Jornada Mundial de las Migraciones

Castellón, S.I. Concatedral, 17 de enero de 2016

(Is 62, 1-5; Sal 95; 1 Cor 12,4-11; Jn 2,1-11)

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Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Es una alegría poder celebrar esta Eucaristía en la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado en este año del Jubileo extraordinario de la Misericordia. Con vuestra presencia, queridos inmigrantes, experimentamos la catolicidad, la universalidad, de nuestra Iglesia. Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido esta tarde a esta celebración: sacerdotes, consagrados y seminaristas; al Párroco y Vicario parroquial de Santa maría, al Sr. Vicario Episcopal de Pastoral, al Director de nuestro Secretariado diocesano para las Migraciones y a todos los voluntarios en este sector pastoral, y a las asociaciones de inmigrantes. Un saludo especial al P. Nicolás, párroco ortodoxo rumano de Castellón de la Plana, que nos acompaña hoy, en la víspera del inicio del Octavario de oración por la Unidad de los Cristianos; pidamos a Dios para nos conceda el don de la unidad y un día cercano pueda concelebrar plenamente en la Eucaristía con nosotros.

El lema de la Jornada de este año nos dice que los “emigrantes y refugiados nos interpelan” y que nuestra respuesta no puede ser otra que la del Evangelio de la misericordia. Las necesidades de los emigrantes y refugiados nos interpelan, como interpeló a María la necesidad de aquellos novios de las bodas de Caná, como hemos proclamado en el evangelio de hoy. María, la madre de la Misericordia, siempre atenta y solícita a las necesidades de los hombres, ve enseguida que aquellos novios están en apuros, porque el vino para la boda se ha agotado. De inmediato se compadece de ellos y se dirige a Jesús como una madre y le dice: Hijo “no les queda vino” (Jn 2,3); y a los sirvientes les dice:“Haced lo que es os diga” (Jn 2,5).

“Aún no ha llegado mi hora” (Jn 2,4), contesta Jesús a su Madre. Son unas palabras que nos pueden desconcertar; pero, meditadas con detenimiento, nos ayudan a descubrir su sentido y nos acercan al misterio y a la identidad de Jesús. Porque la “hora de Jesús” es su muerte y resurrección, es la hora de su glorificación por el Padre, es la hora de la salvación del hombre, es la hora en que se manifiesta la Misericordia de Dios, que se entrega y que acoge la entrega de su Hijo hasta la muerte por amor a los hombres. En Caná, Jesús anticipa y adelanta esa “Hora” al realizar, a ruegos de su Madre, este signo a favor de aquellos novios e invitados.

“Tú has guardado el vino bueno hasta ahora” (Jn 2,10), dice el mayordomo al novio. Con el vino bueno, Juan hace referencia al vino nuevo de la obra salvadora de Jesucristo, fruto del amor misericordioso de Dios que irrumpe en la vida humana renovando y transformando todo. Este vino nuevo es ayudar a unos novios porque les falta vino, es decir, ayudar a los hombres a encontrar la alegría, la fe y la esperanza; este vino nuevo es la alegría de la vida verdadera en el amor misericordioso de Dios. Cristo Jesús ha venido a traer el vino nuevo de la Misericordia, del gozo y de su presencia. Jesús siempre está cercano a las necesidades y a los apuros de los hombres, como lo estuvo en las circunstancias concretas del banquete de bodas de Caná, como lo está hoy ante las necesidades y las precariedades de los inmigrantes, ante las penurias de los miles de refugiados que tienen que abandonar sus casas y posesiones, y que tienen que huir de sus países ante la persecución y la guerra.

Y “sus discípulos creyeron en Él”, comenta Juan al final de la escena (Jn 2,11). El milagro que Jesús realiza es un signo que lleva a los discípulos a creer en Jesús, a seguirle en su camino de entrega a la voluntad de Dios que se hace entrega por amor hacia los hombres.

“Haced lo que él os diga” son las palabras de María a los sirvientes; estas son también sus palabras hoy a nosotros al celebrar esta Jornada Mundial del emigrante y refugiado. Y esta tarde, Jesús nos dice una vez más: “Venid, benditos de mi Padre… porque… era forastero, y me acogisteis” (Mt 25, 34-35). Jesús nos dice que sólo entra en el Reino de los cielos el verdadero discípulo suyo, el que practica el mandamiento del amor, el que es misericordioso como el Padre. “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7)

Así nos muestra el Señor el lugar central que debe ocupar en la Iglesia y en la vida de todo cristiano la misericordia, que se hace acogida del emigrante y del refugiado. Al hacerse hombre, Cristo se ha unido, en cierto modo, a todo hombre. Nos ha acogido a cada uno de nosotros y, con el mandamiento del amor, nos ha pedido que imitemos su ejemplo, es decir, que nos acojamos los unos a los otros como él lo ha hecho (cf. Rm 15, 7). Acoger a Cristo en el hermano y en la hermana que sufren necesidad –el enfermo, el hambriento, el sediento, el encarcelado, el forastero, el emigrante o el refugiado- es la condición para poder encontrarse con él y de modo perfecto al final de la peregrinación terrena.

“Para la Iglesia católica nadie es extraño, nadie está excluido, nadie está lejos” (Pablo VI). Por desgracia, entre nosotros se dan aún prejuicios y actitudes de rechazo por miedos injustificados o por buscar únicamente los propios intereses. Se trata de discriminaciones incompatibles con la pertenencia a Cristo y a la Iglesia. Más aún, la comunidad cristiana está llamada a difundir en el mundo la levadura de la fraternidad y de la convivencia entre personas diferentes y de diferentes culturas, que hoy podemos experimentar en esta Eucaristía.

Como reza el lema de la Jornada de este año, los “emigrantes y refugiados nos interpelan” y nuestra respuesta no puede ser otra que la del Evangelio de la misericordia. Esto comienza por sentir dolor y compasión ante los millones de personas, que huyen ante la guerra y la persecución, o que tienen que buscar una vida más digna lejos de su país. Como creyentes y como Iglesia no podemos quedar indiferentes o callar; no podemos habituarnos a su sufrimiento y a su precariedad; hacerlo sería entrar en el camino de la complicidad.

Hemos de mantener viva nuestra conciencia ante el fenómeno migratorio, examinar sus causas y analizar sus problemas tanto desde el punto de vista humano, económico, político, social y pastoral. Nos urge plantearnos nuestra actitud y redoblar nuestro compromiso real con las personas de los emigrantes, de los refugiados y de sus familias. Los flujos migratorios afectan ante todo a personas, que tienen la misma dignidad que los autóctonos. Ellos nos interpelan en nuestro modo tradicional de vivir; a veces se encuentran con sospechas, temores y prejuicios que hemos de analizar y superar. Como personas que son, los inmigrantes tienen los mismos derechos fundamentales y las mismas obligaciones que los autóctonos; se merecen pues el mismo respeto, estima y trato que los nativos, como ellos, a su vez, han de respetar y reconocer el patrimonio material y espiritual del país que los hospeda, obedeciendo sus leyes y contribuyendo a sus costes.

Es así mismo necesario que fomentemos actitudes y comportamientos de acogida, de encuentro y de dialogo. Los cristianos hemos de tener siempre presentes las palabras de Jesús: “fui extranjero y me acogisteis” (Mt 25,35); en ellas, Jesús se identifica con la persona del emigrante y llama a su acogida, como si de Él mismo se tratara. Cada uno de nosotros es además responsable de su prójimo: somos custodios de nuestros hermanos y hermanas, donde quiera que vivan. Con estas premisas aprenderemos a valorar a los emigrantes y refugiados, a acogerlos fraternalmente, a ayudarles en sus necesidades y a facilitar su integración armónica en nuestra sociedad. Como nos recuerda el papa Francisco en su Mensaje de este año:”En la raíz del Evangelio de la misericordia, el encuentro y la acogida del otro se entrecruzan con el encuentro y la acogida de Dios: Acoger al otro es acoger a Dios en persona”.

Queda mucho por hacer. Por ello, os invito a fortalecer nuestro compromiso cristiano en este sector pastoral. Nuestra Iglesia diocesana vive y obra inserta en nuestra sociedad y es solidaria con sus aspiraciones y sus problemas; por ello se sabe especialmente llamada a convertir nuestra sociedad en un espacio acogedor en el que se reconozca la dignidad de los emigrantes y refugiados. Invito a toda nuestra Iglesia de Segorbe-Castellón a asumir la acogida y el servicio de los inmigrantes.

¡Que María la Virgen nos proteja en este nuestro caminar y nos enseñe a ser sensibles como ella ante las necesidades de los emigrantes, y a poner nuestra mirada en su Hijo, para hacer lo que nos diga! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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