Pascua de Resurrección

 

Segorbe, S.I. Catedral, 20 de abril de 2014

(Hch 10,34a.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

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  1. “¡Cristo ha resucitado!”. Es la Pascua de la Resurrección del Señor, el día del gozo y del triunfo, de la gloria y de las promesas cumplidas. Cristo ya no está en la tumba, en el lugar de los muertos. Su cuerpo roto, enterrado con premura el Viernes Santo ya “no está aquí”, en el sepulcro frío y oscuro, donde las mujeres lo buscan al despuntar el primer día de la semana. No: El no está aquí: Ha resucitado. El Ungido ya perfuma el universo y lo ilumina con nueva luz. Por ello podemos cantar: “¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón?”. El autor de la vida ha vencido a la muerte. Alegrémonos, hermanos: Cristo ha resucitado y, en su resurrección, Dios muestra que ha aceptado el sacrificio de su Hijo y en Él hemos sido salvados del pecado y de la muerte. “Muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida”.

 

¡Cristo vive! Esta es la gran verdad de nuestra fe. Aquel, al “que mataron colgándolo de un madero” (Hech 10, 39) ha resucitado, triunfando sobre el poder del pecado y de la muerte, de las tinieblas, del dolor y de la angustia. La resurrección de Cristo, hermanos, no es un mito para cantar el eterno retorno de la naturaleza, que florece de nuevo en primavera, o el proceso interminable de continuadas reencarnaciones, o una vuelta a la vida para volver a morir desesperadamente. Tampoco es una “historia piadosa” nacida de la credulidad de las mujeres o de la profunda frustración de un puñado de discípulos. La resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico y real que sucede una sola vez y una vez por todas: El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos: Jesús vive ya glorioso y para siempre.

 

  1. ¿Pero creemos de verdad en la resurrección del Señor? La Palabra de Dios de hoy nos invita a acercarnos a la resurrección del Señor, acogiendo con fe el signo del sepulcro vacío y, sobre todo, el testimonio de personas concretas, “los testigos que él había designado”, a los que se apareció, con los que comió y bebió después de su resurrección”; a ellos les encargó dar solemne fe y testimonio de su resurrección (cf. Hech, 10, 41-42) .

 

La tumba-vacía es un signo esencial de la resurrección del Señor, pero es un signo imperfecto. Es un primer paso, pero insuficiente, para creer y encontrase con el Resucitado.  Algunos, como María Magdalena, ante el sepulcro vacío, exclamarán: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2). Otros, como Pedro, se contentarán con constatar que la tumba está vacía: “entró en el sepulcro y vio las vendas en el suelo y el sudario con el que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte” (Jn 20,6). Otros, por el contrario, como Juan, darán un paso más y creerán; Juan “vio y creyó.  Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20,8-9).

 

Para aceptar el sepulcro vacío como signo de la resurrección del Señor es necesaria la fe, como Juan; y, como en el resto de los discípulos, es necesario además el encuentro personal con el Resucitado para superar las dudas y la primera incredulidad.  “Nosotros esperábamos…” (Lc 24, 21), dirán los discípulos de Emaús,Si no veo en sus manos la señal de los clavos… no creeré”, dirá Tomás (Jn 20, 25).

 

Como en el caso de los discípulos, la Pascua pide tamben de nosotros un acto de fe en comunión con la fe de los apóstoles, testigos del Señor Resucitado; una fe que nos es trasmitida en sus sucesores, los Obispos, y en la comunidad de sus discípulos, la Iglesia. La resurrección pide creer personalmente que Cristo vive; pide el encuentro personal con El en la comunidad de los creyentes. Nuestra fe no es una credulidad fácil o débil; se basa en el testimonio unánime y veraz de aquellos que trataron con el Señor Resucitado directamente en los cuarenta días que permaneció resucitado en la tierra. “Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos” (Hech 10, 39-41). A los testigos se les cree, según la confianza que merecen, según el índice de credibilidad que se les reconoce. Pedro y el resto de los Apóstoles dan testimonio de algo de lo que están convencidos. Tan convencidos, que llegarán a entregar la vida por dar testimonio de que Cristo ha resucitado.

 

  1. ¡Cristo ha resucitado! Cristo Jesús no es una figura del pasado, alguien que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos su recuerdo y su ejemplo. Su resurrección no es un hecho histórico hundido en el pasado, sin actualidad ni vigencia para nosotros. No: Cristo vivo es el Emmanuel, el Dios con nosotros. Su resurrección nos muestra que Dios no abandona a los suyos, a la humanidad, la creación entera. Con la resurrección gloriosa del Señor todo adquiere nuevo sentido y futuro: la existencia humana, la historia de la humanidad y la creación entera.

 

Cristo Jesús ha resucitado por todos nosotros y por todos los hombres, por mi y por tí, hermano. El es la primicia y la plenitud de una humanidad renovada. Su vida gloriosa es como un inagotable tesoro, que todos estamos llamados a compartir desde ahora. ¿Lo creemos de verdad? ¿Creo de verdad que la resurrección de Cristo me concierne, a mi a y tí, que nos concierne a todos? ¿Y qué significa esta fe en mi vida?

 

A los bautizados, nos recuerda San Pablo, que en la Pascua no sólo cantamos la resurrección del Señor; su resurrección nos concierne a cada uno de nosotros, tiene que ver con cada uno de nosotros, bautizados. Nos lo recuerda San Pablo en su carta a los Romanos: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con El en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rom 6, 3-4). La Pascua de Cristo es por ello también nuestra propia Pascua.  Y añade: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios…” (Col 3,1). Celebrar a Cristo resucitado significa recordar y celebrar nuestro propio bautismo, significa reavivar la vida nueva recibida en la fuente bautismal: una vida que rompe las fronteras del tiempo y del espacio, porque es germen de eternidad; una vida, que anclada en la tierra, vive, sin embargo, según los bienes de allá arriba, los bienes del Reino de Dios: reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia de amor y de paz. Celebrar a Cristo resucitado nos llama a vivir libres de la esclavitud del pecado y en servicio constante del Dios vivo, presente en cada hombre y en la creación resucitada.

 

  1. Hoy, la Iglesia se reviste de sus mejores galas, porque Cristo ha resucitado. Y cuantos celebramos esta Pascua podemos afirmar: ¡Cristo está aquí!, en medio de nosotros. Él está aquí, en medio de nosotros, y nos quiere hablar al corazón. Él está aquí y nos quiere sanar de nuestras miserias, de muestras dudas y de nuestros miedos. Él está aquí y se deja palpar y exhala su Espíritu en nosotros. Él está aquí y nos alimenta con su Palabra y con su Cuerpo. Él está aquí y nos renueva, nos pacifica y nos resucita. El está aquí y nos llena con la alegría de sabernos amados inmensamente por Dios. Él está aquí y nos envía a salir por los caminos del mundo, para ir las periferias y ser testigos de la Vida resucitada.

 

La Pascua de Cristo es nuestra Pascua. La Pascua de Cristo está llamada a prolongarse en la Iglesia y en el mundo, en cada persona y en la sociedad. Es un proceso de lucha contra el mal y contra la muerte, porque en Cristo resucitado la Vida ha triunfado sobre el pecado y la muerte.

 

Cristo resucitado es el centro de nuestra fe y el fundamento de la esperanza de la humanidad. Si Cristo no hubiera resucitado, no sólo sería vana nuestra fe (cf. 1 Co 15,14), sino también nuestra esperanza, porque seríamos rehenes del mal y la muerte. “Ahora, en cambio, Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que han muerto” (1 Co 15,20). Con su muerte, Jesús ha quebrantado y vencido la ley de la muerte, extirpando para siempre su raíz ponzoñosa, el pecado.

 

  1. “¡Paz a vosotros!” (Jn 20,19.20). Éste primer saludo del Resucitado a sus discípulos se repite hoy al mundo entero. Para todos, especialmente para los pequeños y los pobres, para los abatidos y los atribulados, para los que sufren cualquier tipo de miseria, la Pascua proclama hoy la esperanza de la paz, basada en los sólidos pilares del amor y de la justicia, de la verdad y de la libertad. ¡Que la paz triunfe sobre las guerras en todas las regiones del mundo, que la padecen! ¡Que la paz del Resucitado triunfe sobre la violencia verbal y física! ¡Que la paz del Resucitado transforme nuestros corazones y supere el egoísmo, la mentira, la codicia y la crispación en nuestra sociedad! ¡Que el perdón, don del resucitado, supere nuestra mentalidad mundana de la venganza y de la violencia, del rencor y del odio!

 

Como a los Apóstoles, Cristo nos dice hoy a todos: “¡Ánimo, soy yo, no temáis!” (Mc 6,50). Él está con nosotros. Su presencia nos da fuerza para superar nuestras zozobras en la fe, para superar nuestros miedos y respetos humanos a confesarnos cristianos,  para vivir con alegría como discípulos suyos en la comunidad de los creyentes, para seguir anunciando a Jesucristo resucitado para salir por los caminos del mundo e ir a las periferias a anunciar y llevar a todo hombre y mujer, la buena nueva de Dios para los hombres.

 

¡Cristo ha resucitado! Cristo está vivo entre nosotros. El está realmente presente en el sacramento de la Eucaristía. Él se ofrece como Pan de salvación y como Alimento de los peregrinos. Ha resucitado Cristo, nuestra paz y nuestra esperanza. ¡Aleluya!
¡Feliz Pascua de Resurrección para todos!

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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