III Centenario del nacimiento del Obispo Climent

Castellón, S. I. Concatedral, 26 de noviembre de 2006

 

Hoy, día de la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el Señor nos ha convocado para la acción de gracias y la oración por el Bisbe Climent en el III Centenario de su nacimiento, el 21 de marzo de 1706. Fue en esta Iglesia de Santa María donde Climent, al día siguiente de su nacimiento, renació a la vida de los Hijos de Dios por el Bautismo y donde también reposan sus restos a la espera de la resurrección de los muertos en el último día.

En el evangelio de hoy, Juan pone en labios de Jesús la confesión de su realeza: “Tú lo dices: yo soy rey” (Jn 18, 37). Así responde Jesús a Pilatos que le pregunta, si es rey, tratando de quitarse de encima el molesto compromiso en que le habían puesto los judíos. La pregunta tiene un acento entre sorprendido y socarrón. ¿Cómo iba a ser rey aquel hombre sencillo y desvalido? Esta misma pregunta le llega a Jesús actualmente desde muchos corazones. Jesús no deja a nadie indiferente. Quienes creen en El se sienten agradecidos, felices. Quienes no acaban de decidirse por Él, no están tranquilos. Como Pilatos querrían quitarse de encima esa inquietud, pero ¿tú eres rey? ¿por qué tengo yo que creer en ti?

La respuesta de Jesús resuena también en el fondo de nuestro ser. Jesús es rey, sí; pero lo es de un reino que no es de este mundo ni nada tiene que ver con los reinos de este mundo. No tiene ejércitos, ni los quiere. No pretende imponer su autoridad por la fuerza. Ni amenaza con su poder la soberanía de otros reinos.

Jesús es Rey porque ha venido a este mundo para dar testimonio de la verdad. Su reino es el reino de la verdad, de la libertad, el reino del convencimiento y del corazón. Es rey porque su palabra es verdadera y se gana el corazón de todos los que la escuchan con buena voluntad. La respuesta de Jesús significa muchas cosas. El viene de Dios con la misión de descubrir la verdad profunda de nuestra vida, la verdad de Dios para nosotros y de nosotros para Dios. Por eso, porque El descubre la verdad honda y universal de nuestros corazones, todos los que la escuchan con buena voluntad la acogen en su corazón y se hacen discípulos suyos. Decir que Jesús es Rey es lo mismo que decir que es Hijo de Dios, Revelador de la verdad de Dios para nosotros, Salvador universal de los hombres.

Jesús es rey desde su abajamiento hasta la muerte y muerte en Cruz. Su realeza está precisamente no en el dominio, sino en la entrega de sí mismo hasta el extremo, para dar testimonio de la Verdad de Dios y del hombre, para ser la fuente de la Vida para la humanidad. Es un rey humillado y coronado de espinas, colgado en la cruz; y como tal sigue para siempre incluso ahora que, resucitado y exaltado, está en la presencia del Padre. Se trata de una realeza difícil de comprender para nosotros, a no ser que nos dejemos envolver por la lógica de Dios y de su amor, y emprendamos así el camino de la conversión por el amor humilde, el camino de la vida que se hace servicio y entrega en fidelidad a la llamada y a la misión recibida de Dios.

Jesús es “el testigo fiel” del amor de Dios a la humanidad. El es “aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados…, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre” (cf. Apc 1, 5-8). Ahora sabemos cuál es la verdad de la que Jesús ha venido a dar testimonio: la verdad del amor, la verdad de la liberación del hombre en la totalidad de su persona, la verdad de la transformación del hombre de la historia por la comunión con Dios y con los hombres en Cristo.

La realeza de Jesús le viene de su condición de Hijo de Dios y salvador de los hombres. Por eso es Jesús es “Evangelio”, la buena noticia de Dios a los hombres, la verdad revelada a los hombres sobre Dios, Padre que ama, y sobre los mismos hombres, llamados a ser, en el Espíritu, hijos en el Hijo. En la persona de Jesús se unen la realeza y la verdad. El es al mismo tiempo el Rey, el Reino, la Verdad, el Camino y la Vida.

El reino de Cristo es don ofrecido a los hombres de todos los tiempos, para que el que crea en el Verbo encarnado “no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Por eso, en el Apocalipsis, Él mismo proclama: “Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin” (Ap 22, 13). Cristo “es el fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización, centro del género humano, gozo de todos los corazones y plenitud de sus aspiraciones. Vivificados y reunidos en su Espíritu, peregrinamos hacia la consumación de la historia humana, que coincide plenamente con el designio de su amor: ‘Restaurar en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra’ (Ef 1, 10)” (GS 45). A la luz de la centralidad de Cristo, se entiende la condición del hombre, su vocación y su dignidad, así como se entienden también los ámbitos de la vida humana: la familia, la cultura, la economía, la política y la comunidad internacional.

El reconocimiento de Jesús como Rey de la humanidad suscita en los creyentes muchos sentimientos. En primer lugar, la gratitud. El Reino de Jesús es el reino de la verdad, del amor, de la salvación. El nos ha librado del reinado del pecado y del poder de la muerte. El nos pone en el terreno de la verdad y de la vida, en el camino del amor y de la esperanza. El es el Rey de la Vida Eterna. Este reino de Jesús lo vivimos en este mundo, pero no es de este mundo, se sale, lo desborda, llega hasta la vida eterna. Es el Reino de la vida definitiva en la Casa de Dios.

Jesús ha hecho de los creyentes “un reino”, porque somos en él hijos de Dios para ser, a la vez, portadores del Evangelio, de la buena nueva de Dios a los hombres, de la Verdad de Dios. La misión los creyentes, la misión de la Iglesia ayer, hoy y siempre, será anunciar y testimoniar a Cristo, para que su Reino de la Verdad y de la Vida, de la Santidad y de la Gracia, de la Justicia, del Amor y de la Paz, llegue a todos, para que todo hombre pueda realizar plenamente su vocación. Estas notas del reino de Jesús son, pues, algo más que una proclamación; marcan, a la vez, lo que es y debe ser la vida de los cristianos en el mundo.

Cristo no reinó desde los sitios privilegiados ni desde los puestos de influencia. Cristo reinó en el servicio, la entrega y la humildad, en el compromiso con los necesitados, con los que estaban marginados, con los ciegos, los leprosos y las viudas. Cristo fue y es Rey por ser testigo de la verdad y del amor sin límites. Vivir en cristiano es descubrir las exigencias y maravillas del Reino de Dios con entrega total y confiada. Es preciso, pues, el cambio y la conversión. El Reino de Dios es un servicio divino al hombre y a la mujer, de modo especial a los más pobres y desfavorecidos. Quien entra en este Reino conoce lo que es la libertad. Porque el Reino pide el cambio de corazón y por él desembocar en la liberación. El nos ofrece la liberación del orgullo, de la mentira y del odio; nos enseña el camino del amor y de la verdad; nos invita a la lucha gozosa a favor de los hermanos. En este Reino se nos da el Espíritu Santo, que cambia lo que parece imposible de cambio y llena de consuelo. Entrar en el Reino de Dios significa entrar en el movimiento del amor entregado de Cristo.

Nuestro Obispo Climent, a quien hoy recordamos con gratitud, supo entrar en este movimiento del amor entregado de Cristo Rey. Por ello damos gracias a Dios esta mañana. Gracias le damos por el don de su persona, por su ministerio pastoral en Valencia y por su ministerio episcopal en Barcelona; a Dios le damos gracias por su solicitud por la educación de la infancia y por la protección hacia los niños huérfanos, que se mantiene viva hasta nuestros días.

Climent es un castellonense de personalidad excepcional. Buen estudioso y conocedor de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres y de los Concilios, sobresalió como orador de muy singular celo, doctrina y elocuencia. Su existencia está sellada por un profundo deseo de interioridad, así como por la austeridad y simplicidad de su vida.

Nuestro Obispo fue admirado por su excepcional talla humana y pastoral. Su singular preocupación por la formación de los pobres le llevó a fundar 10 escuelas en Barcelona, una Valencia y otra en Castellón. Dotado de particulares capacidades naturales, y sensible y desprendido ante la necesidad humana, dejó su casa y toda su herencia para huérfanos y niños pobres de Castellón.

El Obispo Climent vivió una espiritualidad, sencilla y profunda a la vez; una espiritualidad fundada y alimentada en las fuentes, en la Sagrada Escritura y en los Santos Padres. Fue la suya una espiritualidad marcada por el amor a Cristo –el único que transforma al hombre es el amor de contrición, decía- y que se hizo preocupación por los más desfavorecidos. El rasgo principal de su espiritualidad fue el primado absoluto del amor a Dios en todas las cosas y en toda su actividad. Es la dimensión teológica de su vida. Esta dimensión se expresaba en su implicación por la reforma de moral casuística y de la religiosidad popular, en la que había que evitar las supersticiones, los fastos, la gula y la vanagloria. Tal fe en el amor a Dios, le permitió afrontar las cruces en su vida, las incomprensiones y penurias.

Más pastor que político, Climent se entregó con verdadera pasión y perseverancia a la reforma de la Iglesia mediante la vuelta a las fuentes y a la Iglesia primitiva, y la formación del clero y de los fieles. Su talante reformador nacía de la responsabilidad que atribuía al Obispo en su Diócesis. Su apuesta por la tercera vía, por la sinodalidad en la Iglesia local y universal y por la educación integral de los niños, en especial de los huérfanos, fue ya en su tiempo un parcial anticipo al Concilio Vaticano II.

En un tiempo difícil para vivir y transmitir el Evangelio, Climent nos invita a perseverar fieles en nuestra fe en el amor de Dios y en nuestro amor a Cristo, a la renovación de nuestra Iglesia desde el conocimiento vivido del Evangelio en la tradición viva de la Iglesia. Nuestra Iglesia diocesana desea que el recuerdo, el talante renovador, y la obra social y educativa del Obispo Climent sigan presentes entre nosotros. Y ello, no por motivos filantrópicos, sino en el nombre de Jesucristo Rey, como lo hizo Climent, siguiendo las palabras de San Pablo: “No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo, el Señor; nosotros somos vuestros siervos por amor de Jesús” (2 Cor 4, 5).

Que la Virgen Santa María, a quien Dios asoció de modo singular a la realeza de su Hijo, le lleve hasta los brazos del Padre y a nosotros nos obtenga acogerlo como Señor de nuestra vida, para cooperar fielmente en el acontecimiento de su reino de amor, de justicia y de paz. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

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