempos recios. Y tiempos recios piden amigos fuertes de Dios, decía Santa teresa de Jesus. También al Maestro Ávila le tocó vivir tiempos recios, difíciles. Eran tiempos de reforma. Siempre es tiempo de reforma. También el papa Francisco nos llama con insistencia a la conversión personal, pastoral y misionera. Juan de Ávila estaba convencido de que si se reformaba el estado eclesiástico, estaría encaminada la renovación de la Iglesia. Como entonces, también la principal reforma que necesita nuestra Iglesia es la reforma de las personas, de los corazones. “Este es el punto principal del negocio y que toca en lo interior de él; sin lo cual todo trabajo que se tome cerca de la reformación será de muy poco provecho, porque será o cerca de cosas externas o, no habiendo virtud para cumplir las interiores, no dura la dicha reformación por no tener fundamento”.

La caridad pastoral es la clave del ministerio sacerdotal, basada en la contemplación e imitación del Buen Pastor, Jesucristo. Así lo expresa el maestro de Ávila cuando escribe: “No solamente la cruz, mas la misma figura que en ella tienes nos llama dulcemente a amar. La cabeza tienes reclinada para oírnos y darnos besos de paz, con la cual convidas a los culpados. Los brazos tienes tendidos para abrazarnos. Las manos agujereadas para darnos tus bienes, el costado abierto para recibirnos en tus entrañas, los pies enclavados para esperarnos y para nunca poderte apartar de nosotros. De manera que mirándote, Señor, en la cruz, todo cuanto vieren mis ojos, todo convida a amor: el madero, la figura, el misterio y las heridas de tu cuerpo. Y sobre todo el amor interior me da voces que te ame y nunca te olvide mi corazón” (Tratado del Amor de Dios, 14).

El santo Maestro de Ávila tomó por modelo particularmente a san Pablo, al que tanto imitó en su vida en el la evangelización de todas las Iglesias del sur de España. Él hizo suyas las palabras de San Pablo “Ay de mi si no anuncio el Evangelio” (1 Cor 9,16). En este tiempo en que la Iglesia nos urge a salir a la misión, la doctrina y el ejemplo de vida de San Juan de Ávila iluminarán nuestros caminos y métodos;  y nuestro ardor misionero se encenderá al contacto con su celo apostólico. Él es un verdadero “Maestro de evangelizadores”. Sus enseñanzas nos ayudan a los sacerdotes y a todos los miembros del Pueblo de Dios en el fiel cumplimiento de nuestra vocación.

La memoria de San Juan de Ávila nos recuerda que no hay santidad de vida sin celo evangelizador ni celo evangelizador sin santidad de vida. Evangelizados y evangelizadores, discípulos y misioneros son dos palabras inseparables. No podemos dar cabida al miedo que provoca la mediocridad y que nos impide caminar con confianza.

Por eso oramos diciendo: Señor Jesús, en cualquiera de las etapas de nuestra vida sacerdotal, Tú nos continúas diciendo: ¡Sígueme! Es tu llamada siempre actual que nos indica el seguimiento de adhesión amorosa a tu voluntad de anunciar el Evangelio. Sabes que somos débiles pero te amamos. Sabes que interrogados sobre el amor, como Pedro, dudamos, sentimos miedo, no sabemos qué contestar. Pero te decimos con toda confianza: Tú sabes todo, tú sabes que te amamos. “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe”.

Escucha, Señor, esta mañana también nuestra oración fraterna por nuestros hermanos sacerdotes fallecidos en este último año: D. Gil Roger, D. Eladio Villagrasa, Mn. Damian Alonso y D. Alberto Cebellán..

Y a todos nosotros haznos pastores santos de tu Iglesia; y concédenos la gracia de encontrar en la Eucaristía el alimento para nuestro camino de perfección y la fuerza para la tarea de nueva Evangelización. Que la Reina de los Apóstoles y San Juan de Ávila intercedan por nosotros para que en todo momento seamos trasparencia nítida y mediadora del Buen Pastor. Amén.

 

+Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

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