Presentación del Señor y Jornada Mundial de la Vida Consagrada

Concatedral de Sta. María, Castellón, 2 de febrero de 2010

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Queridos hermanos y hermanas en el Señor Jesús:

“Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor” (Lc 2,22). Estas palabras del evangelista Lucas nos centran en el hecho que hoy conmemora la Liturgia de la Iglesia: la Presentación de Jesús a Dios en el templo. Cuarenta días después de su nacimiento, Jesús es presentado a Dios por María y por José, según las prescripciones de la ley mosaica. El Hijo de Dios, que, al encarnarse, quiso “parecerse en todo a sus hermanos” menos en el pecado (Hb 2,17), comparte en todo su vida con los hombres, sin excluir la observancia de la ley prescrita para el hombre pecador.

El cumplimiento de la ley de Moisés es la ocasión del encuentro de Jesús con su pueblo, que le busca y le aguarda en la fe. Jesús es reconocido y acogido, pero no por todos, sino sólo por aquellos que confían en Dios y esperan en su promesa: por los pobres en el espíritu, por los humildes y sencillos de corazón: es esperado, reconocido y acogido como el Mesías, como el Salvador por Simeón, “hombre honrado y piadoso que aguardaba el consuelo de Israel” (Lc 2, 25), y por la profetisa Ana, que vivía en la oración y en la penitencia. Simeón, iluminado por el Espíritu Santo, reconoce en aquel niño al Mesías, al Salvador prometido, a la luz para alumbrar a todas las naciones, y bendice a Dios. Ana da gracias a Dios y habla del niño con entusiasmo  “a todos los que aguardan la liberación de Israel” (Lc 2,32).

María y José presentan a Jesús en el templo, para ofrecerlo, para consagrarlo al Señor (Lc 2, 22). Jesús viene a este mundo para cumplir la voluntad del Padre con una oblación total de sí, con una fidelidad plena y con una obediencia filial al Padre (cf. Hb 10, 5-7). Simeón anuncia con palabra profética la suprema entrega de Jesús y su victoria final (cf. Lc 2, 32-35).

El Señor viene para purificar a la humanidad del pecado, para restablecer la alianza definitiva de comunión de Dios con su pueblo y para que así pueda presentar a Dios “la ofrenda como es debido”. La primera y verdadera ofrenda, la que instaura el culto perfecto y da valor a toda otra oblación, es precisamente la que Cristo hizo de sí mismo, de su propia persona y de su propia voluntad, al Padre. Así, Jesús nos muestra cuál es el camino de la verdadera consagración a Dios: este camino es la acogida amorosa de su designio y de su voluntad sobre cada uno, la acogida gozosa de la propia vocación mediante la entrega total y radical de sí mismos a Dios en favor de los demás. Jesús nos muestra, a la vez, el valor de la humildad, de la pobreza, de la obediencia ante Dios para que la persona encuentre su propia verdad, su propio bien, su propia felicidad.

Este camino de Jesús es válido para la consagración a Dios de todo bautizado; y lo es también y de modo especial para todos los llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, “los rasgos de Jesús virgen, pobre y obediente” (VC 1), mediante los consejos evangélicos.

La Virgen Madre, que ofrece el Hijo al Padre Dios, expresa muy bien la figura de la Iglesia que continúa ofreciendo a sus hijos e hijas al Padre celeste, asociándolos a la única oblación de Cristo, causa y modelo de toda consagración en la Iglesia (Juan Pablo II). Hoy nuestra Iglesia diocesana se alegra al celebrar la Jornada Mundial de la vida Consagrada y dar gracias a Dios por cuantos habéis tenido la dicha de poder ofrecer vuestras personas a Dios y ser consagrados a Dios mediante vuestra profesión religiosa para vivir entregados a El siguiendo los pasos de Cristo, pobre, obediente y virgen, según el carisma de vuestros fundadores. Vuestra profesión, queridos hijos, es un don, una gracia, un bien inestimable de Dios no sólo para vosotros y comunidades, sino también para nuestra Iglesia, en estos momentos de escasez vocacional.

El día de vuestra profesión religiosa llegaba a su meta una historia personal de encuentro con el Señor. A cada uno, según su propia historia personal y familiar, os fue dada la gracia de descubrir y acoger al Señor, de encontraros con Él que salió a vuestro encuentro, como hoy lo hace para todo su pueblo. Este encuentro fue creciendo a lo largo de los años, hasta que escuchasteis la voz de Dios, que os llamaba a una entrega mayor para dejarlo todo por seguir a Cristo en el carisma de vuestro instituto. Sintiendo esta llamada amorosa de Dios os pusisteis en camino con la seguridad de encontrar la dicha de quien confía en el Señor. En vuestro interior se fue haciendo camino la cercanía amorosa de Dios; y Él os ha llevado por veredas de dicha y de felicidad, que se encuentran cuando se acoge su voluntad, su proyecto, su designio. Dejando cuanto os estorbaba para ser libres en vuestra entrega al Señor, crecisteis en disponibilidad interior hasta poder decir con Cristo: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer, tu voluntad” (Hb 10, 6).

Como nos muestra Jesús, acoger la voluntad de Dios y su llamada, y ofrecerse a sí mismo son la misma cosa. Es la donación de si mismo a Dios con todas sus consecuencias. El encuentro con el amor de Dios en Cristo y la acogida de la llamada amorosa y gratuita de Dios cambian radicalmente la vida de una persona. Nada hace ensanchar el corazón humano tanto como la convicción de que Dios es el ‘único bien’, que sólo en El está la Salvación, que sólo en Él está la plenitud (Sal 39, 10). Pretender dignificar la vida humana de espaldas a Dios devalúa la existencia humana. La vida tiene sentido sólo cuando Dios es reconocido como dueño y como bien.

“No se apartaba nunca del templo” (Lc 2, 37), dice el Evangelista Lucas de la profetisa Ana. Estas palabras se pueden aplicar perfectamente también a vosotros, queridos consagrados y consagradas, a quienes el Espíritu os conduce hacia una experiencia especial de Cristo. La primera vocación de quien opta por seguir a Jesús con corazón indiviso consiste en “estar con él” (Mc 3, 14), vivir en unión y comunión con él, escuchando su palabra en la alabanza constante de Dios hast la unión en la comunión eucarística (cf. Lc 2, 38).

Con la fuerza renovadora de su amor, Cristo quiere transformaros a las consagradas y consagrados en testigos eficaces de conversión a Dios, y de comunión con Dios y con los hermanos. Ahí está vuestra contribución a la misión de la Iglesia: ser testigos de la comunión de Dios con los hombres, realizada definitivamente en Cristo, mediante vuestra unión de perfecta caridad con Él y en Él con vuestras hermanas y hermanos de comunidad; esta comunión os llevará a la unión con toda la Iglesia y con todo el género humano.

Cultivad en vuestra vida la oración, que os lleve a la contemplación. La verdadera contemplación lleva a la unión de intimidad con Dios a través de Cristo y, en Él, con toda criatura humana: dejaos configurar con Cristo, con su modo de pensar y de sentir, de amar y de sufrir: él os llevará a descubrir el rostro amoroso y misericordioso de Dios Padre y a uniros más plenamente con Él. Y la comunión con Dios os conducirá a amar a los hermanos con el mismo amor de Dios que habéis descubierto en Jesús: vuestra oración y vuestra contemplación por todos aquellos que aún no conocen a Cristo y su Evangelio, por todos los que conociéndolo se apartan de él o le rechazan, será la señal de que vuestra oración es auténtica.

La comunión en el amor fraterno con todos y cada uno de vuestros hermanos y hermanas, -un amor benevolente y sincero, cordial y alegre, respetuoso y misericordioso-, será a su vez signo, que testimonie, exprese y fortalezca la verdadera comunión con Dios a que conduce la oración.

 San Agustín nos recuerda: “Lo primero por lo que os habéis congregado en comunidad es para que viváis en comunión, teniendo un alma sola en Dios y un solo corazón hacia Dios”, (Regla1). Esta debe ser la esencia fundamental de toda comunidad religiosa. Sin este talante de vida nada tiene sentido porque “cuando se atrofia el amor se paraliza la vida” (San Agustín, In ps. 85,24). Tener el corazón, los afectos, los intereses y los sentimientos de Jesús y vivir polarizados en Él es el don más noble que el Espíritu realiza en vosotros. El Espíritu os conforma así a Cristo, casto, pobre y obediente. De este modo los consejos evangélicos, lejos de ser una renuncia que empobrece, representan una opción que libera a la persona para que desarrolle con más plenitud todas sus potencias hacia Dios, su origen y su meta, y hacia los hermanos.

Dentro de breves momentos, queridos hijos e hijas, vais a renovar vuestros votos. Recordad que por la bendición en el día de vuestra profesión fuisteis consagrados de una forma especial por Dios y para Dios. Dios os llama hoy de nuevo y os bendice siempre con su gracia. Dios acoge la entrega de vuestras personas y vuestro compromiso de vivir la pobreza, la castidad, la obediencia en el carisma de vuestro instituto o en el orden de las vírgenes. ¡Contad siempre con el don y la ayuda que viene de lo alto!

Como dice el lema de este año, los distintos carismas son ‘caminos de consagración’, son como estelas que recuerdan palabras o gestos de Jesús, que se confían a una familia religiosa como custodios de ese memorial evangélico. Viviendo con entrega y fidelidad vuestros votos y carismas, seréis como estelas en el camino del hombre actual, estelas que lo llevarán a Cristo, luz de los pueblos.

Hoy toda nuestra Iglesia ora por todos vosotros para que fieles a vuestra consagración ‘y seducidos por el Señor’, seáis luceros que lleven a Cristo para que sea reconocido como la Luz de todas las naciones. Juntos pedimos al Señor que os fortalezca en vuestra entrega, testimonio y esperanza y que nos conceda nuevas vocaciones a la vida consagrada.

Queridos hermanos y hermanas: La Liturgia de hoy nos invita a todos a encontrarnos con Cristo. De las manos de María acojamos a Cristo con fe viva y con amor ardiente: El es nuestro Salvador, la Luz que alumbra nuestra existencia. Él viene una vez más a nuestro encuentro en esta Eucaristía. Presentemos nuestras personas en la ofrenda eucarística uniéndola a la de Cristo.

¡Que nuestra comunión eucarística con Cristo nos lleve a una comunión más fuerte con él y con los hermanos¡ ¡Y que María nos ayude a permanecer unidos a El en la comunión de nuestra Iglesia para ser testigos Cristo Jesús, luz de los pueblos! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

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