La familia cristiana, cuna de vocaciones

Queridos diocesanos:

Entre los acentos que hemos de poner en la vida y la acción de nuestra Iglesia diocesana está la promoción de las vocaciones al sacerdocio ordenado. En ésta una ocupación permanente de la acción pastoral de la Iglesia, que urge intensificar en la actualidad. Sin sacerdotes no habrá servidores del resto de las vocaciones y de las comunidades cristianas.

En el momento actual, nuestra Iglesia sufre un fuerte invierno de vocaciones. Son escasas las llamadas al sacerdocio ordenado y a la vida consagrada, como también a la vida laical. Son, en efecto, pocos los seglares que viven su ser cristiano como una vocación, que abarca toda su existencia familiar, laboral, política, cultural o social.

El contexto cultural actual no es favorable a plantear la vocación; se propugna un modelo de ‘hombre sin vocación’. El futuro de niños, adolescentes y jóvenes se reduce, en la mayoría de los casos, a la elección de una profesión, a conseguir una buena situación económica o a la satisfacción sentimental-afectiva, sin ninguna apertura al misterio de la propia vida, a Dios, o al propio bautismo. En esta situación no es fácil hablar de vocación y, menos aún, de vocaciones al sacerdocio ordenado.

Sin embargo, todos tenemos una vocación. Dios llama a cada uno a la vida, una llamada que contiene un proyecto concreto de Dios. La nueva vida recibida en el bautismo implica también una llamada de Dios para cada uno en la Iglesia y en el mundo. La vocación es el pensamiento providente de Dios sobre cada uno; es su idea-proyecto, como un sueño del corazón de Dios, porque nos ama vivamente. La vocación es la propuesta de Dios a realizarse según esta imagen; y es única, singular e irrepetible. Ahí encuentra cada uno su nombre y su identidad, que asegura su libertad, su originalidad y su felicidad.

Es tarea de los padres, los primeros educadores, ayudar a sus hijos a descubrir, acoger y corresponder con libertad el don de su propia vocación. La familia cristiana, si es respetuosa con el don Dios y con el bien de los hijos, será la cuna primordial, donde los hijos descubran su proyecto de vida, único e irrepetible, según el plan de Dios. Este es el mejor servicio que pueden prestar a sus hijos, a su desarrollo, a su propia identidad, a su libertad y a su felicidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

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