Jueves Santo. Misa de la Cena del Señor

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 20 de marzo de 2008

 

En la tarde de Jueves Santo conmemoramos la última Cena de Jesús con sus Apóstoles. Al traer a nuestra memoria y a nuestro corazón las palabras y los gestos de Jesús aquella tarde-noche nuestra mente se traslada al Cenáculo, donde Jesús se ha reunido con los suyos para celebrar la Pascua. Son muchos los sentimientos que se agolpan en nuestro corazón. “Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Estas palabras de Juan nos permiten intuir los sentimientos que experimentó Jesús “la noche en que iba a ser entregado” (1 Co 11, 23) y nos estimulan a participar con gratitud contemplativa en esta celebración.

De la mano de las lecturas de hoy podemos entrar en el sentido profundo de aquella última Cena de Jesús con sus discípulos. La Palabra de Dios nos habla de la institución de la Eucaristía, de su prefiguración en el Cordero pascual y de su traducción en el amor y el servicio fraterno.

El libro del Exodo (12, 1-8; 11-14) nos recordaba la institución de la Pascua judía. Dios ordenó a los hebreos que inmolasen en cada familia “un animal sin defecto (de un año, cordero o cabrito)”, y que rociasen con la sangre las dos jambas y el dintel de las casas para ser librados del exterminio de los primogénitos al paso del ángel. En aquella misma noche, preservados por la sangre del cordero y alimentados con su carne, iniciarían la marcha hacia la tierra prometida. El rito había de repetirse cada año en recuerdo agradecido por la acción liberadora de Yahvé. “Es la Pascua en honor del Señor” (Ex 12, 11), que conmemora ‘el paso del Señor’ para liberarlo de la esclavitud de Egipto.

La Pascua de los judíos era una sombra y prefiguración de lo que había de ser la Pascua de Cristo, la pascua cristiana. En ella, Cristo es el ‘verdadero cordero sin defecto’, inmolado por la salvación del mundo y por la liberación definitiva del pecado y de la muerte. Cristo es el nuevo Cordero, que con su sangre libremente derramada en la cruz establece la nueva y definitiva Alianza. Desde el momento en que Jesús se sienta a la mesa con sus discípulos, inicia el rito de su Pascua. En lugar de un cordero, “el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: “Este es el cáliz de la nueva alianza sellada con mi sangre”. Aquel pan milagrosamente transformado en el Cuerpo de Cristo, y aquel cáliz que ya no contiene vino, sino la Sangre de Cristo, eran ofrecidos en aquella noche, como anuncio y anticipo de la muerte del Señor, de la entrega de su cuerpo y el derramamiento de su sangre en la Cruz.

“Haced esto en conmemoración mía”, dice Jesús a los apóstoles, queriendo así perpetuar, a través de ellos y sus sucesores, aquel gesto y, con él, el sacrificio del calvario para la remisión de los pecadoss. Agradezcamos esta tarde al Señor el don del sacerdocio que perpetúa la presencia de Cristo y su acción salvadora entre nosotros; oremos por el don de nuevas vocaciones.

“Haced esto en memoria mía”. Con estas palabras solemnes instituye Jesús la Eucaristía y la entrega a su Iglesia para todos los siglos. Cada año, en la tarde de Jueves Santo, volviendo nuestros ojos al Cenáculo, recordamos que en la Cena de aquel atardecer, Jesús les da a sus discípulos –y representados en ellos nos da a nosotros- la Eucaristía como don del amor y fuente inagotable de amor. La Eucaristía es el sacramento que perpetúa por todos los siglos la ofrenda libre, total y amorosa de Cristo en la Cruz para la vida del mundo. Una memoria que es actualización del sacrificio redentor, presencia real del Señor y banquete de comunión con El y los hermanos en la espera de su venida. En la Eucaristía, los creyentes recibimos el efecto salvador del sacrificio en la Cruz y el alimento para el camino, como firmeza para nuestra fe, fuelle para nuestra esperanza y fuerza para nuestro amor. En ella la Iglesia, misterio de comunión de Dios con el hombre y entre los hombres unidos con Él, se hace y se renueva permanentemente para ser germen de unidad de todos los pueblos.

La Eucaristía es ‘pan vivo, bajado del cielo’ que da la vida eterna a los hombres (Jn 6,51), porque es el memorial de la muerte del Señor, porque es su Cuerpo ‘entregado’ en sacrificio, y es su Sangre ‘derramada por todos para el perdón de los pecados’ (Lc 22,19; Mt 26,28). Nutridos con el Cuerpo del Señor y lavados con su Sangre, los cristianos podemos soportar las asperezas del peregrinaje de esta vida, pasar de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios, de la travesía fatigosa del desierto a la tierra prometida: la casa del Padre. ¿No nos ha de preocupar el alejamiento progresivo de tantos cristianos de la participación en la Eucaristía?

“Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1 Co 11, 26). Con estas palabras, el apóstol Pablo nos exhorta a hacer constantemente memoria de este misterio y a participar en él. Al mismo tiempo, nos invita a vivir diariamente nuestra misión de testigos y heraldos del amor del Crucificado, en espera de su vuelta gloriosa. El cristiano que comulga sabe que debe vivir, amar, trabajar, sufrir y morir como Cristo. Por ello, unido indisolublemente al don de la Eucaristía, Cristo nos ha dado su nuevo mandato. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”. Eucaristía, comunión con Cristo y con los hermanos, y existencia cristiana basada en el amor son inseparables. Desde aquella Cena, Jesús nos enseña que participar de su amor y amar es entregarse y gastarse como Él. El amor alcanza su cima en el don que la persona hace de sí misma, sin reservas, a Dios y al prójimo.

Y, para enseñarnos, cómo ha de ser el amor de sus discípulos, Jesús, antes de instituir el sacramento de su Cuerpo y Sangre, les sorprende ciñéndose una toalla y abajándose para lavarles los pies. Era la tarea reservada a los siervos. Al hacerlo, el Maestro les propone una actitud de servicio en el amor como norma de vida. “Vosotros me llamáis el Maestro  y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 12-14). Sólo será verdadero discípulo de Jesús, quien se deje lavar los pies, sus pecados, por Cristo en el sacramento de la Penitencia, quien participe de su amor en la Eucaristía, quien lo imite en su vida y quien como Él se haga solícito en el servicio a los demás. Porque, en el amor servicial, en la solicitud por las necesidades del prójimo está la esencia del vivir cristiano.

Sólo esta actitud de servicio humilde hace posible el cumplimiento del precepto de Jesús: “Os doy el mandato nuevo: que os améis unos a otros como yo he amado”. El lavatorio de los pies, la institución de la eucaristía, la muerte de la cruz, nos indican que el servicio humilde y la entrega total al prójimo son el camino para realizar y hacer verdad el precepto del Señor. San Juan, resumiendo maravillosamente el significado de la Eucaristía, afirma: “Los amó hasta el extremo”. Con ello quiere decir que los amó hasta el final, hasta agotar todas las posibilidades, sin reparar en medios para demostrarles su amor. Jesús no pone límites en su entrega a los hombres. En la escuela de Jesús son inseparables la gloria del Padre y el servicio a los hermanos. Por eso les lava los pies, señal inequívoca de humildad, de extremado servicio.

¡Tarde de Jueves Santo! Muchos sentimientos se agolparon entonces en el corazón de Jesús y de sus discípulos; muchos sentimientos invaden ahora nuestro corazón. Demos gracias a Dios que, en su Hijo Jesucristo, nos legó la Eucaristía, el don de amor más grande que pensarse pueda. Jesús se va, pero se queda presente entre nosotros en la Eucaristía. Se va por el amor que profesaba al Padre, tras cumplir su voluntad sobre la tierra. Pero se queda por amor a los hombres en la Eucaristía. Por eso, participar en la Eucaristía, recibirla y adorarle en ella, y amar sin reservas a nuestros semejantes serán el mejor modo de agradecer a Dios su don, su amor inefable.

Que María, ‘la mujer eucarística’ nos ayude a valorar la presencia de Cristo en la Eucaristía, a participar en ella y a adorarle con gratitud. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.