La conversión de San Pablo

Queridos Diocesanos:

En el año paulino, que estamos celebrando, contemplamos de manera particular la figura del Apóstol san Pablo. Este año es una gracia para la Iglesia, pero a condición de que no nos quedemos en san Pablo, en su personalidad o en su doctrina. Es necesario ir de Pablo a Cristo: aprender de san Pablo, aprender la fe, aprender a Cristo.

Hay una experiencia decisiva en la vida de San Pablo, que vale en cierto modo también para nosotros: es su conversión en el camino de Damasco, que celebramos este domingo 25 de enero. Después de un periodo en el que persiguió brutalmente a la Iglesia y a los cristianos, este suceso hizo que su vida sufriera un viraje, un cambio total de perspectiva. A partir de entonces comenzó a considerar “pérdida” y “basura” todo aquello que antes constituía para él el máximo ideal (cf. Flp 3, 7-8)

¿Qué es lo que sucedió? Tanto los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 9, 1-19; 22, 3-21; 26, 4-23) como las referencias que el mismo Pablo hace en sus cartas coinciden en que en el camino de Damasco tuvo lugar un encuentro personal con el Resucitado: Jesús resucitado habló a san Pablo, lo llamó al apostolado, hizo de él un verdadero apóstol, testigo de la Resurrección, con el encargo específico de anunciar el Evangelio a los paganos. Al mismo tiempo, san Pablo aprendió que, a pesar de su relación inmediata con el Resucitado, debía entrar en la comunión de la Iglesia, debía hacerse bautizar, debía vivir en sintonía con los demás Apóstoles. Sólo en esta comunión con todos podía ser un verdadero apóstol (cf. 1 Co 15, 11).

Este encuentro personal con Jesucristo cambió todo su ser y toda su vida. Este viraje en su vida no fue fruto de un proceso psicológico, de una maduración intelectual y moral, sino que llegó desde fuera, del encuentro con Jesucristo. Este encuentro fue muerte y resurrección para él mismo: murió una existencia suya y nació otra nueva con Cristo resucitado. Los análisis psicológicos no pueden aclarar esta transformación de san Pablo. Sólo el encuentro fuerte con Cristo es la clave para entender lo que sucedió: muerte y resurrección, renovación por parte de Aquel que se había revelado y había hablado con él (Benedicto XVI).  Ese acontecimiento ensanchó su corazón, lo abrió a todos. Al abrirse a Cristo con todo su corazón, se hizo capaz de entablar un diálogo amplio con todos, se hizo capaz de hacerse todo a todos.

También los bautizados sólo seremos auténticos cristianos si nos encontramos realmente con Cristo. Ciertamente Cristo no se nos mostrará de forma irresistible y luminosa como a san Pablo; pero podemos encontrarnos con Jesucristo en la lectura de la Sagrada Escritura, en la oración, en la vida litúrgica de la Iglesia, y, sobre todo, en la Eucaristía, donde el Señor está verdaderamente presente, y nos espera. Sólo en esta relación personal con Cristo nos convertiremos realmente en cristianos y heraldos del Evangelio. Quien experimenta el amor gratuito y misericordioso de Dios en Jesucristo, siente también el encargo, la necesidad, de anunciar su Evangelio.

Oremos al Señor para que nos conceda el encuentro con su presencia, que nos dé una fe viva, un corazón abierto, una gran caridad con todos, capaz de renovar el mundo.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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