Solemne Vigilia Pascual

Catedral-Basílica de Segorbe, 7 de abril de 2012

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“No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado!” (Mc 16, 1-7). Éste, queridos todos, es el mensaje central de esta noche santa. Esta es la Buena Nueva que el “joven sentado a la derecha”, en el sepulcro vacío, anunció a María Magdalena, a María la de Santiago y a Salomé, que se acercaron al sepulcro el primer día de la semana para embalsamar el cuerpo de Jesús. Ésta es la Buena Noticia que los discípulos de Jesús transmitieron al mundo, una vez confirmados en su fe por el encuentro con el Señor resucitado. Esta es la gran noticia que nosotros escuchamos cada año en esta Vigila pascual: Cristo ha pasado, a través de la muerte, a una nueva y definitiva existencia: Cristo vive glorioso para siempre. Por su Resurrección, el Señor Jesús ha alumbrado la Vida, no sólo para sí mismo, sino para todos los que creen en Él.

Esta Noche santa, la ‘’Vigilia de las vigilias’, está llena de símbolos. Con ellos la Liturgia quiere ayudarnos a entender el hecho mismo de la resurrección, que escapa a la experiencia de nuestros sentidos como ocurrió también entonces. La Liturgia nos habla con el signo del fuego que quema y purifica, del agua que da vida y de la luz que deslumbra y alumbra todo. La Palabra de Dios los ha ido explicando: todos ellos nos conducen a Cristo resucitado, simbolizado en el cirio pascual encendido en el fuego purificador, y, Él, nos conduce al agua de nuestro bautismo por el que renacimos a la nueva Vida del Resucitado.

En la Pascua no podemos por menos que mirar hacia atrás, contemplar las obras de Dios en el pasado y en el presente, y dar gracias al Señor porque es eterna su misericordia (cf. Sal 117). Así lo hemos hecho acompañados de la Palabra de Dios, que nos ha recordado brevemente la historia de la Salvación, la historia de Dios para con la humanidad, para con nosotros mismos; y el centro de esta historia es Cristo mismo.

Dios creó y sigue creando todo por amor y para la vida; todo lo hizo y lo hace el Padre por Cristo y para Él (Col 1, 16). El Espíritu de Dios llenó llena la tierra e hizo y hace que rebosase de luz y de vida; al principio fue la luz, sin la que no es posible la vida, ni el orden del cosmos. Dios crea al hombre, a su imagen y semejanza, para una vida eterna y feliz en la comunión de vida con Dios y con toda la creación. Y, aunque el hombre prefiere sus propios caminos, su propia libertad al margen de Dios convirtiéndose así en víctima de sí mismo, Dios no lo abandona. Dios sigue llamándole a la vida. Abrahán escuchó la voz y la llamada de Dios, salió de su tierra y fue a donde Él le indicó (Gen 12, l-2); reconoció que todo se lo debía a Dios y que Dios lo merecía todo. Estuvo incluso dispuesto a entregarle en obediencia agradecida a su único hijo (Gen 22, 1-14): Dios se lo pedía y él se fiaba de Dios. Pero Dios no quiere sacrificios humanos; le basta con saber que Abrahán cree y se fía de Él y que le ama por encima de todo (cf. Gen 22, 12).

Los descendientes de Abraham se encontraron oprimidos en tierra extranjera; el Señor escuchó sus gritos (cf. Ex 3, 9), y los liberó de la esclavitud de Egipto. Las aguas del mar Rojo fueron liberadoras para ellos (Ex 14, 1-31). Entonces prorrumpieron en alabanza al Señor que los liberó de la mano del Faraón (Ex 15, 1-21). Pero, a pesar de las maravillas que Dios hizo en su favor a lo largo del desierto, el pueblo de Israel volvió a apartarse de su Dios: murmuró y prefirió andar sus propios caminos, alejado de Dios. El Señor prometió entonces otra alianza: “Yo pondré mi ley en vuestros corazones” (cf. Jer 31,33), pues “os daré mi Espíritu” (Ez 36,27), que se simboliza por el agua (cf. Jn 7,39). Por eso nos dice el Señor: “Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación” (Is 12, 3).

Ya en la plenitud de los tiempos, Cristo Jesús, el Hijo de Dios, viene a este mundo y entrega su propia vida, para firmar con su sangre una nueva Alianza (cf. Lc 22, 20; 1 Cor 11,25; Jer 31,3): es la Alianza definitiva y eterna de Dios con la humanidad. Pero la entrega de Jesús no quedará en la muerte, sino que, muriendo, destruyó la muerte, y resucitando, restauró la Vida. Una vida destinada a todo el que crea en Dios y en El que ha enviado y se deje bautizar.

El agua bautismal simboliza el renacimiento de lo alto, la recuperación de la Vida que es la comunión y amistad con Dios y con todo lo creado, como al inicio del mundo. Bañado en las aguas del Bautismo, el bautizado, queda unido a Cristo, resurge con Él a la vida nueva. Así su vida será la vida de los hijos de Dios, la vida de los que siguen a Cristo por la senda del bien, del amor y de la verdad.

Por ello, esta Vigilia pascual nos recuerda que, por la gracia de nuestro bautismo, nosotros participamos también ya vitalmente de esa misma nueva vida de Cristo resucitado. Así lo acabamos de escuchar en la epístola de San Pablo a los Romanos: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con El en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si nuestra existencia está unida a Él en una muerte semejante a la suya, lo estará también en una resurrección como la suya” (Rom 6, 3-4).

Por ello, ¿qué mejor ocasión que la vigilia pascual para ser incorporados a la resurrección de Cristo y para hacer memoria de nuestra incorporación a él por el Bautismo? Esta noche tenemos la dicha de celebrar el bautismo de esta niña, Verónica, y renovaremos con corazón agradecido nuestras promesas bautismales.

La mejor explicación que se puede dar de todo bautismo y del bautismo que esta niña va a recibir son las palabras de Pablo. El nos enseña que ser bautizados significa pasar con Cristo de la muerte a la vida. Por el bautismo, Verónica, renacerá – como nosotros renacimos un día- a la nueva vida de los Hijos de Dios: lavada de todo vínculo de pecado original, signo y causa de muerte y de alejamiento de Dios, Dios Padre la acoge amorosamente como hija suya en su Hijo y le da parte en la nueva vida resucitada de Jesús. Vuestra hija, queridos Verónica y César, quedará así vitalmente y para siempre unida al Padre Dios en su Hijo Jesús por el don del Espíritu Santo. A partir de hoy será hija de Dios en su Hijo, y, a la vez, hermana de cuantos formamos la familia de Dios, la comunidad de los creyentes, la Iglesia.

Vuestra hija recibe hoy una nueva vida que está llamada a crecer siendo acogida y vivida personalmente por ella a medida que vaya creciendo. Vosotros padres y vosotros los padrinos, Rafael y Mónica, haciendo profesión de vuestra fe en Cristo Jesús, muerto y resucitado, la presentáis a la Iglesia para que reciba el baño de las aguas bautismales. ¡Que el amor por vuestra hija, que mostráis al presentarla para recibir el don del bautismo, permanezca en vosotros a lo largo de los días! ¡Enseñadla y ayudadla con vuestra palabra y, sobre todo, con vuestro testimonio de vida a vivir y proclamar la nueva vida que hoy recibe! Sois sus primeros educadores también en la educación en la fe y vida cristiana. ¡Enseñadla y ayudadla a conocer, amar e imitar a Cristo Jesús! ¡Enseñadla y ayudadla a vivir en la comunión de los creyentes, como hija de la Iglesia, a la que hoy queda incorporada, para que participe de su vida y su misión!

En esta Vigilia Pascual, queridos todos, recordaremos también el don de nuestro propio bautismo renovando las promesas bautismales. Es una nueva oportunidad para dejar que se reavive en nosotros la nueva vida del bautismo. San Pablo nos exhorta a que “también nosotros andemos en una vida nueva”. Si hemos muerto con Cristo, ya no podemos pecar más. ¡Vivamos la nueva vida: la vida de hijos de Dios en el seguimiento del Hijo por la fuerza del Espíritu Santo en el seno de la Iglesia!

El Espíritu Santo, que nos ha sido dado, es el que clama en nuestro corazón y nos hace dirigirnos a Dios para decirle: “!Abba¡, ¡Padre¡”. Porque somos en realidad hijos adoptivos de Dios en Cristo Jesús, “muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (Rom 4,25). Por eso, después de haber meditado esta noche las grandes y admirables acciones de Dios Salvador, a favor de toda la humanidad, a favor de su pueblo y a favor nuestro, hemos orado así: “Aviva, Señor, en tu Iglesia el espíritu filial; para que, renovados en cuerpo y alma, nos entreguemos plenamente a tu servicio”.

Con este espíritu filial, dispongámonos, hermanos, ahora a celebrar el bautismo de esta niña. Movidos por este mismo espíritu filial renovemos nuestras promesas bautismales y participemos luego en la mesa eucarística. Renovados así en el amor de Jesucristo podremos segur nuestro camino en el mundo bajo la mirada del Padre y con la fuerza del Espíritu; fortalecidos así en la fe y vida cristianas estaremos prontos para dar razón de nuestra esperanza y a llevar a nuestros hermanos el mensaje de la resurrección. “El no está aquí. Ha resucitado. Aleluya!”. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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