La Familia, cuna de vocaciones

Queridos diocesanos:

El próximo día veinticuatro de mayo, el Señor agraciará a nuestra Iglesia de Segorbe-Castellón con el inmenso don de dos nuevos sacerdotes. Es un nuevo motivo para dar gracias a Dios de todo corazón; y es una ocasión muy propicia para recordar que la promoción de las vocaciones al sacerdocio ordenado debe ser prioritaria en la vida y en la acción pastoral de nuestra Iglesia Diocesana. Esta intención debe estar presente permanentemente en nuestra oración personal y comunitaria, pero también en nuestro acompañamiento educativo de niños, adolescentes y jóvenes.

En el momento actual nuestra Iglesia diocesana sufre un fuerte ‘invierno de vocaciones’. Son escasas las vocaciones al sacerdocio ordenado y a la vida consagrada, pero también a la vida laical. Son, en efecto, pocos los seglares que entienden y viven su ser cristiano como una vocación, que abarca toda su existencia familiar, laboral,  política, cultural o social.

El contexto cultural actual, por otro lado, propugna un modelo de ‘hombre sin vocación’. El futuro de niños, adolescentes y jóvenes se reduce, en la mayoría de los casos, a la elección de una profesión, a la situación económica o a la satisfacción sentimental-afectiva, sin ninguna apertura al misterio de la propia vida, a Dios o al propio bautismo. En esta situación no es fácil hablar de vocación y, menos aún, de vocaciones al sacerdocio ordenado. Cuando hacemos una indicación o propuesta vocacional nos encontramos con frecuencia con la indiferencia e incluso con el rechazo no sólo de niños o jóvenes sino de los mismos padres. Ser sacerdote no entra normalmente en sus planes.

Esta situación nos debe preocupar a todos sin excepción. Porque, vista nuestra existencia con ojos de fe, todos tenemos una llamada, una vocación. Dios llama a cada uno a la vida; una llamada que contiene un proyecto concreto de Dios para cada uno. La nueva vida recibida en el bautismo implica también una llamada con un concreto proyecto de Dios para cada uno en la Iglesia y en el mundo. La vocación es el pensamiento providente de Dios sobre cada uno; es su idea-proyecto, es como un sueño que está en el corazón de Dios, porque nos ama vivamente. La vocación es la propuesta divina a realizarse según esta imagen; y la llamada es única, singular e irrepetible. Quien la descubre y acoge encuentra el tesoro de su vida, el camino para ser feliz. En la llamada de Dios encuentra cada uno su nombre y su identidad, que afirma y pone a seguro su libertad, su originalidad y su felicidad.

Es tarea de los padres, los primeros educadores de sus hijos, ayudarles a descubrir y  acoger con libertad y generosidad el don de su propia vocación. Nos cuesta mucho dejar que Dios entre en nuestros planes respecto de los hijos, dejar que se planteen su vida desde Dios para seguir sus caminos.

La familia cristiana, si es respetuosa y agradecida con el don Dios y con el bien de los hijos, ayudará a sus hijos a descubrir su proyecto de vida, único e irrepetible, según el plan de Dios. Este es el mejor servicio que pueden prestar a sus hijos, a su desarrollo, a su propia identidad, a su libertad y a su felicidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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