Fiesta de San Pascual Baylón

Patrono de la Diócesis y de la Ciudad de Villarreal
Iglesia Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2010

(Sof, 2,3; 3, 12-13; Sal 33: 1 Cor 1, 26-31; Mt 11, 25-30)

****

 

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

A los pies de los restos de San Pascual, el Señor Jesús nos convoca en este día de Fiesta para recordar y honrar a nuestro santo Patrono, al Patrono de Villarreal y Patrono de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Os saludo de corazón a todos cuantos os habéis unido a esta celebración de la Eucaristía, aquí en la Basílica o desde vuestros hogares a través de la radio o de la televisión.

Los Santos son siempre actualidad. Sus biografías reflejan modelos de vida, conformados según el Evangelio y a la medida del Corazón de Cristo y, a la vez, cercanos y concretos para el hombre de su tiempo y, en último término, para el hombre de todos los tiempos. Son modelos extraordinariamente humanos, precisamente porque surgen del seguimiento y de la imitación de Cristo. Es como si a través de ellos la presencia de Jesucristo Resucitado en el corazón de la Iglesia y en medio del mundo mostrase la extraordinaria fuerza y la insuperable virtualidad de la Vida Nueva, que viene del Señor Resucitado, una Vida Nueva que es capaz de renovar y transformar todo: la existencia de cada persona, la misma realidad de la sociedad, de los pueblos y naciones e, incluso, de toda la Creación.

Los santos son las grandes figuras de los períodos más renovadores de su época y de su entorno social y cultural. Su forma de estar y de actuar en el mundo no suele ser espectacular sino que, con frecuencia, pasa desapercibida. Rehuyen los halagos y aplausos. Son humildes y sencillos. Su alimento es la oración, la escucha de Dios, la unión y la amistad con Cristo. En la entrega sencilla de sus vidas a Dios y  a los hermanos cifran todos sus ideales personales.

San Pascual Bailón, nuestro Patrono, es uno de esos Santos cuya actualidad permanece sin marchitarse en nuestra historia, en la historia de Villarreal y de nuestra Iglesia diocesana. El estilo de vivir San Pascual el Evangelio de Jesucristo, el Salvador del hombre, ha iluminado nuestra historia siempre: fuesen cuales fuesen las encrucijadas históricas, sobre todo, las más dramáticas por las que han atravesado nuestra Iglesia y nuestro pueblo. Evocándole y siguiendo su ejemplo se despejaba la esperanza y el camino de la recuperación personal, familiar y social en cada momento. También hoy, Pascual nos muestra la vía inequívoca por donde ha de dirigirse la reflexión sobre la situación del actual momento de nuestra Iglesia y de nuestra España y, consiguientemente, cómo han de orientarse y conducirse los proyectos de renovación de la vida cristiana en la Iglesia y en la sociedad. Tarea para las personas responsables y para las instituciones, que no admite demora.

Al celebrar un año más la Fiesta de San Pascual Patrono, vienen a nuestra memoria su vida sencilla de pastor y hermano lego; vienen también a nuestro recuerdo sus virtudes de humildad y de confianza en Dios, de entrega y servicio a los hermanos, a los pobres y a los más necesitados, y, sobre todo, recordamos su gran amor a la Eucaristía y su profunda devoción a la Virgen.

En la biografía de San Pascual se ha destacado siempre un rasgo de extraordinario valor evangélico: su amor al prójimo y, en especial, a los pobres, que alimentaba en su gran amor a la Eucaristía, sacramento de la caridad. Servía a todos con alegría. Sus hermanos de comunidad no sabían qué admirar más, si su austeridad o su caridad. Toda su persona emanaba cordialidad. Pascual “tenía especial don de Dios para consolar a los afligidos y ablandar los ánimos más endurecidos”, dicen muchos testigos. Su deseo era ajustar su vida al Evangelio según la Regla de San Francisco, desgastándose por Dios y por sus hermanos. Sus oficios de portero y limosnero favorecieron el ejercicio de su caridad, impregnada siempre de humildad y sencillez. Su caridad era tanta que algunos hermanos de comunidad le reprochaban que los dejaba sin subsistencias; y los superiores tenían que ponerle límite, pero siempre terminaba venciendo la caridad. Para los pobres se privaba hasta de la propia comida. Decía que no podía despedir de vacío a ninguno, pues sería despe­dir a Jesucristo.

Servir al hombre hermano y sentarlo a la mesa diaria de la familia –de la nuestra, de la familia que es la Iglesia, y de la familia que debe ser la humanidad– se nos ha convertido en la actual coyuntura histórica en una urgencia moral y espiritual que compromete gravemente nuestra conciencia. No se trata de un imperativo ético cualquiera; se trata de una exigencia moral fundamental que nace del Evangelio y que brota de la Eucaristía: de su cumplimiento o no depende el bien integral de la persona humana y el futuro de la sociedad. Incluye, en primer lugar y como condición previa, el que se permita, facilite y favorezca el que haya “comensales”. Si se impide que nazcan los niños, la mesa común de la familia humana se irá quedando sin hijos, hasta terminar vacía. ¡Que no se le niegue a ningún concebido de mujer el derecho a nacer! Dejar nacer a los hijos es el primer y fundamental deber del amor al prójimo, del amor al más necesitado. Más aún, es grave obligación de conciencia de todos los implicados –familiares, amigos, instituciones privadas y públicas– que se ayude generosa y eficazmente a las madres que los conciben, no para que sean eliminados, sino para que puedan darles a luz.

Si no se respeta escrupulosamente el derecho de todo ser humano a la vida, desde su concepción hasta su muerte natural, nos quedaremos sin el fundamento ético imprescindible para poder edificar un orden social y jurídico, digno de ser llamado y considerado, humano, justo y solidario. El verdadero progreso humano no se puede construir sobre una cultura de la muerte.

La secuencia necesaria de ese gesto y actitud es la de sentar fraternalmente a la mesa común a todo hombre necesitado de sustento, de casa, de atención sanitaria, de educación, de cultura y de trabajo: en cada ciudad y en cualquier lugar del mundo. Sí: amar al prójimo exige hacerlos partícipes del bien común de la sociedad y de la comunidad política, dentro y fuera de la propia tierra.

La oración es un segundo rasgo que brilla en la personalidad de San Pascual; un rasgo también igualmente de extraordinaria actualidad para la Villarreal y para nuestra Iglesia diocesana del año 2010, al celebrar el 50º Aniversario de su configuración actual. Pascual era un hombre de oración: ¡un hombre de Dios! Sus versos manuscritos son pequeños destellos de su vida de intimidad con Dios. Pascual había recibido el don de la oración continua. Oraba en todo momento libre, sacrificando a veces el descanso nocturno; más aún, el trabajo y la relación con los demás no le impe­dían su contacto con Dios. Escribió que sin oración “no po­demos vivir para Dios”. Cuando se creía solo, desahogaba el fuego de su corazón con alabanzas, cantos y hasta con dan­zas. De la oración, dicen sus hermanos, sacaba fortaleza y ca­ridad. Hablaba de Dios, inflamado e inflamando a los demás. De la oración sacaba la caridad para con los hermanos. La verdad de la Eu­caristía, que le arrebataba, la vivió en la oración y atendiendo a todos los necesitados. El amor de Dios que le llenaba ma­naba como de sus manos sin poder ser contenido.

El cristiano, desde el principio de la historia cristiana y siempre, es paciente y constante en la prosecución del bien, en el cumplimiento de la ley de Dios y de las exigencias de la auténtica justicia. Su caridad va hasta el heroísmo. Cuida y practica la oración, pase lo que pase, cueste lo que cueste. Ese permanecer en la oración, y más en concreto, en la oración eucarística, es la clave certera para descubrir el secreto interior de la vida de San Pascual: vida entregada al amor incondicional de sus hermanos de orden, de los pobres… de cualquier hombre hermano. ¡Amor sin medida humana! Amor que viene de permanecer en el amor de Cristo, ofrecido en la Cruz por nosotros y por nuestra salvación. “Permaneced en mi amor”, dice el Señor, “el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante” (Jn 15,9b.5b). El permanecer en Él, con esa íntima dependencia vital como la que se da entre la vid y los sarmientos, explica lo más hermoso de la biografía de nuestro Santo: el fruto abundante de su vida para su tiempo y su fecundidad espiritual y humana para el nuestro (cf. Jn 15, 1-7).

Ante la imagen de este humilde pastor y lego, hombre de Dios y fiel seguidor de Cristo, se alza para nosotros, que hoy, en el día de su fiesta, le recordamos e invocamos con sincera devoción, una pregunta: ¿de dónde nos va a venir la luz interior para nuestra inteligencia y nuestro corazón, que nos permita descubrir el origen y la naturaleza de nuestras crisis actuales –ecónomicas, sociales, culturales, morales, espirituales? ¿Y de dónde vamos a extraer la fuerza humana y espiritual para un decidido impulso personal y colectivo para superarlas? ¿Creemos de verdad que se pueden resolver las situaciones críticas, que tanto nos angustian, al margen de Dios, de su ley y de su gracia, de espaldas al Evangelio de Jesucristo, en quien han creído firmemente San Pascual y nuestros padres, generación tras generación?

San Pascual, hombre sencillo y humilde, supo intuir que es bueno confiar en Dios (cf. Sal 92,6). El Evangelio de hoy nos ha recordado que las realidades profundas de Dios – y en consecuencia del hombre- sólo pueden ser entendidas no por los sabios y entendidos de este mundo sino “por la gente sencilla” (Mt 11,27). Las cosas de Dios y a Dios mismo y, en Él, al hombre y a la mujer, sólo se les puede amar y comprender desde la humildad confiada. Cuando el ser humano da rienda al orgullo, a la soberbia, a la auto-suficiencia, se cierra a Dios y aparecen sus dioses, a los que dedica su atención, tiempo y energías; esos dioses ante los cuales sacrifica su vida y la de los demás; son los ídolos del dinero, del negocio, del poder y del placer.

Al mirar a Pascual se aviva en nosotros la historia de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia diocesana; es una historia entretejida por tantas personas sencillas, que, como Pascual, supieron acoger a Dios en su vida y confiar en él, que se dejaron transformar por el amor Dios y lo hicieron vida en el amor y el servicio a los hermanos; personas que, unidas a Cristo, fueron en su vida ordinaria testigos elocuentes del Evangelio de Jesucristo. No nos limitemos a mirar con nostalgia el pasado, ni a quedarnos en el recuerdo de la tradición, que sea mero pretexto para unas fiestas de San Pascual sin San Pascual y sin Dios. Celebremos con verdadera fe y devoción a San Pascual. Hacerlo así implica mirar el presente y dejarnos interpelar por nuestro Patrono en nuestra condición de cristianos hoy; significa preguntarnos por el grado de nuestra fe y de nuestro seguimiento de Jesucristo, de nuestra fe y vida cristiana, por la transmisión de la fe a nuestros niños y jóvenes, por la vida cristiana de de nuestras familias y por la fuerza evangelizadora de nuestras comunidades eclesiales y de nuestras cofradías.

San Pascual Bailón, por ser nuestro patrono, es guía en nuestra caminar cristiano. Que de sus manos y por su intercesión se avive en nosotros la fe y la confianza en Dios, que se avive en nosotros el espíritu de oración y la participación en la Eucaristía, que haga de nosotros testigos del amor de Dios en el amor a los hermanos. Y como él, pedimos la protección de la Virgen María. ¡Que la Mare de Déu de Gracia, bendiga a todos los ciudadanos y la Ciudad de Villarreal, a nuestra Iglesia diocesana, en el 50º Aniversario de su configuración actual, y, de modo especial, a los que más necesitan de su protección de Madre!. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.