Profesión Perpetua de la Hna. Luz María Heredia Jara

Capilla de la Residencia de Ancianos “Virgen de la Soledad”, Nules, 11.10.2014

(Os 2,14.19-20;  Sal 116; Filp 3,8-14; Lc 10, 38-42)

****

 

Hermanas y hermanos en el Señor:

 

Acción de gracias por la vocación y la profesión perpetua

  1. “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” (Sal 116, 12). Así se pregunta nuestra hermana Luz, haciendo suyas las palabras del salmista, ante su vocación religiosa y su profesión perpetua. El mismo salmo nos da la respuesta: “Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor. Cumpliré mis votos ante la asamblea” (Sal 116, 13). Sí; demos gloria y gracias a Dios por el don de vocación y de la profesión perpetua de nuestra Hna. Luz para vivir de por vida consagrada a Dios siguiendo los pasos de Cristo, pobre, obediente y virgen en la Congregación de las Siervas de Jesús de la Caridad.

 

Su llamada a la vida consagrada y su consagración son una bendición de Dios, una muestra del amor y ternura de Dios, un gran bien para ella, para nuestra Iglesia diocesana y para las Siervas de Jesús. Son además una razón más para nuestra alegría y un signo de esperanza en nuestra Iglesia y en nuestra sociedad: todavía hay jóvenes como Hna. Luz que están dispuestas a acoger la llamada de Dios para seguir uniéndose en matrimonio espiritual a Cristo y entregarse generosamente a El sirviendo a la Iglesia y a la humanidad. Vivimos en la Iglesia y la sociedad tiempos necesitados de luceros que señalen con claridad la cercanía del amor de Dios para cada persona. Vosotras, Siervas de Jesús, sabéis bien que el Sagrado Corazón de Jesús es la fuente inagotable de ese amor de Dios para cada persona, para cada enfermo del que queréis ser siervas. Este es el carisma, el don del Espíritu santo, que recibió vuestro Fundadora, Santa Josefa del Corazón de Jesús Sancho de Guerra.

 

Llamada por el amor de Dios

  1. En esta celebración se manifiesta una vez más el amor misericordioso de Dios. Porque ¿qué son tu vocación, hermana Luz, y la bendición que hoy vas recibir sino una nueva muestra de su amor misericordioso y de su ternura? Tú lo sabes muy bien: tu vocación es una llamada de Dios y de su amor hacia ti y, en ti, hacia su Iglesia. Repasando tu vida puedes descubrir que El mismo te llamó y que siguió susurrándote sus silbos amorosos cuando, quizás distraída por las cosas de tu alrededor o por tus estudios universitarios, intentabas silenciar su voz y resistirte a su llamada. Y sólo cuando decidiste acoger su amor y que El fuese tu Todo, experimentaste esa paz y felicidad inmensas que llenan el alma, porque proceden de Dios. Puedes en verdad decir: “sentirme llamada es lo más grande que me ha pasado en la vida y a Dios se lo debo todo”.

 

Toda vocación es una llamada gratuita de Dios e inmerecida por nuestra parte. Ante la grandeza de la llamada de Dios hemos de reconocer nuestra pequeñez y sólo podemos responder con agradecimiento. Toda vocación es el sueño, el proyecto y el camino de Dios para cada uno de nosotros para que podamos llegar a la felicidad plena y eterna en Dios mismo. Nuestro ideal de vida deberá ser acogerlo con libertad y dejar con generosidad que ese proyecto se realice en nuestra existencia.

 

Este camino que Dios tiene preparado para cada uno supera nuestras solas fuerzas. En cualquier vocación, siempre existe desproporción entre lo que el Señor quiere para nosotros y lo que seríamos capaces de realizar sin su ayuda. Por eso no es extraño que quien percibe la llamada de Dios se sienta indigno y débil. No olvides que quien llama da también los medios para poder responder. Es lo que nos recuerda hoy san Pablo: “Por él (Cristo Jesús) lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo, y existir en él, no con una justicia mía -la de la ley- sino con la proviene de la fe en Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe” (Fil 3, 8-9). Por eso es bueno no sólo detenernos ante las dificultades, sino también y sobre todo pararnos a contemplar la grandeza de Dios y su misericordia, creer y confiar siempre en Cristo Jesús, contar siempre con la fuerza de su gracia y de su Espíritu. Quien contempla a Dios y su obra, quien vive en Cristo Jesús, puede más fácilmente descubrir lo que el Señor quiere para él y, al mismo tiempo, responder con generosidad porque sabe que Dios todo lo puede.

 

Consagrada a Dios y desposada con Cristo

  1. Querida hija: te vas a consagrar al Señor y vas a ser bendecida por Él para vivir de por vida totalmente entregada a El siguiendo a Cristo obediente, casto y pobre en el camino espiritual de tu Madre, Santa Josefa. No olvides nunca que en la base de tu vida está tu consagración al Señor. Considera que antes de nada está la iniciativa amorosa de Dios, que te ha llamado y te ha elegido para dedicarte a Él de modo particular. El mismo Dios te ha concedido también la gracia de responder a su llamada y te acompañara siempre para que vivas tu consagración en todo momento con una entrega gozosa, libre y total de ti misma a Él.

 

Si lees tu historia personal descubrirás cómo Dios mismo te ha ido conduciendo con verdadero amor hasta el día de hoy, a través de tu familia, de tu parroquia, de tu hermano sacerdote, de tus hermanas Siervas de Jesús. Y lo ha hecho para desposarse contigo en una alianza de amor y de fidelidad, de comunión y de misión para gloria de Dios. El te ha conducido por los caminos del amor para desposarse contigo, hasta poder ella decir: Dios mío y Esposo mío. Como al pueblo de Israel, El te dará esos cinco regalos que son la esencia de la felicidad y de la santidad, en palabras del profeta Oseas: el derecho y la justicia divinas, la rectitud en el trato, el amor constante, -que no sólo es afectividad, sino lealtad y asistencia-, la misericordia. -porque la conoce y sabe de sus debilidades humanas, por eso sabrá comprender y perdonar tu fragilidad innata- y, finalmente, te dará su “fidelidad”. Cristo Jesús, Luz María, es tu Esposo de quien siempre te podrás fiar y en que siempre podrás confiar. Si sabes acoger el don que Dios te hace y lo mantienes vivo a lo largo de los días, tu consagración y desposorio serán una fuente de gozo y de alegría para ti, para tu comunidad, para tu Congregación, para tu familia, para la Iglesia y para el mundo.

 

Te consagras hoy a Dios para vivir santamente entregada a El siguiendo el carisma de tu congregación. Vive día a día el amor de Dios unida a Cristo, tu Esposo y Señor. Tu oración personal y comunitaria, la contemplación de Sagrado Corazón de Jesús te dispondrán a la comunión con Cristo y a su adoración en la Eucaristía. En la oración y en la comunión diaria con Jesús-Eucaristía encontrarás la fuente para tu entrega total a Dios siguiendo las huellas de Cristo y, en Él y como Él, para vivir la verdadera comunión con todas tus hermanas y ser testigo de la ternura de Dios para los más pobres y desdichados, para los ancianos y los enfermos. Así harás de tu oración vida y de tu vida oración, como nos pide el evangelio que hemos proclamado.  En nombre de nuestra Iglesia: Gracias, por tu sí a Dios. ¡Que el Señor te bendiga a lo largo de tus días!

 

Para ser testigo del amor infinito y personal de Dios

  1. Por tu profesión perpetua vas a quedar constituida en testigo y mensajera del amor y ternura infinita de Dios. Para ello es decisivo que acojas y vivas el amor y la misericordia de Dios, que, a la vez que reconstruyen la relación de cada uno con Dios, suscitan entre los hombres nuevas relaciones de fraternidad. Y no lo olvides: el manantial inagotable del amor de Dios es siempre el Corazón sagrado de su Hijo. El Señor nos enseña que “el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a ‘usar misericordia’ con los demás: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7)” (Juan Pablo II, Dives in misericordia, 14). El mismo Señor nos señala además los múltiples caminos de la misericordia: la misericordia no sólo perdona los pecados, sino que también sale al encuentro de los demás y de todas sus necesidades, de los próximos y de los lejanos, de los ancianos, de los enfermos, de los discapacitados, de los encarcelados, de los inmigrantes, de todos los heridos por la vida. Jesús se inclinó sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales. Su mensaje de caridad y de misericordia sigue llegándonos a través del gesto de sus manos tendidas hacia todos, especialmente hacia todo el que sufre.

 

En tu comunidad o en un trabajo diario, haciendo de tu oración vida y de tu vida oración, has de aprender a conocer y contemplar cada vez más y mejor el rostro de Dios en Cristo viéndolo reflejado en el rostro de tus hermanas y en el de los ancianos y enfermos que Dios ponga en tu camino. La contemplación del rostro de Dios en el Corazón de Cristo, te ha de llevar a amarle, imitarle y unirte a Él cada día más intensa y profundamente en perfecta castidad. No es fácil amar con un amor auténtico, que sea reflejo del amor de Dios y que sea vivido con una entrega total de sí. Este amor se aprende sólo en la escuela de Dios, al calor de su caridad, en la oración y en la adoración de la Eucaristía. Fija tu mirada en él, sintoniza con su Corazón misericordioso, ámale con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas; sólo así serás capaz de mirar a tus hermanas y a los enfermos y ancianos, de amarlos sabiendo que son un don de Dios para ti y de hacerlo con gratuidad, generosidad y ternura.

 

Apertura del corazón a Cristo

  1. Querida Hna. Luz. Sé muy bien que desde la paz y la felicidad que sientes el día de tu desposorio con Cristo querrías decir a otras jóvenes –y yo contigo- aquellas palabras del querido San Juan Pablo II: “No tengáis miedo; abrid de par en par las puertas de vuestro corazón a Cristo: que es el único que puede saciar vuestra hambre y sed de felicidad”. Tú lo has experimentado ya: quien aspira a la felicidad auténtica y duradera, sólo puede encontrar su secreto en Cristo y en su corazón. El arde del deseo de ser amado; él no quita nada sino que lo da todo; quien sintoniza con los sentimientos de su corazón encuentra el amor, la felicidad y la vida. Un acto de fe y de abandono total en Él como Pablo basta para encontrar el camino de la vida.

 

¡Que María, la esclava y sierva del Señor, mantenga en ti siempre vivo tu amor de esposa de su Hijo y tu deseo de ser testigo de la ternura de Dios para con todos los hombres! Que ella os proteja siempre a ti, a tu comunidad, a tu congregación y a toda tu familia. Amén.

 

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.