La parroquia es tu familia

Queridos diocesanos:

Con la Visita Pastoral, que acaba de comenzar, deseo, entre otras cosas, ayudar a las comunidades parroquiales a revitalizar su vida de fe, su celebración de los sacramentos, su compromiso en la caridad de la caridad y en su misión evangelizadora. Como nuestro Plan Diocesano de Pastoral nos propone deseo alentar a todos los católicos para que nuestras parroquias sean de verdad “ámbitos de fraterna comunión de personas y de misión compartida”.

A veces nos encontramos con imágenes inadecuadas de la Parroquia. Unos la entienden como un territorio, otros como una institución que ofrece servicios religiosos para satisfacer las necesidades espirituales.

Ante estas desfiguraciones en la forma de entender y vivir la parroquia, hay que resaltar que la parroquia es una comunidad de fieles cristianos, una comunidad de hermanos, una familia, una fraternidad. Está formada por los fieles de un determinado territorio –pueblo o barrio- a cuyo frente está el párroco como su Pastor, que la preside y la pastorea en el nombre y en la persona de Cristo, el Buen Pastor, y bajo la autoridad del Obispo, con la colaboración, a veces, de otros sacerdotes y siempre con la de otros fieles religiosos o laicos.

Es necesario subrayar que todos juntos –párroco y resto de fieles- forman la comunidad parroquial. Todos, cada cual según la vocación, el don y el ministerio recibido, son responsables de la vida y de la misión de su comunidad parroquial.

La comunidad parroquial es la presencia de la Iglesia de Cristo en el pueblo o en el barrio. También de la parroquia se puede afirmar que encarna, en cada lugar concreto, el acontecimiento de gracia y salvación de Dios. Cuando los fieles cristianos de una parroquia se reúnen como familia para orar, o para proclamar, escuchar y acoger la Palabra de Dios, para celebrar la Eucaristía y los demás sacramentos, para ejercer la caridad y para la misión evangelizadora, se puede ver y palpar la obra maravillosa de Jesucristo que, por su gracia, les ha escogido, llamado y enriquecido con toda clase de bienes, para que sean su pueblo y anuncien su salvación hasta los confines del mundo.

Toda comunidad parroquial, pues, es y está llamada a ser en su ámbito signo e instrumento del amor de Dios con los hombres, de la comunión de vida que Él ofrece en su Palabra, en la Eucaristía y demás sacramentos y en la vida de verdadera caridad y fraternidad entre sus miembros. Siendo una comunidad fraterna en Cristo y desde Él, la parroquia tendrá la energía necesaria para la misión hacia adentro y hacia fuera.

Nuestra Iglesia diocesana necesita, pues, que cada una de nuestras parroquias sean de verdad ‘casa y escuela de comunión’ para la misión, en palabras de Juan Pablo II. Es decir: que sean comunidades acogedoras, donde cada cual se encuentre como en su propia casa; comunidades orantes y de fe en torno a la Palabra de Dios y a la Eucaristía; comunidades que sean ámbito donde se suscita, se vive y se celebra la fe en Cristo Jesús; comunidades que proclamen, escuchen y difundan la Palabra de Dios en la Tradición viva de la Iglesia. Es una tarea prioritaria en nuestra Iglesia diocesana, que las parroquias eduquen en la fe a los bautizados mediante la catequesis y la formación. Necesitamos, en fin, comunidades que vivan la caridad, la comunicación de bienes, la misión sin fronteras; comunidades donde todos se sientan responsables y comprometidos con la vida y misión de su parroquia.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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