Misa Crismal

Concatedral de Sta. María de Castellón, 2 de abril de 2012

(Is 61,1-3ª.6ª.8b-9; Sal 88; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21)

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Queridos sacerdotes, Vicarios General, de Pastoral y Judicial, Cabildos Concatedral y Catedral; queridos diáconos y seminaristas. Queridos religiosos y religiosas, amados  fieles todos en el Señor:

La Misa Crismal que cada año celebramos juntos, el Obispo y el Presbiterio, en esta fecha memorable, debiera ayudarnos a exclamar con el salmista: “¡Qué agradable y delicioso que vivan unidos los hermanos!” (Sal 132,1). Unidad que, si bien exige nuestro esfuerzo “es gracia de Dios como lo es el rocío que desciende sobre las laderas del Hermón. No se debe a fuerzas y méritos humanos, sino a su favor, como el rocío del cielo. La tierra, en efecto, no se llueve a sí misma, y todo cuanto de ella brota se seca si no viene de arriba la lluvia” (San Agustín, In ps.132, 10). Es la fuerza del Espíritu Santo que mora en medio de nosotros, quien puede hacer posible lo que para nosotros es imposible.

Esta Eucaristía, queridos sacerdotes, debe ser para todos nosotros término y punto de partida. A ella hemos acudido para manifestar abiertamente ante el pueblo de Dios lo que somos: partícipes del sacerdocio de Cristo, no tanto y sólo individualmente sino sobre todo como cuerpo, como presbiterio. “La superación de una visión individualista del ministerio y de la consagración, es una aportación histórica decisiva” (Documento final del Congreso Europeo sobre las Vocaciones, pág. 87). En la Iglesia ya no hay lugar para el individualismo, para el parroquialismo, para ‘ir por libre’.

“Yo en ellos, como Tú en mí” (Jn 17, 13), dijo Cristo en su oración al Padre. Todos participamos del único sacerdocio de Cristo. Todos somos sacerdotes en el único Sumo y Eterno Sacerdote. Sólo en la medida en que estamos unidos, sólo en la medida en que formamos un cuerpo compacto, hacemos visible al Sacerdote por excelencia, a Cristo Jesús. Y no sólo visible, sino también creíble: “Que sean uno para que el mundo crea que Tú me has enviado”  (Jn 17, 21).

La Eucaristía que celebramos es término, como os decía, porque a ella hemos acudido todos por diversos caminos; pero también y sobre todo es punto de partida. Hoy y aquí es donde hemos de acrecentar la ‘fraternidad sacerdotal’, la caridad mutua, la convicción profunda de que lo que hace eficaz nuestro ministerio es la unidad en la caridad y en la pluralidad, que sin romper nunca la comunión en la fe y en la obediencia la enriquece. Una fraternidad que se alimenta de una profunda vida interior. No se puede ver al prójimo como hermano si no estamos unidos en Jesucristo.

El sacerdote, como ningún otro, está llamado a recrear la “familia de los hijos de Dios” en torno a sí, porque esa es la vocación de todo ser humano. Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios que es familia, tres personas pero un solo Dios. El sacerdote por su oficio de amor (‘officium amoris’) debe iluminar, ayudar, recordar a sus fieles lo que realmente es esencial en la vida puesto que todos estamos llamados a participar de la felicidad que no tiene fin: la vida eterna en Dios.

Ahora bien, para que una idea tenga fuerza de convicción hay que darla hecha vida. Por eso los sacerdotes debemos ser expertos en fraternidad auténtica puesto que “la discordia fraterna es una blasfemia contra el Señor” (San Agustín, In ps.149). “La vida y el ministerio del sacerdote son continuación de la vida y de la acción del mismo Cristo. Esta es nuestra identidad, nuestra verdadera dignidad, la fuente de nuestra alegría y la certeza de nuestra vida” (PDV 18). Y para que la ‘caridad pastoral’, “que constituye el alma del ministerio sacerdotal” (PDV 48) sea creíble habrá de serlo a estos tres niveles:

En primer lugar, con el Obispo. Hoy vais a renovar ante mí las promesas que hicisteis el día de vuestra ordenación diaconal y presbiteral. El sacerdote comprenderá el modo de ejercer su ministerio si se hace cargo, con el Obispo, de las necesidades de la diócesis. Para eso debe recrear diariamente la comunión afectiva y efectiva con él, ofrecerse en disponibilidad y obediencia, en imitación a Jesucristo. Una obediencia que presenta unas características especiales.

 “Es, ante todo, una obediencia apostólica, en cuanto reconoce, ama y sirve a la Iglesia en su estructura jerárquica. En verdad no se da ministerio sacerdotal sino en comunión con el Sumo Pontífice y con el Colegio episcopal, particularmente con el propio Obispo diocesano, hacia los que debe observarse la obediencia y respeto filial, prometidos en el rito de la ordenación” (PDV 28). No se trata de una obediencia servilista sino de la que ayuda a ejercer con transparencia la autoridad “sin autoritarismos y sin decisiones demagógicas. Sólo el que sabe obedecer en Cristo, sabe cómo pedir, según el Evangelio, la obediencia de los demás” (idem).

La obediencia tiene además una exigencia comunitaria puesto que es una obediencia solidaria, que “nace de su pertenencia al único presbiterio y que siempre dentro de él y con él aporta orientaciones y toma decisiones corresponsables” (PDV 28).

Por último, la obediencia sacerdotal tiene un especial carácter de pastoralidad puesto que no hemos recibido el ministerio para nosotros sino para entregarnos en favor de que el Jesucristo y su Evangelio sean reconocidos en el mundo. Por eso la “vida del presbítero está ocupada, de manera total, por el hambre del evangelio, de la fe, la esperanza y el amor de Dios y de su misterio, que de modo más o menos consciente está presente en el Pueblo de Dios que le ha sido confiado” (PDV 28).

La Iglesia desea que pueda repetirse de nosotros, sacerdotes, el elogio que el mismo San Ignacio de Antioquía hizo de los Efesios: “Vuestro colegio presbiteral, justamente famoso, digno de Dios, está armoniosamente unido al obispo como las cuerdas a la cítara” (Ef 3.1)

En segundo lugar, es una ‘caridad pastoral’ con los hermanos en el sacerdocio, sobre todo con los más solos, con los más necesitados, con los que están pasando alguna prueba. Entre nosotros tenemos que establecer una relación siempre constructiva que hemos de concretar en una comunión cada vez mayor de experiencias vividas y, en la medida de lo posible, también en una comunión más equitativa de bienes. Estamos llamados a ser reflejo del buen Pastor; por eso “estamos llamados a prolongar la presencia de Cristo, único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo como una transparencia suya en medio del rebaño” (PDV 15) que se nos ha confiado.

 “El testamento espiritual del Señor –escribió Pablo VI- nos dice que la unidad entre sus seguidores no es solamente la prueba de que somos suyos, sino también la prueba de que Él es el enviado del Padre, prueba de credibilidad de los cristianos y del mismo Cristo. Evangelizadores: nosotros debemos ofrecer a los fieles de Cristo, no la imagen de hombres divididos y separados por las luchas que no sirven para construir nada, sino la de hombres adultos en la fe, capaces de encontrarse más allá de las tensiones reales gracias a la búsqueda común, sincera y desinteresada de la verdad. Sí, la suerte de la evangelización está ciertamente vinculada al testimonio de unidad dado por la Iglesia” (EN 77).

Esta unidad entre los sacerdotes es, además, garantía del mañana de la Iglesia. ¿A quiénes miran los jóvenes a quienes Dios llama a nuestra misma misión, para comprender cómo será su porvenir al servicio de Dios y de los hombres? Ellos ven en nosotros, los sacerdotes actuales, su proyección y nos miran muchas veces como su futura familia. “La fraternidad eclesial no es sólo virtud de comportamiento, sino itinerario vocacional. Sólo viviéndola se la puede elegir como componente fundamental de un proyecto vocacional, o sólo disfrutándola es posible abrirse a una vocación que, en todo caso, será siempre vocación a la fraternidad. Por el contrario, no puede sentir ninguna atracción vocacional quien no experimenta alguna fraternidad y se cierra a toda relación con los otros o considera la vocación sólo como perfección privada y personal” (Documento final del Congreso Europeo sobre las Vocaciones, pág. 86-87).

Y en tercer lugar es ‘caridad pastoral’ para con los fieles que Dios nos ha confiado. Jesús, siendo rico, se hizo pobre y “se despojó de sí mismo tomando condición de siervo” (Fil 2, 7). Así nos enseña a los sacerdotes la verdadera actitud cristiana, la que hemos de establecer con todos los que nos rodean: una actitud de servicio.

Jesús, siendo Señor y Maestro, lava los pies a los apóstoles. Este es el Cristo y así quiere al sacerdote: servidor siempre y de todos. Porque “el auténtico servidor de la caridad en la Iglesia es aquel que ha aprendido a tener como un privilegio lavar los pies de los hermanos más pobres, es aquel que ha conquistado la libertad de perder el propio tiempo por las necesidades de los otros. La experiencia del servicio es una experiencia de gran libertad en Cristo” (Ídem, pág. 89).

Cuando como sacerdotes nos esforzamos en llevar a la práctica esta triple relación, no podremos por menos que estimular constantemente a nuestros fieles a la fraternidad, a extender el Reino de Dios sobre la tierra.

En este tiempo en que la Iglesia no llama a una nueva evangelización, hemos de meditar y reflexionar sobre este punto esencial en nuestra vida, si queremos ser verdaderos evangelizadores. El Espíritu Santo, que recibimos en nuestra ordenación,  renueva en nosotros la santidad y a Él hemos de confiarnos para que nos haga vivir íntima e intensamente la ‘fraternidad sacramental’ que recibimos el día de nuestra ordenación. “El crea el corazón nuevo, lo anima y lo guía con la ley nueva de la caridad y de la caridad pastoral. Para el desarrollo de la vida espiritual es decisiva la certeza de que no faltará nunca al sacerdote la gracia del Espíritu Santo, como don totalmente gratuito y como mandato de responsabilidad” (PDV 33). El Espíritu Santo, queridos sacerdotes, es y debe ser el gran protagonista de nuestra vida espiritual, pastoral y fraternal.

Crezcamos en ‘vida interior’, en vida de santidad,  para poder dar lo mejor de nosotros mismos, (lo que Dios opera dentro de nosotros), a los que se nos ha confiado. “Las únicas dos cosas que por su conveniencia permanente merecen ser objeto constante de nuestra oración son: en este mundo, una vida santa; en el otro, la vida eterna” (San Agustín, Serm. Morin 4,6).

Queridos todos. La Misa Crismal que estamos celebrando ha de ser tenida como una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del Obispo y como un signo de la unión estrecha de los presbíteros con él. Precisamente por eso quiero aprovechar la ocasión para agradeceros, queridos sacerdotes, vuestra inestimable y muchas veces sacrificada colaboración. Al final de esta Misa lo personalizaré en un sencillo homenaje a nuestro querido D. Herminio Pérez. Que el Señor, buen pagador, os premie cuanto hacéis en beneficio de la Iglesia y de modo especial de esta Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón.

Con nosotros participan también en la Eucaristía un buen número de fieles. Para todos vosotros también mi gratitud. Gracias por vuestra presencia que manifiesta el aprecio que nos dispensáis. Hoy os invito a que deis gracias a Dios por el don del sacerdocio concretado en este numeroso grupo de sacerdotes que, en nombre de Jesucristo, pastorean las parroquias de las ciudades y los pueblos de nuestra Diócesis.

Obispo, sacerdotes y fieles damos juntos también gracias a Dios por el prodigio que operará en muchas almas mediante los óleos que, en breve, voy a bendecir y consagrar. A través del sagrado Crisma muchos renacerán a la vida sobrenatural en el bautismo; otros muchos recibirán la fuerza del Espíritu en la confirmación; otros pocos recibirán el poder de hacer presente a Cristo en medio de los hombres en el Orden Sacerdotal. A través del óleo de los Catecúmenos muchos se verán fortalecidos para rechazar las insidias del Maligno. Y a través del óleo de los Enfermos, cuantos lo reciban sentirán el alivio y la paz de Dios.

Que Santa María, Madre del único y eterno Sacerdote, ruegue ante Dios por nosotros para que todos los presentes valoremos, en primer lugar, el sacerdocio común recibido en el Bautismo y los sacerdotes ejerzamos el ministerial en actitud de servicio, a ejemplo de su hijo Jesucristo. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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