Jacques Philippe: “El incendio de ‘Notre Dame’ nos enseña que lo esencial es la fe que animó a la construcción del edificio”

Jacques Philippe (Lorraine, Francia, 1947) es sacerdote de la Comunidad de las Bienaventuranzas. Autor de espiritualidad reconocido mundialmente, sus libros se han traducido a 18 idiomas. Obras suyas son: La libertad interior, Tiempo para Dios, En la Escuela del Espíritu Santo, Llamados a la vida y La Paz interior. Ha estado el fin de semana pasado en el Seminario “Mater Dei” de Castellón en la predicación de unos ejercicios espirituales sobre la Eucaristía para 80 fieles de diferentes diócesis.

¿El Espíritu Santo sigue siendo el gran desconocido?

Es cierto que es la persona más desconocida de la Santísima Trinidad, pero quizás esto sea menos cierto hoy en día porque muchos católicos experimentan su presencia en su vida, en su acción, a través de nuevos movimientos que han surgido en la Iglesia como la renovación carismática.

¿Cómo podemos extender su devoción?

Convendría ayudar a la gente a que descubra cuáles son las actitudes que nos abren a su acción, que a veces es sensible y otras, secreta. Si queremos tratar al Espíritu Santo tenemos que perseverar en la oración. También debemos profundizar en el deseo de Dios, en la  confianza y fidelidad a su voluntad, abandonándonos en sus manos. Cuando vivimos de manera auténtica y sincera estas disposiciones, El Señor responde dándonos su gracia. Esta sed de Dios renueva también nuestra vida sacramental, ya que el espíritu se nos da también a través de los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Confesión cuando se viven de manera auténtica y no rutinaria.

La sociedad actual considera la experiencia sensible como una de las principales vías de aproximarse a la realidad, al tiempo que está rodeada de un ruido permanente que condiciona dicha manera de aprehender el mundo. ¿Cómo explicar el carisma del Espíritu Santo a personas que están acostumbradas a la búsqueda permanente de nuevos estímulos para mitigar su vacío interior?

No conozco otro método más que el silencio y la escucha. Buscar momentos durante el día que nos faciliten el encuentro con Dios, en los que podamos realmente ponernos ante Él y abrirle nuestro corazón. Es verdad que no siempre es fácil pero hay que tener esta valentía de saber consagrar tiempo al Señor, aunque tan solo sean 10 ó 15 minutos diarios, o un fin de semana al año de retiro espiritual en el que nos alejamos de la vida cotidiana. Siempre encontramos tiempo para efectuar las cosas importantes de nuestra vida: alimentarnos, lavarnos, ir al médico… No hay ninguna razón por la que no podamos encontrar tiempo para Dios. La pregunta que debemos hacernos en estos casos es qué significa para nosotros nuestra relación con Dios, si es esencial. ¿Cuáles son nuestras prioridades?

 

¿Cómo entender esto en una sociedad que valora más hacer o tener cosas que ser quienes debemos ser?

Entendiendo que Dios nos llama a pasar tiempo con Él. Lo dice Jesús en los evangelios, que no dejemos de orar. Esta invitación también aparece en los libros del Antiguo Testamento. Dios sabe lo que es bueno para nosotros y cuando nos propone algo es para nuestro bien. Necesitamos conocer al Señor, entrar en su intimidad, escuchar su palabra y acoger su presencia, porque es el que da sentido total a nuestra vida.

El hombre está hecho para darse. Su actividad es algo bueno, pero hay algunas preguntas que debe hacerse: ¿Cuál es el sentido de mi acción? ¿Qué es lo que orienta mis decisiones y compromisos? ¿Cómo me dejo guiar en todo esto? La fidelidad a la oración, precisamente, es lo que nos permite discernir lo que Dios nos pide y actuar según sea su llamada. Esto es mucho más fecundo que dirigir la vida según nuestras propias ideas.

A veces podemos desanimarnos por diferentes razones y en los momentos de dificultad necesitamos una fuerza interior que solo Dios puede darnos. En nuestra manera de proceder hay cosas que necesitan ser purificadas. Hacemos muchas cosas, pero se trata de saber por qué y para quién las hacemos. Purificar el corazón es necesario para discernir sobre las verdaderas motivaciones de nuestra acción. Podemos hacer mil cosas pero pueden ser totalmente inútiles. Nuestra acción debe estar sostenida por una fuerza que nos permita estar al servicio de la sociedad.

¿Cómo podemos discernir que se trata de la voluntad de Dios y no de la nuestra? ¿Siempre hay una oposición entre nuestras prioridades y las suyas?

No hay recetas sencillas para esto. Es normal que tengamos nuestros proyectos, que pueden ser buenos y corresponder a la voluntad de Dios; pero hay que aprender a vivir con un cierto desapego respecto de nuestros planes, pidiendo al Señor que nos guíe y preguntándole si corresponde a su designio sobre nosotros. Creo que hay que ser generoso en la actividad pero dando siempre prioridad a Dios. Tampoco se trata de esperar sin hacer nada, porque tenemos que vivir, pero sí albergar esa flexibilidad que impide que nos encerremos en nuestros proyectos sin dar a Dios el permiso para guiarnos. Puede haber situaciones en la vida que pueden impedirnos cumplir su voluntad: cuando estamos demasiado agitados, atenazados por el miedo o la inquietud. Por eso necesitamos momentos de silencio para que Dios nos hable y poder abandonarnos en sus brazos como un niño hace en los brazos de su padre y tomar cierta distancia del ritmo frenético de la vida.

Lo primero que Dios espera de nosotros es que confiemos en Él porque es Padre, no que nos empeñemos en solucionar todos nuestros problemas

La actitud de base de todo cristiano debe ser mantener un espíritu de comunión y de respeto a las instituciones fundamentales de la Iglesia tal como las ha querido El Señor

¿Cómo debemos entender hoy en día el significado de la acción del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia?

Hay que confiar en que está siendo guiada por él, ya que no se trata simplemente de una institución humana, sino que ha sido instituida por Cristo que ha prometido serle fiel. Esto no quiere decir que sea perfecta y que todas sus decisiones sean infalibles; pero necesitamos esta confianza en que el Espíritu Santo no abandona a la Iglesia y que da a sus responsables la gracia necesaria para guiarla.

La actitud de base de todo cristiano debe ser de disponibilidad y apertura a las decisiones que toma la Iglesia, lo que no significa que haya que perder todo espíritu crítico, ni el derecho a reflexionar y a compartir nuestro punto de vista. El diálogo es necesario e incumbe a la jerarquía y a los fieles laicos; pero lo importante es mantener un espíritu de comunión y de respeto a las instituciones fundamentales de la Iglesia tal como las ha querido el Señor. A través del misterio de la Iglesia, recibimos lo que necesitamos para llegar a la salvación y para vivir nuestra vida cristiana. Es la Iglesia la que nos transmite el Evangelio, nos da los sacramentos; incluso aunque el sacerdote no sea perfecto, la Eucaristía que recibo es realmente el cuerpo de Cristo.

 

El reciente incendio de Notre Dame, ¿puede ser una oportunidad para volver a reencontrarse con la fe?

Eso espero. Siempre es complicado interpretar los acontecimientos, pero es verdad que fue una llamada dirigida a nosotros en el inicio de la Semana Santa para recordarnos cuáles son los fundamentos de nuestra historia cristiana, de la que –al mismo tiempo- todos somos responsables. Lo esencial no es solo el edificio sino también la fe que anima al pueblo cristiano. Fue hermoso contemplar ese espíritu de unidad que nos ha recordado la importancia de la catedral y su significado espiritual, así como todo lo que Francia ha recibido de la fe cristiana, también en la cultura y en la historia, y que somos responsables de este legado.

El incendio de Notre Dame también nos alerta de que somos una realidad frágil. Las iglesias pueden quemarse y, por tanto, debemos centrarnos en construir lo más importante, lo más sólido, que es la vida espiritual que ha llevado a la erección de estos edificios en la Edad Media. También ha sido hermoso contemplar a todos esos grupos de cristianos que se formaron para orar espontáneamente, dar gracias a Dios y confiarse a la Virgen María.

La única actitud justa ante Dios, que es Padre y misericordia, es la de la confianza y apertura, abandonándonos en sus manos

¿Cómo entender que hay que construir lo esencial en un mundo hiperconectado que nos induce a tomar decisiones que parecen importantes a todas horas?

Es verdad que una de las dificultades de nuestra sociedad es que recibimos mucha información que nos obliga a reaccionar de forma inmediata. No obstante, la reacción más rápida no es siempre la mejor. A veces necesitamos dedicar tiempo para reflexionar, para madurar, orar, ponerse bajo la mirada de Dios en una actitud de fe y esperanza para encontrar la buena reacción a los acontecimientos. Por eso me ha tocado tanto el ejemplo de Notre Dame. Porque todo el mundo reaccionaba a su manera, a veces catastrófica, precipitada, queriendo hacer enseguida esto o aquello; pero cuando escuchabas hablar a los cristianos, esa gente que estaba en oración, cuando hablaban del acontecimiento, hablaban de una manera muy tranquila, con paz.

Está claro que sufrían porque siempre resulta doloroso contemplar cómo se quema ese magnífico edificio, pero la reacción era adulta al mismo tiempo. No había pánico, no era una reacción inmediata. Había una mirada de esperanza, de fe, la certeza de que este acontecimiento podía acarrear un bien. Me tocó la diferencia de tono entre unos y otros. La reacción de los que realmente eran creyentes frente a muchas personas que solo veían el lado dramático.

Esta fe y confianza en Dios fue el principal motor de Santa Teresita del Niño Jesús. ¿Cómo podemos aprender de ella a abandonarnos en sus brazos?

Una de las cuestiones que Teresa nos ha recordado es la inmensa ternura de Dios que es, ante todo, Padre y que nos ama con un amor infinito. Lo primero que Dios espera de nosotros no es que nos empeñemos en solucionar todos los problemas, ni en que seamos perfectos, sino que confiemos en Él porque es Padre. No siempre resulta fácil, ni es una actitud que surja espontánea porque tenemos nuestros miedos, preocupaciones; pero ante Dios, que es Padre y misericordia, la única actitud justa es la de la confianza, de la apertura, del abandono en sus manos.

Teresa nos ha recordado esto y nos ha mostrado hasta qué punto la confianza puede ser una fuerza y puede conducir a una vida valiente y generosa. Esta confianza nos permite precisamente apoyarnos sobre Dios y encontrar nuestra luz y nuestra fuerza en él. Una de las actitudes clave para recibir al Espíritu Santo, como he comentado antes, es precisamente esa confianza. Cuanto mayor sea esa confianza más gracia del Espíritu Santo recibiré. Al contrario, si desconfío de Dios, si me encierro en mis miedos, dudas o sospechas, mi corazón se cierra. En cambio, si confío, me abro.

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