La iniciación en la fe cristiana

Queridos diocesanos

La iniciación en la fe y en la vida cristiana de niños y adolescentes es uno de los acentos de nuestra tarea pastoral en este curso. Nos son conocidas las dificultades a la hora de ayudar a nuestros niños y adolescentes ya bautizados para que sean verdaderos creyentes. Si nunca ha sido fácil la transmisión de la fe, hoy se da una especial dificultad en un contexto social, cultural y familiar cada día más cerrado a Dios. Vivimos en un clima de indiferencia hacia lo religioso y, en particular, hacia el cristianismo. A esto hay que añadir otros fac­tores como ciertas visiones religiosas inadecuadas o imágenes deformadas de Dios, la falta de coherencia entre fe y vida de los creyentes o los problemas relativos al lenguaje religioso y eclesial.

De otro lado, los catequistas de infancia y adolescencia conocen bien la dificultad que encuentran su trabajo. La Iglesia ofrece un proceso de preparación para recibir un sacramento, porque éste supone, expresa y acrecienta la fe; muchos de los catequizandos y de los padres, por el contrario, buscan principalmente, cuando no de modo exclusivo, recibir el rito sacramental de la primera comunión o de la confirmación. El proceso de catequesis es en muchos casos discontinuo e incompleto lo que no puede asegurar una maduración progresiva en la fe y vida cristiana.

Sin embargo, hoy como ayer permanece vivo el mandato de Jesús de anunciar el Evangelio que suscite la fe y lleve a la Salvación. Todo bautizado –niño o adulto- está llamado a acoger personalmente en la fe y madurar la nueva Vida recibida de Dios en el bautismo. El verdadero creyente sabe bien que la fe es un don, una gracia de Dios; y, a la vez, es consciente que otros -en la Iglesia, en la familia y en la escuela- le han ayu­dado por diversos medios a acoger el don de la fe y a crecer en ella. La fe ha llega­do a ser reconocida y acogida y ha madurado desde la libertad personal, muchas veces con esfuerzo y dificultad, con la ayuda de los demás. Con la ayuda de otros creyentes y desde lo más íntimo de su ser, el creyente acoge a quien le llama a un encuentro personal con Él: el mismo Dios que se le ha manifestado en Cristo y que llega a través de su Iglesia.

Iniciar y educar en la fe consiste fundamentalmente en ofrecer a otros nuestra ayuda, nuestra experiencia como creyentes y como miembros de la Iglesia, para que ellos, por sí mismos y desde su propia libertad, accedan a la fe movidos por la gracia de Dios. Básica­mente se trata de ayudar a otros a creer, a encontrarse personalmente con Dios en Cristo a través de la comunidad de los creyentes, a caminar en la conversión permanente al Dios revelado en Cristo y a su Evangelio, proclamado, celebrado y vivido en su Iglesia, para ser sus testigos en el mundo.

En el momento presente es urgente unir y conjugar familia, parroquia, colegios de la Iglesia y clase de religión en el proceso de educación de la fe. Conscientes de la dificultad de esta tarea sabemos que no nos encontramos solos, abandonados a nuestras propias fuerzas y apoyados únicamente en nuestra capaci­dad. Antes y por encima de todo, actúa la gracia de Dios, que ofrece a todos el don de la fe. Dios sale a nuestro encuentro en Cristo Jesús, que nos manifiesta el verdadero rostro de Dios y que nos llega a través de la comunidad de los creyentes de la Iglesia. Por ello quien cree en Dios le acoge, confía en El y se confía a El, comparte y alimenta su fe en la comunidad de la Iglesia, se compromete, sirve y ama, y adora. Es decir, reconoce a Dios como el máximo bien, el origen, centro y meta de su vida.

Con mi afecto,

 

+ Casimiro

Obispo de Segorbe-Castellón

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