Vigilia Pascual

I. Catedral-Basílica de Segorbe, 3 de abril de 2010

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¡Cristo ha resucitado, Aleluya! Esta es, hermanas y hermanos amados, la gran noticia de esta Noche Santa: Cristo ha resucitado. Este es el mensaje pascual que despierta en todos nosotros la alegría y nos alienta en la esperanza. Nuestra fe y nuestra caridad se avivan de nuevo en lo más profundo de nuestro corazón. Hemos velado en oración, hemos contemplado, al paso de las lecturas, las acciones admirables de Dios con su Pueblo y con toda la humanidad. Y finalmente con un gozo sin igual hemos escuchado el mensaje del cielo: “¿Porqué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí. Ha resucitado” (Lc 24, 5)

Esta es la noche de la Luz Santa. La claridad del Cirio Pascual, la Luz de Cristo, Rey eterno, irradia sobre la faz de la tierra y disipa las tinieblas de la noche, del pecado y de la muerte. Cantemos, hermanos, a la Luz recién nacida en medio de las tinieblas de la noche. Esta es “la noche clara como el día, la noche iluminada por el gozo de Dios”. En esta noche, la Luz de Cristo resucitado, ilumina la temerosa oscuridad del pecado y de la muerte, e inaugura una esperanza nueva e insospechada en la rutina de la naturaleza, de nuestra historia y de la humanidad.

Esta es la noche de la Historia Santa. En esta noche la Iglesia contempla y proclama la gran trayectoria de la Historia santa de Dios y su voluntad de salvación universal, la liberación de la esclavitud del pecado y de la muerte. Es la historia del amor de Dios con el ser humano: una historia nacida del corazón del Padre, iniciada con el Pueblo de Israel y destinada a toda la humanidad: una historia que hoy llega a su término en Cristo Jesús. “Esta es la noche, en que rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo”. “Esta es la noche en que los que confiesan a Cristo son arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, y son restituidos a la gracia y agregados a los santos”. Cantemos con las palabras del Pregón pascual: “¡Feliz la culpa que mereció tal redentor!”.

Al dar la gozosa noticia de la resurrección de Jesús, aquellos dos hombres con vestidos refulgentes dijeron a las mujeres: “Acordaos de lo que os dijo, estando todavía en Galilea: El Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de los pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar. Ellas recordaron sus palabras, volvieron del sepulcro y anunciaron todo esto a los Once y a los demás” (Lc 24, 6-9).

También los Once eran ‘torpes para entender las Escrituras’. También ellos se resistían a aceptar las palabras del Maestro, cuando les anunció su pasión, su cruz y su resurrección. Y se quedaron dormidos en el huerto, mientras Jesús oraba. Antes que todos ellos, durante los siglos, los hombres, esclavos del pecado, dormían un sueño de muerte. El mismo Israel, el pueblo de la Alianza y de las predilecciones, había olvidado las maravillas de Dios para con su Pueblo, y, terco en su infidelidad, había vuelto las espalda a su Dios.

Pero el Amor de Dios velaba sobre la creación entera. En su eterno designio, Dios preparaba la redención del mundo. Ya “nos bendecía con toda suerte de bendiciones espirituales en Cristo. Nos había elegido antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el Amor” (Ef 1,3-5).

San Pablo, a propósito del ejercicio de la vida cristiana, nos ha conservado unas palabras de un antiguo himno cristiano. Es una exhortación a todos nosotros: “¡Despierta tú que duermes y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo” (Ef 5,14).

Por la misericordia de Dios, todos nosotros hemos recibido en nuestro bautismo la acción de su gracia y de su luz, que son verdad y vida, como también el pequeño Ángel hoy la va recibir. Y, sin embargo, no es vana la invitación que nos hace Pablo. Quizá estábamos dormidos; acaso marchábamos soñolientos y olvidados del Señor como los discípulos. ¿No es verdad que, con frecuencia, dormimos en vez de esforzarnos por acoger y vivir la nueva vida que Dios nos ha infundido en nuestro bautismo? ¿Acaso nuestra fe débil no necesita ser espoleada? A veces caminamos perezosos y tristes en el seguimiento de Cristo, con frecuencia le damos la espalda como si Cristo no hubiera resucitado ya en nosotros: nos olvidamos del Señor, de su gracia, de su Evangelio y de su camino.

La Vigilia pascual nos recuerda que, por la gracia de nuestro bautismo, todos los bautizados hemos sido incorporados a la muerte de Cristo y participamos ya vitalmente de esa misma nueva vida de Cristo resucitado. Así lo acabamos de proclamar en la epístola de San Pablo a los Romanos: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con El en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si nuestra existencia está unida a Él en una muerte semejante a la suya, lo estará también en una resurrección como la suya” (Rom 6, 3-4).

Por ello, ¿qué mejor ocasión que la Vigilia pascual para ser incorporados al misterio pascual de Cristo y para hacer memoria de nuestra incorporación a él por el Bautismo? Esta noche tenemos la dicha de celebrar el bautismo de este niño, de recordar nuestro propio bautismo y de renovar con corazón agradecido las promesas bautismales. Y lo haréis con una fuerza y gozo renovados, vosotros, los miembros de la comunidad segunda de Sto. Tomás de Villanueva de Castellón y de la comunidad tercera de Ntra. Señora de la Merced de Burriana, que tras largos años de recorrido, habéis concluido el Camino Neocatecumenal.

La mejor explicación que se puede dar de todo bautismo y del bautismo que este niño va a recibir, son las palabras de San Pablo. El nos enseña que ser bautizados significa pasar con Cristo de la muerte del pecado a la vida en Dios. Como este niño en esta noche Santa, como nosotros un día, por el bautismo renacemos a la nueva vida de la familia de Dios: lavados de todo vínculo de pecado, signo y causa de muerte y de alejamiento de Dios, Dios Padre nos acoge amorosamente como a sus hijos en el Hijo y nos inserta en la nueva vida resucitada de Jesús.

Como nosotros un día, así también, vuestro hijo, queridos Josune y Jorge, quedará esta noche vitalmente y para siempre unido al Padre Dios en su Hijo Jesús por el don del Espíritu Santo en el seno de la familia de Dios. A partir de hoy será hijo de Dios en el Hijo, y, a la vez, hermano de cuantos formamos la familia de Dios, es decir, la Iglesia.

Como al resto de los bautizados, esta familia, en que hoy queda insertado, no lo abandonará nunca ni en la vida ni en la muerte, porque esta familia es la familia de Dios, que lleva en sí la promesa de eternidad. Esta familia no lo abandonará incluso en los días de sufrimiento, en las noches oscuras de su vida. Esta familia le brindará siempre consuelo, fortaleza y luz; le dará palabras de vida eterna, palabras de luz que responden a los grandes desafíos de la vida e indican el camino exacto a seguir hasta la casa del Padre.

Vuestro hijo recibe hoy una nueva vida: es la vida eterna, germen de felicidad plena y eterna, porque es comunión con Aquel que ha vencido la muerte y tiene en sus manos las llaves de la vida. La comunión con Cristo es vida y amor eternos, más allá de la muerte, y, por ello, es motivo de esperanza. Esta vida nueva y eterna, que hoy recibe vuestro hijo y que hemos recibido todos los bautizados, es un don que ha de ser acogido, vivido y testimoniado personalmente. Los padres y padrinos, haciendo las promesas bautismales diréis, en su nombre, un triple ‘no’: a Satanás, el padre y príncipe del pecado, a sus obras que es el pecado, y a sus seducciones al mal, para vivir en la libertad de los hijos de Dios; es decir, en su nombre renunciaréis y diréis ‘no’ a lo que no es compatible con esta amistad que Cristo le da y ofrece, a lo que no es compatible con la vida verdadera en Cristo. Pero, ante todo, en la profesión de fe, diréis un ‘sí’ a la amistad con Cristo Jesús, muerto y resucitado, que se articula en tres adhesiones: un ‘sí’ al Dios vivo, es decir a Dios creador, que sostiene todo y da sentido al universo y a nuestra vida; un ‘sí’ a Cristo, el Hijo de Dios que nos da la vida y nos muestra el camino de la vida; y un ‘sí’ a la comunión de la Iglesia, en la que Cristo es el Dios vivo, que entra en nuestro tiempo y en nuestra vida.

¡Que el amor por vuestro hijo, que mostráis al presentarlo para que reciba el don del bautismo, permanezca en vosotros a lo largo de los días! ¡Enseñadle y ayudadle con vuestra palabra y, sobre todo, con vuestro testimonio de vida a vivir y proclamar la nueva vida que hoy recibe! ¡Enseñadle y ayudadle a conocer, amar, imitar y vivir a Cristo Jesús! ¡Enseñadle y ayudadle a vivir en la comunión de la familia de Dios, como hijo de la Iglesia, a la que hoy queda incorporado, para que participe de su vida y su misión!

También nosotros, los ya bautizados, recordamos hoy el don de nuestro propio bautismo renovando las promesas bautismales, por las que decimos ‘no’ a Satanás, a sus obras y seducciones para vivir la libertad de los hijos de Dios, y haciendo la profesión de fe en Dios Padre, creador de todo, en Cristo Jesús, muerto y resucitado para la vida del mundo, y en el espíritu Santo que nos une y mantiene en la comunión de la Iglesia. Es una nueva oportunidad para dejar que se reavive en nosotros la nueva vida del bautismo. San Pablo nos exhorta a que “andemos en una vida nueva”. Si hemos muerto con Cristo, ya no podemos pecar más. ¡Vivamos la nueva vida: la vida de hijos de Dios en el seguimiento del Hijo por la fuerza del Espíritu Santo en el seno de la Iglesia!.

El Espíritu Santo es el que clama en nuestro corazón y nos mueve a dirigirnos a Dios para decirle: “!Abba¡ ¡Padre¡”. Porque somos en realidad hijos adoptivos de Dios en Cristo Jesús, “muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (Rom 4,25). Con espíritu filial, dispongámonos, hermanos, ahora a celebrar el bautismo de este niño. Movidos por este mismo espíritu filial renovemos nuestras promesas bautismales y participemos luego en la mesa eucarística. Hacedlo vosotros, queridos hermanos y hermanas, que concluís el Camino Neocatumenal y os habéis preparado de modo especial para renovarlas solemnemente en esta S.I. Catedral-Basílica ante mi, sucesor de los Apóstoles. Vuestras túnicas blancas de lino son signo de vuestra nueva vida bautismal que os acompañarán también en el tránsito hacia la casa del Padre. En vuestros escrutinios habéis visto de dónde procedías: de un mundo de destrucción, alejados del amor de Cristo por el pecado; pero también habéis experimentado el amor de Dios en Cristo, que os ha re-creado haciendo de vuestra propia historia una historia de salvación.

Renovados así en el amor de Jesucristo podremos segur todos nuestro camino en el mundo bajo la mirada del Padre y con la fuerza del Espíritu. Fortalecidos así en la fe y vida cristianas estaremos prontos para dar razón de nuestra esperanza y a llevar a nuestros hermanos el mensaje de la resurrección. “!El no está aquí. Ha resucitado. Aleluya!”. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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