Misa Crismal

Catedral-Basílica de Segorbe, 25 de marzo de 2013

 (Is 61,1-3ª.6ª.8b-9; Sal 88; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21)

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Saludo

 

  1. Gracia y paz de parte de Jesucristo, el testigo fiel” (Ap 1,5) a todos vosotros, amados sacerdotes, seminaristas, religiosos y fieles laicos, venidos de toda la Diócesis hasta la iglesia Madre de nuestra Iglesia diocesana para la Misa Crismal. Un saludo especial al Cabildo catedral, que nos acoge este año en la Catedral-Basílica de Segorbe,.

 

Cercana ya la celebración de los misterios centrales de nuestra fe y de nuestra salvación, la muerte y resurrección del Señor, el mismo Cristo Jesús nos reúne como su Iglesia para bendecir los óleos de los catecúmenos y de los enfermos y consagrar el santo Crisma. Aquél “que nos amó, nos ha librado por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de nuestro Dios” (Ap 1,6). Él mismo es quien nos convoca para actualizar su sacrificio redentor, el misterio pascual, en esta Santa Misa. Cantemos las misericordias del Señor, cantemos su amor misericordioso con redoblada alegría en esta mañana, en que celebramos una fiesta singular. Es la fiesta de todo nuestro pueblo de Dios de Segorbe-Castellón al contemplar hoy el misterio de la unción, que marca la vida de todo cristiano desde el día de su bautismo. Es la fiesta, también y de manera especial, de todos nosotros, hermanos en el sacerdocio, ungidos y ordenados presbíteros para el servicio del pueblo santo de Dios. Os doy gracias de todo corazón por vuestra presencia.

 

Cristo es el Ungido del Señor

2.  La palabra de Dios que acabamos de proclamar centra nuestra mirada en Cristo Jesús. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido y me ha enviado a dar la Buena noticia a los pobres” (Is 61, 1,3). Estas palabras del profeta Isaías se refieren, ante todo y en primer lugar, a Jesús y su misión mesiánica. “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 21). Así comenta Jesús, en la sinagoga de Nazaret, el anuncio profético de Isaías. Jesús mismo afirma que Él es el Ungido del Señor, a quien el Padre ha enviado y el Espíritu ha ungido para anunciar la Buena nueva a los pobres y a los afligidos, para traer a los hombres la liberación de sus pecados. Él es el que ha venido para proclamar el tiempo de la gracia y de la misericordia de Dios. Acogiendo la llamada del Padre a asumir la condición humana, Jesús trae consigo el soplo de la vida nueva y da la salvación a todos los que creen en Él.  Enviado por el Padre y consagrado por virtud del Espíritu Santo queda convertido en sumo y eterno Sacerdote de la nueva y definitiva Alianza, que sella con su sangre. Todas las prefiguraciones del sacerdocio del Antiguo Testamento encuentran su realización en él, único y definitivo mediador entre Dios y los hombres; y todo sacerdocio mana de Él.

 

Todos los bautizados estamos ungidos y enviados

3. El mismo Señor Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, ha hecho de nosotros, bautizados, un reino de sacerdotes. Como dice el Prefacio de hoy, es Cristo mismo quien confiere a toda la Iglesia la participación de su sacerdocio. Todos los cristianos, por el bautismo, parti­cipamos del sacerdocio del Señor y estamos llamados a ofrecernos con él, a ofrecer nuestra persona y nuestra existencia por la salvación del mundo. Por el bautismo, liberados de nuestro pecado, hemos sido ungidos y consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para ofrecer, a través de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales. Como ungidos y consagrados, todos los cristianos estamos llamados a dejar que el don de la fe y la nueva vida de la gracia, recibidos en el Bautismo, se desarrollen en nosotros mediante una fe fuerte y sin fisuras en el Dios vivo, que sale a nuestro encuentro y nos ofrece su vida y amistad en su Hijo; una fe personal en comunión con la fe de la Iglesia y alimentada en la oración,  en la participación frecuente en la Eucaristía y en el sacramento de la Reconciliación y mediante una caridad activa.

 

Cristo Jesús es el centro de nuestra fe y de nuestra existencia personal como  bautizados, consagrados o sacerdotes; él es la piedra angular de la Iglesia sobre la que hemos de construir nuestra propia existencia. “También vosotros, cual piedras vivas, entrad en la cons­trucción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo. Pero vosotros sois li­naje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo ad­quirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz (1 Pe 2, 5. 9). Como nos ha recordado, el Papa Francisco estamos llamados a caminar en presencia de Dios tras las huellas de Cristo, a edificar nuestra existencia y la Iglesia sobre la piedra angular que es Cristo, y a confesar en privado y en público nuestra fe para anunciar el Evangelio de Dios, que es Cristo mismo, a toda creatura.

 

Los sacerdotes estamos ungidos por una unción especial para servir al pueblo de Dios

  1. En otro nivel, el Señor ha hecho un reino de sacerdotes de nosotros, los sacerdotes, ordenados por una unción especial para ser ministros, es decir, servidores del pueblo sacerdotal: en su nombre y en representación suya anunciamos la Buena nueva, ofrecemos el sacrificio eucarístico a Dios, absolvemos de los pecados, celebramos el resto de los sacramentos y guiamos al pueblo santo de Dios (cf. LG 10); somos servidores del sacerdocio bautismal de todo el pueblo de Dios.

 

El mismo Prefacio de hoy nos recuerda, que el mismo Señor nos ha elegido a algunos para que mediante el sacramento del orden (“por la imposición de las manos”) participemos de una forma especial en su misión. El fundamento de la elección y de la misión que se nos encomienda no es otro sino el “amor de hermano” de Cristo hacia cada uno de nosotros, sus sacerdotes. Es lo que se dice en el Evangelio de los Apóstoles: Instituyó doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar (Mc 3, 14). Como en el caso de los Apóstoles se nos ha confiado la misión de santificar, presidir y enseñar en nombre de Cristo; o mejor aún, con la acción de Cristo en nosotros: anunciar la Palabra y celebrar los sacramentos, actuando siempre en la caridad. Todo esto supone la entre­ga total al Padre, configurados a Cristo por la fidelidad y el amor.

 

Llamados a la configuración existencial con Cristo mediante la renovación

  1. Cristo Jesús, queridos sacerdotes, nos ha ungido y consagrado, es decir, nos ha entregado para siempre a Dios, para que pudiéramos servir a los hombres partiendo de Dios y por él. Pero, nos hemos de preguntar: ¿somos también consagrados en la realidad de nuestra vida? ¿Somos hombres que obran partiendo de Dios y en comunión con Jesucristo? A continuación renovaremos nuestras promesas sacerdotales y os preguntaré -y me preguntaré yo también: “¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia?”. Se nos piden dos cosas: en primer lugar un vínculo interior con Cristo: es el vínculo de la unión vital de la gracia con Dios en Cristo, para que la savia de la Vid, el Buen Pastor y Cabeza invisible de su Iglesia, corra ininterrumpidamente por nosotros, los sarmientos. Además se nos pide una configuración con Él, con los pensamientos, sentimientos y comportamientos del Buen Pastor; y, con ello, se nos pide la necesidad de una superación de nosotros mismos, una renuncia a aquello que es solamente nuestro, a la tan invocada autorrealización. Se pide que nosotros, que yo no reclame mi vida para mí mismo, sino que la ponga a disposición de otro, de Cristo y, en Él, con Él, por Él y desde Él a los hermanos y todos los hombres. Se me pide que no pregunte: ¿Qué gano yo?, sino más bien: ¿Qué puedo dar yo por Él y también por los demás? O, todavía más concretamente: ¿Cómo debe llevarse a cabo esta configuración con Cristo, que no domina, sino que sirve; que no recibe, sino que da, es más que se da hasta la muerte?; ¿cómo debe realizarse en la situación a menudo dramática de la Iglesia de hoy?” (cf. Benedicto XVI, Misa Crismal 2012)

 

La nueva evangelización a que nos urge la Iglesia, pide la renovación constante de todos los bautizados, de cada uno de nosotros, de nuestras comunidades y de nuestra Iglesia entera. Y también -y si me permitís- en primer lugar de nosotros los pastores y servidores del pueblo santo de Dios. Y el presupuesto de esta renovación es siempre la configuración con Cristo. No se trata, pues, de una renovación según nuestros deseos y nuestras ideas; ni sólo ni en primer lugar de las estructuras. Se trata de nuestra renovación personal y eclesial siguiendo las huellas de Cristo Jesús. Miremos a Cristo. Escuchemos su palabra tal como nos llega en la tradición viva de la Iglesia. Cristo ha estado siempre atento a la voluntad de su Padre. A él le preocupaba precisamente la verdadera obediencia, frente al arbitrio y a la arbitrariedad del hombre. Y no lo olvidemos: Él era el Hijo, con la autoridad y la responsabilidad singular de desvelar la auténtica voluntad de Dios, para abrir de ese modo el camino de la Palabra de Dios al mundo de los gentiles. Y, en fin, ha concretizado su mandato con la propia obediencia y humildad hasta la cruz, haciendo así creíble su misión. No mi voluntad, sino la tuya: ésta es la palabra que revela al Hijo, su humildad y a la vez su divinidad, y nos indica el camino (cf. Benedicto XVI, Misa Crismal 2012)

 

Si miramos la historia de la Iglesia, y, especialmente, la época post-conciliar, veremos que la verdadera renovación pide varias cosas: una apertura de corazón a Cristo Jesús y una docilidad cordial a la presencia y a la acción eficaz del Espíritu Santo en la Iglesia, en primer lugar. Pero también que, para una nueva fecundidad, es necesario estar llenos de la alegría de la fe, de la radicalidad de la obediencia, del dinamismo de la esperanza y de la fuerza del amor. Es lo que siempre ha movido a los sacerdotes santos.

 

Administradores de los misterios de Dios con celo pastoral

  1. Finalmente, en la renovación de las promesas sacerdotales, vamos a prometer permanecer fieles dispensadores de los misterios de Dios y ejercer fielmente el ministerio de la predicación movidos únicamente por el celo de las almas. Cada día constatamos con dolor que los elementos fundamentales de la fe, que antes sabía cualquier niño, son cada vez menos conocidos. El Año de la Fe debe ser para nosotros una ocasión para anunciar el mensaje de la fe con un nuevo celo y con una nueva alegría. Este mensaje lo encontramos primaria y fundamentalmente en la Sagrada Escritura, que nunca leeremos y meditaremos suficientemente. Pero todos tenemos experiencia de que necesitamos ayuda para transmitirla rectamente en el presente, de manera que mueva verdaderamente nuestro corazón. Esta ayuda la encontramos en primer lugar en la palabra de la Iglesia docente; en especial, los textos del Concilio Vaticano II y el Catecismo de la Iglesia Católica son los instrumentos esenciales que nos indican de modo auténtico lo que la Iglesia cree a partir de la Palabra de Dios.

 

Como sacerdotes de Jesucristo hemos de ejercer nuestro ministerio con verdadero celo pastoral, con celo por las almas. Con ello no se afirma ningún dualismo, ni el olvido de las necesidades físicas de los hombres. Como sacerdotes nos preocupamos por el hombre entero: de las necesidades de su cuerpo -de los hambrientos, de los enfermos, de los sin techo-, y de las necesidades de su alma: de las personas que sufren por un amor destruido; de las personas que se encuentran en la oscuridad respecto a la verdad o que sufren por la ausencia de verdad y de amor o cuya existencia se ha convertido en un desierto. Nos preocupamos por la salvación de los hombres en cuerpo y alma. Y a ello, como el Buen Pastor, no hemos de dedicar en cuerpo y alma. Un sacerdote no se pertenece jamás a sí mismo. Las personas han de percibir nuestro celo, mediante el cual damos un testimonio creíble del evangelio de Jesucristo.

 

Acción de gracias y llamada a la fidelidad

  1. Con el prefacio de hoy damos gracias al Padre por la acción sacerdotal de Cristo, que realiza la redención y nos hace dignos de servir a Dios y a su pueblo como ungidos y enviados del Señor. Hoy le queremos prometer fidelidad. No olvidemos que Cristo Jesús es el testigo fiel. El nos ha llamado, ungido y enviado. Y no se arrepiente de ello. Acojamos su fidelidad con la nuestra. Nuestra fidelidad tiene su modelo máximo en la fidelidad de Jesucristo al Padre. Configurarnos con el Señor equivale a impregnarnos de Él, por la acción del Espíritu. La fidelidad que le ofrecemos al Señor, antes que respuesta nuestra a Dios, es fruto de la fidelidad de Dios hacia nosotros. No es tanto fruto de nuestra perseverancia como regalo de la gracia (S. Agustín). Cuando hablamos de fidelidad hablamos, ante todo, de amor. Nuestra fidelidad no es fruto de nuestra obstinación, ni siquiera de nuestra coherencia o de nuestra lealtad. Es un don de Dios, que hemos de implorar.

 

Que en todo ello nos sostenga la Madre de Jesucristo, Madre de los sacerdotes. Que María nos obtenga a nosotros, frágiles vasijas de barro, la gracia de llenarnos de la unción divina. Y nos ayude a no olvidar nunca que el Espíritu del Señor nos “ha ungido y enviado para anunciar a los pueblos la buena nueva”. Dóciles al Espíritu de Cristo, seamos ministros fieles de su Evangelio. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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