Solemnidad de la Santísima Trinidad

50º Aniversario de la elevación de Sta. María de Castellón al grado de Concatedral
CONCATEDRAL, 30 de mayo de de 2010

(Pr 8, 22-31; Sal 8; Rom 1, 1-5; Jn 16, 12-15)

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Hermanas y Hermanos muy amados en el Señor:

“Señor, dueño nuestro, ¡que admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8). Así cantamos hoy, con toda la Iglesia al celebrar la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Y, con estas mismas palabras alabamos, cantamos a Dios y damos gracias a Dios, Uno y Trino, fuente y origen de todo bien, por el don de la elevación de esta Iglesia de Santa María a la dignidad de Concatedral hace cincuenta años. Así lo hizo el papa Juan XXIII, mediante Bula de 31 de mayo de 1960 con las palabras: “Conservada además la dignidad de la Catedral de Segorbe, elevamos al grado de Concatedral el templo consagrado a Dios en honor de la Santísima Virgen María que está en la ciudad de Castellón, con todos los derechos y honores, cargas y obligaciones que son propias de estas Iglesias”.

Desde entonces a esta Iglesia de Santa María se le llama Concatedral porque, junto con la Catedral de Segorbe, el Obispo diocesano tiene aquí también su cátedra o su sede. La catedral se llama así porque es el templo donde tiene su cátedra el Obispo diocesano. La presencia de la cátedra del Obispo en ella, hace de la Iglesia Catedral el centro material y espiritual de unidad y de comunión para todo el pueblo santo de Dios. Porque es desde la sede o cátedra episcopal, desde donde el obispo preside y guía a su grey, enseña la Palabra de Dios, educa y hace crecer en la fe a su iglesia diocesana por la predicación, y preside las celebraciones principales del año litúrgico y de los sacramentos como servicio a la comunidad y a la santificación de los fieles. Precisamente cuando el Obispo está sentado en su cátedra, se muestra ante sus fieles como quien preside en lugar de Dios Padre, como dijo el venerable Juan Pablo II. Lo que se afirma de la Catedral se puede decir también de la Concatedral pero siempre con referencia a la Catedral, a la cátedra y sede episcopal, allí presente. No habría Concatedral, si no hubiera Catedral. Pero lo más importante no es el rango o el honor, sino su significado teológico profundo.

Para comprender la Catedral y, a su modo, la Concatedral como templos materiales es preciso comprender previamente la Iglesia diocesana que en ella se reúne y celebra. La Iglesia no tiene su razón de ser en sí misma ni su naturaleza se encuentra fuera del misterio del Dios Uno y Trino, que hoy celebramos, ni fuera del misterio de Cristo sobre el que se edifica. Juan Pablo II, sintetizando la enseñanza conciliar, nos dice que la Iglesia es misterio, comunión y misión: la Iglesia “es misterio porque el amor y la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo son el don absolutamente gratuito que se ofrece a cuantos han nacido del agua y del Espíritu (cf. 3, 5), llamados a revivir la comunión misma de Dios y a manifestarla y comunicarla en la historia (misión)” (ChL, 8).

La Iglesia,  también nuestra Iglesia diocesana, tiene su origen y su meta en el misterio mismo de Dios, Uno y Trino, cuya Solemnidad hoy celebramos. Dios es comunidad de personas y comunión perfecta de vida y de amor. Gracias a lo que Dios mismo nos ha revelado, sobre todo, en el Hijo, sabemos que Dios es Amor, comunión de vida y de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Dios es ante todo Vida divina del Padre comunicada en el Hijo y revelada en Él en plenitud: “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar” (Mc 11,27). Dios es Amor, un Amor en tres Personas. El Padre-Dios es el que ama; el Hijo-Dios es el amado y el Espíritu Santo-Dios es el amor con que el Padre ama y el Hijo es amado. Una sola realidad, comunión de vida íntima y dichosa en el amor. El Padre origen, fuente del Hijo y del Espíritu Santo, creador, sabiduría creadora de todo, se expresa en el Hijo y se contempla en Él con una complacencia infinita, eterna. El Hijo es el Verbo, la Palabra, la Imagen del Padre, su Hijo único nacido antes del tiempo, Dios de Dios, eterno como el Padre. El Hijo es Imagen del Dios invisible, Sabiduría, Verdad, Belleza de Dios; es el Redentor, “que por nosotros los hombres y por nuestra salvación…”

Este Dios, Uno y Trino, que es Amor, se revela para hacer partícipe de esta misma vida de amor al hombre, creado a su imagen y semejanza. Estamos creados para el Amor que tiene su fuente en el Dios, Trino en personas y Uno en esencia. Desde que la Palabra de Dios, el Hijo de Dios, se hizo carne y puso su morada entre nosotros, el cuerpo mismo de Jesús es el templo o la morada de Dios entre los hombres, el ‘lugar’ del encuentro con Dios: Jesucristo mismo es el primer templo de los cristianos. Jesús, resucitado y ascendido a los cielos, sigue presente en medio de los que se reúnen en su nombre, en su Iglesia, que es su Cuerpo. Nuestra Iglesia es así la prolongación en el tiempo de Jesús mismo, de su palabra y obra salvadora entre los hombres, el signo visible y la morada de Dios entre los hombres. Nuestra Iglesia es el templo santo en el Señor, templo edificado sobre la piedra angular, que es Cristo (cf. Ef 2,20).

Desde aquí entendemos que los templos materiales de la Catedral y la Concatedral son signos de una realidad más profunda y rica: son lugares sagrados para construir el verdadero templo y la verdadera morada de Dios entre nosotros, nuestra Iglesia diocesana. Junto con la Catedral de Segorbe, la Concatedral ha de ser signo concreto y visible de nuestra Iglesia diocesana, lugar donde los fieles cristianos, como pueblo de Dios, nos reunamos en torno al Obispo, que la preside y pastorea en nombre de Cristo, para escuchar la Palabra, para celebrar la Eucaristía y otros sacramentos, y para ofrecer al Señor el sacrificio espiritual de nuestras vidas.

Nuestra Iglesia tiene en Jesucristo, su Fundador, su esperanza, la esperanza que no defrauda (cf. Rom 5,4); y vuelve siempre su mirada a Él. Nuestra Iglesia es convocada por el Padre para ser enviada por el Hijo a anunciar el Evangelio, para celebrar la salvación como comunidad orante en su liturgia y en sus sacramentos, para servir al hombre en la caridad de Cristo, proclamar el Evangelio de la vida y promover siempre la cultura a la luz de una humanidad plena en Cristo. Nuestra Iglesia se siente humilde caminante pero acompañada siempre por el Espíritu de su Señor Resucitado, en quien tiene su verdadera fuerza. Así comprendida, nuestra Iglesia es una realidad totalmente vinculada al misterio de salvación realizado por Jesucristo: nace de la misión de Jesucristo y es enviada por Él. La Iglesia manifiesta y, al mismo tiempo, realiza el misterio de amor de Dios al hombre; ella misma es misterio por decisión de su Salvador. Es comunión con Dios y entre nosotros los hombres en Jesucristo; éste es el contenido central del misterio de nuestra Iglesia. Esta consideración de la misma nos libera y nos lleva a superar visiones reducidas de la Esposa de Jesús, la Iglesia (cf Ef 5,25-32). La Iglesia es misión, porque prolonga en la historia la misma misión de salvación de Jesús a favor de los hombres; ella hace presente, contemporáneo, a Jesús, con su Palabra, sus Sacramentos y su Guía pastoral. Misión grande y modesta de la Iglesia, la de ser el cuerpo vivo en el que Dios en Cristo por el Espíritu Santo se hace cercano a cada hombre y a cada época. La Iglesia no es y no puede ser una realidad replegada sobre sí misma; nace para anunciar y testimoniar a Jesús Resucitado.

Para entender debidamente la Catedral y, a su modo, la Concatedral no podemos olvidar que nuestra Iglesia Diocesana es una porción del Pueblo de Dios que la apacienta el Obispo con la cooperación de un presbiterio; adherida a su pastor y congregada por él en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y la Eucaristía constituye una Iglesia Particular, donde se realiza la Iglesia del señor. Más todavía: Nuestra Iglesia diocesana es el ca­mino de nuestra inserción en la Iglesia universal; es el espacio histórico en el que una voca­ción se expresa realmente y realiza su tarea apostólica. Nuestra diócesis es, por tanto, una comunidad en la que se descubre, se profundiza, se celebra y se vive la fe de Cristo y en Cristo; está convocada a realizar en su seno la comunión para ser y aparecer como sacramento que refleje y realice el misterio de salvación del Señor Jesús, estando en permanente actitud de misión. En definitiva, la Iglesia Diocesana misma es templo vivo de Dios edificado con las vidas de todos, cuerpo místico de Cristo único y operante.

Con palabras del papa Pablo VI podemos decir: “Cada uno debe sentirse feliz de pertenecer a la propia Diócesis. Cada uno puede decir de la propia Iglesia local: aquí Cristo me ha esperado y me ha amado; aquí lo he encontrado y aquí pertenezco a su Cuerpo Místico. Aquí me encuentro dentro de su unidad”. Estas palabras nos invitan a considerar como valor espiritual esencial del cristiano su pertenencia y su dedicación a la Iglesia particular. Pertenecer a la Iglesia particular no se debe solamente a razones organizativas y disciplinares; al contrario, la relación con el Obispo en el único presbiterio, la coparticipación en su preocupación eclesial, la dedicación al cuidado evangélico del Pueblo de Dios en las condiciones concretas históricas y ambientales de la Iglesia particular, son elementos de los que no se puede prescindir al dibujar la configuración propia de un verdadero discípulo del Señor. Hay otros motivos más hondos: la ‘incardinación’, de hecho, a una diócesis no se agota en un vínculo puramente jurídico, sino que comporta también una serie de actitudes y de opciones espirituales y pastorales, que contribuyen a dar una fiso­nomía específica a la vida espiritual y apostólica de todo presbítero e incluso de todo fiel cristiano. Vivir la diocesanidad, la Iglesia Diocesana, como ‘evento de salvación’ requiere una acertada y sana altura espiritual.

Por estar la sede del Obispo en ella, la Iglesia Catedral y la Concatedral en referencia a ella es centro de unidad y comunión para todo el pueblo de Dios. Son casa y hogar de la comunidad diocesana, dedicadas a acoger como centro de unidad a toda la comunidad diocesana. Debemos tenerla como morada de toda la familia diocesana. Son asimismo el centro de la vida litúrgica de la diócesis. En ella celebra el Obispo, el gran sacerdote de su grey, de quien deriva y depende, en cierto modo, la vida en Cristo de sus fieles.

La Catedral y la Concatedral adquieren su más alto significado en la celebra­ción de la Eucaristía celebrada por el Obispo, que en las fiestas más importantes se llama Misa estacional. Si toda Eucaristía pone de manifiesto el misterio de la Iglesia, la Eucaristía presidida por el Obispo, primer dispensador de los misterios de Dios, es la mani­festación más evidente del misterio de la Iglesia. Por esta razón, participar de la Misa que celebra el Obispo, concelebrar con él en su altar, es también la forma más expresiva de reafirmar y confirmar la comunión eclesial. La memoria del Obispo, presente en todas las celebraciones eucarísticas, es testimonio de esta comu­nión con él.

Para la edificación de la comunidad eclesial y para que la comunidad de discípulos de Jesús viva la comunión con la Trinidad, el mismo Señor ha esta­blecido al Obispo como principio visible y fundamento de la unidad de la Iglesia particular al Obispo (Juan Pablo II, Pastores gregis 34). Desde la Cátedra, el Obispo es foco de unidad, de orden, de potestad y de auténtico magisterio, ejercido en unión con el sucesor de Pedro. La Cátedra es el lugar donde el Obispo proclama la fe de la Iglesia, de la que es su garante como sucesor de los Apóstoles, en comunión con el Santo Padre y el Colegio de los Obispos. Todas las demás sedes que existen en cada comunidad cristiana adquieren valor simbólico a partir de la Cátedra episcopal: son el testimonio local de la comunión católica y apostólica, fundada en la comunión de la fe que el Obispo garantiza desde su Cátedra. Desde ella predica el Obispo la Palabra de Dios y preside las celebraciones principales del año litúrgico y de los sacramentos. En su Cátedra, el Pastor diocesano hace las veces del mismo Cristo, Maestro, Pastor y Pontífice, y actúa en nombre suyo. La Cátedra episcopal hace que la Iglesia Catedral y la Concatedral sean el centro de proclamación de la Palabra de Dios y de celebración de los sacramentos.

Demos gracias a Dios esta tarde por el don de nuestra Concatedral. Encomendémonos a la protección de Santa María Virgen y bajo su guía dejémonos regenerar por la Palabra y el Sacrament de la Eucaristía para que nos convirtamos en ‘piedras vivas’ del edificio espiritual, que es nuestra Iglesia diocesana. Pidamos que nuestra Iglesia diocesana sea cada día más una comunidad entroncada en Cristo; una comunidad que acoja y viva a Cristo y su Evangelio en la comunión con la tradición viva de la Iglesia, con el Santo Padre y el Colegio de los Obispo; una comunidad que viva cada día más unida en torno a su Obispo; una comunidad que proclame y celebre la alianza amorosa de Dios; una comunidad que viva y ayude a vivir la fraternidad cristiana conforme al espíritu de las bienaventuranzas; una comunidad que ore y ayude a la oración; una comunidad en la que todos sus miembros se sientan y sean corresponsables en su vida y su misión al servicio de la evangelización en una sociedad cada vez más alejada de Dios; una comunidad que sea fermento de nueva humanidad, de transformación del mundo, de una cultura de la vida y del amor, de la justicia y de la paz. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

 

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