Homilía de monseñor López Llorente en la ordenación de los ocho nuevos diáconos permanentes

S.I. Concatedral de Sta. María de Castellón, 1 de febrero de 2020

(Jer 1,-9; Sal 88; Hech 6,1-7b; Lc 22,14-20.24-30) 

Hermanas y hermanos, muy amados todos en el Señor!

Acción de gracias a Dios

  1. “Cantaré eternamente las misericordias del Señor” (Sal 88). Con estas palabras del salmista cantamos hoy una vez más las misericordias del Señor. Porque, queridos candidatos, Francisco, Alejandro, Vicente, Daniel Orlando, Guillem, Julio, Carlos y Manuel, vuestra vocación y ordenación al diaconado permanente es una muestra más de la misericordia divina para con cada uno de vosotros, para con vuestras familias y comunidades y, sobre todo, para con nuestra Iglesia diocesana.

Casi treinta años después nuestra diócesis acoge de nuevo la ordenación de diáconos permanentes. No nos mueve el deseo de tener personas para tareas pastorales que ya no pudieran atender los sacerdotes ante su progresiva escasez. Nos mueve la voluntad de acoger con gratitud las vocaciones que el Señor nos envía al diaconado permanente. Porque a la luz del Concilio Vaticano II, el ministerio apostólico, “instituido por Dios, se ejerce por diversos órdenes que ya desde antiguo recibían los nombres de obispos, presbíteros y diáconos” (LG, n. 28). Por el diaconado, como “grado propio y permanente del sacramento  del orden, se posibilita ofrecer algunas “funciones tan necesarias para la vida de la Iglesia” (LG, n. 29). Y “es justo que los hombres que desempeñan un ministerio diaconal,…, sean fortalecidos por la imposición de las manos trasmitida desde los Apóstoles y se unan más estrechamente al altar, para que cumplan con mayor eficacia su ministerio por la gracia sacramental del diaconado” (AG 16). Por tanto, vuestra vocación y ordenación diaconal son dones de Dios que enriquecen al Pueblo santo de Dios y nos recuerda que nuestra Iglesia es y está llamada a ser diaconal, servidora de Cristo y de los hombres. Por todo ello cantamos las misericordias del Señor y le damos gracias.

Contar con diáconos permanentes no nos exime de la tarea urgente de promover entre nuestros niños y jóvenes las vocaciones al presbiterado. Muy al contrario. Esta celebración nos llama a orar con más insistencia al Señor para que nos envíe nuevas vocaciones al presbiterado y a trabajar con mayor entrega en esta pastoral vocacional específica. Porque los sacerdotes son imprescindibles para que siga existiendo nuestra Iglesia. Sin sacerdotes no hay Eucaristía, y sin Eucaristía no hay Iglesia, y dejaría de tener sentido el mismo diaconado. Sin sacerdotes no habrá pastores y guías de las comunidades cristianas, en nombre de Jesús, el buen Pastor.

A la luz de la Palabra de Dios que hemos proclamado, fijémonos ahora en estas tres palabras: elección, consagración y servicio.

Elegidos y llamados por Dios

  1. “Antes de formarte en el vientre, te escogí” (Jer 1, 4-5). Jeremías es elegido para ser profeta por pura gracia de Dios: no por mérito alguno suyo, no por un deseo personal de autorealización, sino por puro don y gracia de Dios. Es la elección de Dios, es su llamada y es su fuerza las que hacen de Jeremías profeta del Señor. También Jesús les dijo a sus apóstoles: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os ha elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure” (Jn 15, 16). Y así mismo los primeros siete diáconos fueron elegidos por indicación de los Apóstoles: “… escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y sabiduría, y los encargaremos de esta tarea” (Hech 6, 3).

Vosotros también, queridos candidatos, habéis sido elegidos y llamados por Dios al diaconado para servir a su Iglesia; no por vuestros méritos, sino por pura gracia suya. Vosotros habéis escuchado la llamada certera del Señor a su seguimiento en este grado del sacramento del orden, cada uno en un momento concreto de su historia personal. Después del discernimiento eclesial y la formación apropiada, hoy se verifica vuestra vocación por la llamada de la Iglesia, como ocurrió con los primeros diáconos y hemos hecho hace un momento.

Jeremías se sintió indigno e incapaz para la misión que Dios le encomendaba; tuvo miedo ante la misión. Puede que también a vosotros os hayan embargado el miedo o las dudas: dudas y miedos por vuestras limitaciones y debilidades o por vuestra situación espiritual, familiar, cultural o laboral; miedos ante la misión en un mundo secularizado y secularista, o ante la debilidad actual de nuestra iglesia o ante el clericalismo presbiteral de algunos; o miedo ante un ambiente cada vez más hostil a Cristo y a su Iglesia. En estas circunstancias resuenan hoy de nuevo las palabras del Señor a Jeremías: “No les tengas miedo, que yo estaré contigo para librarte” (Jer 1, 30). La iniciativa divina y la fuerza de Dios rompen siempre los débiles razonamientos humanos.

¡No tengáis miedo! Les dijo Jesús a los Apóstoles cuando dudaron en su fe o cuando desconfiaron de la fuerza de su palabra. ¡No tengáis miedo! Os dice el Señor hoy a vosotros. Dios, que os concede el don del diaconado, os concede también la fuerza para vivirlo con pasión y alegría, con fidelidad, entrega y perseverancia. Es bueno, sin embargo, que lo acojáis y viváis siempre con el temor de Dios, para que no dejéis nunca de sentiros pobres y necesitados de Dios y seáis conscientes de vuestra flaqueza y debilidad ante la grandeza del ministerio que hoy os concede. Jeremías se ve indigno e incapaz; es la fuerza de Dios lo que le hace superar sus miedos. También María, la humilde doncella de Nazaret, se ve tan poca cosa… ¡pero pone su confianza en Dios! Y así puede responder: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra” (Lc 1, 38).

Consagrados como siervos

  1. Como ocurrió con los primeros diáconos, mediante la imposición de mis manos y la oración consagratoria, el Señor va a enviar sobre vosotros su Espíritu Santo y os va a consagrar diáconos para siempre. Participaréis así de los dones y del ministerio que los Apóstoles recibieron del Señor. Seréis a partir de ahora en la Iglesia y en el mundo signo e instrumento de Cristo siervo, que vino “no para ser servido sino para servir” (cf. Mt 20, 28). El Señor imprimirá en vosotros un sello imborrable, por el que os configurará para siempre con Él, el Siervo de Dios. Habréis, pues, de vivir y mostrar en todo momento con la palabra y con la vida esta vuestra condición de signos de Cristo siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz, para la salvación de todos.

Como Jesús, que está medio de nosotros “como el que sirve” (cf. Lc 22,27), no os sintáis nunca señores sino servidores suyos y de todos los que están sentados a la mesa de la Palabra, de la Eucaristía y de la Caridad. No caigáis en la tentación de la vanidad o de buscar la grandeza mundana de ser el primero o el mayor de todos. Hemos escuchado en el Evangelio que esto lleva a los discípulos a la disputa, al altercado y a la envidia, que provoca la necesaria corrección del Señor (cf. Lc 22, 24). Evitad en todo momento ocupar el centro, especialmente, en la celebración eucarística; sed sobrios en vuestras palabras, gestos y movimientos; el centro sólo le corresponde a Jesucristo, y a quien le representa en, para y frente a la comunidad. Poned vuestras personas, capacidades, energías y deseos al servicio de Cristo, de su Evangelio y de la Iglesia. La gracia divina, que recibiréis con el sacramento, os hará posible esta entrega y dedicación a los otros por amor de Cristo; y os ayudará a buscarla con todas vuestras fuerzas. Todos nosotros pediremos al Señor hoy y siempre que os conceda la gracia para transformaros en fiel espejo de Cristo siervo.

En el ejercicio de la triple diaconía

  1. Por la ordenación quedaréis capacitados para ejercer el servicio, la diaconía, de la Palabra, de la Liturgia y de la Caridad. Como enseña el Concilio Vaticano II sois ordenados diáconos “no para ejercer el sacerdocio, sino para realizar un servicio” (LG, n. 29). No sois llamados, pues, para presidir la Eucaristía sino para llevar a cabo el ministerio pastoral que os sea confiado. Sólo los obispos y los presbíteros reciben de Cristo la misión y la facultad de actuar en la persona de Cristo Cabeza; los diáconos, en cambio, recibís las fuerzas para servir al Pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la palabra y de la caridad, en comunión con el obispo y su presbiterio (cf. CCE, n. 875; c. 1009 § 3 CIC).
  2. Hoy sois constituidos en heraldos y mensajeros de la Palabra de Dios. Recordad siempre que no sois dueños, sino servidores de la Palabra de Dios; no es vuestra palabra, sino la de Dios, la que habéis de predicar y enseñar. Y, en último término, la Palabra de Dios es el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, Jesucristo, muerto y resucitado. Cristo Jesús, muerto y resucitado, para la vida del mundo, será también el centro de vuestra predicación y enseñanza, para que todos los que crean en él, reciban, por su nombre, el perdón de sus pecados (cf. Hech 10, 42-43). Cristo mismo es quien ha de llegar a los demás por medio de vuestros labios y de vuestra vida.

Más tarde os entregaré a cada uno el Evangelio con estas palabras: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero: convierte en fe viva lo que lees y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”. Poneos en camino, “en salida” –como dice el papa Francisco-, dóciles a la moción del Espíritu, para anunciar a todos –niños, adolescentes, jóvenes y mayores- el Evangelio de Jesús, para guiarles en su comprensión y acompañarles hasta el encuentro personal con el mismo Señor, que transforma y salva. Una de las tareas más urgentes de nuestra Iglesia y el mejor servicio que podéis prestar hoy es el primer anuncio del Evangelio, el kerigma, que lleve a hombres y mujeres al encuentro o reencuentro con Cristo, que llena el corazón de alegría y de esperanza. Para ello habéis de saber acoger vosotros mismos con fe viva el Evangelio que anunciáis. El diácono ha de leer y estudiar, escuchar y contemplar, asimilar y hacer vida la Palabra de Dios; es decir, ha de dejarse transformar y conducir por la Palabra de Dios

Sed servidores de la Palabra de Dios en comunión con la tradición viva de la Iglesia. Esta Palabra pide ser proclamada y enseñada sin reducciones, sin miedos y sin complejos; no puede ser domesticada a fin de acompasarla a nuestros gustos o al de los oyentes, o adaptada a lo que se lleva. No olvidemos que no se trata de una teoría más, y menos de una ideología: en último término la Palabra de Dios es una Persona, el Verbo de Dios, Jesucristo, el Camino, la Verdad y la Vida para el hombre, la sociedad y el mundo.

  1. Como diáconos seréis también servidores en la Liturgia, en especial, en la celebración de la Eucaristía, el “misterio de la fe”. Ayudad a nuestros fieles a acoger y creer en el misterio de la Eucaristía, porque no se valora lo que no se conoce y en lo que no se cree; ayudadles a participar en ella asiduamente, debidamente preparados y limpios de todo pecado –si es necesario por el sacramento de la Confesión-, y a hacerlo de una forma activa, plena y fructuosa, y que su vida sea una existencia eucarística. Se os entregará el Cuerpo del Señor para repartirlo a los fieles, y para llevarlo a los enfermos. Tratad siempre los santos misterios con íntima adoración, con recogimiento exterior y con delicadeza espiritual. No descuidéis la devoción eucarística y la adoración del Señor, presente en la Eucaristía, fuera de la Misa.
  2. Como diáconos se os confía, finalmente y de modo particular, el servicio de la Caridad, como a los primeros diáconos. El servicio en la Eucaristía os lleva necesariamente al servicio de la Caridad. La Eucaristía es el centro de la vida la Iglesia, de todo cristiano y de todo diácono. La comunión con Cristo en la Eucaristía, el sacramento de la Caridad, os urge a vivir la comunión y la caridad con los hermanos, a hacer comunidad y a ser fermento de fraternidad. Atender las necesidades de los demás, especialmente de los más necesitados, tener en cuenta las penas y sufrimientos de los hermanos, ser capaces de entregarse buscando siempre el bien del prójimo: estos son los signos distintivos de todo diácono del Señor, que sirve a la Eucaristía y se alimenta con el Pan Eucarístico.

El Señor nos dio ejemplo para que lo que Él hizo también lo hagáis vosotros. En vuestra condición de siervos de Jesucristo, que se mostró servidor de los discípulos, servid con amor y alegría tanto a Dios como a los hombres. Sed compasivos y misericordiosos, acogedores y comprensivos con los demás; amadles como Cristo mismo les ama, dedicadles vuestro tiempo y vuestras energías. El diácono, colaborador del Obispo y de los presbíteros, debe ser juntamente con ellos, la viva y operante expresión de la caridad de Cristo y de la Iglesia.

  1. El don del celibato que algunos de vosotros acogéis libre, responsable y conscientemente y que prometéis observar durante toda la vida por causa del reino de los cielos, ha de ser para vosotros símbolo y estímulo de vuestro amor servicial y fuente de fecundidad apostólica. Movidos por un amor sincero a Jesucristo, desposado con su Iglesia y viviendo este estado con total entrega, os resultará más fácil consagraros con corazón indiviso al servicio de Dios y de los hombres.

Y vosotros, los que estáis casados, estáis llamados al igual que los primeros diáconos a dar testimonio del bien, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría. Mostraos sin mancha e irreprochables ante Dios y ante los hombres, especialmente en vuestra vida matrimonial y familiar. Así conviene a vuestra condición de ministros y dispensadores de los santos misterios.

  1. Queridos todos: Dentro de pocos momentos suplicaré al Señor que derrame el Espíritu Santo sobre nuestros hermanos, para que los “fortalezca con los siete dones de su gracia y cumplan fielmente la obra del ministerio”. Unámonos todos en esta suplica. A Dios se lo pedimos por intercesión de María, la esclava del Señor, y por Jesucristo, el Siervo de Dios. Amén.

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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