Profesión definitiva de la Hna. Monserrat Corbabella

Iglesia Parroquial de los Santos Evangelistas, Villarreal, 09.02.2013

(Is6, 1-2ª.3-8; Sal 137; 1 Cor 15,1-11; Lc 5, 1-11)

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Acción de gracias a la misericordia divina

  1. “Te doy gracias, Señor, de todo corazón … daré gracias a tu nombre por tu misericordia y lealtad” (Sal 137). Con estas palabras del salmo de hoy os invito, hermanas y hermanos en el Señor, a bendecir y dar gracias a Dios esta tarde y antes de nada por la profesión definitiva de nuestra Hna. Monserrat para vivir entregada a Dios siguiendo los pasos de Cristo, pobre, obediente y virgen en la Congregación de la Hermanas de la Caridad de Nevers. Su llamada a la vida consagrada, que Dios tenía preparada para ella en Cristo antes de crear el mundo y ha cuidado desde el seno materno, es una bendición y una muestra de la misericordia y ternura de Dios para con ella; es un nuevo don de Dios a nuestra Iglesia diocesana y a esta Comunidad de Hermanas de Nevers. Y es también un signo de esperanza en nuestra Iglesia y en nuestra sociedad: todavía hay jóvenes como Hna. Monserrat dispuestas a acoger la llamada de Dios para seguir uniéndose en matrimonio espiritual a Cristo y entregarse generosamente a El sirviendo a la Iglesia y a la humanidad. Vivimos en la Iglesia y la sociedad tiempos necesitados de luceros que señalen con claridad la cercanía de Dios y que “Dios es nuestro Padre y tiene por nosotros una ternura infinita” en su Hijo, Jesucristo, muerto y resucitado, para la Vida del mundo. Este es el carisma, el don del Espíritu santo, que recibió vuestro Fundador, el monje benedictino, Juan Bautista Delaveyne, allá por el año 1680.

 

 

Llamada por el amor de Dios

  1. Para mí es una gran alegría poder presidir esta celebración y unirme a vuestro gozo y a vuestra acción de gracias, queridas hermanas de la Caridad de Nevers. En esta celebración se manifiesta una vez mas el ternura del amor misericordioso de Dios, fuente del amor y de la Vida. Porque ¿qué son tu vocación, hermana Monse, y la bendición que hoy vas recibir si no una nueva muestra de su amor misericordioso y de su ternura? Tú lo sabes muy bien: tu vocación es una llamada del amor personal y misericordioso de Dios hacia tí y hacia su Iglesia. Repasando tu vida puedes descubrir que El mismo te llamó y que siguió susurrándote sus silbos amorosos cuando, quizás distraída por las cosas de tu alrededor o conociendo tu pequeñez y tu fragilidad, intentabas silenciar su voz. Y sólo cuando decidiste acoger su amor y que El fuese tu Todo, experimentaste esa paz inmensa que llena el alma, la paz que procede de Dios, que es el don del Resucitado.

 

Toda vocación es una llamada gratuita de Dios e inmerecida por nuestra parte. Nos lo muestran las tres lecturas de este domingo. En la primera lectura, Isaías narra cómo recibió la llamada para ser profeta; Pablo nos habla en la segunda de que el Señor se le apareció y recuerda su llamada para ser apóstol; en el evangelio leemos que Jesús le dice a Simón que será “pescador de hombres”.

En los tres casos aparece la pequeñez que siente toda persona que es llamada por Dios en contraste con la gloria y el poder divinos. La visión de Isaías es impresionante; en ella aparece una imagen de la corte celestial protegiendo y engrandeciendo al mismo tiempo la santidad divina. Ante lo que ve, el profeta no puede dejar de reconocer su indignidad. Igualmente el Apóstol se reconoce como el más pequeño; confiesa que ha trabajado como el que más, pero ello ha sido posible gracias a la iniciativa y la fuerza de la gracia de Dios. También Simón Pedro, que ha asistido a la pesca milagrosa, siente temor ante esa manifestación del poder del Señor y dice: “Apártate de mí, que soy un pecador”.

 

Ante la llamada de Dios uno ha de reconocer su pequeñez y sólo puede responder con agradecimiento. La vocación es la idea, el sueño y el camino de Dios para cada uno de nosotros hacia la Vida eterna y la Felicidad plena en Dios. Que ese proyecto se realice en nuestra persona ha de constituir nuestro ideal. Por él hemos de esforzamos y procurar adquirir aquellas cualidades necesarias para acogerlo y para cumplirlo. Por eso un sacerdote debe prepararse para adquirir la virtud y la ciencia necesarias para ser un buen pastor, o los novios han de disponerse adecuadamente para el matrimonio en el Señor o una consagrada ha preprararse durante los años del noviciado o de la profesión temporal para vivir consagrada a Dios de por vida. En las lecturas aparece daro que la misión que Dios tiene preparada para cada uno supera nuestras solas fuerzas. En cualquier vocación, siempre existe desproporción entre lo que el Señor quiere para nosotros y lo que seríamos capaces de realizar sin su ayuda. Por eso no es extraño que quien percibe la llamada de Dios se sienta indigno. Eso no ha de preocupamos, porque quien llama da también los medios para poder responder. Es lo que dice san Pablo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy, pero añade: Y su gracia no se ha frustrado en mí”, señalando que él ha correspondido a lo que Dios le pedía. Por eso es bueno no sólo detenemos ante las dificultades, sino también y sobre todo pararnos a contemplar la grandeza de Dios y su misericordia. Quien contempla a Dios y su obra puede más fácilmente descubrir lo que el Señor quiere para él y, al mismo tiempo, responder con generosidad, aun sintiéndose indigno, porque sabe que Dios todo lo puede.

 

 

Consagrada a Dios

  1. Querida hija: te vas a consagrar al Señor y vas a ser bendecida por él para vivir de por vida totalmente entregada a El siguiendo a Cristo obediente, casto y pobre en el camino espiritual de tu padre Juan Bautista Delaveyne. No olvides nunca que en la base de tu vida está tu consagración al Señor. Considera que antes de nada está la iniciativa amorosa de Dios, que te ha llamado y te ha elegido para dedicarte a Él de modo particular. El mismo Dios te ha concedido también la gracia de responder a su llamada y te acompañara siempre para que tu consagración sea siempre una entrega gozosa, libre y total de ti misma a El.

 

Si lees tu historia personal descubrirás como Dios mismo te ha ido conduciendo con verdadero amor hasta el día de hoy. Y lo ha hecho para desposarse contigo en una alianza de amor y de fidelidad, de comunión y de misión para gloria de Dios. Tú también puedes decir: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir”. Recuerda hoy con gratitud la historia de amor de Dios para contigo y a todas aquellas personas que Dios ha ido poniendo en el camino de tu vida hasta hoy. Si sabes acoger el don que Dios te hace y lo mantienes vivo a lo largo de los días, tu consagración será una fuente de gozo y de alegría para ti, para tu comunidad, para tu Congregación, para tu familia, para la Iglesia y para el mundo.

 

Te consagras hoy a Dios para vivir santamente entregada a El siguiendo el carisma de tu congregación. Vive día a día el amor de Dios unida a Cristo, tu Esposo y Señor. Tu oración personal y comunitaria te dispondrá a la comunión con Cristo y a su adoración en la Eucaristía. En la comunión diaria con Jesús-Eucaristía encontrarás la fuente para tu entrega total a Dios siguiendo las huellas de Cristo y, en Él y como Él, para vivir la verdadera comunión con todas tus hermanas y ser testigo de la ternura de Dios para los más pobres y desdichados.

 

Tú has entendido muy bien que Dios es el mayor bien para el hombre; tú has comprendido que nuestro mundo sigue teniendo necesidad de Dios y que, para dárselo, debías llenar tu vida de Dios y convertirte en un lugar de su presencia, entregándote completamente a él, no teniendo “más asuntos que los de la Caridad, ni otros intereses que los de los Desdichados”. En nombre de nuestra Iglesia: Gracias, por tu sí a Dios. ¡Que el Señor te bendiga a lo largo de tus días!

 

 

Para ser testigo de la ternura infinita de Dios

  1. Por tu profesión definitiva vas a quedar constituida en testigo y mensajera del amor y ternura infinita de Dios. Tu profesión representa un don de su amor no sólo para tí, sino también para tu comunidad, para nuestra Iglesia y también para toda la humanidad. Tu profesión, signo evidente de la misericordia divina y don pascual de Cristo resucitado, has de saber ofrecerlo a tu comunidad, a la Iglesia y a todos los que Dios ponga en tu camino.

 

Para ser testigo y mensajera del amor y de la ternura de Dios es importante que acojas y vivas el amor y la misericordia de Dios, que, a la vez que reconstruye la relación de cada uno con Dios, suscita también entre los hombres nuevas relaciones de fraternidad. Y no lo olvides: su manantial es siempre la misericordia de Dios. El Señor nos enseña que “el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a ‘usar misericordia’ con los demás: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7)” (Juan Pablo II,  Dives in misericordia, 14). El mismo Señor nos señala además los múltiples caminos de la misericordia: la misericordia no sólo perdona los pecados, sino que también sale al encuentro de los demás y de todas sus necesidades, de los próximos y de los lejanos, de los discapacitados, de los encarcelados, de los inmigrantes, de todos los heridos por la vida. Jesús se inclinó sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales. Su mensaje de caridad y de misericordia sigue llegándonos a través del gesto de sus manos tendidas hacia todos, especialmente hacia todo el que sufre.

 

 

Amar a Dios y al prójimo

  1. En tu comunidad o en un trabajo, haciendo de tu vida oración y de tu oración vida, has de aprender a conocer y contemplar cada vez más y mejor el rostro de Dios en Cristo viéndolo reflejado en el rostro de tus hermanas y en el todos los desdichados que encuentres en tu camino. La contemplación del rostro de Dios en Cristo, que es amor, te ha de llevar a amarle y unirte a él cada día más intensa y profundamente en perfecta castidad. No es fácil amar con un amor auténtico y profundo, que sea reflejo del amor de Dios y que sea vivido con una entrega total de sí. Este amor se aprende sólo en la escuela de Dios, al calor de su caridad. Fija tu mirada en él, sintoniza con su corazón de Padre misericordioso, ámale con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas; sólo así serás capaz de mirar a tus hermanas y a los más pobres con ojos nuevos, de amarlos sabiendo que son un don de Dios para ti y de hacerlo con una actitud de gratuidad y de comunión, de generosidad y de ternura.

 

Apertura del corazón a Cristo

  1. Querida Monserrat. Sé muy bien que desde la paz y la felicidad que sientes el día de tu desposorio con Cristo querrías decir a los jóvenes –y yo contigo- aquellas palabras del querido Beato Juan Pablo II: “No tengáis miedo; abrid de par en par las puertas de vuestro corazón a Cristo: que es el único que puede saciar vuestra hambre y sed de felicidad”. Tú lo has experimentado ya: quien aspira a la felicidad auténtica y duradera, sólo puede encontrar su secreto en Cristo y en su corazón. El arde del deseo de ser amado; él no quita nada sino que lo da todo; quien sintoniza con los sentimientos de su corazón encuentra el amor, la felicidad y la vida; y aprende a ser constructor de la nueva civilización del amor y de la fraternidad. Un simple acto de fe y de abandono total en El como Pedro, basta para encontrar le camino de la vida y romper así las barreras de la oscuridad y de la tristeza, de la duda y del sinsentido. Porque toda persona es valiosa a los ojos de Dios, Cristo dio su vida por cada uno, y a todos el Padre concede su Espíritu y ofrece su amor.

 

¡Que María, Madre del amor hermoso, mantenga en ti siempre vivo tu amor de esposa de su Hijo y tu deseo de ser testigo de la ternura de Dios para con todos los hombres ! Que ella os proteja siempre: a ti, a tu comunidad y congregación, y a toda tu familia. Amén.

 

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

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